viernes, 13 de enero de 2012

Palabras y realidad

Hay palabras que son equívocas cuando con ellas denominamos cosas que tienen poco que ver entre sí, esencialmente, en que nada importante en todas ellas sea equivalente. Así, la voz “león”, usada para nombrar al ilustre y feroz felino sea a la vez para designar los Papas romanos y una ciudad española. Alguna contingencia azarosa ha hecho que a una palabreja se le cuelguen diversas y heterogéneas significaciones, las cuales apuntan y nominan objetos substancialmente distintos. Los gramáticos - casta que sería sin disputa la más mísera, afligida, y dejada de la mano de los dioses si yo no acudiese a mitigar las desdichas de tan sórdida profesión con la ayuda de una dulce locura. No sólo han caído sobre ellos las cinco furias, es decir, las cinco ásperas calamidades de que habla el epigrama griego, sino mil, pues siempre se les ve famélicos y harapientos en sus escuelas, o pensaderos o, mejor dicho aún, obradores, y rodeados de verdugos en figura de un montón de chicos que les hacen envejecer antes de tiempo a fuerza de cansancio y que les aturden con sus gritos, amén de los hedores que exhalan; pero a pesar de esto, gracias a mí, se estiman por los primeros entre los hombres…al decir de Erasmo en Elogio de la locura- y lógicos hablan entonces de “polisemia”; el vocablo posee que múltiple significación.
Hoy día abundan las palabras que por decir una cosa dicen otra. El vocabulario se ha relativizado. Se habla con una inmanente caprichosidad de cualquier cosa de cualquier manera. En el vago sentido de los decires, la pluralidad de términos está plagada de lugares comunes y de vocablos tergiversados. Cuesta acomodar la capacidad de entendimiento a la realidad objetiva y se vive rodeado de la inaudita fantasía verbal del prójimo. Un frondoso renacimiento del yo romántico nos rodea y descubre en toda su vasta extensión el mundo interno ajeno, el me ipsum, la íntima conciencia, los secretos interiores, lo subjetivo…vapores de cerebros circunvalados de espejismos imaginarios. La vida parece una novela de aventuras. Realidades como Justicia y Verdad; o como esa muralla de ladrillos que veo a través de mi ventana ya no son tal, sino “interpretaciones” de este nuevo mundo aparte e ilusorio. Rodeados de aspas giratorias de molinos quijotescos nos cuesta ver la estricta realidad. La realidad se ha transformado en un ornamento inesencial y la tragicómica alma personal de la gente con su lirismo polisémico se ha apoderado de casi todo con su susbtancia voluble y tornadiza.
“La realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aun cuando es ella misma la idealizada.” Dice Ortega. Es tiempo de enterrar la poesía en honor a la verosimilitud y al determinismo. La fantasía produce inconexión.
La inconexión es aniquilamiento.
Produce odio que fabrica inconexión, que aísla y desvincula, atomiza el mundo, y desintegra la individualidad.

miércoles, 11 de enero de 2012

El tiempo pasa

Fue ya Aristóteles quién advirtió que nada existe en el mundo que el tiempo no lo consuma y destruya; nada dentro del universo que no sea medido y determinado por él.
En efecto, cruel ha sido el reinado del Cronos sobre el universo. El mismo dios que arrebató el trono de su padre Uranos, con violencia, no sabe conservar sus reinado, sino devorando a los hijos que genera. Símbolos de su poder: la filuda guadaña con la que elimina el pasado (mediante el parricidio) y el cuervo, ave oracular renegrida que le permite prever el futuro, también para eliminarlo (devorando a sus hijos).
Pero volvamos a la Física “ de Aristóteles: “Cuando, en efecto, distinguimos por la inteligencia (noesomen), las extremidades y el medio, y el alma declara que hay dos “ahora”, al anterior, por una parte, y el posterior, por otra, entonces decimos que eso es tiempo”.
Por ejemplo: han pasado 10.080 segundos desde la misma hora del jueves pasado hasta la misma hora del jueves actual; una semana ha pasado por cada vida de cada uno de nosotros. El día jueves pasado, marca la “extremidad”, el “ahora” anterior y. el jueves actual –por estas horas- señala la otra “extremidad”, el otro “ahora”, el posterior. El “medio”, el intervalo entremedio, también lo distinguimos cada uno de nosotros…entonces podemos afirmar que ha pasado el tiempo. Una semana, y decimos “una” semana, porque para describir el tiempo nos servimos de ciertos términos, uno de esos términos es la unidad. Este término le viene cuando nosotros percibimos el movimiento. Si colocamos un móvil entre un punto espacial A y otro B y hacemos que se desplace y hacemos marcas que segmenten en intervalos entre A y B; entonces podemos medir el tiempo. De allí la famosa y discutida frase aristotélica: “El tiempo es el número del movimiento según lo anterior y lo posterior”.

Durante esta semana ha pasado tiempo sobre todo el universo…una semana. Definir el tiempo es faena compleja. Pero diremos por ahora que nada de lo que constituye la temporalidad tiene consistencia mínima para ser defendido como real. A pesar de aquella frase aristotélica que nos dice que el tiempo está en todas partes y en todas las cosas, en las externas y en las internas, en lo que está en movimiento y en lo que está en reposo. El pasado ya ha sido, ya no es; por otro lado el futuro va a ser, no es todavía. Y lo que se llama “presente”, eliminando en el todo lo que contiene de pasado y futuro, queda reducido a un punto inespacial, “sin extensión”, ni siquiera unidimensional.

