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lunes, 25 de enero de 2016

Pútas el huevón Simpático…


Pero volviendo a las cualidades ocultas, esta voz, que nada significa, se refuerza en los libros, y en las Escuelas, con las de Simpatía, y Antipatía, equivalentes en la obscuridad, y en la aplicación. Son voces Griegas que aunque ya vulgarizadas, siempre se quedaron Griegas, porque nada explican. Su más frecuente uso es cuando se trata de aquellos efectos que, por más raros se hacen más admirables, especialmente donde hay algún género de atracción, o repulsión entre dos cosas. Por lo cual Plinio definió la Simpatía, y Antipatía, diciendo, que son amor (la Simpatía), y odio (la Antipatía) de las cosas que carecen de sentido: Odia, amicitiaeque rerum surdarum ac sensu carentium. Los que las explican que son consenso, y disenso, o concordia, y discordia, dicen lo mismo. Los que dicen que la Simpatía, y Antipatía consisten en la semejanza, o desemejanza de toda la susbtancia entre dos cosas, queriendo explicarlo más, lo enredan más. Simpatía, y Antipatía. Benito Jerónimo Feijoo


La simpatía, consiste en compartir los sentimientos del otro, en experimentar con él/ella sinsabores e hilaridades y, por otro lado; la preferencia, inclinación, la atracción psíquica hacia el otro.

No llamamos simpático al irónico o al sardónico o al cáustico, y es que ni la ironía ni la causticidad resultan simpáticos, sino mas bien incómodo y fastidioso, en tanto que la simpatía es siempre amable y jamás persigue la delación, el soplo, la acusación; sino mas bien la buena onda, el compadraje, la complicidad.
La ironía y el sarcasmo molestan e irritan, porque colocan al peligrosamente próximo, es decir, al prójimo, ante lo mas execrable de sí mismo y, le obligan a confrontarlo; y a enfrentarse, por ende, con sus debilidades, fragilidades, endeblez o inconsecuencias; pero la simpatía es esencialmente acomodaticia, complaciente y cortés, y cubre con un barniz de comprensión y tolerancia blandengue las asperezas e imperfecciones del carácter o las pústulas, los abultamientos y las excrecencias verrugosas de la epidermis psíquica.

Si el divino Sócrates hubiese sido un tipo bonachón y simpaticón, es muy posible que, muy lejos de ser condenado a beber la cicuta, se le hubiese otorgado una pensión jubilatoria vitalicia a cargo de las arcas crematísticas Atenienses. Porque el simpático hace que nos sintamos complacidos, agradados, “en onda”, pero esto tiene un precio; de ahí que sea bien llamado y bien recibido en cualquier lugar y a cualquier hora. Además, el simpático siempre vive en éxtasis –fuera de sí, pendiente de la aprobación de los demás-. La ironía y el sarcasmo, en cambio, tienen su costado pedagógico, obligan a que nos pongamos “en ojo”, nos cuestionemos aquello que no podemos o no queremos cuestionar, y, como consecuencia, llaman a enfados y repulsas (no nos gusta mirarnos al espejo y encontrarnos con una enojosa espinilla en la nariz). Así, en tanto que el sujeto irónico es visto como un individuo molesto, irritante e hiriente (un tábano, diría Sócrates), el simpático, en toda ocasión y circunstancia, es una esperada alegre festividad.
Nos quedamos con esta simpática frase de uno de los más grandes irónicos de la historia: George Bernard Shaw

Yo no simpatizo con nadie. Las personas capaces no despiertan simpatías. No soy un hombre simpático, pero soy indispensable. 

jueves, 29 de enero de 2015

volver a vivir de verdad



El hombre demasiado "cultivado" y "socializado", que vive de una cultura ya falsa, necesita absolutamente de... otra cultura, es decir, de una cultura auténtica. Pero ésta no puede iniciarse sino desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil -ser sí mismo- se convierte en un problema terrible. El hombre se ha distanciado y separado de sí merced a la cultura: ésta se interpone entre el verdadero mundo y su verdadera persona. No tiene, pues, más remedio que arremeter contra esa cultura, sacudírsela, desnudarse de ella, para ponerse de nuevo ante el universo en carne viva y volver a vivir de verdad.


