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lunes, 25 de enero de 2016

Pútas el huevón Simpático…


Pero volviendo a las cualidades ocultas, esta voz, que nada significa, se refuerza en los libros, y en las Escuelas, con las de Simpatía, y Antipatía, equivalentes en la obscuridad, y en la aplicación. Son voces Griegas que aunque ya vulgarizadas, siempre se quedaron Griegas, porque nada explican. Su más frecuente uso es cuando se trata de aquellos efectos que, por más raros se hacen más admirables, especialmente donde hay algún género de atracción, o repulsión entre dos cosas. Por lo cual Plinio definió la Simpatía, y Antipatía, diciendo, que son amor (la Simpatía), y odio (la Antipatía) de las cosas que carecen de sentido: Odia, amicitiaeque rerum surdarum ac sensu carentium. Los que las explican que son consenso, y disenso, o concordia, y discordia, dicen lo mismo. Los que dicen que la Simpatía, y Antipatía consisten en la semejanza, o desemejanza de toda la susbtancia entre dos cosas, queriendo explicarlo más, lo enredan más. Simpatía, y Antipatía. Benito Jerónimo Feijoo


La simpatía, consiste en compartir los sentimientos del otro, en experimentar con él/ella sinsabores e hilaridades y, por otro lado; la preferencia, inclinación, la atracción psíquica hacia el otro.

No llamamos simpático al irónico o al sardónico o al cáustico, y es que ni la ironía ni la causticidad resultan simpáticos, sino mas bien incómodo y fastidioso, en tanto que la simpatía es siempre amable y jamás persigue la delación, el soplo, la acusación; sino mas bien la buena onda, el compadraje, la complicidad.
La ironía y el sarcasmo molestan e irritan, porque colocan al peligrosamente próximo, es decir, al prójimo, ante lo mas execrable de sí mismo y, le obligan a confrontarlo; y a enfrentarse, por ende, con sus debilidades, fragilidades, endeblez o inconsecuencias; pero la simpatía es esencialmente acomodaticia, complaciente y cortés, y cubre con un barniz de comprensión y tolerancia blandengue las asperezas e imperfecciones del carácter o las pústulas, los abultamientos y las excrecencias verrugosas de la epidermis psíquica.

Si el divino Sócrates hubiese sido un tipo bonachón y simpaticón, es muy posible que, muy lejos de ser condenado a beber la cicuta, se le hubiese otorgado una pensión jubilatoria vitalicia a cargo de las arcas crematísticas Atenienses. Porque el simpático hace que nos sintamos complacidos, agradados, “en onda”, pero esto tiene un precio; de ahí que sea bien llamado y bien recibido en cualquier lugar y a cualquier hora. Además, el simpático siempre vive en éxtasis –fuera de sí, pendiente de la aprobación de los demás-. La ironía y el sarcasmo, en cambio, tienen su costado pedagógico, obligan a que nos pongamos “en ojo”, nos cuestionemos aquello que no podemos o no queremos cuestionar, y, como consecuencia, llaman a enfados y repulsas (no nos gusta mirarnos al espejo y encontrarnos con una enojosa espinilla en la nariz). Así, en tanto que el sujeto irónico es visto como un individuo molesto, irritante e hiriente (un tábano, diría Sócrates), el simpático, en toda ocasión y circunstancia, es una esperada alegre festividad.
Nos quedamos con esta simpática frase de uno de los más grandes irónicos de la historia: George Bernard Shaw

Yo no simpatizo con nadie. Las personas capaces no despiertan simpatías. No soy un hombre simpático, pero soy indispensable. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

lunes, 18 de febrero de 2013

Seducción por la Intelección

Como es bien sabido, hay que seducir a las mujeres por su punto débil, por su lado frágil y blando; a las devotas –si es que las hay en estos tiempos de  afectos Light y relativismos ecuménicos  - por la devoción y el fervor místico (llevarlas a misa todos los domingos); a las honestas por el anillo de compromiso (o la promesa de amores eternos con “libreta” y todo); a las venales por los regalitos y viajes (mientras más caros y lejanos mejor) y, por favor, ni hablar de separación de bienes; a las espirituales por un viaje al Cajón del Maipo o, una novela sobre la vida ejemplar de Sor Teresa de Calcuta, mejor aún un viaje inolvidable a Los Himalayas tibetanos.

Psiquis y yo, hemos tenido siempre una marcada inclinación por las féminas intelectuales, o las que aparentan serlo. La inteligencia femenina, para nosotros, siempre ha residido en una cierta y chispeante vivacidad del espíritu, una jovialidad juguetona que divierte y entretiene y el don de la réplica argumentada.
Hay un cierto tipo de mujeres que se le consigue, literalmente, solo por el razonamiento. Entonces, Psiquis y yo- les probamos con premisa mayor, premisa menor y conclusión, que ellas deben, de acuerdo con la lógica más rigurosa, entregársenos de manera total.

“Razonemos un poco” le decimos a Marcela; “Si tu enojoso deber te fuerza a rechazarme pesar tuyo, ese deber te resulta una carga; ahora bien, si te resulta una carga, es tu enemigo vital, y si es tu enemigo ¿por qué lo sigues?...
Nunca nos ha gustado que una mujer pierda la cabeza – la mayoría de los amantes de hoy quiere arrancar a la mujer amada del control de la razón, del imperio de la reflexión. Mientras más aturdida esté mejor…mientras mas bobita sea mejor, mientras mas enajenada por el alcohol está…más fácil.
Sin caer en la pedantería –tratamos honestamente- con juicio seguro, razonando como un geómetra con finos instrumentos euclidianos, con teoremas y demostraciones llegar –primero- al centro espiritual de la mujer, para ir después ya sin dudas ni obstáculos a tomar posesión de su corazón y, al cabo del núcleo axial de toda su femineidad: su sexo.

