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lunes, 11 de julio de 2016

Filosofía en Supositorios

Algunos quieren convertir en crema pastosa, en un bitumen resbaloso, en un bálsamo oleinoso, en un caldo sahumérico, en un azolve mizcleño… a la filosofía. Revolverla con algunos trozos del voluntarismo shopenhahueriano y mercantilizarla en potes de bakelita taiwanesa. Sí señor. Moler y remoler algunos trozos de la sagrada metafísica aristotélica, convertirla en microgránulos ambarinos, encapsularlos y enfrascarlos y lucirlos entre la fármacopea como purificador de ánimas depresivas. El sacratísimo recinto de los jardines de Academo (que reza eternamente “nadie entre aquí si no sabe geometría”), en donde el hombre de los anchos hombros se reunía con sus discípulos para pelar el Ser y buscar el cuesco esencial de su entelequia… lo quieren convertir en una santería, en una venta de fetiches miniaturizados, sahumerios para “descargar” habitáculos, pócimas de amor brujo, figurillas de yeso que representan engaños y fraudulencias. Junto a frascos  de brebajes –al más puro estilo del de fierabrás- de botica de barrio, les ha dado a algunos poner molienda del Tractatus de Baruch Spinoza para evitar la miopía mental metafórica.
Se sabe que Karl Jaspers fue, primero psiquiatra, y después filósofo…como debe ser. Y esto lo han convertido en un slogan estúpido, justamente, algunos psiquiatras y psicólogos y, en un rapto de conversión de cariz catastrófico, un deslumbramiento anómalo de ribetes paranormales; se han vestido con la sotana sacra de la logia filosófica y han bebido del cáliz sagrado del “éxtasis repentino” órfico, y han abierto oficinas consultoras disfrazadas de sacristías confesionarias para incautos y desprevenidos.
Es Ortega y Gasset, juguetón, como siempre; quién dice que la filosofía es un “paisaje de infinita inquietud mental”, y que su historia tiene “un divertido aspecto de dulce manicomio”, que muestra rasgos similares a la demencia por la profunda inquietud que provoca.
A fuerza de no encontrar respuestas en el “Manual de Estadística y Diagnóstico”, los médicos psiquiatras hurgan en el baúl sin fondo de la filosofía, buscando diagnosis y posologías. Para cada actitud “extraña” individual o colectiva inventan un nuevo mal: “síndrome fóbico por presencia de pollos ante el merodeo de la gripe aviar”…y lo añaden al “Manual”. Hasta han creado una organización de  “filosofía práctica”, la APPA; con sede en Nueva York. La filosofía ha dado a luz el utilitarismo de Locke, pero ella, en sí misma jamás podrá ser utilitaria; todo lo extremo contrario, es perfecta inutilidad y, a probado hasta ahora, ser inconducente e improcedente.
No se pretenda salir de un estado estuporoso provocado por un desencuentro con el jefe, leyendo los teoremas de la incompletitud de Gödel; o frente a una declarada melancolía de raíces genéticas buscar asilo emotivo en el optimismo de Leibniz; o ante un cuadro de grave afasia intelectual dar como “receta” aprehender el método cartesiano; o ante una caída de la fe religiosa buscar asilo ascético en Kongfuzi de la mano de Martín Buber.

Los psiquiatras deben seguir medicamentando a sus pacientes con Prozac y dejar a Platón en su plácida Academia; deben continuar con el psicoanálisis freudiano, tratativas conductistas pavlovianas,  electrochoc, lobotomías, hipnosis, escáneres TAC, test de la Barby y Kent, electrocardiogramas, quimioterapias…segundas opiniones, etc. y dejar a la filosofía que cumpla su rol para la que fue “in-fundada” desde la gloriosa Atenas del 450 a.C.: tomar conciencia del “saber-que-no-se-sabe”.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Filosofía anónima

“Bien mirado, la filosofía no es tan despreciable: ocultarse tras verdades más o menos objetivas, divulgar pesadumbres que en apariencia no nos afectan, cultivar desasosiegos sin rostro, esconder bajo el fasto del verbo voces de desamparo. ¿La filosofía? Grito anónimo...” Dice Ciorán en su fascículo “Desgarradura” (recomiendo su lectura, siempre que no sea flácido de estómago). De alguna manera la frasecita se Ciorán tiene razón. La filosofía es un mirar de lejos…Ortega se llama a sí mismo “Espectador”… Este celebérrimo vocablo goza de afamado linaje. Lo encontró Platón sobre las arenas vírgenes de las playas del conocimiento griego. En su República concede una misión especial a los que el denomina “amigos del mirar”…desde lejos, sin involucrarse. Son los especulativos, y en primer plano, ellos los filósofos, los teorizadores –que quiere decir los contemplativos. Los filósofos observan como fluye la vida desde su punto de vista individual buscando objetividades, buscando la conexión de las cosas entre sí.
Desde el desierto del norte chileno, donde nos hemos asentado –psiquis y yo-, vemos distancias siderales con claridad privilegiada. Mi Pucón natal arrullado por el lago Villarrica descansa lejos, muy lejos de mi circunstancia actual y factual.  Nuestra vida transcurre aquí y ahora, y este es nuestro “punto de vista” sobre el universo individual y sobreindividual. Desde aquí observamos, y esta es nuestra primaria circunstancia mundanal. Desde acá miramos el mundo.
El escritor, por ejemplo, necesita de un público pasivo, “como el licor de la copa en que se vierte” (feliz tropo ortegiano); el filósofo, el auténtico, anda lejos de pretender semejante cosa. El filósofo anda a la caza de los “amigos del mirar”  y, eventualmente, lectores meditativos que pelen el mundo como si fuera una naranja. Se buscan lectores que no quieren ser convencidos de algo, sino que repiensen por si mismo lo que han leído.
Heidegger habla de dos pensares: el pensar calculador y la reflexión meditativa. El pensar utilitario de las calculadoras prima hoy sobre el pensar por el pensar. La “mera reflexión” como la llama el pensador alemán es demasiado elevada para el pensamiento común. El pensar meditativo exige a veces un esfuerzo superior…dice. Exige un largo training. Requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico.
Aunque el saber es propiamente saber lo que una cosa es. Su objeto propio es el ser. Decir, pues, ignorancia es decir que alguien necesita violentamente, quiera o no, averiguar el ser de las cosas. Esta es precisamente la condición del hombre. La condición humana no es el conocimiento; la forma primaria de ese trato nuestro con el contorno no es “contemplativa”; no consiste en que yo me ponga a pensar en las cosas y sobre ellas. Evidentemente, para poder pensar sobre las cosas y ocuparme en “contemplarlas”, tuvieron éstas que estar ya antes en una relación conmigo no “contemplativa”. Pensó Descartes que vivimos o existimos porque pensamos, y en tanto en cuanto que pensamos, no advirtiendo que el pensar se presenta desde luego como un esfuerzo reactivo a que nos obliga nuestra existencia pre-intelectual. La verdad es que no existo porque pienso, sino al contrario, pienso porque existo, porque la vida nos plantea brutales problemas que no puedo eludir.