(1933)

En torno a Galileo
José Ortega y Gasset

lunes, 29 de julio de 2013

Yo soy yo y mi circunstancia

La conocida tesis de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia” la encontramos, ya en sus Meditaciones del Quijote de 1914, y desde entonces forma parte exclusiva y original de su filosofía. Como escuchamos a menudo en el lenguaje ordinario, la circunstancia orteguiana es el entorno, el contorno; lo que se halla alrededor de algo, lo perimetral a alguien; pero Ortega encumbra esta tesis a categoría fundamental de lo que llamamos vivir. Podemos intentar resumir sus nociones en relación al mundo o circunstancia del siguiente modo:
Los componentes de la circunstancia son variopintos: sin lugar a dudas, la circunstancia es el mundo vital en el que se halla –quiera o no- inmerso el sujeto, por lo que se envuelve en ella el mundo material y todo el entorno que aparece en la vida de cada cual (cultura, historia, sociedad,...): en la circunstancia se incluyen las cosas físicas, pero también las personas, la sociedad, el mundo de la cultura; es el mundo en el que el sujeto está inexorablemente instalado. Este es el lado más claro y distinto de su idea. Pero en muchos de sus escritos también incluye en la noción de circunstancia el cuerpo y la mente o alma del sujeto. La razón de esta inserción es que nosotros –cada cual en su la vida- se encuentra con un cuerpo y habilidades, capacidades psicológicas e incluso nuestro propio e individual carácter como algo que ya nos ha sido dado desde “afuera de nosotros mismos”, con algo que puede favorecer o ser un obstáculo para nuestros particulares, pero “propios proyectos, de la misma manera que el resto de las cosas que componen el mundo circundante.  El mundo es un dato más que nos ofrece la vida, no es una realidad independiente: el yo se encuentra en la vida “con” el mundo, con su mundo. No es verdad que primero nos encontremos a nosotros mismos y después al mundo; nos encontramos a nosotros sólo en proporción en que nos vemos instalados en un mundo, por lo pronto extraño, en cuanto en tanto que nos ocupamos con las cosas y sus casos, con las personas, los “otros”; con nuestra circunstancia. “Su verdadero ser se reduce a lo que representa como tema de mi ocupación. No es por sí, subsistente, aparte de mi vivirlo, de mi actuar con él. Su ser es funcionante: su función en mi vida es un ser para, para que yo haga esto o lo otro con él.” Mi yo individualísimo se va formando en su enfrentamiento con el mundo y a partir de sus solicitudes. Mundo es lo que hallo frente y en torno a mí, a mi al derredor, lo que para mí efectivamente existe y me fuerza a contar con él.

sábado, 27 de julio de 2013

Mirones y Miradores

“Al principio nada fue.
Sólo la tela blanca
y en la tela blanca, nada...
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansiedad de la mirada"
Pedro Salinas



Las miradas tienen su lectura, su hermenéutica, su interpretación.  Cada mirada apunta a un signo…existe una semiótica del mirar.
Por ejemplo; el rostro es una obra. Escultores –dejando de lado, por ahora, el esplendor o la fatalidad de la herencia genética- de nuestro propio rostro, es nuestra obra de construcción, una suerte de carta de presentación a los demás. El rostro es muestra imagen del mundo sintetizada. No la cara, pues la cara es el aspecto físico; parte de la somatotipia que nos fue entregada –queramos o no por la genética-.
Hablamos del rostro, de ese rostro que nos delata ante los demás.  Es al rostro a l que le ponemos máscaras. Las máscaras que nos anteceden. Cuando decimos: este sujeto es…así, asá, hablamos de su rostro enmascarado.
La máscara encallece el decir gestual. Y de las constantes transfiguraciones camaleónicas del rostro sólo retiene un aspecto, una apariencia, un perfil, un arquetipo. La máscara estandariza, demotiza, modeliza homólogas formas de ser; convierte el rictus del desaire en sonrisa farsante, el gesto vermiforme de la adulación en seca mueca que simula cierto visaje de autenticidad. Nos ponemos máscaras en donde enarbolamos el semblante amoroso de la amistad, cuando, por debajo el rostro amarillo esconde la mueca de la envidia y hace gestos de tirria.

El rostro lo escondemos pues allí está a la intemperie el que auténticamente somos. El rostro nos evidencia…es como andar desnudo por la calle, con el pecho abierto mostrando las íntimas pulsaciones de nuestro Ser.
La máscara nos esquiva los movimientos espontáneos del rostro…la máscara nos previene y evita el tiempo y el espacio.

La mirada es distinta del ver. El ver es natural, inmediato, sin intención alguna. El mirar sin embargo es un gesto cultural de nuestra presencia general. Es absolutamente intencional; es el puente mediático entre el yo y el otro. Mirar es socializar, positiva o negativamente, desde las posibilidades de nuestra alma –ese  algo que piensa y siente-, con las calidades de nuestros imaginarios y la profundidad de nuestra memoria.

