Mostrando entradas con la etiqueta Aristóteles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aristóteles. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de agosto de 2015

Ese bizco y ridículo nombre de Filosofía

Antes de llamarse filósofos estos de denominaban averiguadores, develadores. Esta situación, esta nueva experiencia viviente del antiguo nuevo pensar griego, que iba a ser el filosofar, fue preciosamente denominada por Parménides  de Elea y algunas colectividades  atentas de su tiempo, con el nombre de alétheia.  En efecto, cuando al pensar meditando sobre las ideas vulgares, tópicas y recibidas respecto a una realidad, encuentra que son falsas y le aparece tras ellas la realidad misma, le parece como si hubiera quitado de sobre ésta una costra, un velo o cobertura que la ocultaba, tras de los cuales se presenta en cueros, desnuda y patente la realidad misma. Lo que su mente ha hecho al pensar no es, pues, sino algo así como un desnudar, descubrir, quitar un velo o cubridor, re-velar (=desvelar), descifrar un enigma o jeroglífico (Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset)”.
Todas las filosofías nos presentan el mundo acostumbrado (el de todos los días) y usual dividido en dos mundos, un mundo patente y una suerte de trasmundo o supramundo que palpita y se oculta bajo aquél y en poner de manifiesto –averiguar, develar- el cual radica la finalidad de la labor filosófica.
Habría que analizar a fondo la incitación ejemplar primera de la ocupación filosófica, procurando entender lo mejor posible esta  filosofía primigenia. Aprender así con toda precisión por qué dualiza el mundo y cómo suscita, manifiesta, muestra, devela o inventa el mundo latente, el mundo estrambótico, ultramundano e inhabitual que es el característico de la filosofía.

Desde la antigüedad la gente sabe que la filosofía es sinónimo de averiguación. Los filósofos son averiguadores, investigadores, indagadores, inquisidores, sondeadores, tanteadores. Todos estos epítetos causan un escozor psicológico y un sarpullido enojoso allá en las partes pudendas en donde  nunca nos da el sol. La turbamulta, entonces, comenzó a atacarlos, a hostigarlos, a malentenderlos, a confundirlos con otros quehaceres equívocos, y ellos tuvieron que abandonar aquel nombre, tan maravilloso como candoroso – alétheia-, y cambiarlo por otro, de generación espontánea, tremendamente peor, pero... más  ”práctico”…más simbólico e indirecto; es decir, más estúpido, más ridículo, más villano, más cauteloso: filosofía.

domingo, 8 de febrero de 2015

Obediencia


"Por de pronto, concebimos al filósofo principalmente como conocedor del conjunto de las cosas, en cuanto es posible, pero sin tener la ciencia de cada una de ellas en particular. En seguida, el que puede llegar al conocimiento de las cosas arduas, aquellas a las que no se llega sino venciendo graves dificultades, ¿no le llamaremos filósofo? En efecto, conocer por los sentidos es una facultad común a todos, y un conocimiento que se adquiere sin esfuerzos no tiene nada de filosófico. Por último, el que tiene las nociones más rigurosas de las causas, y que mejor enseña estas nociones, es más filósofo que todos los demás en todas las ciencias. Y entre las ciencias, aquella que se busca por sí misma, sólo por el ansia de saber, es más filosófica que la que se estudia por sus resultados; así como la que domina a las demás es más filosófica que la que está subordinada a cualquiera otra. No, el filósofo no debe recibir leyes, y sí darlas; ni es preciso que obedezca a otro, sino que debe obedecerle el que sea menos filósofo."
Aristóteles: Metafísica, libro I, 2 (Trad. Patricio de Azcárate)

martes, 15 de enero de 2013

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

domingo, 1 de abril de 2012

¿La relatividad de la verdad?