Los profesores de filosofía son cuento aparte; mencionemos a Shopenhahuer que dice que su filosofía no ha sido creada en absoluto para vivir de ella: "(...) asalariados empleados de la cátedra para los fines del Estado, que tienen que vivir de la filosofía (y) que ya han tomado posesión del mercado." (...) "Aquellos representantes de la filosofía en la vida burguesa representan en su mayor parte algo así como los bufones de los reyes." "(Esa) filosofía de cátedra (que) termina separando a la filosofía como profesión de la filosofía como libre investigación de la verdad o la filosofía por encargo del Gobierno..." El mismísimo Kant –prototipo del filósofo- llegó a decir: "si puedo pagar no me hace falta pensar"; un tanto atrapado por la ascendente burguesía europea y previendo el advenimiento del conocimiento como mercancía, pero…, sabemos, que el fue un espectador por excelencia. El mismo Kant escribe mas adelante: "No os convirtáis en esclavos de los hombres; no remitáis que vuestro derecho sea pisoteado impunemente. (...) Humillarse y doblegarse ante un hombre parece en cualquier caso indigno de un hombre. (...) Quien se convierte en gusano, no puede quejarse después de que le pisoteen." (KANT, 1993)

La filosofía “grito anónimo” dice Ciorán en su pedrada. La filosofía nunca es histriónica, luces, fuegos artificiales. Los filósofos son, contrario a los escritores que sufren constantemente de verborrea, logorrea, locuacidad mórbida e incontinencia de la palabra (propensión a hablar mucho y fuera de propósito). Como señala Plutarco: “queriendo ser amados, son odiados; queriendo hacer favores, importunan; creyendo ser admirados, son objeto de burla; sin ganar nada, gastan, ofenden a los amigos, aprovechan a los enemigos, se arruinan a sí mismos. De tal suerte, este es el primer remedio y medicina de su pasión: la reflexión sobre las vergüenzas y dolores que vienen de ella.”

La filosofía es atemporal y sin compromisos. Aunque en todos los tiempos se ha querido politizar y hacer de ella un esbirro de gobiernos contingentes. Platón bosqueja la figura del auténtico filósofo como alguien que ha de  alejarse, poco a poco, del ágora, de la plaza pública, de la polis. Y Plotino llega a decir que los asuntos políticos —la distinción entre hombres libres y esclavos, entre reyes y súbditos o incluso el asalto a las ciudades o las guerras— no merecen la atención del filósofo (menos aún del sabio): harta materia tiene éste con asuntos que nada tienen que ver con la patria terrestre. ¿No había dicho ya Anaxágoras, cuando le preguntaron por sus ideas políticas, señalando al cielo astral: “esa es mi patria”? Y no sólo los neoplatónicos: también los filósofos epicúreos y los cínicos renegaron de cualquier interés relacionado con los saberes políticos, como pueda serlo el interés por las técnicas militares: “¿Hasta cuando se debe filosofar?”, le preguntaron a Crates el cínico, que respondió: “Hasta tanto que los generales de ejército parezcan conductores de asnos”.



jueves, 29 de enero de 2015

volver a vivir de verdad



El hombre demasiado "cultivado" y "socializado", que vive de una cultura ya falsa, necesita absolutamente de... otra cultura, es decir, de una cultura auténtica. Pero ésta no puede iniciarse sino desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil -ser sí mismo- se convierte en un problema terrible. El hombre se ha distanciado y separado de sí merced a la cultura: ésta se interpone entre el verdadero mundo y su verdadera persona. No tiene, pues, más remedio que arremeter contra esa cultura, sacudírsela, desnudarse de ella, para ponerse de nuevo ante el universo en carne viva y volver a vivir de verdad.


(1933)

En torno a Galileo
José Ortega y Gasset

domingo, 18 de enero de 2015

las palabras solo dicen

Hay palabras que son equívocas cuando con ellas denominamos cosas que tienen poco que ver entre sí, esencialmente, en que nada importante en todas ellas sea equivalente. Así, la voz “león”, usada para nombrar al ilustre y feroz felino sea a la vez para designar los Papas romanos y una ciudad española. Alguna contingencia azarosa ha hecho que a una palabreja se le cuelguen diversas y heterogéneas significaciones, las cuales apuntan y nominan objetos substancialmente distintos. Los gramáticos - casta que sería sin disputa la más mísera, afligida, y dejada de la mano de los dioses si yo no acudiese a mitigar las desdichas de tan sórdida profesión con la ayuda de una dulce locura. No sólo han caído sobre ellos las cinco furias, es decir, las cinco ásperas calamidades de que habla el epigrama griego, sino mil, pues siempre se les ve famélicos y harapientos en sus escuelas, o pensaderos o, mejor dicho aún, obradores, y rodeados de verdugos en figura de un montón de chicos que les hacen envejecer antes de tiempo a fuerza de cansancio y que les aturden con sus gritos, amén de los hedores que exhalan; pero a pesar de esto, gracias a mí, se estiman por los primeros entre los hombres…al decir de Erasmo en Elogio de la locura- y lógicos hablan entonces de “polisemia”; el vocablo posee que múltiple significación. 
Hoy día abundan las palabras que por decir una cosa dicen otra. El vocabulario se ha relativizado. Se habla con una inmanente caprichosidad de cualquier cosa de cualquier manera. En el vago sentido de los decires, la pluralidad de términos está plagado de lugares comunes y de vocablos tergivesados. Cuesta acomodar la capacidad de entendimiento a la realidad objetiva y se vive rodeado de la inaudita fantasía verbal del prójimo. Un frondoso renacimiento del yo romántico nos rodea y descubre en toda su vasta extensión el mundo interno ajeno, el me ipsum, la íntima conciencia, los secretos interiores, lo subjetivo…vapores de cerebros circunvalados de espejismos imaginarios. La vida parece una novela de aventuras. Realidades como Justicia y Verdad; o como esa muralla de ladrillos que veo a través de mi ventana ya no son tal, sino “interpretaciones” de este nuevo mundo aparte e ilusorio. Rodeados de aspas giratorias de molinos quijotescos nos cuesta ver la estricta realidad. La realidad se ha transformado en un ornamento inesencial y la tragicómica alma personal de la gente con su lirismo polisémico se ha apoderado de casi todo con su susbtancia voluble y tornadiza.

“La realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aun cuando es ella misma la idealizada.” Dice Ortega. Es tiempo de enterrar la poesía en honor a la verosimilitud y al determinismo. La fantasía produce inconexión.
La inconexión es aniquilamiento.

