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domingo, 12 de julio de 2015

“EL CASO DE LOS CEREBROS EN UNA CUBETA"

He aquí una posibilidad de ciencia-ficción discutida por los filó­sofos: imaginemos que un ser humano (el lector puede imaginar que es él quien sufre el percance) ha sido sometido a una operación por un diabólico científico. El cerebro de tal persona (su cerebro, querido lector) ha sido extraído del cuerpo y colocado en una cubeta de nutrientes que lo mantienen vivo. Las terminaciones nerviosas han sido conectadas a una computadora súper científica que provoca en esa per­sona la ilusión de que todo es perfectamente normal. Parece haber gente, objetos, cielo, etc.; pero en realidad todo lo que la persona (us­ted) está experimentando es resultado de impulsos electrónicos que se desplazan desde la computadora hasta las terminaciones nerviosas. La computadora es tan ingeniosa que si la persona intenta alzar su mano, el «feedback» que procede de la computadora le provocará que «vea» y «sienta» que su mano está alzándose. Por otra parte, mediante una simple modificación del programa, el diabólico científico puede provocar que la víctima «experimente» (o alucine) cualquier situación o entorno que él desee. También puede borrar la memoria de funcio­namiento del cerebro, de modo que la víctima crea que siempre ha estado en ese entorno. La víctima puede creer incluso que está senta­do, leyendo estas mismas palabras acerca de la suposición, divertida aunque bastante absurda, de que hay un diabólico científico que ex­trae cerebros de los cuerpos y los coloca en una cubeta de nutrientes que los mantiene vivos. Las terminaciones nerviosas se suponen co­nectadas a una computadora súper científica que provoca en la perso­na la ilusión de …
Cuando se menciona esta especie de posibilidad en una clase de Teoría del Conocimiento, el propósito no es otro que suscitar de un modo moderno el clásico problema del escepticismo con respecto al mundo externo. (¿Cómo podría usted saber que no se halla en esa situación?) Pero esta situación es también un útil recurso para susci­tar cuestiones en torno a la relación mente-mundo.
En lugar de imaginar un solo cerebro en una cubeta, podemos imaginar que los seres humanos (quizá todos los seres sintientes) son ce­rebros en una cubeta (o sistemas nerviosos en una cubeta, en el caso de algunos seres que sólo poseen un sistema nervioso mínimo, pero que ya cuentan como sintientes). Por supuesto, el diabólico científico tendría que estar fuera — ¿o querría estarlo? Quizá no exista ningún diabólico científico, quizá (aunque esto es absurdo) el mundo consis­ta en una maquinaria automática que está al cuidado de una cubeta repleta de cerebros y sistemas nerviosos.
Supongamos esta vez que la maquinaria automática está programada para ofrecernos a todos una alucinación colectiva, en lugar de unas cuantas alucinaciones separadas y sin relación. De forma que cuando me parece estar hablando con usted, a usted le parece estar oyendo mis palabras. Mis palabras no llegan realmente a sus oídos, por supuesto —porque usted no tiene oídos (reales), ni yo tengo boca o lengua reales. Pero cuando emito mis palabras, lo que ocurre en realidad es que los impulsos aferentes se desplazan desde mi cerebro hasta el ordenador, el cual a su vez provoca que yo «oiga» mi propia voz profiriendo esas palabras y «sienta» el movimiento de mi lengua, y que usted «oiga» mis palabras, y me «vea» hablando, etc. En este caso, nos comunicamos realmente, hasta cierto punto. Yo no estoy equivocado con respecto a su existencia real (sólo lo estoy con respec­to a la existencia de su cuerpo y del «mundo externo», aparte de los cerebros). En cierta medida, tampoco importa que «el mundo ente­ro» sea una alucinación colectiva; después de todo, cuando me dirijo a usted, usted oye realmente mis palabras, si bien el mecanismo no es el que suponemos. (Si fuéramos dos amantes haciendo el amor y no dos personas manteniendo una conversación, la insinuación de que únicamente somos dos cerebros en una cubeta podría ser molesta, des­de luego.)
Deseo formular ahora una pregunta que parecerá obvia y bastan­te estúpida (al menos a algunos, incluyendo a algunos filósofos sumamente sofisticados), pero que tal vez nos sumerja con cierta rapi­dez en auténticas profundidades filosóficas. Supongamos que toda esta historia fuera realmente verdadera. Si fuéramos cerebros en una cu­beta, ¿podríamos decir o pensar que lo somos?.”
Hilary Putnam, “Razón, verdad e historia”, (2006), Editorial Tecnos, página 19-20.

jueves, 29 de enero de 2015

volver a vivir de verdad



El hombre demasiado "cultivado" y "socializado", que vive de una cultura ya falsa, necesita absolutamente de... otra cultura, es decir, de una cultura auténtica. Pero ésta no puede iniciarse sino desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil -ser sí mismo- se convierte en un problema terrible. El hombre se ha distanciado y separado de sí merced a la cultura: ésta se interpone entre el verdadero mundo y su verdadera persona. No tiene, pues, más remedio que arremeter contra esa cultura, sacudírsela, desnudarse de ella, para ponerse de nuevo ante el universo en carne viva y volver a vivir de verdad.