Se dice que la verdad es Verdad –desde Aristóteles- cuando hay concordancia del  conocimiento con la situación objetiva que enuncia. Planteado así el asunto se advierte que las dificultades no provienen de la verdad en sí, sino de la posibilidad o imposibilidad de comprobar la situación objetiva a que el conocimiento se refiere. La vedad no nos es segura, muchas veces se transforma en no-verdad, por la condición oculta y recóndita de ciertas situaciones objetivas que por múltiples motivos escapan a la comprobación. Para cualquier situación objetiva es irrefutable que puede haber conocimiento verdadero, aunque las más de las veces esta posibilidad no se realice; porque nada hace constar y constatar a la existencia de una enunciación que corresponda a la situación. La Verdad es una relación especial: la relación de conformidad entre un conocimiento y su objeto.
Sabemos que lo opuesto a la verdad es la falsedad. El conocimiento es estrictamente verdadero o falso; no hay grados de verdad o medias falsedades, no existen términos medios. Por lo tanto no hay verdades relativas.
No hay relatividad en la Verdad. Se suele decir descuidadamente que la “verdad es relativa”, por que lo que es verdad para Juan no lo es para Pedro, o porque la mayoría de determinada época ha juzgado verdadero lo que después se ha demostrado indudablemente que era falso. Así se confunden dos instancias distintas: la verdad y el tener algo por verdadero. Por muchas y diversas que sean las opiniones tenidas por verdad sobre algo, es innegable que hay una enunciación del asunto que concuerda  con el, entre las opiniones emitidas, o entre las que no se han emitido aún. Entonces la Verdad es Una y Absoluta, pero que puede o no recaer sobre lo que se tiene por verdadero. Por ello sale mas barato afirmar que la verdad es “relativa”, que todo depende del cristal con que se mira. Pero estas afirmaciones de la relatividad de la Verdad conllevan a curiosas y pintorescas anomalías.
Veamos. Todo relativismo de la verdad se fundamenta en el reconocimiento absoluto de la verdad, y por lo mismo se autodestruye. La fórmula mas juiciosa del relativismo es:”Todo es relativo, salvo este principio”, que resguarda y pone a salvo la relatividad. A los relativistas habría que preguntarles si la tesis de la relatividad que expresa es verdadera o no. Y aunque nos diga “ es relativamente verdadera” no escapa de la telaraña de la contradicción, porque el entiende decirnos que “es absolutamente verdadero que es absolutamente verdadera”. Al relativismo consecuente consigo mismo no le queda otra postura fundada que el silencio edificante. La relatividad de la verdad se toma muchas veces por este otro costado. Si fulano de tal no nos parece bueno del todo, si sostenemos y afirmamos sus atributos bondadosos con reservas mentales, diremos acaso que es bueno, pero que esto es verdad relativamente. En seguida se descubre en qué consiste la supuesta verdad relativa; es realmente una falsedad cuya distancia de la verdad es poco considerable…a veces mínima…a veces inesencial a los fines que se tienen a la vista. La discrepancia entre el conocimiento o la enunciación y la efectiva y auténtica situación no impide el manejo (manipulación) de la afirmación. Pero rigurosamente estas aseveraciones son plena y totalmente falsas; una mínima falta de concordancia basta para sustraer toda la verdad al conocimiento.
 Pero, curiosamente, una cantidad notable de nuestros conocimientos son de ese cariz, y no solo los utilizamos descuidadamente, sino que casi permiten una enunciación correcta y cierta: “Fulanito es casi bueno”; “calculo  aproximadamente ese grupo de manifestante en tantos alumnos”. Basta, solamente de introducir en la frase afirmativa la reserva mental que dejábamos fuera y que hacíamos recaer como la verdad total.