Produce odio que fabrica inconexión, que aísla y desvincula, atomiza el mundo, y desintegra la individualidad.

la envidia

“La verdadera ciencia del escándalo no se aprende sino estudiando la envidia humana, un estudio fuera de programa, pero que a pesar de todo he hecho y a fondo, de lo cual me congratulo. La envidia es una admiración que se disimula. El admirador que siente la imposibilidad de experimentar felicidad cediendo a su admiración, toma el partido de envidiar. Entonces emplea un lenguaje muy distinto, en el cual ahora lo que en el fondo admira ya no cuenta, no es más que insípida estupidez, rareza, extravagancia. La admiración es un feliz abandono de uno mismo; la envidia una desgraciada reivindicación del yo.”


Soren Kierkegaard “la enfermedad mortal”

miércoles, 1 de octubre de 2014

Niccolò Paganini - Sonata n°4


La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

lunes, 11 de febrero de 2013

Resentimiento y crueldad

Como ha indicado un glosador de Nietzsche, no se trata, simplemente, del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez del fruto, y se contenta con negar esta apreciable condición a las uvas que están demasiado altas…fuera de su alcance. El "resentido" va aún más allá: odia la madurez y prefiere lo agrio. Es la total inversión de los valores: lo superior, y precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su esfera se enseñorea lo menor e inferior. Al resentido endógeno no le basta, por ejemplo, la muerte del adversario…quiere ir más allá.
Justamente a Fede Nietzsche le debemos la revelación del mecanismo que funciona en la conciencia individual y pública degradada: le llamó ressentiment, resentimiento. Cuando un hombre se siente ante sí mismo inferior y pequeño por carecer de ciertas aptitudes —inteligencia, valentía o elegancia— trata veladamente de afirmar ante su propia vista negando el valor de esas cualidades en el otro.
Flagrantior aequo non debet dolor esse uiri nec uulnere maior, “El resentimiento de un hombre no debe ser más ardiente de lo justo ni desproporcionado a la ofensa”. En efecto, tiene razón Juvenal, (en sus Sátiras): no debe ser el resentimiento superior a la ofensa, pero menos aún puede tolerarse que lo sea el castigo. Y es que incluso en el supuesto caso de que el delito resultara tan inhumano que pueda pensarse de que es merecedor de ningún castigo más liviano que la muerte, con ella basta, y todo otro sufrimiento incrementado resultaría no sólo brutal y cruel, sino también infame y vil: “Todo cuanto va más allá de la simple muerte me resulta pura crueldad”, dice Montaigne.

Entonces, ¿qué es ser cruel? ¿Por qué un individuo es cruel?
Schopenhauer  cree encontrar la respuesta en el permanente dolor que es consustancial, según él, a nuestra existencia. Se sabe que, en su opinión, nuestra vida no es más que persistente sufrimiento e insatisfacción; a tal punto, que suponiendo de que alcanzáramos todos nuestros propósitos y metas, siempre permanecerán como background la angustia y el vacío. Esa inquietud perpetua y ese sufrimiento insalvable son quienes, finalmente, termina por engendrar la crueldad. Y la explicación, según él, es la siguiente:

«Todo esto es sentido en muy escasa medida por una volición corriente –asegura el filósofo alemán–, y sólo comporta una pequeña dosis de tristeza, pero en aquel hombre cuya voluntad posee una intensidad inusual provoca la manifestación de la maldad, de lo cual se desprende necesariamente una desmesurada angustia interior, una inquietud perpetua y un dolor irremediable; por eso se ve impulsado a buscar indirectamente el alivio que no es capaz de hallar de inmediato, intentando mitigar el sufrimiento propio mediante esa contemplación del padecimiento ajeno donde al mismo tiempo reconoce una expresión de su poder. El sufrimiento ajeno se convierte para él en un fin en sí mismo, en un espectáculo con el que se deleita. Y así se origina la manifestación de la crueldad propiamente dicha.»

La crueldad, nace del sentimiento de la propia insuficiencia resentida y menesterosidad, y es un mecanismo que busca compensar una inferioridad (real o imaginaria) mediante el proceso de causar daño y dominar a otro, lo que genera una sensación placentera y una satisfacción que tiene su principio en un sentirse, aunque no sea más que durante el tiempo que dura el atropello, fuerte y superior. A poco de consumado el agrado, de nuevo brota la angustia, y el proceso vuelve a marchar una y otra, y otra vez, sea con la misma víctima, sea con otra distinta. Y hasta es posible que entre uno y otro ataque haya manifiestos gestos de arrepentimiento y promesas de re-generación. Pero es inútil: las más de las veces son falsarias; y aún en el supuesto de que fuesen sinceras, el dispositivo volverá a emitirse tarde o temprano, con el carácter irrevocable e irremediable de una ordenanza legal.
Por lo demás, se trata de un dispositivo compensatorio automático sin paralelo alguno en ruindad y en vileza, porque la crueldad sólo se ejerce (sólo puede ejercerse) sobre alguien más débil y frágil (en el sentido que sea) y, no pocas veces, sin culpa ninguna en las frustraciones que corroen a su torturador: se trata, en muchos casos, de una simple y “a mano” víctima propicia; de alguien que resulta asequible y a quien se puede maltratar sin correr mayores riesgos circundantes. Y, desde este enfoque, la crueldad es una de las formas más estruendosas e infames de la cobardía: “La cobardía, madre de la crueldad”, dejó escrito Montaigne en el título de uno de sus ensayos. Y cuando va aparejada del resentimiento que, suele ser el motor impulsor, así es, en efecto.

martes, 15 de enero de 2013

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

jueves, 3 de enero de 2013

Honor a las Jantipas

Cuenta la historia que la mujer de Sócrates era una mujer de armas tomar. Que tenía un carácter áspero, puntilloso y quisquilloso y, más encima, la naturaleza no había sido benevolente con ella. Se llamaba Xantipa o Jantipa. Se las ingeniaba, día y noche, para hacer rabietas frente al divino Sócrates. Ocasión que tenía la usaba para fastidiar a su marido. Dicen que una vez Alcibíades –hombre público, discípulo y amigo de Sócrates-, admirado por las violencias impertinentes de la mujer de su maestro, preguntó a Sócrates que porqué no había expulsado de su casa a mujer de tan pésimo carácter. Sócrates le dijo calmadamente: “Soportando estos arrebatos en mi hogar, me ejercito, y me acostumbro para sobrellevar sin trabajo la impaciencias y las injurias de otros fuera de mi casa”. Hay que decir, en honor a la verdad, que Xantipa permaneció fiel a su lado hasta que en la prisión le fue dado beber la cicuta.
En Platón (Fedón, o de la inmortalidad del alma), es Critón el amigo generoso que retira a Jantipa (esposa de Sócrates) cuando con sus gritos perturbaba la serenidad de su esposo en el momento de la muerte:

"(...) y a Jantipa, a quien conoces, sentada cerca de él teniendo en brazos a uno de sus hijos. Apenas nos vio, prorrumpió en lamentos y a gritar, como suelen las mujeres en ocasiones semejantes.(...) Que la lleven a su casa. Inmediatamente entraron los esclavos de Critón y a la fuerza se llevaron a Jantipa que lanzaba desgarradores gritos y se golpeaba furiosamente el rostro".
Antiguamente se pensaba de otro modo. Hurgando en antiguas literaturas nos encontramos con textos de M. Varrón ,”De los deberes del marido”, en los que se lee: “Necesario es corregir los defectos de la esposa o soportarlos; corrigiéndolos, nos proporcionamos compañera mas agradable, soportándolos, nos hacemos nosotros mismos mejores”. Catón, el censor romano, decía en: “Sobre las dotes”. “A menos de divorcio el marido es juez de su mujer en vez de censor. Sobre ella tiene imperio absoluto. Si ha hecho algo deshonesto o vergonzoso, si ha bebido vino, si ha faltado a la fe conyugal, él la condena y la castiga”. Catón nos dice en este mismo párrafo que el “marido podía matar a su mujer sorprendida en adulterio, ella no se atrevería a tocarte con el dedo, así es la ley”.
Sócrates, sin embargo, soportó el carácter iracundo de Xantipa. El filosofar no era para Sócrates solamente pensamiento, sino también ascesis; es decir praxis para lograr virtudes. Entre los trabajos que se imponía con frecuencia para dominar “los llamados oscuros del cuerpo” estaba el permanecer de pié, en la misma actitud durante días sin hacer el menor movimiento, sin mover los párpados, con la cabeza y los ojos fijos en algún punto invisible del espacio, entregada el alma a profundas meditaciones, aislada del cuerpo por la abstracción mística (estas prácticas –de cariz oriental- de los filósofos antiguos se perdieron definitivamente).
La salud de Sócrates era inquebrantable; se dice que al principio de la guerra del Peloponeso, un espantoso contagió invadió Atenas, casi despoblándolo. Sócrates permaneció saludable y vital. El mantenerse alejado de las voluptuosidades y la influencia de una vida sana y pura le preservaron del mal que a la mayoría invadía.
Sócrates fue la filosofía hecha carne y figura; no filosofó con el seco entendimiento, sino con todo su ser; carne, sangre y espíritu. En su ser total sentimos, vivencial y concretamente, lo que es la Verdad y lo que es el Valor. “Su filosofía fue una filosofía existencial”, dice Sheler.
Para Sócrates “el inteligente es sabio; el sabio es bueno”. ¿Hay en Sócrates un germen de utilitarismo?. Puede ser. Cuando el joven Sócrates  fue aprendiz oyente del viejo Protágoras sostuvo la teoría del utilitarismo contra la moralidad popular de los llamados “sofistas”. La sofística, según Platón es simple arte retórica y erística (que abusa del procedimiento dialéctico hasta el punto de convertirlo en vana disputa), retruécanos de palabras y fantasmagorías verbales.
Pero el “alma se hace buena” a costa de vencer obstáculos. Así se tonifica y fortalece la bronca voluntad. La intemperancia de Xantipa, contribuyó al cabo, que Sócrates fuese Sócrates; el Divino Sócrates, el dios de los filósofos.

domingo, 1 de abril de 2012

¿La relatividad de la verdad?

Se dice que la verdad es Verdad –desde Aristóteles- cuando hay concordancia del  conocimiento con la situación objetiva que enuncia. Planteado así el asunto se advierte que las dificultades no provienen de la verdad en sí, sino de la posibilidad o imposibilidad de comprobar la situación objetiva a que el conocimiento se refiere. La vedad no nos es segura, muchas veces se transforma en no-verdad, por la condición oculta y recóndita de ciertas situaciones objetivas que por múltiples motivos escapan a la comprobación. Para cualquier situación objetiva es irrefutable que puede haber conocimiento verdadero, aunque las más de las veces esta posibilidad no se realice; porque nada hace constar y constatar a la existencia de una enunciación que corresponda a la situación. La Verdad es una relación especial: la relación de conformidad entre un conocimiento y su objeto.
Sabemos que lo opuesto a la verdad es la falsedad. El conocimiento es estrictamente verdadero o falso; no hay grados de verdad o medias falsedades, no existen términos medios. Por lo tanto no hay verdades relativas.
No hay relatividad en la Verdad. Se suele decir descuidadamente que la “verdad es relativa”, por que lo que es verdad para Juan no lo es para Pedro, o porque la mayoría de determinada época ha juzgado verdadero lo que después se ha demostrado indudablemente que era falso. Así se confunden dos instancias distintas: la verdad y el tener algo por verdadero. Por muchas y diversas que sean las opiniones tenidas por verdad sobre algo, es innegable que hay una enunciación del asunto que concuerda  con el, entre las opiniones emitidas, o entre las que no se han emitido aún. Entonces la Verdad es Una y Absoluta, pero que puede o no recaer sobre lo que se tiene por verdadero. Por ello sale mas barato afirmar que la verdad es “relativa”, que todo depende del cristal con que se mira. Pero estas afirmaciones de la relatividad de la Verdad conllevan a curiosas y pintorescas anomalías.
Veamos. Todo relativismo de la verdad se fundamenta en el reconocimiento absoluto de la verdad, y por lo mismo se autodestruye. La fórmula mas juiciosa del relativismo es:”Todo es relativo, salvo este principio”, que resguarda y pone a salvo la relatividad. A los relativistas habría que preguntarles si la tesis de la relatividad que expresa es verdadera o no. Y aunque nos diga “ es relativamente verdadera” no escapa de la telaraña de la contradicción, porque el entiende decirnos que “es absolutamente verdadero que es absolutamente verdadera”. Al relativismo consecuente consigo mismo no le queda otra postura fundada que el silencio edificante. La relatividad de la verdad se toma muchas veces por este otro costado. Si fulano de tal no nos parece bueno del todo, si sostenemos y afirmamos sus atributos bondadosos con reservas mentales, diremos acaso que es bueno, pero que esto es verdad relativamente. En seguida se descubre en qué consiste la supuesta verdad relativa; es realmente una falsedad cuya distancia de la verdad es poco considerable…a veces mínima…a veces inesencial a los fines que se tienen a la vista. La discrepancia entre el conocimiento o la enunciación y la efectiva y auténtica situación no impide el manejo (manipulación) de la afirmación. Pero rigurosamente estas aseveraciones son plena y totalmente falsas; una mínima falta de concordancia basta para sustraer toda la verdad al conocimiento.
 Pero, curiosamente, una cantidad notable de nuestros conocimientos son de ese cariz, y no solo los utilizamos descuidadamente, sino que casi permiten una enunciación correcta y cierta: “Fulanito es casi bueno”; “calculo  aproximadamente ese grupo de manifestante en tantos alumnos”. Basta, solamente de introducir en la frase afirmativa la reserva mental que dejábamos fuera y que hacíamos recaer como la verdad total.

