Mostrando entradas con la etiqueta yo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta yo. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de enero de 2016

la simpatía y la empatía

La envidia de la virtud 

hizo a Caín criminal 
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio 
es lo que se envidia más. 
(Antonio Machado)


Cada día nos cruzamos con infinidad de personas, lo verdaderamente complejo es encontrar a alguien que nos acepte por lo que auténticamente somos; con nuestros numerosos defectos y una ausencia casi total de virtudes. Que sintonice psicológicamente, que se produzcan esos fenómenos tan propalados, por la jerigonza tremebunda de los alienistas, pero muy poco comprendidos y fácticamente poco realizados: la simpatía y la empatía. La simpatía es una forma muy básica por la cual estamos conectados con otras personas. Sentimos más simpatía si la persona con la que interactuamos es más parecida a nosotros, en personalidad y fisiológicamente. Cuando alguien actúa de modo atípico, extrañas extravagancias, con singularidades propias y particulares; se siente que la otra persona mes extraña, es diferente, es un absoluto desconocido, en nada parecido a nosotros. Hay que alejarse de él.
La empatía, por otro lado,  se ve como una capacidad de base genética para entenderse, relacionarse y reaccionar frente y ante los demás, se considera que se desarrolla en un continuo, apareciendo ya desde los primeros meses de vida, aunque mostrándose en muy diferente grado en los distintos individuos. Es como un grado de sintonía afectiva –sentir con el otro en amorosa colaboración afectiva-, con las demás personas y el ambiente circundante. Empatía es tratar de “ponerse en los zapatos de la otra persona” sin embargo, esto no se logra en un 100 por ciento, lo único, pero la intencionalidad de signo positivo queda reverberando en la circunstancia. Los psicoanalistas tienen otras definiciones para el término, pero nos quedaremos con lo dicho.


La empatía, también, entendida como la capacidad para adoptar el punto de vista y el rol del otro, del absolutamente otro y, a veces peligrosamente próximo. Así como para valorar y discriminar las emociones de los demás, es, entonces, un elemento clave en el desarrollo de los exosistemas social-individual que también parece verse afectado por los malos tratos, por las descalificaciones, la discriminación, el engaño, la envidia.

Pútas el huevón Simpático…


Pero volviendo a las cualidades ocultas, esta voz, que nada significa, se refuerza en los libros, y en las Escuelas, con las de Simpatía, y Antipatía, equivalentes en la obscuridad, y en la aplicación. Son voces Griegas que aunque ya vulgarizadas, siempre se quedaron Griegas, porque nada explican. Su más frecuente uso es cuando se trata de aquellos efectos que, por más raros se hacen más admirables, especialmente donde hay algún género de atracción, o repulsión entre dos cosas. Por lo cual Plinio definió la Simpatía, y Antipatía, diciendo, que son amor (la Simpatía), y odio (la Antipatía) de las cosas que carecen de sentido: Odia, amicitiaeque rerum surdarum ac sensu carentium. Los que las explican que son consenso, y disenso, o concordia, y discordia, dicen lo mismo. Los que dicen que la Simpatía, y Antipatía consisten en la semejanza, o desemejanza de toda la susbtancia entre dos cosas, queriendo explicarlo más, lo enredan más. Simpatía, y Antipatía. Benito Jerónimo Feijoo


La simpatía, consiste en compartir los sentimientos del otro, en experimentar con él/ella sinsabores e hilaridades y, por otro lado; la preferencia, inclinación, la atracción psíquica hacia el otro.

No llamamos simpático al irónico o al sardónico o al cáustico, y es que ni la ironía ni la causticidad resultan simpáticos, sino mas bien incómodo y fastidioso, en tanto que la simpatía es siempre amable y jamás persigue la delación, el soplo, la acusación; sino mas bien la buena onda, el compadraje, la complicidad.
La ironía y el sarcasmo molestan e irritan, porque colocan al peligrosamente próximo, es decir, al prójimo, ante lo mas execrable de sí mismo y, le obligan a confrontarlo; y a enfrentarse, por ende, con sus debilidades, fragilidades, endeblez o inconsecuencias; pero la simpatía es esencialmente acomodaticia, complaciente y cortés, y cubre con un barniz de comprensión y tolerancia blandengue las asperezas e imperfecciones del carácter o las pústulas, los abultamientos y las excrecencias verrugosas de la epidermis psíquica.