¿Y tú, como enamoras?

lunes, 11 de febrero de 2013

Resentimiento y crueldad

Como ha indicado un glosador de Nietzsche, no se trata, simplemente, del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez del fruto, y se contenta con negar esta apreciable condición a las uvas que están demasiado altas…fuera de su alcance. El "resentido" va aún más allá: odia la madurez y prefiere lo agrio. Es la total inversión de los valores: lo superior, y precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su esfera se enseñorea lo menor e inferior. Al resentido endógeno no le basta, por ejemplo, la muerte del adversario…quiere ir más allá.
Justamente a Fede Nietzsche le debemos la revelación del mecanismo que funciona en la conciencia individual y pública degradada: le llamó ressentiment, resentimiento. Cuando un hombre se siente ante sí mismo inferior y pequeño por carecer de ciertas aptitudes —inteligencia, valentía o elegancia— trata veladamente de afirmar ante su propia vista negando el valor de esas cualidades en el otro.
Flagrantior aequo non debet dolor esse uiri nec uulnere maior, “El resentimiento de un hombre no debe ser más ardiente de lo justo ni desproporcionado a la ofensa”. En efecto, tiene razón Juvenal, (en sus Sátiras): no debe ser el resentimiento superior a la ofensa, pero menos aún puede tolerarse que lo sea el castigo. Y es que incluso en el supuesto caso de que el delito resultara tan inhumano que pueda pensarse de que es merecedor de ningún castigo más liviano que la muerte, con ella basta, y todo otro sufrimiento incrementado resultaría no sólo brutal y cruel, sino también infame y vil: “Todo cuanto va más allá de la simple muerte me resulta pura crueldad”, dice Montaigne.

Entonces, ¿qué es ser cruel? ¿Por qué un individuo es cruel?
Schopenhauer  cree encontrar la respuesta en el permanente dolor que es consustancial, según él, a nuestra existencia. Se sabe que, en su opinión, nuestra vida no es más que persistente sufrimiento e insatisfacción; a tal punto, que suponiendo de que alcanzáramos todos nuestros propósitos y metas, siempre permanecerán como background la angustia y el vacío. Esa inquietud perpetua y ese sufrimiento insalvable son quienes, finalmente, termina por engendrar la crueldad. Y la explicación, según él, es la siguiente:

«Todo esto es sentido en muy escasa medida por una volición corriente –asegura el filósofo alemán–, y sólo comporta una pequeña dosis de tristeza, pero en aquel hombre cuya voluntad posee una intensidad inusual provoca la manifestación de la maldad, de lo cual se desprende necesariamente una desmesurada angustia interior, una inquietud perpetua y un dolor irremediable; por eso se ve impulsado a buscar indirectamente el alivio que no es capaz de hallar de inmediato, intentando mitigar el sufrimiento propio mediante esa contemplación del padecimiento ajeno donde al mismo tiempo reconoce una expresión de su poder. El sufrimiento ajeno se convierte para él en un fin en sí mismo, en un espectáculo con el que se deleita. Y así se origina la manifestación de la crueldad propiamente dicha.»

La crueldad, nace del sentimiento de la propia insuficiencia resentida y menesterosidad, y es un mecanismo que busca compensar una inferioridad (real o imaginaria) mediante el proceso de causar daño y dominar a otro, lo que genera una sensación placentera y una satisfacción que tiene su principio en un sentirse, aunque no sea más que durante el tiempo que dura el atropello, fuerte y superior. A poco de consumado el agrado, de nuevo brota la angustia, y el proceso vuelve a marchar una y otra, y otra vez, sea con la misma víctima, sea con otra distinta. Y hasta es posible que entre uno y otro ataque haya manifiestos gestos de arrepentimiento y promesas de re-generación. Pero es inútil: las más de las veces son falsarias; y aún en el supuesto de que fuesen sinceras, el dispositivo volverá a emitirse tarde o temprano, con el carácter irrevocable e irremediable de una ordenanza legal.
Por lo demás, se trata de un dispositivo compensatorio automático sin paralelo alguno en ruindad y en vileza, porque la crueldad sólo se ejerce (sólo puede ejercerse) sobre alguien más débil y frágil (en el sentido que sea) y, no pocas veces, sin culpa ninguna en las frustraciones que corroen a su torturador: se trata, en muchos casos, de una simple y “a mano” víctima propicia; de alguien que resulta asequible y a quien se puede maltratar sin correr mayores riesgos circundantes. Y, desde este enfoque, la crueldad es una de las formas más estruendosas e infames de la cobardía: “La cobardía, madre de la crueldad”, dejó escrito Montaigne en el título de uno de sus ensayos. Y cuando va aparejada del resentimiento que, suele ser el motor impulsor, así es, en efecto.

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Ser buenos o ser auténticos?

Los valores no son cosas. Los valores no son sino que valen. Se quiere significar con esto que no existen cosas valiosas en sí y por sí. Los valores no es algo puesto en el mundo y que se tiene que descubrir y usufructuar.
 La bondad o maldad de que habla la ética es siempre la bondad o maldad de una voluntad, de un querer algo alguien. Las cosas no son buenas o malas en sí, sino nuestro querer o no querer. Ese querer algo para, querer algo para otra cosa, a cual queremos a su vez para otra conforma la trama básica de nuestras apetencias. De esa cadena de voliciones en que un querer atiende a otro querer se compone el tejido de nuestra estimativa, nuestra escala de valores. Este querer ético, hace de las cosas fines, finalidades, conclusiones, últimos confines de la vida. Ahí es cuando entra en ejercicio lo más autentico de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos, por caso raro, solidarios con nosotros mismos, siendo entonces y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos vinculamos al objeto deseado sin reservas ni temores. De modo que no nos parecería soportable vivir en un mundo donde ese objeto querido no existiera; nos veríamos como reflejos fantasmales de nosotros mismos, como incoincidentes con nosotros mismos, inauténticos. Somos, al fin y al cabo, lo que deseamos.
 La mayor parte de nosotros no hacemos más que querer en el sentido crematístico de la palabra: resbalamos de un objeto a otro objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Existe una potencia, un talento del querer, como lo hay del pensar, y son muy pocos los capaces de descubrir por encima del utilitarismo social que comandan nuestros movimientos, que nos obligan a esta o aquella actitud, su querer personal y exclusivo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas y los casos en lugar de conducirnos con nuestra propia voluntad.
Por esto vemos en la característica del acto moral en la plenitud con que es apetecido. Cuando nuestro ser integro quiere algo –sin reservas, sin temores, sin torvamientos, derechamente, integralmente- cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. ¿Qué significa lo que acostumbramos llamar sin saber un hombre íntegro; acaso un hombre que es enteramente él mismo y no una urdimbre de compromisos dispersos, de caprichos sin sentido, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio? Por esto nosotros respetamos mas no al que quiere aparecer como “bueno” ante los demás sino al que lleva de su mano su  propia vida, se  afana incansablemente en la pesquisa de un fin. Nada le parece superior a lo demás; nada vale más, todo es igual. Lleva en la mano –decíamos- siempre su propia vida, y como todo le parece del mismo valor, consecuente con su corazón, está siempre dispuesto a ponerlo sobre cualquier cosa,
Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia y la audacia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad perfecta.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Aceptaos los unos sobre los otros….