jueves, 16 de febrero de 2012

Naranjas y realidades

Eso que acostumbradamente llamamos “mundo” no es otra cosa que el conjunto de las cosas reales. El mundo es una gran cosa repleta hasta los bordes de cosas más pequeñas. Este mundo de las cosas reales lo percibimos, lo “conocemos” a través de los sentidos. El hombre que dice conocer más mundo, es aquel que más datos, mas definiciones tiene acerca de las cosas que ha percibido a través de los sentidos. A este modo de aprehender la realidad del mundo se le ha llamado, desde Aristóteles: Realismo.
Este mundo de las cosas reales tiene su estructura. Digamos que en el mundo “hay” cosas. Las cosas “son”. Entonces, las cosas reales tienen “ser”. ¿Qué significa “ser”?. Significa una cosa muy simple, muy evidente e inmediata: significa que lo “hay” en mi vida.
Las cosas están ahí en mi vida. Aquella naranja sobre la mesa “está”. La naranja “es”, está ahí, en mi vida. La hay. En este sentido, este mundo de las cosas reales posee esta primera característica. Ser.
Pero, además, el ser de la naranja es un ser real. ¿Qué significa que sea real? (Real, viene da la voz latina “res”, que significa cosa). El modo de ser de las cosas es, además, real. Su ser es de este tipo especial que llamamos “ser real”. En oposición a los objetos ideales, se me presentan –ante los sentidos- con una individualidad de presencia que designamos con la palabra “real”. Así, tenemos dos categorías de este esfera de la objetividad: el ser y la realidad.

Pero estas cosas que contiene el mundo, además, de ser reales, en el sentido que hemos expuesto, son reales en el tiempo; es decir, poseen temporalidad. Esto quiere decir que tienen un ser que, en algún momento, comienza a ser, que está siendo y que en algún instante futuro dejará de ser. Esa sabrosa naranja que veo sobre la mesa, que tiene su “ser”, porque “está” en mi vida; que además es real porque puedo aprehenderla con mis sentidos es, casi seguro, que en unos días más no estará. No porque alguien se la coma, sino porque el tiempo habrá pasado a través de ella, transformándola e n otra cosa.  El ser de las cosas, entonces, está localizado en el tiempo, es temporal. Esta es otra categoría del ser de las cosas: la temporalidad. Pero también a estas cosas reales que están en el mundo y que son temporales, se añade otra categoría; la causalidad.
Ese ser real en el tiempo, ese ser que en algún momento empieza, que deviene y que termina; sufre secuencialmente, sucesivamente en el tiempo, transformaciones, mutaciones, cambios que acontecen de una manera aparentemente inteligible. Toda esta sucesión de pequeñas causas que van imprimiendo cambio a las cosas, es lo que llamamos causalidad. Por otro lado, este concepto expresa una posible forma de conocimiento  sobre las cosas que están en constante cambio, por cuanto manifiesta que esta sucesión de transformaciones en el tiempo es inteligible, es decir, reductible a leyes, es posible de conocer.
Hagámonos juntos la siguiente pregunta: cuando veo la naranja sobre la mesa, ¿qué veo?. Veo primero una cara, parte de ella (la que está frente a mí). Si Quero verla toda, tengo que dar vueltas alrededor de ella y ver lados sucesivos, de suerte que nunca la veo “junta”, integralmente. Y aunque la corte en mil pedazos y examine su composición molecular, su estructura atómica, jamás podré decir que “conozco” la naranja, pues estará cambiando a cada instante temporal…la naranja de hace un instante no es la misma al instante siguiente…¿podemos entonces conocer la realidad?.

