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lunes, 25 de enero de 2016

Sobre la Amistad

La amistad, como sabemos, tiene una función básicamente integradora en la sociedad. Dentro del aprendizaje social de las relaciones con los demás, la amistad ( que siempre es voluntaria y algo de interesada) permite que se tome conciencia de la realidad del otro, se formen actitudes sociales y se tenga experiencia de las relaciones interpersonales.

Cuando el afecto amoroso es honesto y sincero se hizo hábito en alguien, se dice que se quiere con un amor de amigo. Al decir que es un hábito también decimos que se construye, es una unión –simbiótica generalmente- que se fragua con devenir del tiempo. 

El amor de amistad se coloca decididamente fuera del ambiente familiar y se aparta de la coloración sexual. Según Santo Tomás, el amor de amistad es un amor perfecto. En este amor perfecto salgo totalmente fuera de mí  y voy a mi amigo del alma; yo amo a mi amigo por él mismo, con sus excelencias y debilidades. Es un éxtasis de la intimidad (éxtasis no como algo sobrenatural, simplemente es estar fuera de sí), "la unión afectiva íntima entre el amante y el amado, que es el amor, supone la salida del amante de sí mismo y su persistencia afectiva en el amado, el éxtasis." En ese éxtasis yo me encuentro a mí mismo en el otro, su humanidad se transforma en mi refugio, en mi cobija y resguardo de las tantas afrentas diarias. Es el acto más encumbrado del amor, es la aprobación que hace mi intimidad de la intimidad del otro. Esta intimidad no es un espacio cerrado, sin aperturas ventilatorias, sino una relación que une por dentro a las personas, en el ámbito luminoso del amor amical. "La intimidad, interioridad relacionada, se forma o fragua en el curso de la vida personal - el hombre comienza a descubrir la intimidad en una etapa de su vida -, y podemos contribuir a promoverla, a impulsarla con en el otro y en otro: es más, ella no se profundiza ni se amplía sin el contacto, roce, fricción con el otro. Una intimidad es fuerte en la misma medida en que tiene capacidad de compartir y de relacionarse creativamente." Por eso esta interioridad, esta intimidad no es distancia sino que se convierte en vínculo. No hay otro modo de apertura personal total que la realizada en la intimidad de las conversaciones frente a una cerveza.



Pero hoy día se practican amistados descaradamente interesadas y, se aplica al fenómeno de la amistad como unión simbiótica, se le considera una forma inmadura de plantear y practicas amistades. Podría hablarse de unión simbiótica entre el feto y la madre embarazada; la sumisión o masoquismo, donde la persona renuncia a su integridad convirtiéndose en instrumento manipulador de alguien o algo ajeno a él; la dominación o sadismo, forma activa frente a la pasiva que representa la sumisión, quien escapa de su soledad creando en otro individuo la prolongación de su ser. La mayoría de los “amigos” de hoy nadan como rémoras adheridos como parásitos a la sombra del gigante tiburón. Usufructuando de las sobras que va dejando de sus festines carbonarios y, a cambio, las pequeñas rémoras le limpian la piel y el interior de la boca.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Filosofía anónima