Muchos se llenan la boca con estas palabras altisonantes: igualdad, tolerancia, aceptación, interculturalismo, libertad de expresión, etc. Pero se quedan en palabras vacías, sin contenido. Hemos conocido, incluso a llamados profesionales de la salud mental, que hablan sobre tolerancia y por detrás están haciéndote una mueca irónica. Son profesionales de la mentira.
La mayoría de nosotros practicamos el egoísmo, la intolerancia, el reproche, la discriminación. El afán de poderío sobre los demás nos ciega ante cualquier intento personal o colectivo de superación de los conflictos que día a día, hora a hora, nos agobian destruyéndonos y destruyendo a los demás.
Aquello de que existe lo uno y lo otro, la diversidad; distintas visiones del mundo, pueblos diversos, formas de vida, cosmovisiones, puntos de vista, modos de comportamiento, culturas religiones, etc. es un verdad innegable. Pero a la mayoría nos cuesta aceptar que el otro no sea igual a mí. ¿Cómo es posible semejante afrenta?.

Entre desigualdades existirán inevitablemente tensiones y roces; diferencias y contradicciones. Pero existen seres humanos que tienen como objetivo vital: subyugar a los demás. Estos piensan que el único modo de solución a sus atribuladas vidas; repletas de conflictos y diferencias es: “hazte igual que yo, haz lo que yo quiero, entonces seremos uno; sométete a mis condiciones y verás cómo se acaban las tensiones y los conflictos y llegamos a la conciliación”.
Este método y praxis, donde el uno también quiere ser el otro, donde –todavía más- el uno quiere ser el todo, lo encontramos en todos los ámbitos en donde pulula el homo sapiens.
Aunque la humanidad ha practicado mil veces ésta técnica y ha estas alturas de la llamada civilización se sabe, a ciencia cierta, que no es la mas recomendable; pues no soluciona sino que oprime, no libera sino que somete; no es camino amplio y abierto, sino sumamente angosto y sinuoso; y por que priva a la vida comunitaria de la Libertad, Justicia, honestidad, respeto por el hombre y su conciencia.

Pero es que esta mujer no entiende que no puedo darle más dinero; pero es que este grupo de huelguistas no comprende que sus peticiones no pueden ser concedidas; y este fulano como se atreve a presentarse ante mí…no lo soporto…; mi vecino no entenderá que necesito escuchar a Bach y que su taladro eléctrico no me lo permite…; mi propia hija no me hace caso y se va con esa mala influencia mezcla de punk y rasta…la mier…

Es difícil aceptarse mutuamente, es como ceder parte importante de mi vida a otro. Vivimos estresados, intoxicados de saciedad existencial, con insuficiencias de todo tipo, con sueños frustrados, insatisfacciones variadas…no estamos felices con nosotros mismos…porqué debo convertirme en el guardián de mi hermano?.

No, no ha sido superado el egoísmo, la intolerancia, la discriminación. Como mecanismo de defensa a mis frustradas intenciones de apoderarme del otro nace la indiferencia. El arte de hacerse invisible. La atención sectorizada se posa solamente donde encuentra señales que satisfacen mi afán de dominio; allí donde encuentro sumisión y debilidad que satisfacen mi egolatría…allí me quedo. El encuentro recíproco lo encuentro entre los que me obedecen.
La indiferencia invisible: es una táctica consistente en no hacerse notar, no llamar la atención, no pedir nada, para que este silencio permita que el otro se olvide de nuestra existencia y no verme obligado a “considerarlo”. Por otro lado está la doble existencia: que consiste en la práctica de dividirse en dos, dejando un ``yo exterior'' para uso y consumo de los demás, y un ``yo interior'' refugiado en la fantasía incorpórea, que nos proporciona la ilusión -diluida- de existir en mí, por mí y para mí. En mi burbuja en donde respiro el aire que mis propios pulmones expulsa me siento inmunizado para contraer algún virus externo. ¡Es que los que no son como yo…me molestan tanto!!!

Ah, y la táctica del disimulo…de ella hablaremos más adelante.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La reflexión filosófica



Muchas veces la oscuridad nos rodea por todos los flancos. Nos embarga una sensación de perdimiento cuando el amor se petrifica en el vacío. Aparece el olvido de sí mismo, el ser es devorado por los impulsos. Hoy, entre-medio de tanta tecnología abrumadora aparece esta sensación de vacío existencial.  El olvido de sí mismo es promovido por esta inundación de los medios técnicos. El mundo es reglamentado por el reloj, dividido en trabajos enajenadores y absorbentes, mecánicos y vacíos. Llega el momento en que nos sentimos la parte mínima de una gran máquina. Si en algún momento tratamos de volver a nosotros mismos, será por momentos, ya que la máquina omnidevoradora del trabajo vacío nos hundirá de nuevo entre los engranajes del coloso invisible de los tiempos: la técnica.
Hay una natural inclinación en el hombre a olvidarse de sí mismo. Es necesario pellizcarse constantemente para no perderse entre los recovecos del mundo, en los hábitos adormecedores, en las trivialidades sin sentido, en los rieles fijos.