La mirada siempre es deliberada, intencional; tiene propósito y designio. Ahora bien, interpretar una mirada que nos llega desde algún punto de nuestra periferia circunstancial en faena compleja.
Hay mirones y miradores. Digamos por ahora que el mirón es morboso, busca la satisfacción rápida del placer de los sentidos, traga con premura; el mirador degusta como catador profesional. El rayo de su mirada es erótico; acaricia las pieles gozando de cada poro epidérmico. Un mirador siempre descubre nuevos tintes, nuevas topografías, otras formas, otras opacidades, otros grises otras sombras, otros gestos tras los eclipses del ser de los demás. Es por eso que el mirador nos devela y nos revela lo que el mirón apenas entrevé sin reconocer.
¿Mirón o mirador?

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Ser buenos o ser auténticos?

Los valores no son cosas. Los valores no son sino que valen. Se quiere significar con esto que no existen cosas valiosas en sí y por sí. Los valores no es algo puesto en el mundo y que se tiene que descubrir y usufructuar.
 La bondad o maldad de que habla la ética es siempre la bondad o maldad de una voluntad, de un querer algo alguien. Las cosas no son buenas o malas en sí, sino nuestro querer o no querer. Ese querer algo para, querer algo para otra cosa, a cual queremos a su vez para otra conforma la trama básica de nuestras apetencias. De esa cadena de voliciones en que un querer atiende a otro querer se compone el tejido de nuestra estimativa, nuestra escala de valores. Este querer ético, hace de las cosas fines, finalidades, conclusiones, últimos confines de la vida. Ahí es cuando entra en ejercicio lo más autentico de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos, por caso raro, solidarios con nosotros mismos, siendo entonces y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos vinculamos al objeto deseado sin reservas ni temores. De modo que no nos parecería soportable vivir en un mundo donde ese objeto querido no existiera; nos veríamos como reflejos fantasmales de nosotros mismos, como incoincidentes con nosotros mismos, inauténticos. Somos, al fin y al cabo, lo que deseamos.
 La mayor parte de nosotros no hacemos más que querer en el sentido crematístico de la palabra: resbalamos de un objeto a otro objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Existe una potencia, un talento del querer, como lo hay del pensar, y son muy pocos los capaces de descubrir por encima del utilitarismo social que comandan nuestros movimientos, que nos obligan a esta o aquella actitud, su querer personal y exclusivo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas y los casos en lugar de conducirnos con nuestra propia voluntad.
Por esto vemos en la característica del acto moral en la plenitud con que es apetecido. Cuando nuestro ser integro quiere algo –sin reservas, sin temores, sin torvamientos, derechamente, integralmente- cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. ¿Qué significa lo que acostumbramos llamar sin saber un hombre íntegro; acaso un hombre que es enteramente él mismo y no una urdimbre de compromisos dispersos, de caprichos sin sentido, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio? Por esto nosotros respetamos mas no al que quiere aparecer como “bueno” ante los demás sino al que lleva de su mano su  propia vida, se  afana incansablemente en la pesquisa de un fin. Nada le parece superior a lo demás; nada vale más, todo es igual. Lleva en la mano –decíamos- siempre su propia vida, y como todo le parece del mismo valor, consecuente con su corazón, está siempre dispuesto a ponerlo sobre cualquier cosa,
Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia y la audacia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad perfecta.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Aceptaos los unos sobre los otros….

Muchos se llenan la boca con estas palabras altisonantes: igualdad, tolerancia, aceptación, interculturalismo, libertad de expresión, etc. Pero se quedan en palabras vacías, sin contenido. Hemos conocido, incluso a llamados profesionales de la salud mental, que hablan sobre tolerancia y por detrás están haciéndote una mueca irónica. Son profesionales de la mentira.
La mayoría de nosotros practicamos el egoísmo, la intolerancia, el reproche, la discriminación. El afán de poderío sobre los demás nos ciega ante cualquier intento personal o colectivo de superación de los conflictos que día a día, hora a hora, nos agobian destruyéndonos y destruyendo a los demás.
Aquello de que existe lo uno y lo otro, la diversidad; distintas visiones del mundo, pueblos diversos, formas de vida, cosmovisiones, puntos de vista, modos de comportamiento, culturas religiones, etc. es un verdad innegable. Pero a la mayoría nos cuesta aceptar que el otro no sea igual a mí. ¿Cómo es posible semejante afrenta?.

Entre desigualdades existirán inevitablemente tensiones y roces; diferencias y contradicciones. Pero existen seres humanos que tienen como objetivo vital: subyugar a los demás. Estos piensan que el único modo de solución a sus atribuladas vidas; repletas de conflictos y diferencias es: “hazte igual que yo, haz lo que yo quiero, entonces seremos uno; sométete a mis condiciones y verás cómo se acaban las tensiones y los conflictos y llegamos a la conciliación”.
Este método y praxis, donde el uno también quiere ser el otro, donde –todavía más- el uno quiere ser el todo, lo encontramos en todos los ámbitos en donde pulula el homo sapiens.
Aunque la humanidad ha practicado mil veces ésta técnica y ha estas alturas de la llamada civilización se sabe, a ciencia cierta, que no es la mas recomendable; pues no soluciona sino que oprime, no libera sino que somete; no es camino amplio y abierto, sino sumamente angosto y sinuoso; y por que priva a la vida comunitaria de la Libertad, Justicia, honestidad, respeto por el hombre y su conciencia.