domingo, 5 de febrero de 2012

Ira Inteligente

Admitamos –dice Aristóteles– que la ira es un apetito penoso de venganza por causa de un desprecio manifestado contra uno mismo o contra los que nos son próximos, sin que hubiera razón para tal desprecio”; la consideramos un tanto idealista ya que no es el desprecio sin razón el que nos vuelve iracundos sino agravio objetivo muchas veces aberrante y violento. La definición de Descartes nos parece mas realista: La ira –escribe el filósofo francés– es una especie de odio o aversión que sentimos contra los que han hecho algún mal o han tratado de hacer daño, no indiferentemente a cualquiera, sino particularmente a nosotros [...] tiene el mismo contenido que la indignación y además se funda en una acción que nos afecta y de la que deseamos vengarnos”. Falta, sin embargo, en la fórmula cartesiana (aunque pueda suponerse implícito en ella), algo que sí se halla en la aristotélica: la indignación se suscita igualmente cuando las víctimas del mal o del daño son aquéllos que nos importan, nuestros cercanos –amigos o familiares- aunque no lo seamos directamente nosotros mismos.
Concertemos, entonces, que la ira es una emoción consistente en un estado afectivo de indignación y furor provocadas por el daño o la ofensa inferidos a nosotros o a quienes nos son apreciados (indignación y rabia tanto más intensas cuanto más injustos y improcedentes sean el daño y la ofensa), y que crea, por lo menos momentáneamente, sentimientos de odio y deseos de venganza.
Que se trata de una emoción (y una de las primarias) lo delata su gran excesiva intensidad y su carácter transitorio y breve (también su expresividad facial, característica y acaso universal y, en general, los componentes no verbales que la acompañan: musarañas, gruñidos, aspavientos y la vasodilatación general de las tuberías arteriales). La indignación, el odio y el deseo de venganza pueden, ciertamente, persistir largo tiempo (a veces toda la vida), pero la cólera misma, en tanto que tal fase afectiva, cesa con prisa: nadie permanece 24 horas enteras, ni siquiera una hora, en actitud encolerizada, como tampoco lo hace en actitud estuporosa, de repugnancia o de alegría.
Admitamos, con Aristóteles, que “el que se irrita por las cosas debidas y con quien es debido, y además cómo y cuándo y por el tiempo debido, es alabado”. Y si no alabado, es seguro, al menos, que su actitud se encuentra plenamente justificada y es absolutamente legítima. Pero es obvio, igualmente, que las dificultades tan sólo se presentan (y se agrandan) en aquellos casos confusos y susceptibles de discrepante discusión, en tanto que hay otros que no generan confusión alguna ni admiten discusión de ningún especie. Y en éstos casos, ser manso y apacible no es síntoma de bondad o de buen carácter, sino de debilidad o cobardía; también, con frecuencia, de estupidez: “Pues los que no se irritan por los motivos debidos o en la manera que deben o cuando deben o con los que deben –dice de nuevo Aristóteles–, son tenidos por necios”.

sábado, 28 de enero de 2012

Saber que no se sabe

“Todos los hombres desean por naturaleza saber” nos dice Aristóteles al inicio de su Metafísica. Esto de saber a qué atenerse en el mundo, pareciera ser efectivamente una inquietud general del hombre. Hay, primariamente, un “deseo de saber” que sería un estado pre-reflexivo, aconceptual; una búsqueda “impulsiva” movida por una suerte de anhelo fundamental de nuestra existencia.
Jaspers en “La filosofía desde el punto de vista de la existencia” dice que, “la filosofía quiere decir: ir de camino”. Dice que la palabra griega filósofo (philosophós) se formó en oposición a “sophós”. El filósofo es el amante del conocimiento, del saber; en oposición a aquel que estando en posesión del saber es llamado sapiente o sabio.  Todos, en mayor o menor grado somos amantes de la sabiduría, buscadores del saber (porque no se posee). Todos “por naturaleza” deseamos salir de la ignorancia; pero para salir de la ignorancia, primero hay que “caer” en ella.
El hombre desde que es niño –los niños son los más vehementes indagadores- parte a la conquista de una seguridad radical que necesita imperiosamente, precisamente, por que por lo pronto es, aquello que le es dado al serle dada la vida: una radical inseguridad. Todos nosotros necesitamos “hacer pié”, hallar algo firme que nos sostenga en el mundo y, llega el momento en que nos preguntamos qué es verdaderamente lo que hay, cuál es la realidad.
Platón cuenta una breve historia sobre Tales de Mileto (siglo VI-V a.C.). Dice Platón que mientras Tales se ocupaba de la grandeza de la bóveda celeste y miraba hacia arriba, cayó estrepitosamente en un pozo. A raíz de esto, una ingeniosa y bella criada de Tracia se burló de él, y dijo que pretendía apasionadamente llegar a conocer las cosas en el cielo, mientras se le ocultaba aquello que tenía ante sus pies y ante sus narices. Martín Heidegger, haciendo referencia a la historia de Platón, dice que “la misma burla se aplica a todos los que se ocupan con la filosofía”. Esta idea se ha generalizado hoy día,  porque se considera que para “pensar” hay que alejarse de las cosas concretas. Esto es un error, como muchos que abundan en el ámbito de la mera “opinión”.
Ocurre que lo mas cercano es, por lo regular, lo que menos vemos. Cuando más nos sentamos en una silla, por ejemplo, no nos detenemos a pensar en el ser de la silla, o en la maravillosa existencia de ese objeto doméstico. No nos preguntamos por la luz que nos alumbra, aunque esta nos ilumine con su vibración etérea; no nos hacemos cuestión de ella, no nos preguntamos ¿qué es la luz?
El pensar, que culmina en el saber, comienza por ser ignorar. El pensamiento es, pues, tanto más y antes de saber, una pura ignorancia. En la pregunta ¿qué es la luz? Se revela nuestra inicial ignorancia.
La pregunta es la llave maestra para pasar del no-saber al saber. Los niños habitan en un mundo de preguntas.
Los niños lo único que tienen son dudas –la duda es el inicio del filosofar-. El mundo para ellos es “cuestión”, constante problema. A los niños, en general, el mundo de los adultos les provoca mucha curiosidad, porque estos tienen, casi siempre, respuesta para todo…y si no la tienen la inventan. La vida es sustancial problematicidad y los adultos tendemos a “simplificar” las cosas y los casos, de modo que les trasferimos –a los niños- una historieta de caricaturas de lo real, con un contenido de angustia, desazón, abismo, Nada; que ellos llevarán –por el resto de sus vidas- como una venda en los ojos, impidiéndoles ver la auténtica realidad.  Lo que, muy habitualmente, les heredamos es un engaño llamado mundo y un mundo llamado engaño.