Filosofar es resolverse a hacer que despierte el origen, retroceder y bajar hasta el fondo de sí mismo y ayudarse con la acción interior reivincadora y libertaria en la medida de las propias fuerzas.
Cierto es que la vida nos llama hacia lo primario y tangible y que debemos obedecer a esos llamamientos materiales, al requerimiento contingente y diario. Pero no darse satisfecho por ello, rebelarse ante estas imposiciones absorbentes es ya camino incipiente hacia sí mismo. No olvidar, sino aferrarse firmemente; no desviarse, sino trabajar hasta la perfección íntimamente; no dar por acabado nada, sino iluminar hasta el fondo los vericuetos a que nos llevan ciertas circunstancias.
La vida filosófica es un camino de dos vías: en la soledad, la meditación en todos sus modos de reflexión y en compañía de los demás, la comunicación en todos sus modos posibles del comprenderse mutuamente en el hacer, hablar y callar unos con los otros. Indispensables nos son los otros a nosotros en algunos momentos del día de profunda reflexión. Con ello constatamos de que no desaparece del todo la presencia del origen en el ineludible desenfreno del diario vivir.
La reflexión filosófica no posee, a diferencia de los cultos religiosos, un objeto sagrado, tampoco un lugar consagrado, ni ninguna forma fija y pétrea. El orden que para ella nos asignamos no se convierte en regla imperturbable, sino que queda en posibilidad dentro de posibles movimientos mentales. Esta reflexión es, a diferencia de la comunidad que practica cultos objetivantes, una reflexión solitaria.

domingo, 18 de marzo de 2012

Blogs: droga pesada

En la medida que hemos incursionado en esto de los Blogs hemos constatado que tienen la trascendencia espiritual de una cáscara de papa. Es decir ninguna. Un blog tiene menos trascendencia metafísica que un estornudo de gato. Es un suspiro en medio de la noche o, como querrán oír otros, un pedo en la geometría resonante de una cóncava taza de water.
Los blogs nunca contendrán la latencia fáctica de las creencias humanas.  Podría ya escribirse un “ethos” del espíritu bloguero y sería vacuo. Recordemos que trascender es “ascender subiendo”: es decir un movimiento de vector diagonal hacia delante y arriba.
Los blogs son una buena herramienta periodística que se preocupa de lo contingente e inmediato, de la “doxa” griega. Opiniones que se las lleva el viento, sin ninguna profundidad ni valía en relación con lo auténticamente importante.

Pero si tienen una auto-trascendencia, en el concepto de Aldous Huxley. El alcohol es una de las muchas drogas utilizadas por los seres humanos como un escape de uno mismo. Los blogs en esta etapa experimental aún, también se están convirtiendo en una válvula de escape, un ausentarse de sí mismo y quedar vacante y franco para visitar un mundo que no es el real. Desde la amapola hasta el curare, desde la coca andina hasta el cannabis hindú, cada planta, yuyo u hongo capaz de excitar o evocar visiones con su ingesta, ha sido descubierto y sistemáticamente utilizado desde hace tiempo. Esto parece probar que en todas partes y desde siempre, los seres humanos han experimentado su existencia personal como inadecuada.  Explorando el mundo a su alrededor, el hombre primitivo, evidentemente “probó todo y se quedó con lo que le era útil”. Con el objetivo de la auto-preservación, lo útil es toda fruta y hoja comestible.

En los tiempos modernos, la cerveza y otros atajos tóxicos hacia la auto-trascendencia no son venerados oficialmente como dioses. La teoría ha sufrido un cambio, pero no la práctica, porque en la práctica, millones de hombres y mujeres civilizados continúan con su devoción al alcohol, hashish, opio y sus derivados, barbitúricos y los otros venenos sintéticos capaces de causar la auto-trascendencia. En todos los casos, por supuesto, lo que parece un dios es en realidad un demonio, lo que parece una liberación es en realidad una esclavitud. La auto-trascendencia es invariablemente un ir hacia abajo.

Y aparecieron los Blogs. Un brebaje tan tóxico y enajenante como cualquier “droga pesada”.

Las minorías gobernantes utilizan la búsqueda de la auto-trascendencia por parte de sus sujetos, en principio para divertir y distraerlos y en segundo lugar para llevarlos a un estado de alta sugestión. Las ceremonias religiosas y políticas son bienvenidas por la masa como oportunidades de envenenarse y son bienvenidas por los gobernantes como oportunidades de implantar sugestiones y manipular mentes que momentáneamente no son capaces de razón o voluntad propia.

Los blogs es la versión moderna de “Rebelión de las Masas” Orteguiano. En masa, estos mismos hombres y mujeres se comportan como si no tuviesen razón o voluntad propia. La intoxicación de masa los reduce hasta una condición infrapersonal y una irresponsabilidad antisocial. Drogados por el veneno misterioso que cada miembro excitado secreta, caen en un estado de sugestión similar a un trance hipnótico. Mientras en este estado, creerán cualquier cosa, actuaran ante cualquier comando o exhortación.

Cuando el delirio de masa es explotado por el beneficio de los gobiernos e iglesias ortodoxas, los explotadores siempre se cuidan de no permitir que la intoxicación vaya demasiado lejos.
El síntoma final de la intoxicación de masa es la violencia maníaca. Nos encontramos con delirios de masa que culminan en la destrucción gratuita y en la auto-mutilación feroz. Una masa es el equivalente social de un cáncer. El veneno que secreta despersonaliza a sus miembros hasta el punto en que comienzan a comportarse con una violencia salvaje, de la cual, en su estado normal, serían completamente incapaces.
Para poder escapar de sus propios horrores, la mayoría de los hombres y mujeres elige no ir hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia los costados. Se identifican con alguna causa más amplia que sus propios intereses inmediatos, no necesariamente hacia abajo, y si hacia arriba, sólo dentro del rango de los valores sociales del momento. Esta auto-trascendencia horizontal, o casi horizontal, puede llevarse a cabo a través de la auto-identificación con cualquier actividad humana, desde manejar un negocio hasta investigar en física nuclear, desde componer música hasta coleccionar estampillas. Desde ir al cine a ver películas 3D de manera compulsiva,  hasta tener un blog compulsivamente actualizado; lleno de enlaces a “amigos y amigas virtuales” a los que nunca les verá el rostro y con los que jamás experimentará un apretón de manos o una palmada en la espalda de desinteresada aprobación empática.