sábado, 31 de marzo de 2012

Ira y Venganza

Lucio Anneo Séneca, en “De la Ira” dice: “El color rojo excita al toro; el áspid se levanta delante de una sombra; un lienzo blanco alarma a los osos y leones. Todo lo que es naturalmente cruel e irritable se espanta por cosas vanas. Lo mismo acontece con los espíritus inquietos y débiles: alármanse por sospecha de las cosas, y hasta tal punto, que muchas veces consideran injurias favores ligeros, que vienen a ser fecunda y amarga fuente de su ira. Irritámonos contra nuestros mejores amigos porque han hecho por nosotros menos de lo que habíamos imaginado, menos que recibieron otros; cuando en ambos casos es otro el remedio.” Irritarse por las cosas debidas es asunto difícil. Aristóteles afirma que “el que se irrita por las cosas debidas y con quien es debido, y además cómo y cuándo y por el tiempo debido, es alabado”. Y si no, es casi seguro, que al menos, su actitud se encuentra enteramente justificada y es definitivamente fundamentada. Y esto significa, innegablemente, que la ira no es, en sí y por sí y siempre, mera facticidad reactiva o inter-pelado comportamiento vicioso o inmoral, por más que algunos que pecan de exagerada moralina, intenten sostener lo contrario. Pero no solamente esto: también habría que decir incluso que lo que resulta disoluto, o inmoral, o llanamente estúpido, es la deserción completa de ella, una suerte de no-ira, o de ira al revés, sobre todo en aquellos momentos en lo que es elegante y procedente es…manifestarla.
Ahora bien, que se trata de una emoción –y una de las más elementales y primarias- lo delata su grande intensidad y su carácter transitorio, además de las rugosidades de las expresiones faciales, inconfundibles y acaso universales; y en general, los componentes aspaventosos no verbales, gesticulaciones varias y simbólicas musarañas que la escoltan. Aparece, la ira como velociraptora que ataca ciegamente o como bruja que premedita frente a su caldero de  víboras recocidas: la astucia, la mentira, la adulación tentadora y hasta cierta belleza de silicona engañadora. “Nemo me impune lacessit”,  nadie me ofende impunemente, vocifera el resentido nietzscheano y urde su venganza. Para vengarse, lo primero es aprender el lóbrego arte del disimulo. Incluyendo ciertos fingimientos amistosos con aquel de quien queremos vengarnos, para que no sospeche nada cuando nos acerquemos sigilosamente a él. ¡Salud, amigo, bébete otro vaso de amontillado!

domingo, 18 de marzo de 2012

Blogs: droga pesada

En la medida que hemos incursionado en esto de los Blogs hemos constatado que tienen la trascendencia espiritual de una cáscara de papa. Es decir ninguna. Un blog tiene menos trascendencia metafísica que un estornudo de gato. Es un suspiro en medio de la noche o, como querrán oír otros, un pedo en la geometría resonante de una cóncava taza de water.
Los blogs nunca contendrán la latencia fáctica de las creencias humanas.  Podría ya escribirse un “ethos” del espíritu bloguero y sería vacuo. Recordemos que trascender es “ascender subiendo”: es decir un movimiento de vector diagonal hacia delante y arriba.
Los blogs son una buena herramienta periodística que se preocupa de lo contingente e inmediato, de la “doxa” griega. Opiniones que se las lleva el viento, sin ninguna profundidad ni valía en relación con lo auténticamente importante.

Pero si tienen una auto-trascendencia, en el concepto de Aldous Huxley. El alcohol es una de las muchas drogas utilizadas por los seres humanos como un escape de uno mismo. Los blogs en esta etapa experimental aún, también se están convirtiendo en una válvula de escape, un ausentarse de sí mismo y quedar vacante y franco para visitar un mundo que no es el real. Desde la amapola hasta el curare, desde la coca andina hasta el cannabis hindú, cada planta, yuyo u hongo capaz de excitar o evocar visiones con su ingesta, ha sido descubierto y sistemáticamente utilizado desde hace tiempo. Esto parece probar que en todas partes y desde siempre, los seres humanos han experimentado su existencia personal como inadecuada.  Explorando el mundo a su alrededor, el hombre primitivo, evidentemente “probó todo y se quedó con lo que le era útil”. Con el objetivo de la auto-preservación, lo útil es toda fruta y hoja comestible.

En los tiempos modernos, la cerveza y otros atajos tóxicos hacia la auto-trascendencia no son venerados oficialmente como dioses. La teoría ha sufrido un cambio, pero no la práctica, porque en la práctica, millones de hombres y mujeres civilizados continúan con su devoción al alcohol, hashish, opio y sus derivados, barbitúricos y los otros venenos sintéticos capaces de causar la auto-trascendencia. En todos los casos, por supuesto, lo que parece un dios es en realidad un demonio, lo que parece una liberación es en realidad una esclavitud. La auto-trascendencia es invariablemente un ir hacia abajo.

Y aparecieron los Blogs. Un brebaje tan tóxico y enajenante como cualquier “droga pesada”.

Las minorías gobernantes utilizan la búsqueda de la auto-trascendencia por parte de sus sujetos, en principio para divertir y distraerlos y en segundo lugar para llevarlos a un estado de alta sugestión. Las ceremonias religiosas y políticas son bienvenidas por la masa como oportunidades de envenenarse y son bienvenidas por los gobernantes como oportunidades de implantar sugestiones y manipular mentes que momentáneamente no son capaces de razón o voluntad propia.

Los blogs es la versión moderna de “Rebelión de las Masas” Orteguiano. En masa, estos mismos hombres y mujeres se comportan como si no tuviesen razón o voluntad propia. La intoxicación de masa los reduce hasta una condición infrapersonal y una irresponsabilidad antisocial. Drogados por el veneno misterioso que cada miembro excitado secreta, caen en un estado de sugestión similar a un trance hipnótico. Mientras en este estado, creerán cualquier cosa, actuaran ante cualquier comando o exhortación.