viernes, 27 de enero de 2012

Teoría y Praxis

Hombre en su punto. No se nace hecho: vase de cada día perfeccionando en la persona, en el empleo, hasta llegar al punto del consumado ser, al complemento de prendas, de eminencias. Conocerse ha en lo realzado del gusto, purificado del ingenio, en lo maduro del juicio, en lo defecado de la voluntad.
Algunos nunca llegan a ser cabales, fáltales siempre un algo; tardan otros en hacerse. El varón consumado, sabio en dichos, cuerdo en hechos, es admitido y aun deseado del singular comercio de los discretos.
ORÁCULO MANUAL Y ARTE DE PRUDENCIA
Baltasar Gracián

La vida es una faena que se hace hacia adelante escribió Ortega y Gasset; y en ese ir nos vamos “haciendo” lentamente; vamos tesaurizando realidades, recogiendo vida por las esquinas del mundo. Ahora que la filosofía se ha hiperespacializado con una doxografía photochopiada, y anda como mujer barata por los callejones de la web; no hay excusa para eximirse y tomar partido de sus consejos. El ciberespacio se transformado en una megaplaza pública ateniense, devolviendo a la filosofía su carácter original de “arte de vivir” social. Se ha desplazado –de nuevo-  desde su eje ancestral de un modelo metódico y categorial del saber hacia otro, modelo prudencial-práctico como el de la “phronesis” aristotélica…una suerte de psicología. O, por lo menos, a eso aspira. Los mas contentos son los seguidores de la filosofía práctica a lo Marinoff…la iluminación filosófica a un solo clic. La filosofía institucionalizada, doctorizada en universidades a dado paso al filosofema callejero y vago, en el marketing tipificado al mas  puro estilo de recetas de cocina. Ahora la filosofía es un “cuidarse de sí” basado en una acrítica sarta de máximas y proverbios manoseados (Twitter está repleto de hileras e hileras de pildoritas pseudofilosóficas). Pero constatamos, a diario –casi con alegría-, que siempre “llega tarde”; estira la pata irónica, zarandea los remos alados y levanta el vuelo de anochecida, y más que un festivo preludio de una acción lúdica individual con el ojo puesto en alguna ventura particular y propia, aparece –como casi siempre- para alarmar e intranquilizar el pensamiento y volverlo intempestivo, permanentemente reflexivo y crítico, inasequible, al fin y al cabo, al canto pseudoespiritualista que busca corto de vista la tranquilidad del ser, como al beneplácito con las consuetas estructuras ahora digitales (culturales, sociales, políticas, económicas...etc.)
En rigor, no existe una filosofía crítica hoy día, desde este presente de silicio y códigos binarios; la vuelta de la  “filosofía perenne” se ha alejado proporcionalmente y, lo que vemos hoy no es sino un reajuste aislado e individualista y neo-new age de la auténtica tradición metafísica.