viernes, 13 de enero de 2012

Palabras y realidad

Hay palabras que son equívocas cuando con ellas denominamos cosas que tienen poco que ver entre sí, esencialmente, en que nada importante en todas ellas sea equivalente. Así, la voz “león”, usada para nombrar al ilustre y feroz felino sea a la vez para designar los Papas romanos y una ciudad española. Alguna contingencia azarosa ha hecho que a una palabreja se le cuelguen diversas y heterogéneas significaciones, las cuales apuntan y nominan objetos substancialmente distintos. Los gramáticos - casta que sería sin disputa la más mísera, afligida, y dejada de la mano de los dioses si yo no acudiese a mitigar las desdichas de tan sórdida profesión con la ayuda de una dulce locura. No sólo han caído sobre ellos las cinco furias, es decir, las cinco ásperas calamidades de que habla el epigrama griego, sino mil, pues siempre se les ve famélicos y harapientos en sus escuelas, o pensaderos o, mejor dicho aún, obradores, y rodeados de verdugos en figura de un montón de chicos que les hacen envejecer antes de tiempo a fuerza de cansancio y que les aturden con sus gritos, amén de los hedores que exhalan; pero a pesar de esto, gracias a mí, se estiman por los primeros entre los hombres…al decir de Erasmo en Elogio de la locura- y lógicos hablan entonces de “polisemia”; el vocablo posee que múltiple significación.
Hoy día abundan las palabras que por decir una cosa dicen otra. El vocabulario se ha relativizado. Se habla con una inmanente caprichosidad de cualquier cosa de cualquier manera. En el vago sentido de los decires, la pluralidad de términos está plagada de lugares comunes y de vocablos tergiversados. Cuesta acomodar la capacidad de entendimiento a la realidad objetiva y se vive rodeado de la inaudita fantasía verbal del prójimo. Un frondoso renacimiento del yo romántico nos rodea y descubre en toda su vasta extensión el mundo interno ajeno, el me ipsum, la íntima conciencia, los secretos interiores, lo subjetivo…vapores de cerebros circunvalados de espejismos imaginarios. La vida parece una novela de aventuras. Realidades como Justicia y Verdad; o como esa muralla de ladrillos que veo a través de mi ventana ya no son tal, sino “interpretaciones” de este nuevo mundo aparte e ilusorio. Rodeados de aspas giratorias de molinos quijotescos nos cuesta ver la estricta realidad. La realidad se ha transformado en un ornamento inesencial y la tragicómica alma personal de la gente con su lirismo polisémico se ha apoderado de casi todo con su susbtancia voluble y tornadiza.
“La realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aun cuando es ella misma la idealizada.” Dice Ortega. Es tiempo de enterrar la poesía en honor a la verosimilitud y al determinismo. La fantasía produce inconexión.
La inconexión es aniquilamiento.
Produce odio que fabrica inconexión, que aísla y desvincula, atomiza el mundo, y desintegra la individualidad.

domingo, 8 de enero de 2012

rrridículo rrreconocimiento

Hegel pensaba que la eterna pugna por el reconocimiento entre los hombres constituía un fenómeno estrictamente humano; era, en todo caso, esencial para explicar la significancia de la cacareada naturaleza humana.  Sin embargo se equivocaba medio a medio. Porque la apetencia humana de reconocimiento tiene un sustrato biológico…que también está presente en nuestros hermanos menores, los animales. En La política del chimpancé, Franz de Wall describe con lujo de detalles las peleas por el rango libradas en el seno de una colonia de chimpancés mantenidos en cautiverio en Holanda. Los chimpancés machos forman camarillas sectarias, conspiran, confabulan y se traicionan unos con otros y exteriorizan emociones muy similares al orgullo y la ira cuando su rango no era re-conocido por sus camaradas.
La contienda humana por el re-sonado reconocimiento es incalculablemente más compleja que la de los animales. El bípedo humano en virtud de la capacidad de almacenar datos en la memoria, el aprendizaje teórico y práctico y su formidable capacidad para el llamado razonamiento abstracto, son capaces de encauzar la lucha por el reconocimiento hacia ideologías desproporcionadas y amorfas; creencias religiosas que le enajenas y le hace sumergirse en atmósferas psicotrópicas; puestos intramuros de relativa relevancia en universidades que nadie conoce, poseer el 4x4 mas grande que el de su vecino, o el peinado más vistoso para la fiesta del sábado de la sociedad de socorros mutuos.
Este deseo de reconocimiento (muchas veces de-mostrado ridículamente), decíamos tiene una base biológica y que dicha base tiene que ver directamente con las concentraciones de serotonina en el cerebro. El macho dominante en los estudios de De Wall poseía altos índices de serotonina y los inferiores de la escala social de los monicacos, baja concentración de serotonina.
Hegel creía que el proceso histórico humano estaba impulsado, básicamente, por la lucha feroz por el reconocimiento. La “batalla sangrienta” entre dos contendientes en la que se definía quien era el amo y quien el esclavo; que instalada en nuestras lides políticas actuales de la democracia moderna (en que los hombre son considerados libres y dignos del mismo reconocimiento (permítaseme una sonrisa)), sigue siendo la manifestación externa de las diversas dosis de esta alquimia físico-química que se produce en el cacumen humano en que la señora serotonina la lleva.
La famosa y nunca bien ponderada lucha de clases marxista no es más que otra utópica escenografía para mostrar al grueso público gestos de atlética virtud; pero que enmascara mañosamente la lucha fisiológica ruin por el bastón de mando.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Cansancio Vital