“Bien mirado, la filosofía no es tan despreciable: ocultarse tras verdades más o menos objetivas, divulgar pesadumbres que en apariencia no nos afectan, cultivar desasosiegos sin rostro, esconder bajo el fasto del verbo voces de desamparo. ¿La filosofía? Grito anónimo...” Dice Ciorán en su fascículo “Desgarradura” (recomiendo su lectura, siempre que no sea flácido de estómago). De alguna manera la frasecita se Ciorán tiene razón. La filosofía es un mirar de lejos…Ortega se llama a sí mismo “Espectador”… Este celebérrimo vocablo goza de afamado linaje. Lo encontró Platón sobre las arenas vírgenes de las playas del conocimiento griego. En su República concede una misión especial a los que el denomina “amigos del mirar”…desde lejos, sin involucrarse. Son los especulativos, y en primer plano, ellos los filósofos, los teorizadores –que quiere decir los contemplativos. Los filósofos observan como fluye la vida desde su punto de vista individual buscando objetividades, buscando la conexión de las cosas entre sí.
Desde el desierto del norte chileno, donde nos hemos asentado –psiquis y yo-, vemos distancias siderales con claridad privilegiada. Mi Pucón natal arrullado por el lago Villarrica descansa lejos, muy lejos de mi circunstancia actual y factual.  Nuestra vida transcurre aquí y ahora, y este es nuestro “punto de vista” sobre el universo individual y sobreindividual. Desde aquí observamos, y esta es nuestra primaria circunstancia mundanal. Desde acá miramos el mundo.
El escritor, por ejemplo, necesita de un público pasivo, “como el licor de la copa en que se vierte” (feliz tropo ortegiano); el filósofo, el auténtico, anda lejos de pretender semejante cosa. El filósofo anda a la caza de los “amigos del mirar”  y, eventualmente, lectores meditativos que pelen el mundo como si fuera una naranja. Se buscan lectores que no quieren ser convencidos de algo, sino que repiensen por si mismo lo que han leído.
Heidegger habla de dos pensares: el pensar calculador y la reflexión meditativa. El pensar utilitario de las calculadoras prima hoy sobre el pensar por el pensar. La “mera reflexión” como la llama el pensador alemán es demasiado elevada para el pensamiento común. El pensar meditativo exige a veces un esfuerzo superior…dice. Exige un largo training. Requiere cuidados aún más delicados que cualquier otro oficio auténtico.
Aunque el saber es propiamente saber lo que una cosa es. Su objeto propio es el ser. Decir, pues, ignorancia es decir que alguien necesita violentamente, quiera o no, averiguar el ser de las cosas. Esta es precisamente la condición del hombre. La condición humana no es el conocimiento; la forma primaria de ese trato nuestro con el contorno no es “contemplativa”; no consiste en que yo me ponga a pensar en las cosas y sobre ellas. Evidentemente, para poder pensar sobre las cosas y ocuparme en “contemplarlas”, tuvieron éstas que estar ya antes en una relación conmigo no “contemplativa”. Pensó Descartes que vivimos o existimos porque pensamos, y en tanto en cuanto que pensamos, no advirtiendo que el pensar se presenta desde luego como un esfuerzo reactivo a que nos obliga nuestra existencia pre-intelectual. La verdad es que no existo porque pienso, sino al contrario, pienso porque existo, porque la vida nos plantea brutales problemas que no puedo eludir.

Los profesores de filosofía son cuento aparte; mencionemos a Shopenhahuer que dice que su filosofía no ha sido creada en absoluto para vivir de ella: "(...) asalariados empleados de la cátedra para los fines del Estado, que tienen que vivir de la filosofía (y) que ya han tomado posesión del mercado." (...) "Aquellos representantes de la filosofía en la vida burguesa representan en su mayor parte algo así como los bufones de los reyes." "(Esa) filosofía de cátedra (que) termina separando a la filosofía como profesión de la filosofía como libre investigación de la verdad o la filosofía por encargo del Gobierno..." El mismísimo Kant –prototipo del filósofo- llegó a decir: "si puedo pagar no me hace falta pensar"; un tanto atrapado por la ascendente burguesía europea y previendo el advenimiento del conocimiento como mercancía, pero…, sabemos, que el fue un espectador por excelencia. El mismo Kant escribe mas adelante: "No os convirtáis en esclavos de los hombres; no remitáis que vuestro derecho sea pisoteado impunemente. (...) Humillarse y doblegarse ante un hombre parece en cualquier caso indigno de un hombre. (...) Quien se convierte en gusano, no puede quejarse después de que le pisoteen." (KANT, 1993)

La filosofía “grito anónimo” dice Ciorán en su pedrada. La filosofía nunca es histriónica, luces, fuegos artificiales. Los filósofos son, contrario a los escritores que sufren constantemente de verborrea, logorrea, locuacidad mórbida e incontinencia de la palabra (propensión a hablar mucho y fuera de propósito). Como señala Plutarco: “queriendo ser amados, son odiados; queriendo hacer favores, importunan; creyendo ser admirados, son objeto de burla; sin ganar nada, gastan, ofenden a los amigos, aprovechan a los enemigos, se arruinan a sí mismos. De tal suerte, este es el primer remedio y medicina de su pasión: la reflexión sobre las vergüenzas y dolores que vienen de ella.”