Cuando el delirio de masa es explotado por el beneficio de los gobiernos e iglesias ortodoxas, los explotadores siempre se cuidan de no permitir que la intoxicación vaya demasiado lejos.
El síntoma final de la intoxicación de masa es la violencia maníaca. Nos encontramos con delirios de masa que culminan en la destrucción gratuita y en la auto-mutilación feroz. Una masa es el equivalente social de un cáncer. El veneno que secreta despersonaliza a sus miembros hasta el punto en que comienzan a comportarse con una violencia salvaje, de la cual, en su estado normal, serían completamente incapaces.
Para poder escapar de sus propios horrores, la mayoría de los hombres y mujeres elige no ir hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia los costados. Se identifican con alguna causa más amplia que sus propios intereses inmediatos, no necesariamente hacia abajo, y si hacia arriba, sólo dentro del rango de los valores sociales del momento. Esta auto-trascendencia horizontal, o casi horizontal, puede llevarse a cabo a través de la auto-identificación con cualquier actividad humana, desde manejar un negocio hasta investigar en física nuclear, desde componer música hasta coleccionar estampillas. Desde ir al cine a ver películas 3D de manera compulsiva,  hasta tener un blog compulsivamente actualizado; lleno de enlaces a “amigos y amigas virtuales” a los que nunca les verá el rostro y con los que jamás experimentará un apretón de manos o una palmada en la espalda de desinteresada aprobación empática.

domingo, 26 de febrero de 2012

Pensar propio y ajeno

El pensar por sí no se logra desde el vacío. Únicamente lo que pensamos por nosotros mismos puede sernos en realidad manifestado. Por supuesto que lo históricamente pensado, el contacto con la tradición cronológica de antiguos pensamientos despierta en nosotros visiones de paisajes de verdad ya visitados. Este estudio de lo anterior nos predispone a cierta confianza con las ideas. Pero es el propio filosofar, al final, el que se encarama por las perimetrías de figuras históricas. El hilo conductor de los tres requisitos kantianos nos ayudará a vislumbrar el camino: pensar por sí mismo; pensar en lugar de cualquier otro; pensar de acuerdo consigo mismo. Estos requisitos representan tareas gigantescas y nos abre senderos infinitos. La filosofía, dijo alguien, es un constante ir de camino…camino que algunos han transitado…hasta ciertos cuadrantes. La historia nos ayuda a andar estos tramos sin perdernos. Si no tuviésemos esa confianza en los hitos del pasado no nos daríamos el trabajo de leer y estudiar a Platón o a Ortega y Gasset. Confiamos en la dirección indicada y empezamos a tener por verdadero algunas ideas ya pensadas. No necesitamos hacer reflexiones críticas en todo momento, no empezamos por no tener por verdadero, ni paralizando el andar a cada momento en que se nos atraviesa una duda –como un animalejo inesperado-. Obedecemos. Esto quiere decir además el respeto que no se permiten  críticas baratas, sino solo una, la que parte del propio trabajo, la que se acerca paso a paso al asunto y logra alzarse hasta su digno nivel. Es gran placer intelectual cuando logramos tomar algo como verdadero alguna idea ajena que ha sido, analizada y depurada, y que logra convertirse en convicción propia en el solamente pensar por sí.
Sabemos que ningún filósofo, ni siquiera el que consideramos el mejor está en posesión de la verdad absoluta. Solo se arriba a ciertas verdades cuando en el pensar por sí se hace en esfuerzo auténtico y laborioso de pensar en lugar de cualquier otro. Cuando se intenta seriamente pensar lo que ha pensado otro, se amplifican las eventualidades de la propia verdad, incluso cuando se intenta confirmar el pensamiento ajeno. Entonces solo se llega a conocer este cuando se tiene la valentía y perseverancia de sumergirse totalmente en el. Entonces, quien filosofa no se vuelve solo hacia el filósofo de sus preferencias, aquel al que estudia reconcentradamente, sino también a la historia universal de la filosofía, para tener referencias cronológicas de lo que pasó y se pensó.
Esto puede causar dispersión e inconexión. Allí nos protege el tercer requisito kantiano: pensar de acuerdo consigo mismo; en todo momento y a la defensiva, nos pone en guardia contra la tentación constante de entregarse ante lo pintoresco y pirotécnico, ante la propensión a lo novedoso y al deleite de la admiración por demasiado tiempo.
Aunque la idea de unidad de la historia de la filosofía fracasa constantemente esta no debe ser un portón cerrado, sino una posibilidad siempre abierta. Todo entra en lógica conexión cuando se recoge el yo singular del que entiende. Allí es cuando hay que verificar nuestro propio pensar y entrar en el acuerdo con nosotros mismos reduciendo a la unidad lo diversificado, lo opuesto a su enfronte.
La exposición de la historia de la filosofía es necesaria para el propio co-filosofar.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El Mal Interno

El desgano ante la vida aparece cuando la conciencia se hace inhóspita a sí misma. Este desgano, primero, para la acción después para todo el ser; esta improductividad o falta de iniciativas va lentamente cristalizándose en cada poro hasta colonizar el cuerpo entero. Aparece, lentamente, como un no-cuidado, un descuido de sí, un sin cuidado o seguridad o seguritas, sine cura. Enfermo, sin cura, expuesto a los ingentes elementos de la vida. Este desamparo, entregada la sien al enemigo que avanza por todos los flancos con sus disfraces voraces: la soledad, la enfermedad, la miseria, la muerte; descuido y entrega ante el Mal interno o externo: la oprobiosa degradación ante sí mismo. El Mal interno: la tristeza –faz radical del Ser- es uno de los más corrosivos, que se agarra a las carnes como cáncer letal. Nos entristecemos, no por los Otros, ni por el mundo y sus problemas –lo que sería encomiable- sino que la tristeza arrastra consigo un origen que no conoce y un porqué de sí misma que no logra traducir.
Esta acedía, abandono de sí comienza por un fastidio y un aburrimiento ante el mundo. El mundo no ofrece ningún atractivo que nos impulse a la acción. La tristeza, ausencia de alegría nos ha invadido. Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta –nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.” Dice Ortega en El Espectador.

La tristeza no es un mal externo. Santo Tomás llamó a la acedía (pereza, desgano), “tristeza del bien interno”. Se trata esta de la tristeza del bien interno divino; lo que es un delito gravísimo para el creyente. ”La tristeza: un apetito que ninguna desgracia satisface”. Dice Ciorán. La tristeza, la profunda, la auténtica no tiene raíces substanciales. La tristeza es comadre con el desgano –pero este no rompe con el mundo- y, también con el aburrimiento que es manifiesto y abierto rechazo ante toda presencia ontológica que amenace nuestro preocupado “estar delante de nosotros en vista de nosotros mismos”, según la conocida expresión de Heidegger. La tristeza es huída permanente, rechazo que elimina ipso facto todo presente, obviando ese sí mismo que jamás llegará a ser así, presencia ante sí.
La tristeza que marcha sobre el desgano y el aburrimiento tiene una abierta hostilidad al presente. Hostilidad que se aclara en tanto en cuanto el presente “nos detiene” en la consideración de lo Otro; en cuanto el presente real. El presente es un detenerse, un suspenderse de los afanes del mundo en que aparece violentamente la tristeza con su guadaña mortal: la nada.
El hombrecito en su existir humano se va inventando estratagemas inquietantes para huir del vacío, maña que consiste en no hacer nunca cuentas con el presente; el abstraerse de él, romper permanentemente con él…proyectando compulsivamente el futuro.