Pensamiento y corazón circulan entre las cosas y los casos. Y en este ir y venir se reflejan en su horizonte especular las flamas de su perimetría. Tristeza, amargura, melancolía priman por estos días en que atención resbala sobre las realidades circundantes sin detenerse en ninguna.  Nuestra voluntad da giros circulares alrededor de que lo “que hay que hacer” sin detenerse a de-terminar. Somos el personaje de novela que sufre inacabablemente. ¿Exceso de idealismo? No nos interesa ni el dinero ni el halago; en plena y dolorosa conciencia de nuestros radicales defectos solo deseamos cierto imperativo de verdad, ciertas visiones que nos perfilen de nuevo la periferia de nuestra personalidad. Hemos perdido el fondo sustancial y sólido de la pisada segura y sorteamos boyas que se bambolean sobre el océano impreciso de las superficialidades.
La melancolía, la tristeza, el descontento son la compañía diaria de nuestro espíritu y operan como vaho nocivo sobre aguas estancas; esas emociones de desazón, de desamparo y vacío infinito nos dejan paralíticos –al margen de algunos intentos reprimidos- y tullidos a la orilla desierta del río bullente de la vida. Es entonces cuando advertimos el enorme desequilibrio entre nuestro ser virtual y nuestro ser actual. Y eso, eso es la inmensa infelicidad.
El conjunto de nuestros quehaceres espirituales no son más que sombras húmedas, oscuridad fría y dolorosa. Lejos están los amores apasionados o algún estado intenso de alegría. Miramos hacia atrás y…no hay rastros, ni estelas…ni mundo. Solo vacío y sombras sin movimientos ni gesto alguno sugestivo. Los tormentosos aullidos de acedía que irrumpen de la literatura romántica –ahora lo sabemos- son los quejidos de la sensibilidad, irritada como un perro enfermo, ante esa fantasmagoría que es el propio espíritu indolente y apático.

Se vive como un hongo, atenido a lo poco de sí mismo, sin ligadura al mundo circundante, sin interacción ni cambio de intimidades con el entorno inmediato. En nada ni nadie se encuentra alguna solicitud lo bastante interesante. Este escrito de hoy es otro de tantos bostezos de aburrimiento trascendental y hondo cansancio vital ante un mundo en que todo es insuficiente.

Ciencia del Escándalo

“La verdadera ciencia del escándalo no se aprende sino estudiando la envidia humana, un estudio fuera de programa, pero que a pesar de todo he hecho y a fondo, de lo cual me congratulo. La envidia es una admiración que se disimula. El admirador que siente la imposibilidad de experimentar felicidad cediendo a su admiración, toma el partido de envidiar. Entonces emplea un lenguaje muy distinto, en el cual ahora lo que en el fondo admira ya no cuenta, no es más que insípida estupidez, rareza, extravagancia. La admiración es un feliz abandono de uno mismo; la envidia una desgraciada reivindicación del yo.”

Soren Kierkegaard “la enfermedad mortal”

martes, 27 de diciembre de 2011

La fotografía: tiempo congelado

El tiempo es algo en lo que se puede fijar arbitrariamente un punto que es un ahora, de tal manera que en relación con dos puntos temporales siempre se puede decir que uno es anterior y otro posterior. A este respecto ningún ahora puntual del tiempo se distingue de cualquier otro. Cada punto, como un ahora, es el posible antes de un después; y como después, es el después de un antes.        Martín Heidegger

 La fotografía es una imagen denotada. Muchas veces es claramente explícita y las más veces es puramente alusiva. Alude a una circunstancia pero no la transcribe en su pleno significado. Sabemos que la percepción visual humana es tremendamente compleja; sin embargo, la lente de una cámara fotográfica, como el ojo, debido a la sensibilidad lumínica, registran imágenes  a la misma velocidad en que ocurren. Percibimos la realidad como una fluencia unidimensional que viene comandada por una entidad misteriosa que viene del futuro, pasa raudamente frente a nosotros, en un presente inasible, y se precipita inequívocamente hacia el pasado, convirtiéndose en ese mismo instante en existencia abolida, inerte, inmaterial. En la memoria humana se convierte en recuerdo, a veces claro como mediodía, a veces difuso como...una fotografía desenfocada. Pero lo que hace una cámara fotográfica a diferencia del aparato ocular es muy particular. La cámara fija la apariencia del acontecimiento. Captura -de  ese fluido unidimensional- el fenómeno, lo que aparece, la apariencia de lo visible y lo congela, lo bloquea, lo conserva; no para siempre, pero sí mientras exista la película y/o los píxeles. 
La fotografía hace con la realidad humana un ejercicio que es muy difícil de hacer. La fenomenología llama "poner entre paréntesis" un hecho, para poder estudiarlo. La captura de la realidad objetiva ha sido un problema constante de la filosofía. En ese sentido el "realismo aristotélico" es el que más se acerca a la cámara fotográfica. La realidad es lo que perciben los sentidos. Y el sentido de la vista siempre ha sido poderoso en esa búsqueda.  El "ver para creer" de Santo Tomás. Por supuesto que la llamada "corriente de la conciencia", a lo Proust o a lo Joyce; o la primacía de "la idea" de Renato Descartes no puede ser aprehendida por una instantánea fotográfica; pero sí la expresión, el fenómeno externo. El sentido de un evento - diría Enrico Castelli- trasciende su eventualidad. La intención -gracias al Venerable - es privativo arcano de cada cual. 
La fotografía ha sido un registro del devenir de la realidad humana y su circunstancia mucho más infalible que la frágil memoria. Aunque se diga que este registro es segmentado, parcelado; instantes apenas, breves como el click de la cámara. Antes de la invención de la cámara fotográfica no había nada -aparte de la narrativa, que también tiene sus limitaciones en la aprehensión de la total realidad- que registrara tan fielmente la historia del hombre, salvo los ojos de la mente: la facultad de la memoria. Con la fotografía el pasado nos trasciende haciéndose presente, el tiempo se hace eterno, y lo cotidiano se nos vuelve una cronología común y atemporal. Con la fotografía la realidad humana se hace con-mensurable, podemos hacer mediciones temporales mas precisas y colocar hitos y testigos más exactos en la temporalidad lineal y dispersiva de la historia humana. 
La fotografía también dice "yo estuve allí". Este aspecto relacionado con lo experiencial es importante. Una vida interior necesita ex-presarse. Necesita ser sacada a luz exterior, rescatarse permanentemente de la oscuridad. El arte de la fotografía es un modo de expresión artístico. En ella -el fotógrafo- al mostrar y proponer ante otros su propia experiencia de vida - punto del vista, luz y contraste,  perspectiva-, su personal apreciación, su juicio marginal; objetiviza su percepción del mundo mediatizada por la cámara. En ese sentido, el fotógrafo, no solo rescata, como en la historia, lo otro que es digno de ser salvado de la irreversibilidad del tiempo y deja grabado imperecederamente en el reino de este mundo cosas y casos que de otro modo se hubiese perdido en los túneles del tiempo y los abismos del espacio. La nada que todo lo corroe merodeando siempre la finitud del ser, la frágil y breve existencia del "bípedo implume", disolviendo implacablemente la frágil memoria humana.