domingo, 22 de enero de 2012

Filosofía en Supositorios

Algunos quieren convertir en crema pastosa, en un bitumen resbaloso, en un bálsamo oleinoso, en un caldo sahumérico, en un azolve mizcleño… a la filosofía. Revolverla con algunos trozos del voluntarismo shopenhahueriano y mercantilizarla en potes de bakelita taiwanesa. Sí señor. Moler y remoler algunos trozos de la sagrada metafísica aristotélica, convertirla en microgránulos ambarinos, encapsularlos y enfrascarlos y lucirlos entre la fármacopea como purificador de ánimas depresivas. El sacratísimo recinto de los jardines de Academo (que reza eternamente “nadie entre aquí si no sabe geometría”), en donde el hombre de los anchos hombros se reunía con sus discípulos para pelar el Ser y buscar el cuesco esencial de su entelequia… lo quieren convertir en una santería, en una venta de fetiches miniaturizados, sahumerios para “descargar” habitáculos, pócimas de amor brujo, figurillas de yeso que representan engaños y fraudulencias. Junto a frascos  de brebajes –al más puro estilo del de fierabrás- de botica de barrio, les ha dado a algunos poner molienda del Tractatus de Baruch Spinoza para evitar la miopía mental metafórica.
Se sabe que Karl Jaspers fue, primero psiquiatra, y después filósofo…como debe ser. Y esto lo han convertido en un slogan estúpido, justamente, algunos psiquiatras y psicólogos y, en un rapto de conversión de cariz catastrófico, un deslumbramiento anómalo de ribetes paranormales; se han vestido con la sotana sacra de la logia filosófica y han bebido del cáliz sagrado del “éxtasis repentino” órfico, y han abierto oficinas consultoras disfrazadas de sacristías confesionarias para incautos y desprevenidos.
Es Ortega y Gasset, juguetón, como siempre; quién dice que la filosofía es un “paisaje de infinita inquietud mental”, y que su historia tiene “un divertido aspecto de dulce manicomio”, que muestra rasgos similares a la demencia por la profunda inquietud que provoca.
A fuerza de no encontrar respuestas en el “Manual de Estadística y Diagnóstico”, los médicos psiquiatras hurgan en el baúl sin fondo de la filosofía, buscando diagnosis y posologías. Para cada actitud “extraña” individual o colectiva inventan un nuevo mal: “síndrome fóbico por presencia de pollos ante el merodeo de la gripe aviar”…y lo añaden al “Manual”. Hasta han creado una organización de  “filosofía práctica”, la APPA; con sede en Nueva York. La filosofía ha dado a luz el utilitarismo de Locke, pero ella, en sí misma jamás podrá ser utilitaria; todo lo extremo contrario, es perfecta inutilidad y, a probado hasta ahora, ser inconducente e improcedente.
No se pretenda salir de un estado estuporoso provocado por un desencuentro con el jefe, leyendo los teoremas de la incompletitud de Gödel; o frente a una declarada melancolía de raíces genéticas buscar asilo emotivo en el optimismo de Leibniz; o ante un cuadro de grave afasia intelectual dar como “receta” aprehender el método cartesiano; o ante una caída de la fe religiosa buscar asilo ascético en Kongfuzi de la mano de Martín Buber.
Los psiquiatras deben seguir medicamentando a sus pacientes con Prozac y dejar a Platón en su plácida Academia; deben continuar con el psicoanálisis freudiano, tratativas conductistas pavlovianas,  electrochoc, lobotomías, hipnosis, escáneres TAC, test de la Barby y Kent, electrocardiogramas, quimioterapias…segundas opiniones, etc. y dejar a la filosofía que cumpla su rol para la que fue “in-fundada” desde la gloriosa Atenas del 450 a.C.: tomar conciencia del “saber-que-no-se-sabe”.