Por eso nos quedaremos con esta frase de Ciorán que nos sirve de asidero ante el abismo infinito de la nada.  “La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay quienes creen aún en la profundidad de la filosofía.”

jueves, 16 de febrero de 2012

Naranjas y realidades

Eso que acostumbradamente llamamos “mundo” no es otra cosa que el conjunto de las cosas reales. El mundo es una gran cosa repleta hasta los bordes de cosas más pequeñas. Este mundo de las cosas reales lo percibimos, lo “conocemos” a través de los sentidos. El hombre que dice conocer más mundo, es aquel que más datos, mas definiciones tiene acerca de las cosas que ha percibido a través de los sentidos. A este modo de aprehender la realidad del mundo se le ha llamado, desde Aristóteles: Realismo.
Este mundo de las cosas reales tiene su estructura. Digamos que en el mundo “hay” cosas. Las cosas “son”. Entonces, las cosas reales tienen “ser”. ¿Qué significa “ser”?. Significa una cosa muy simple, muy evidente e inmediata: significa que lo “hay” en mi vida.
Las cosas están ahí en mi vida. Aquella naranja sobre la mesa “está”. La naranja “es”, está ahí, en mi vida. La hay. En este sentido, este mundo de las cosas reales posee esta primera característica. Ser.
Pero, además, el ser de la naranja es un ser real. ¿Qué significa que sea real? (Real, viene da la voz latina “res”, que significa cosa). El modo de ser de las cosas es, además, real. Su ser es de este tipo especial que llamamos “ser real”. En oposición a los objetos ideales, se me presentan –ante los sentidos- con una individualidad de presencia que designamos con la palabra “real”. Así, tenemos dos categorías de este esfera de la objetividad: el ser y la realidad.

Pero estas cosas que contiene el mundo, además, de ser reales, en el sentido que hemos expuesto, son reales en el tiempo; es decir, poseen temporalidad. Esto quiere decir que tienen un ser que, en algún momento, comienza a ser, que está siendo y que en algún instante futuro dejará de ser. Esa sabrosa naranja que veo sobre la mesa, que tiene su “ser”, porque “está” en mi vida; que además es real porque puedo aprehenderla con mis sentidos es, casi seguro, que en unos días más no estará. No porque alguien se la coma, sino porque el tiempo habrá pasado a través de ella, transformándola e n otra cosa.  El ser de las cosas, entonces, está localizado en el tiempo, es temporal. Esta es otra categoría del ser de las cosas: la temporalidad. Pero también a estas cosas reales que están en el mundo y que son temporales, se añade otra categoría; la causalidad.
Ese ser real en el tiempo, ese ser que en algún momento empieza, que deviene y que termina; sufre secuencialmente, sucesivamente en el tiempo, transformaciones, mutaciones, cambios que acontecen de una manera aparentemente inteligible. Toda esta sucesión de pequeñas causas que van imprimiendo cambio a las cosas, es lo que llamamos causalidad. Por otro lado, este concepto expresa una posible forma de conocimiento  sobre las cosas que están en constante cambio, por cuanto manifiesta que esta sucesión de transformaciones en el tiempo es inteligible, es decir, reductible a leyes, es posible de conocer.
Hagámonos juntos la siguiente pregunta: cuando veo la naranja sobre la mesa, ¿qué veo?. Veo primero una cara, parte de ella (la que está frente a mí). Si Quero verla toda, tengo que dar vueltas alrededor de ella y ver lados sucesivos, de suerte que nunca la veo “junta”, integralmente. Y aunque la corte en mil pedazos y examine su composición molecular, su estructura atómica, jamás podré decir que “conozco” la naranja, pues estará cambiando a cada instante temporal…la naranja de hace un instante no es la misma al instante siguiente…¿podemos entonces conocer la realidad?.

lunes, 13 de febrero de 2012

Como el primer hereje

El Dios de que se habla es un Dios lejano. Es un ser superantissimus, remoto y apartado. No tiene nada que ver con los hombres. Este Dios arbitrario, absolutamente indócil, potencia absoluta de libérrima totalidad; nunca, jamás, se ha dejado atrapar por la metafísica humana…es el gran imposible metafísico aspirar a conocerlo. Dios es anónimo. Este Dios fiero, magnífico, Ser tremendo y encerrado en su mayestática soledad -universal soledad- no se deja domesticar como león libio o tigre malayo; aunque, el hombre, desesperadamente ha querido apresarlo, comprimirlo como si fuera una gragea. La gragea óntica de los escolásticos. Ha habido muchos dioses gentiles a lo largo, ancho y profundidad de la historia humana; el Dios ockamista, mas auténticamente cristiano; el Dios aristotelizado y pagano de Santo Tomás, entre otros múltiples.
Siempre hemos habitado el ámbito del agnosticismo, con la visión acomodada a lo primariamente inmediato. La palabra del agnóstico es “experiencia”; atención exclusiva a “este mundo”. Aunque muchas veces el ojo se nos gira revolando a la línea fronteriza entre ambos mundos. Esta “línea” divisoria, por ser de este mundo tiene un carácter “positivo”, y por comenzar el ella el mundo del “más allá”, tiene un carácter de “trascendente”. Pero cuando nos hemos acercado a esta división mundanal la gran ciencia de Dios se nos ha alejado.
Observamos al hombre gnóstico para aclarar nuestro régimen atencional; muchas veces necesitamos sostenernos, patear el suelo que pisamos para constatar si es lo suficientemente denso y sólido para que nos sostenga.
El gnóstico parte ciertamente de un asco a “este mundo”. Esta profunda repulsión hacia todo lo sensible de “este mundo” es uno de los fenómenos más insólitos de la historia. Con Platón comienza esta marea indominable y desde el siglo I  gran parte del mundo está borracho de asco a lo terrenal. Las almas  se acomodan en lo ultramundano, sorprendente por lo extrema y lo exclusiva. Solo existe para el alma lo divino; es decir, lo que en esencia es distante, remoto, ultrareal, mediato, trascendente. Hay aborrecimiento general por lo inmediato; el asco hacia “este mundo” es tal, que el agnosticismo no admite siquiera que el mundo lo haya hecho Dios. El ámbito del gnosticismo no tiene planos intermedios y se compone, en última instancia en “otro” absolutamente mundo; por eso su vocablo es “salvación”, que quiere decir fuga, huida de éste y atención al otro.
Este Dios lejano e invisible que su existir consiste no existir en un mundo determinado, Dios no tiene mundo. Este Ser superpotente que no encuentra resistencia ni nada se le opone, no tiene fronteras, límites, es i-limitado, infinito. Para Dios vivir es flotar en sí mismo, sobrenadar en su mismidad, sin nada ni ante nadie. Ni a su favor ni a su contra, sino con el mismo en total unicidad. Ortega y Gasset, casi-agnóstico, dice bellamente: “De aquí el más terrible y el más mayestático atributo de Dios: su capacidad para ser, para existir en la mas absoluta soledad. Que el frío de esta tremenda, trascendente soledad no congela a Dios mide el poder de ignición, de fuego que en El reside”.