domingo, 25 de diciembre de 2011

la barra del bar

El bar es el mundo abierto. Allí nos desfocalizamos y resbalamos sobre la topografía del lugar, así como por nuestros pensamientos. Alguien llamó a esos rincones atmosféricos “núcleos confesionales”; desde la semipenumbra, desde diversas coordenadas espaciales nos llegan rumores de esas “confesiones” íntimas y esenciales que en un vuelo y revuelo anímicos se convierten en una masónica experiencia común.  De alguna manera, ese lugar de rincones adimensionales –desde el anochecer- se convierte en iglesia…que es el lugar físico en donde las experiencias espirituales se objetivizan en una gran práctica comunitaria. Allí, las almas penitentes son unánimes y convergen hacia el atrio sagrado iluminado con neones y velones consagrados con cerveza y vino de la casa…la barra. En ese particular lugar de este universo conversatorio de arriman los mas temerarios, los mas solitarios y ascetas; los mas necesitados de dioses temporales y sedientos de comuniones (uniones comunes) que le permitan trascender aunque sea por unos instantes de sus interiores que le atormentan.
Allí el tiempo lineal es demolido; el bar es un magnífico lugar para la búsqueda del “tiempo perdido”, tiempo de las palabras no dichas, tiempo de anhelos estropeados, de amores inconclusos, de deseos inconfesables, de hondas penas que nos sofocan el aparato respiratorio y el alma entera. Allí el tiempo es abolido, allí el tiempo que se devora a sí mismo, deja en esos momentos de devorarnos a nosotros y se diluye por los rincones oscuros de la cantina.
En la barra es como estar desguarnecido, al sereno, en donde la mundanidad se expone sin pudores inhibitorios y la confesión de fé se ectoplasma entre los vasos y las botellas. Se revelan allí testimonios de vidas personales que solo aparecen en ese altar público del bar. En ese santom santorum, fuera del espacio y del tiempo mundanos nos mostramos tal como somos. Se saca afuera, se hacen común las intimidades que más nos sofocan; y en medio de esta compilación de soledades ocurre un fenómeno grandioso: nos liberamos por algunos instantes de la casi insoportable y pesada carga de los trajines y proyectos, de las idas y venidas –aplastados por el tiempo y el espacio- de la mundanidad del mundo inexorable.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Dulcinea...Dulcinea!!!

"Adéntrate en ti mismo y escudriña y ahonda. Hay amores que no pueden romper el vaso que los contiene y se derraman, hacia adentro, y los hay - inconfesables, a los queel destino formidable oprime y constriñe en el nido en que brotaron, el exceso mismo de aquéllos los cuaja y los encierra; la tremenda fatalidad de éstos los sublima y engrandece. Y presos allí, avergonzándose y ocultándose de sí mismos, empeñándose por anonadarse, bregando por morir, pues no pueden florecer a la luz del día y a la vista de todos, y menos fructificar, se hacen pasión de gloria y de inmortalidad y de heroísmo."[...]  "Grande es una pasión que rompe por todo y quebranta leyes y arrolla preceptos y desencadena torrencialmente su caudal perinchido, pero es más grande aún cuando, temerosa de enfangarse con las tierras que ha de arrastrar en su furiosa arremetida, se arremolina en sí y se condensa y se meta en sí misma, como queriendo tragarse a sí propia, luchando por deshacerse en su imposibilidad misma, y revienta hacia adentro y convierte en inmenso piélago el corazón."
Unamuno.  Vida de Don Quijote y Sancho

martes, 20 de diciembre de 2011

Políticos

Eugene Ionesco, el de La Cantante Calva; dice que hay dos clases de temperamentos: artístico y científico. Y que hay una tercera casta de hombres: los políticos.
Estos no entran en el campo de ninguna cultura. Están instalados entre las cosas, en lo fáctico, en los hechos; no son realmente necesarios  sino para los trabajos de decimotercera categoría, la menos importante, la cocina de la sociedad. Son simplemente distribuidores de la sociedad. En Chile algunos por la experticia adquirida por tantos años de “práctica de la profesión”  se han convertido en verdaderos Chef de la  política Criolla. Expertos en preparar Cazuela de Ave con chuchoca.

Se quejaba un político poéticamente:

Gobierna una oligarquía
de partidos satisfechos:
reparto de economía,
de poder y de derechos.
Cuatro años por un día
de votar entre deshechos:
cuatro años de porfía
con ciudadanos maltrechos.
Un día de algarabía
a costa de los barbechos
a los que por anal vía
dispensarán sus derechos. 