miércoles, 11 de enero de 2012

El tiempo pasa

Fue ya Aristóteles quién advirtió que nada existe en el mundo que el tiempo no lo consuma y destruya; nada dentro del universo que no sea medido y determinado por él.
En efecto, cruel ha sido el reinado del Cronos sobre el universo. El mismo dios que arrebató el trono de su padre Uranos, con violencia, no sabe conservar sus reinado, sino devorando a los hijos que genera. Símbolos de su poder: la filuda guadaña con la que elimina el pasado (mediante el parricidio) y el cuervo, ave oracular renegrida que le permite prever el futuro, también para eliminarlo (devorando a sus hijos).
Pero volvamos a la Física “ de Aristóteles: “Cuando, en efecto, distinguimos por la inteligencia (noesomen), las extremidades y el medio, y el alma declara que hay dos “ahora”, al anterior, por una parte, y el posterior, por otra, entonces decimos que eso es tiempo”.
Por ejemplo: han pasado 10.080 segundos desde la misma hora del jueves pasado hasta la misma hora del jueves actual; una semana ha pasado por cada vida de cada uno de nosotros. El día jueves pasado, marca la “extremidad”, el “ahora” anterior y. el jueves actual –por estas horas- señala la otra “extremidad”, el otro “ahora”, el posterior. El “medio”, el intervalo entremedio, también lo distinguimos cada uno de nosotros…entonces podemos afirmar que ha pasado el tiempo. Una semana, y decimos “una” semana, porque para describir el tiempo nos servimos de ciertos términos, uno de esos términos es la unidad. Este término le viene cuando nosotros percibimos el movimiento. Si colocamos un móvil entre un punto espacial A y otro B y hacemos que se desplace y hacemos marcas que segmenten en intervalos entre A y B; entonces podemos medir el tiempo. De allí la famosa y discutida frase aristotélica: “El tiempo es el número del movimiento según lo anterior y lo posterior”.

Durante esta semana ha pasado tiempo sobre todo el universo…una semana. Definir el tiempo es faena compleja. Pero diremos por ahora que nada de lo que constituye la temporalidad tiene consistencia mínima para ser defendido como real. A pesar de aquella frase aristotélica que nos dice que el tiempo está en todas partes y en todas las cosas, en las externas y en las internas, en lo que está en movimiento y en lo que está en reposo. El pasado ya ha sido, ya no es; por otro lado el futuro va a ser, no es todavía. Y lo que se llama “presente”, eliminando en el todo lo que contiene de pasado y futuro, queda reducido a un punto inespacial, “sin extensión”, ni siquiera unidimensional.

Curiosamente, en esa afilada arista sin espesor de lo que llamamos presente se realiza la existencia, se ejecuta y afirma lo real. Ahí se cumple el misterio del hombre…en ese átomo imponderable para la razón, palpita la inconmensurable eternidad.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Individualismo provinciano

Estamos viviendo una época de exacerbado individualismo; pero no el individualismo puro y hasta sano - la autarquía aristotélica- del liberal, sino el individualismo del hombre masa. El hombre masa ha conseguido poderío social gracias a su “filosofía”: no da razones ni tampoco quiere tener la razón.
Con el advenimiento de la democracia se esperaba un nuevo hombre nacional; el hombre persona. La idea de persona encierra una bella intención: de que todos somos iguales sin perder nuestra identidad, por tanto debería “comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Pero sucede remotamente aquello. Hoy, por un lado priman los valores crematísticos; mejor digamos seudovalores. Estos “valores” son los bienes de los que antes tenían  muy poco o nada patrimonio económico; y de pronto gracias a circunstancias puramente contingentes han logrado tener un automóvil y un puesto en la administración pública o un negocio de abastos.
 Por otro lado, producto de una ideología neoliberal, ha surgido en la escena nacional el “hombre snob”, ese hombre petulante, aristofílico, light; que cree ingenuamente que se las sabe todas; que está por encima de sus congéneres  y que cree  que su valor y el de los demás radica fundamentalmente, en sentirse parte de una minoría selecta de tribunos y patricios que trata con la turbamulta desde lejos.
A estas dos actitudes nacionales que ha traído la recuperada democracia se suma el mal endémico de las ciudades satélites de la capital: el provincianismo.
En el antiguo Imperio Romano los pueblos que no resistieron el avance imperial, fueron relegados a  las “provincias”. Vencidos, fueron reducidos a la condición de “provincias”, palabra que significa precisamente eso: el lugar de los vencidos.
La principal característica del provinciano de hoy está en tratar de creer que su provincia es el centro del universo, pero  en el fondo sabe que la civilización está en la Capital del Imperio; se siente como un súbdito al cubo, algo así como un menor de edad frente al poder político omnímodo del Imperium central, pero su actitud  soberbia en medio de su parcela  de transtierra es la del todopoderoso Zeus.
En Chile, lamentablemente, a diario se encuentra uno más a menudo con gente así: el pseudearistócrata provinciano que le ordena a su secretaria -que antes era una modesta dueña de casa- que pregunte a través del interfono “¿de qué empresa viene, ya que el señor está muy ocupado?”.