(1933)

En torno a Galileo
José Ortega y Gasset

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Ser buenos o ser auténticos?

Los valores no son cosas. Los valores no son sino que valen. Se quiere significar con esto que no existen cosas valiosas en sí y por sí. Los valores no es algo puesto en el mundo y que se tiene que descubrir y usufructuar.
 La bondad o maldad de que habla la ética es siempre la bondad o maldad de una voluntad, de un querer algo alguien. Las cosas no son buenas o malas en sí, sino nuestro querer o no querer. Ese querer algo para, querer algo para otra cosa, a cual queremos a su vez para otra conforma la trama básica de nuestras apetencias. De esa cadena de voliciones en que un querer atiende a otro querer se compone el tejido de nuestra estimativa, nuestra escala de valores. Este querer ético, hace de las cosas fines, finalidades, conclusiones, últimos confines de la vida. Ahí es cuando entra en ejercicio lo más autentico de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos, por caso raro, solidarios con nosotros mismos, siendo entonces y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos vinculamos al objeto deseado sin reservas ni temores. De modo que no nos parecería soportable vivir en un mundo donde ese objeto querido no existiera; nos veríamos como reflejos fantasmales de nosotros mismos, como incoincidentes con nosotros mismos, inauténticos. Somos, al fin y al cabo, lo que deseamos.
 La mayor parte de nosotros no hacemos más que querer en el sentido crematístico de la palabra: resbalamos de un objeto a otro objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Existe una potencia, un talento del querer, como lo hay del pensar, y son muy pocos los capaces de descubrir por encima del utilitarismo social que comandan nuestros movimientos, que nos obligan a esta o aquella actitud, su querer personal y exclusivo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas y los casos en lugar de conducirnos con nuestra propia voluntad.
Por esto vemos en la característica del acto moral en la plenitud con que es apetecido. Cuando nuestro ser integro quiere algo –sin reservas, sin temores, sin torvamientos, derechamente, integralmente- cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. ¿Qué significa lo que acostumbramos llamar sin saber un hombre íntegro; acaso un hombre que es enteramente él mismo y no una urdimbre de compromisos dispersos, de caprichos sin sentido, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio? Por esto nosotros respetamos mas no al que quiere aparecer como “bueno” ante los demás sino al que lleva de su mano su  propia vida, se  afana incansablemente en la pesquisa de un fin. Nada le parece superior a lo demás; nada vale más, todo es igual. Lleva en la mano –decíamos- siempre su propia vida, y como todo le parece del mismo valor, consecuente con su corazón, está siempre dispuesto a ponerlo sobre cualquier cosa,
Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia y la audacia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad perfecta.

martes, 25 de diciembre de 2012

Comprensión humana

Kant llamó “los límites de la comprensión humana” al filo entre naturaleza y su entendimiento. La filosofía ha pretendido proporcionar un encuadramiento integrado de tal enigma, una arquitectura de significados universales capaz de preescrutar los abismos del megalocosmos. En el profundo silencio de los espacios infinitos del universo, que tanto aterraban a Pascal se encuentra la: respuesta. Estos juicios totales no se pueden computar a escala humana. La filosofía ha pretendido clara y precisamente dar con esas soluciones decisivas, pero se queda atascado en la limitada penetración de la reflexión humana. Borges dijo que la filosofía era “como la organización de las perplejidades esenciales del hombre”, que ha pesar de las prácticas de una filosofía empírica y de la investigación metódica no ha pasado de ser una revisión de esas perplejidades y no se atisba por ninguna parte la morada de los fundamentos, el amanecer del Ser; la destrucción de la ignorancia y la alegría de nadar en el océano de la razón, el cuidadoso arte por el cual hemos tratado de interpretar el dilema de nuestra existencia. La filosofía es una de las más fantásticas manifestaciones arrogantes del hombre que, las más de las veces, solo ha contribuido a confundir más las “perplejidades esenciales” y ha dejado a pobre “bípedo implume” al borde de la línea, en los mismísimos “límites de la comprensión humana”.
El hombre, epifenómeno accidental e insignificante compuesto de factores materiales aleatorios e implacables, magnifica y sobrevalora su pasar por ese fenómeno singular que llamamos vida y busca desesperadamente el sentido del sentido del sentido…”¿Qué es el hombre, para que de él te acuerdes?”, pregunta alguien en los Salmos.