Curiosamente, en esa afilada arista sin espesor de lo que llamamos presente se realiza la existencia, se ejecuta y afirma lo real. Ahí se cumple el misterio del hombre…en ese átomo imponderable para la razón, palpita la inconmensurable eternidad.

martes, 10 de enero de 2012

Ese bizco y ridículo nombre de Filosofía

Antes de llamarse filósofos estos de denominaban averiguadores, develadores. Esta situación, esta nueva experiencia viviente del antiguo nuevo pensar griego, que iba a ser el filosofar, fue preciosamente denominada por Parménides  de Elea y algunas colectividades  atentas de su tiempo, con el nombre de alétheia.  En efecto, cuando al pensar meditando sobre las ideas vulgares, tópicas y recibidas respecto a una realidad, encuentra que son falsas y le aparece tras ellas la realidad misma, le parece como si hubiera quitado de sobre ésta una costra, un velo o cobertura que la ocultaba, tras de los cuales se presenta en cueros, desnuda y patente la realidad misma. Lo que su mente ha hecho al pensar no es, pues, sino algo así como un desnudar, descubrir, quitar un velo o cubridor, re-velar (=desvelar), descifrar un enigma o jeroglífico (Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset)”.
Todas las filosofías nos presentan el mundo acostumbrado (el de todos los días) y usual dividido en dos mundos, un mundo patente y una suerte de trasmundo o supramundo que palpita y se oculta bajo aquél y en poner de manifiesto –averiguar, develar- el cual radica la finalidad de la labor filosófica.
Habría que analizar a fondo la incitación ejemplar primera de la ocupación filosófica, procurando entender lo mejor posible esta  filosofía primigenia. Aprender así con toda precisión por qué dualiza el mundo y cómo suscita, manifiesta, muestra, devela o inventa el mundo latente, el mundo estrambótico, ultramundano e inhabitual que es el característico de la filosofía.
Desde la antigüedad la gente sabe que la filosofía es sinónimo de averiguación. Los filósofos son averiguadores, investigadores, indagadores, inquisidores, sondeadores, tanteadores. Todos estos epítetos causan un escozor psicológico y un sarpullido enojoso allá en las partes pudendas en donde  nunca nos da el sol. La turbamulta, entonces, comenzó a atacarlos, a hostigarlos, a malentenderlos, a confundirlos con otros quehaceres equívocos, y ellos tuvieron que abandonar aquel nombre, tan maravilloso como candoroso – alétheia-, y cambiarlo por otro, de generación espontánea, tremendamente peor, pero... más  ”práctico”…más simbólico e indirecto; es decir, más estúpido, más ridículo, más villano, más cauteloso: filosofía.

Fantasia - john dowland

domingo, 8 de enero de 2012

rrridículo rrreconocimiento

Hegel pensaba que la eterna pugna por el reconocimiento entre los hombres constituía un fenómeno estrictamente humano; era, en todo caso, esencial para explicar la significancia de la cacareada naturaleza humana.  Sin embargo se equivocaba medio a medio. Porque la apetencia humana de reconocimiento tiene un sustrato biológico…que también está presente en nuestros hermanos menores, los animales. En La política del chimpancé, Franz de Wall describe con lujo de detalles las peleas por el rango libradas en el seno de una colonia de chimpancés mantenidos en cautiverio en Holanda. Los chimpancés machos forman camarillas sectarias, conspiran, confabulan y se traicionan unos con otros y exteriorizan emociones muy similares al orgullo y la ira cuando su rango no era re-conocido por sus camaradas.
La contienda humana por el re-sonado reconocimiento es incalculablemente más compleja que la de los animales. El bípedo humano en virtud de la capacidad de almacenar datos en la memoria, el aprendizaje teórico y práctico y su formidable capacidad para el llamado razonamiento abstracto, son capaces de encauzar la lucha por el reconocimiento hacia ideologías desproporcionadas y amorfas; creencias religiosas que le enajenas y le hace sumergirse en atmósferas psicotrópicas; puestos intramuros de relativa relevancia en universidades que nadie conoce, poseer el 4x4 mas grande que el de su vecino, o el peinado más vistoso para la fiesta del sábado de la sociedad de socorros mutuos.
Este deseo de reconocimiento (muchas veces de-mostrado ridículamente), decíamos tiene una base biológica y que dicha base tiene que ver directamente con las concentraciones de serotonina en el cerebro. El macho dominante en los estudios de De Wall poseía altos índices de serotonina y los inferiores de la escala social de los monicacos, baja concentración de serotonina.
Hegel creía que el proceso histórico humano estaba impulsado, básicamente, por la lucha feroz por el reconocimiento. La “batalla sangrienta” entre dos contendientes en la que se definía quien era el amo y quien el esclavo; que instalada en nuestras lides políticas actuales de la democracia moderna (en que los hombre son considerados libres y dignos del mismo reconocimiento (permítaseme una sonrisa)), sigue siendo la manifestación externa de las diversas dosis de esta alquimia físico-química que se produce en el cacumen humano en que la señora serotonina la lleva.
La famosa y nunca bien ponderada lucha de clases marxista no es más que otra utópica escenografía para mostrar al grueso público gestos de atlética virtud; pero que enmascara mañosamente la lucha fisiológica ruin por el bastón de mando.