Pero es que esta mujer no entiende que no puedo darle más dinero; pero es que este grupo de huelguistas no comprende que sus peticiones no pueden ser concedidas; y este fulano como se atreve a presentarse ante mí…no lo soporto…; mi vecino no entenderá que necesito escuchar a Bach y que su taladro eléctrico no me lo permite…; mi propia hija no me hace caso y se va con esa mala influencia mezcla de punk y rasta…la mier…

Es difícil aceptarse mutuamente, es como ceder parte importante de mi vida a otro. Vivimos estresados, intoxicados de saciedad existencial, con insuficiencias de todo tipo, con sueños frustrados, insatisfacciones variadas…no estamos felices con nosotros mismos…porqué debo convertirme en el guardián de mi hermano?.

No, no ha sido superado el egoísmo, la intolerancia, la discriminación. Como mecanismo de defensa a mis frustradas intenciones de apoderarme del otro nace la indiferencia. El arte de hacerse invisible. La atención sectorizada se posa solamente donde encuentra señales que satisfacen mi afán de dominio; allí donde encuentro sumisión y debilidad que satisfacen mi egolatría…allí me quedo. El encuentro recíproco lo encuentro entre los que me obedecen.
La indiferencia invisible: es una táctica consistente en no hacerse notar, no llamar la atención, no pedir nada, para que este silencio permita que el otro se olvide de nuestra existencia y no verme obligado a “considerarlo”. Por otro lado está la doble existencia: que consiste en la práctica de dividirse en dos, dejando un ``yo exterior'' para uso y consumo de los demás, y un ``yo interior'' refugiado en la fantasía incorpórea, que nos proporciona la ilusión -diluida- de existir en mí, por mí y para mí. En mi burbuja en donde respiro el aire que mis propios pulmones expulsa me siento inmunizado para contraer algún virus externo. ¡Es que los que no son como yo…me molestan tanto!!!

Ah, y la táctica del disimulo…de ella hablaremos más adelante.

miércoles, 29 de febrero de 2012

La vida de cada cual

Conocerse y hacerse a sí mismo es una cuantía que se va perfilando en el bípedo implume a medida que entra por los recovecos de la vida y va haciendo caminos por los caminos de la inteligencia y se va haciendo más autónomo, menos irresponsable y más maduro. Para llevar con cierta destreza las riendas de la propia existencia, esquivar los obstáculos que surgen a cada paso, saber frenar v acelerar en el momento clave, conducir a velocidad moderada, con firmeza y mesura, sin peligro para los demás ni para sí mismo, por las autopistas de este mundo de hoy, tan intrincado y  obscuro; la delicada maquinita de su persona, de maltratado yo; si, esto exige un elevado índice de autocontrol, de autogobierno, al que sólo es posible acceder por dos vías obligatorias: la del conocimiento de nosotros mismos y la del  poderío y control responsable de nuestros actos. No hay que buscar muy lejos, pues la vida está adentro de cada cual; LA VIDA ES CADA CUAL. ¿Qué es, pues, vida? - Pregunta Ortega- No busquen ustedes lejos, no traten de recordar sabidurías aprendidas. Las verdades fundamentales tienen que estar siempre a la mano, porque sólo así son fundamentales. Las que es preciso ir a buscar es que están sólo en un sitio, que son verdades particulares, localizadas, provinciales, de rincón, no básicas. Vida es lo que somos y lo que hacemos: es, pues, de todas las cosas la más próxima a cada cual. Pongamos la mano sobre ella, se dejará apresar como una ave mansa.
El conocimiento de uno mismo es labor constante y de todas las etapas de la vida, ya que nunca acaba, pero nos mantiene alertas y activos, observando hacia nuestro interior en la alentadora autocrítica que permite poner a punto el potencial de nuestras posibilidades para superar las problemáticas vitales y lograr una más grande y certera eficiencia, actuando con deportivo optimismo y reverdecida confianza.
Este conocimiento de nosotros mismos, sin dejar de ser realista y objetivo, ha de permitirnos apuntar la atención en nuestras calidades y cualidades más sobresalientes, aquellas que nos permitan sentar los cimientos de una sólida auto-estima que nos excite e impulse a la acción y a la concreción de nuestros mejores anhelos, de nuestros caros ideales. El conocimiento de nosotros mismos nos permitirá averiguar lo que podemos llegar a ser sin perder el norte y la guía de lo que debemos ser, de nuestros ideales.