Ayer, el Partido Popular,
tuvo a bien el conjugar
-por activa y por pasiva-
el gran verbo "copular".
Hoy existe otro "talante"
que amplía el campo actuante:
se nos quiere "fornicar"
por detrás y por delante.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Al niño que todos llevamos dentro

Vivimos en una sociedad  poco solidaria, la realidad es que el que no sabe dar enérgicos codazos es quitado de la fila, hecho favorecido incluso por sus propios y generalmente nobles escrúpulos que le impiden re-accionar.
De este modo coexistimos en un ambiente poco valorador de lo mejor que somos, sino más bien nos burla y castiga por ello, crea personalidades apocadas y angustiosas que no observan al prójimo con la fruición de co-participar en este mundo común, sino con el temor y aprehensión de estar siendo constantemente expulsado de él; en el ambiente laboral, en las empresas amorosas, en los perímetros amistosos, en los pedestales de la admiración.  Cuando la afilada cuchilla de la crítica, la intermitente y corrosiva descalificación, la ofensa asquerosa y todo tipo de aumentativos, nos corta la carne y nos des-troza el alma; cuando se nos escatima de cualquier modo, se nos aparta y deja en último lugar, dando a entender que cualquier otra cosa es prioritaria y cualquier otra demanda es más digna de atención, acabamos pre-sintiendo y sintiendo que no tenemos en realidad el valor suficiente standard.
Dice Heidegger que el origen de la angustia era la forma como el ser humano conoce la nada como lo que hay detrás y antes de las cosas que existen (tenemos muy internalizado que procedemos de la nada y en la nada nos disolvemos, por lo que angustiarse sería salirse del “algo” que hay entre-medio). Somos una especie de entre paréntesis entre dos nadas absolutas. Pero aparte de esta “angustia existencial” de ribetes metafísicos hay angustias mas pedestres…a ras de suelo.
 Por ejemplo; poco colabora el prejuicio social generalizado de que el que no triunfa en las estructuras vitales programadas (educación, familia, fortuna, aceptación social, etc.) es porque no lo merece; no posee calidades y cualidades personales o no ha sabido conducirse con la inteligencia y astucia necesaria. Por el contrario, idealizamos y realzamos a los que las cosas les salen bien pensando que son capaces, perspicaces, juiciosos y se merecen todo por decoro propio.

El desamor, la impresión de no conseguir ser lo suficientemente estimados por los demás, es también una voz y sentimiento que con dedo acusador pareciera inculparnos: “!por algo será!”. Tal vez somos poco interesantes, atractivos, solventes, confiables, dignos, merecedores. No somos grandiosos, sino “poca cosa”, “poco partido” para los demás, a los que más bien importunamos con nuestra molesta e inoportuna presencia general. Llegamos a la vida siendo queridos (a veces no) y morimos día a día como si el mero existir y vivir con amor fueran una sola y misma cosa.
Muchas veces se ha creado una excesiva dependencia afectiva de los demás, de manera que nunca tenemos suficiente, siempre estamos afanosos, pidiendo y succionando como parásitos partículas de afecto,  y en este pedir nos degradamos a niveles de angustiosa humillación. ¿No sería la solución conformarse con menos y buscar otro tipo de placeres para calmar nuestro anhelo de felicidad?  En cambio el afecto-dependiente (como dicen los que saben) a menudo se vuelve un sufridor profesional buscando más de lo mismo, haciendo esfuerzos inmensos para convencer con sus favores, sus tiernuchas delicadezas, sus sutiles atenciones que sólo provocan las iras, el desprecio y el rechazo. No aparece en el horizonte ninguna actividad vindicativa y aclaratoria; a veces, un que te doy pero no te doy, con generosidad te doy, pero qué me das si te doy, te voy a dar cuando no esperes en vez de cuando desesperes, no te doy porque no te mereces que te de, aunque te doy a pesar de que no lo mereces. ¿A que no sabes si te daré o no te daré? Aunque no quieras te daré, pero cuando quieras no te daré…
En ocasiones ni siquiera hemos sido nunca queridos, porque los que decían que nos amaban nos mentían (es tan fácil mentir con la palabra y con el regalo envenenado), y nos traicionaban haciéndonos notar que con un poco más de esfuerzo acabaríamos induciendo por fin la ansiada efusión amorosa, siendo en realidad un siniestro engaño intoxicado producido por los más próximos (como la más enmarañada tragedia de insidiosos escritos shekaspearianos).
Que vemos al final; que el pobre bípedo sin plumas está esperando el milagro de, por fin, ser persona digna de amor y que le sea devuelto con intereses todo lo que ha perdido injustamente: un cielo difuminado, un paraíso perdido cuya promesa le hace tolerar las ignominiosas cadenas de lo injusto.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Individualismo provinciano

Estamos viviendo una época de exacerbado individualismo; pero no el individualismo puro y hasta sano - la autarquía aristotélica- del liberal, sino el individualismo del hombre masa. El hombre masa ha conseguido poderío social gracias a su “filosofía”: no da razones ni tampoco quiere tener la razón.
Con el advenimiento de la democracia se esperaba un nuevo hombre nacional; el hombre persona. La idea de persona encierra una bella intención: de que todos somos iguales sin perder nuestra identidad, por tanto debería “comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Pero sucede remotamente aquello. Hoy, por un lado priman los valores crematísticos; mejor digamos seudovalores. Estos “valores” son los bienes de los que antes tenían  muy poco o nada patrimonio económico; y de pronto gracias a circunstancias puramente contingentes han logrado tener un automóvil y un puesto en la administración pública o un negocio de abastos.
 Por otro lado, producto de una ideología neoliberal, ha surgido en la escena nacional el “hombre snob”, ese hombre petulante, aristofílico, light; que cree ingenuamente que se las sabe todas; que está por encima de sus congéneres  y que cree  que su valor y el de los demás radica fundamentalmente, en sentirse parte de una minoría selecta de tribunos y patricios que trata con la turbamulta desde lejos.
A estas dos actitudes nacionales que ha traído la recuperada democracia se suma el mal endémico de las ciudades satélites de la capital: el provincianismo.
En el antiguo Imperio Romano los pueblos que no resistieron el avance imperial, fueron relegados a  las “provincias”. Vencidos, fueron reducidos a la condición de “provincias”, palabra que significa precisamente eso: el lugar de los vencidos.
La principal característica del provinciano de hoy está en tratar de creer que su provincia es el centro del universo, pero  en el fondo sabe que la civilización está en la Capital del Imperio; se siente como un súbdito al cubo, algo así como un menor de edad frente al poder político omnímodo del Imperium central, pero su actitud  soberbia en medio de su parcela  de transtierra es la del todopoderoso Zeus.
En Chile, lamentablemente, a diario se encuentra uno más a menudo con gente así: el pseudearistócrata provinciano que le ordena a su secretaria -que antes era una modesta dueña de casa- que pregunte a través del interfono “¿de qué empresa viene, ya que el señor está muy ocupado?”.