Si el divino Sócrates hubiese sido un tipo bonachón y simpaticón, es muy posible que, muy lejos de ser condenado a beber la cicuta, se le hubiese otorgado una pensión jubilatoria vitalicia a cargo de las arcas crematísticas Atenienses. Porque el simpático hace que nos sintamos complacidos, agradados, “en onda”, pero esto tiene un precio; de ahí que sea bien llamado y bien recibido en cualquier lugar y a cualquier hora. Además, el simpático siempre vive en éxtasis –fuera de sí, pendiente de la aprobación de los demás-. La ironía y el sarcasmo, en cambio, tienen su costado pedagógico, obligan a que nos pongamos “en ojo”, nos cuestionemos aquello que no podemos o no queremos cuestionar, y, como consecuencia, llaman a enfados y repulsas (no nos gusta mirarnos al espejo y encontrarnos con una enojosa espinilla en la nariz). Así, en tanto que el sujeto irónico es visto como un individuo molesto, irritante e hiriente (un tábano, diría Sócrates), el simpático, en toda ocasión y circunstancia, es una esperada alegre festividad.
Nos quedamos con esta simpática frase de uno de los más grandes irónicos de la historia: George Bernard Shaw

Yo no simpatizo con nadie. Las personas capaces no despiertan simpatías. No soy un hombre simpático, pero soy indispensable. 

martes, 4 de octubre de 2011

Arqueología personal

La búsqueda de la identidad en una necesidad primaria. Y esto no es una expresión hiperbólica. Sobre todo en épocas de incertidumbre va el hombre a buscar, a buscarse a sí mismo. Las épocas de inseguridades son las más propicias para la autognosis. Pareciera que ninguna impresión y  expresión externa logra alzar las esclusas levantadas en su contorno. En esos tiempos más que vivir, nos miramos vivir. El Yo cierra sus portones y se vive la vida en privado, hacia adentro. Son los mejores momentos para el arqueo personal, para hacer un inventario íntimo. Es en las épocas difíciles en que el hombre busca su identidad, se busca a sí mismo, sale a buscarse a sí mismo en el entorno. Hace arqueología, hace antropología, hace filosofía, hace historia.
La importancia del conocimiento de sí mismo, que ya Sócrates proclamó de modo vigoroso, lejos de haber perdido su vigencia, parece haberse acrecentado en nuestra circunstancia.
Buscar la identidad es buscar la unidad de la sustancia. Este concepto es legado del griego Aristóteles: "En sentido esencial, las cosas son idénticas del mismo modo en que son unidad, ya que son idénticas cuando es una sola su materia (en especie o número) o cuando una sustancia es una. Es, por tanto, evidente que la identidad de cualquier modo es una unidad, ya sea que la unidad se refiera a la pluralidad de las cosas, ya sea que se refiera a una única cosa, considerada como dos, como resulta cuando se dice que la cosa es idéntica a sí misma" (Metafísica).
Cuando se busca la identidad del hombre, se busca, entonces, la unidad de la sustancia. Y esta idea parte de la creencia de que existe un principio intelectual superior, sobreindividual y hasta divino, uno en todos los hombres, porque todo participa en él, principio universal y eterno que al obrar sobre otras capacidades del hombre posibilita el conocimiento y la racionalidad.
Por uno de los polos, el hombre, se comporta de modo individual; por el otro, se orienta objetiva y universalmente, hacia instancias y valores que son unívocos en el hombre -del hombre y para el hombre-. Entonces, desde los albores del mundo, en virtud de ese espíritu universal, producto de la unidad de la sustancia...es uno y solo uno, pues posee, también voluntad de unidad, de coherencia; unidad como propósito y designio.
Partiendo de esta idea aristotélica -recordemos que el realismo aristotélico en esta parte del mundo es nuestro oxígeno cultural- de la unidad de la sustancia, el hombre en todos los lugares del mundo; el egipcio, el armenio, el italiano, el peruano; el californiano, el madrileño, el neoyorquino, el andino, parte en un viaje retrospectivo a la búsqueda de los "modos de ser", de las evidencias objetivas, de las huellas de sus pasos: música, escultura, arquitectura, numismática, etc., etc. A través del estudio de lo antiguo -arqueología- zarpa el hombre desde el presente -inasible por lo fugaz- hacia el mar océano del pasado, en busca de su arte, de su ciencia, de su entera vida cultural, para saber a qué atenerse en el mundo contingente y ser dueño de los tiempos por venir.