martes, 4 de octubre de 2011

Arqueología personal

La búsqueda de la identidad en una necesidad primaria. Y esto no es una expresión hiperbólica. Sobre todo en épocas de incertidumbre va el hombre a buscar, a buscarse a sí mismo. Las épocas de inseguridades son las más propicias para la autognosis. Pareciera que ninguna impresión y  expresión externa logra alzar las esclusas levantadas en su contorno. En esos tiempos más que vivir, nos miramos vivir. El Yo cierra sus portones y se vive la vida en privado, hacia adentro. Son los mejores momentos para el arqueo personal, para hacer un inventario íntimo. Es en las épocas difíciles en que el hombre busca su identidad, se busca a sí mismo, sale a buscarse a sí mismo en el entorno. Hace arqueología, hace antropología, hace filosofía, hace historia.
La importancia del conocimiento de sí mismo, que ya Sócrates proclamó de modo vigoroso, lejos de haber perdido su vigencia, parece haberse acrecentado en nuestra circunstancia.
Buscar la identidad es buscar la unidad de la sustancia. Este concepto es legado del griego Aristóteles: "En sentido esencial, las cosas son idénticas del mismo modo en que son unidad, ya que son idénticas cuando es una sola su materia (en especie o número) o cuando una sustancia es una. Es, por tanto, evidente que la identidad de cualquier modo es una unidad, ya sea que la unidad se refiera a la pluralidad de las cosas, ya sea que se refiera a una única cosa, considerada como dos, como resulta cuando se dice que la cosa es idéntica a sí misma" (Metafísica).
Cuando se busca la identidad del hombre, se busca, entonces, la unidad de la sustancia. Y esta idea parte de la creencia de que existe un principio intelectual superior, sobreindividual y hasta divino, uno en todos los hombres, porque todo participa en él, principio universal y eterno que al obrar sobre otras capacidades del hombre posibilita el conocimiento y la racionalidad.
Por uno de los polos, el hombre, se comporta de modo individual; por el otro, se orienta objetiva y universalmente, hacia instancias y valores que son unívocos en el hombre -del hombre y para el hombre-. Entonces, desde los albores del mundo, en virtud de ese espíritu universal, producto de la unidad de la sustancia...es uno y solo uno, pues posee, también voluntad de unidad, de coherencia; unidad como propósito y designio.
Partiendo de esta idea aristotélica -recordemos que el realismo aristotélico en esta parte del mundo es nuestro oxígeno cultural- de la unidad de la sustancia, el hombre en todos los lugares del mundo; el egipcio, el armenio, el italiano, el peruano; el californiano, el madrileño, el neoyorquino, el andino, parte en un viaje retrospectivo a la búsqueda de los "modos de ser", de las evidencias objetivas, de las huellas de sus pasos: música, escultura, arquitectura, numismática, etc., etc. A través del estudio de lo antiguo -arqueología- zarpa el hombre desde el presente -inasible por lo fugaz- hacia el mar océano del pasado, en busca de su arte, de su ciencia, de su entera vida cultural, para saber a qué atenerse en el mundo contingente y ser dueño de los tiempos por venir.