Dios es dinamismo puro, nunca un ente, comprimido en un concepto medieval. Decíamos que no es posible acercarse a el con filudos conceptos filosóficos. Lo fundamental es confiar en El, y nada mas…esta es la auténtica fe. Dios es objeto de fe no de ciencia. Aunque para uno es lejano y aún inexistente el poder creer en que Dios existe es, antes que creer esto, creerle a El, confiar en El aún, todavía para nosotros supuesto y aparente. Esta extraña combinación es la auténtica fe.
Muchas veces nos hemos sentido como el primer hereje que ponía a Dios muy lejos, porque le tenía suficiente respeto. Cuantos de nosotros hemos pedido –en la alta noche y susurrando- que traspase las infinitas distancias y nos abrigue con sus gracias para guarecernos de la terrible frialdad congelante de la soledad humana.

sábado, 11 de febrero de 2012

diálogo edificante

El diálogo es una pausa experimental en medio de los haceres rutinarios. Un ¡alto! en los quehaceres cuotidianos, un párale en el curso natural de las cosas y los casos. En ese sentido el diálogo es transgresión. En medio de los problemas habituales de la vida aparece la conducta dialogante como meta-lenguaje, lenguaje que no es el habitual y consueto e intencionadamente transgrede el curso reiterado de los acontecimientos. Recordemos al dialogador por excelencia: Sócrates, el ateniense. El fue un transgresor, un tábano –como él mismo se apodara- en la oreja del asno de Atenas. Removió el pensamiento ya pensado y no pensante, ese pensamiento que se adormece en el colchón de las fáciles soluciones.
Hoy día la desesperación de los trances de la rutina social, la imposibilidad, la incompatibilidad para resolverlos impositivamente ha devuelto al diálogo socrático la autoridad de mediador imprescindible entre variopintas subjetividades e intereses, de primer pronto, irreconciliables e irreductibles.
Sin embargo no siempre hay buena disposición a la exposición dialogante. Es una peligrosa exposición al aire libre. ¿Porqué poner en juego “estas ideas mías” que me han tenido y sostenido por los suburbios de la vida?; por ellas vivo y por las que me digo día a día que lo que hago es bueno, meritorio, justo. Porqué ponerlas en juego, exponerlas temerariamente a la “eficacia” de las ideas de mi antagonista y arriesgar así, a que se me confundan, que se difuminen y quedar a la intemperie, sobre terreno movedizo y a merced de las ideas voraces –del absolutamente otro- que luchan por echar raíces en mi total presencia general. Claro que es riesgoso.
Nuestras creencias –ideas cristalizadas- son preciadas posesiones; son ni más ni menos nuestro sustento –como el oxígeno-, ellas nos sostienen y nos impulsan a justificar nuestras posesiones y estar dispuestos, incluso, a morir por ellas…por tanto porqué correr el riesgo de perderlas.
La naturaleza profunda del diálogo ha de estar comandado por el “principio de veracidad”. No solo se debe dialogar, sino que debe tener la intención auténtica de querer alcanzar una suerte de “experiencia común”, es decir, un conocimiento teórico y una valoración pragmática de las cosas que se erija en un criterio válido para dirimir dificultades y rehabilitar así la rutina suspendida.
A las ideas debe tratárseles como huéspedes, como invitados transitorios y no como propiedades personales y estar dispuesto a dejarlas partir. No se trata aquí de promover el “bicefalismo parmenídico”: el pensar, sin conflictos internos, las cosas de un modo y seguirlas haciendo de otro. Tampoco convivir camaleónicamente y acomodarse donde mejor calienta el sol sin reconocer la existencia de sustanciales problemas objetivos.
Para que se produzca el dialogo han de converger al menos dos ingredientes esenciales; en primer lugar, reconocer la existencia del conflicto, re-conocer que “aquí hay un problema” y, en segundo término; tener la intención de solución. Querer alcanzar una solución que persuada y convenga a las partes. Se trata en última instancia de la búsqueda de una “experiencia común”, de un con-vencimiento final y total, que es el modo perfecto de vencer.

domingo, 5 de febrero de 2012

Ira Inteligente

Admitamos –dice Aristóteles– que la ira es un apetito penoso de venganza por causa de un desprecio manifestado contra uno mismo o contra los que nos son próximos, sin que hubiera razón para tal desprecio”; la consideramos un tanto idealista ya que no es el desprecio sin razón el que nos vuelve iracundos sino agravio objetivo muchas veces aberrante y violento. La definición de Descartes nos parece mas realista: La ira –escribe el filósofo francés– es una especie de odio o aversión que sentimos contra los que han hecho algún mal o han tratado de hacer daño, no indiferentemente a cualquiera, sino particularmente a nosotros [...] tiene el mismo contenido que la indignación y además se funda en una acción que nos afecta y de la que deseamos vengarnos”. Falta, sin embargo, en la fórmula cartesiana (aunque pueda suponerse implícito en ella), algo que sí se halla en la aristotélica: la indignación se suscita igualmente cuando las víctimas del mal o del daño son aquéllos que nos importan, nuestros cercanos –amigos o familiares- aunque no lo seamos directamente nosotros mismos.
Concertemos, entonces, que la ira es una emoción consistente en un estado afectivo de indignación y furor provocadas por el daño o la ofensa inferidos a nosotros o a quienes nos son apreciados (indignación y rabia tanto más intensas cuanto más injustos y improcedentes sean el daño y la ofensa), y que crea, por lo menos momentáneamente, sentimientos de odio y deseos de venganza.
Que se trata de una emoción (y una de las primarias) lo delata su gran excesiva intensidad y su carácter transitorio y breve (también su expresividad facial, característica y acaso universal y, en general, los componentes no verbales que la acompañan: musarañas, gruñidos, aspavientos y la vasodilatación general de las tuberías arteriales). La indignación, el odio y el deseo de venganza pueden, ciertamente, persistir largo tiempo (a veces toda la vida), pero la cólera misma, en tanto que tal fase afectiva, cesa con prisa: nadie permanece 24 horas enteras, ni siquiera una hora, en actitud encolerizada, como tampoco lo hace en actitud estuporosa, de repugnancia o de alegría.
Admitamos, con Aristóteles, que “el que se irrita por las cosas debidas y con quien es debido, y además cómo y cuándo y por el tiempo debido, es alabado”. Y si no alabado, es seguro, al menos, que su actitud se encuentra plenamente justificada y es absolutamente legítima. Pero es obvio, igualmente, que las dificultades tan sólo se presentan (y se agrandan) en aquellos casos confusos y susceptibles de discrepante discusión, en tanto que hay otros que no generan confusión alguna ni admiten discusión de ningún especie. Y en éstos casos, ser manso y apacible no es síntoma de bondad o de buen carácter, sino de debilidad o cobardía; también, con frecuencia, de estupidez: “Pues los que no se irritan por los motivos debidos o en la manera que deben o cuando deben o con los que deben –dice de nuevo Aristóteles–, son tenidos por necios”.