La filosofía es atemporal y sin compromisos. Aunque en todos los tiempos se ha querido politizar y hacer de ella un esbirro de gobiernos contingentes. Platón bosqueja la figura del auténtico filósofo como alguien que ha de  alejarse, poco a poco, del ágora, de la plaza pública, de la polis. Y Plotino llega a decir que los asuntos políticos —la distinción entre hombres libres y esclavos, entre reyes y súbditos o incluso el asalto a las ciudades o las guerras— no merecen la atención del filósofo (menos aún del sabio): harta materia tiene éste con asuntos que nada tienen que ver con la patria terrestre. ¿No había dicho ya Anaxágoras, cuando le preguntaron por sus ideas políticas, señalando al cielo astral: “esa es mi patria”? Y no sólo los neoplatónicos: también los filósofos epicúreos y los cínicos renegaron de cualquier interés relacionado con los saberes políticos, como pueda serlo el interés por las técnicas militares: “¿Hasta cuando se debe filosofar?”, le preguntaron a Crates el cínico, que respondió: “Hasta tanto que los generales de ejército parezcan conductores de asnos”.



lunes, 15 de junio de 2015

SOBRE EL ORIGEN DEL DESACUERDO

Todo muestra de modo suficiente que cada uno juzga de las cosas según la disposición de su cerebro o, más bien, toma por realidades las afecciones de su imaginación. Por eso no es para asombrarse (notémoslo de pasada) que hayan surgido entre los hombres tantas controversias como conocemos, y de ellas, por último, el escepticismo. Pues, aunque los cuerpos humanos concuerdan en muchas cosas, difieren, con todo, en tantas otras [cosas] *, y por eso lo que aalguien le parece bueno a otro le parece malo; lo que [se le presenta como] ordenado a uno, a otro[le parece] confuso; lo [que] es agradable para uno lo [es] desagradable para otro; y así sucedecon [todas] las demás cosas… -todos tienen suficiente experiencia de esto… Hay tantas opiniones como cabezas; [y] cada uno abunda en su opinión; [en efecto] no hay menos desacuerdo entre[los] cerebros que entre paladares. Aquellas [opiniones] muestran suficientemente que los hombres juzgan las cosas según la disposición de su cabeza, y que, más bien, las imaginan que las entienden. En efecto, si las entendiesen –y de esto testigo es la Matemática– las cosas serían [al menos, y en razón de ello] igualmente convincentes para todos, puesto que [de hecho] no [resultan para todos] del mismo modo atractivas (...).-´


ÉTICA; DEMOSTRADA SEGÚN EL ORDEN GEOMÉTRICO.

Apéndice, Parte I, DE DEO. Fragmento.
Benedictus De Spinoza

viernes, 16 de enero de 2015

¿Cadenas?

¿Usted es de los que disimulan una falta de contacto emocional en vivo y en directo, pegándose al Facebook horas y horas? ¿Usted busca verdadera felicidad, intimidad y confianza a través de códigos binarios que circulan por la supercarretera de la información? ¿Sufre usted de carencias de afecto; falta de mimos y atenciones? ¿Acaso está infectado con el virus de la insatisfacción, de la discordancia entre lo que quiere y lo que tiene?  ¿Su actual y factual realidad le parece turbia y pesada, del punto de vista de las emociones?
Sus carencias emocionales lo han convertido –sin usted darse cuenta (como sucede en casi todas las adicciones).- en un adicto
La sobre-estimulación que se con-trae a través de Internet, tiende a tras-pasar un umbral témporo-espacial de resistencia y agotamiento, que se des-precia y des-oye. En vez de parar, vamos indeliberadamente un poco más allá, arrastrados por la pasión contra la inquietante ansiedad, que provoca la ausencia de emociones en su fastidioso y aburrido derrotero vital, re-cubriendo una cosa con otra. De este modo una emocionante conversación en un chat erótico o en una línea 906 se inter-pone a la ultra-necesidad de un relajante descanso, a la molestia penosa de un nerviosismo fatigante y al crecimiento drástico de la cuenta telefónica.
El adicto es consciente de que el tiempo pasa, la frustración se acrecienta, la fantasía se desvanece, se debería parar pero la esperanza ciega se impone a todo: ya estamos en la fase compulsiva. La compulsión nos está engañando no tanto porque nuestra aspiración actual no se consumase para la alegría de su total humanidad –que, eso sí- sino el fraude es al resto de sus deseos vitales que se des-precian olvidándose uno de los “unos” de que se compone. Es decir, se olvida usted de su propia e intransferible vida. Se olvida de sí mismo.
Internet promete la mismísima iluminación mística y la todopoderosa fuerza del conocimiento intelectual, de inagotable complacencia emocional, de libertad escópica en la que podemos mirarlo todo (ubicuidad, como dicen los expertos en web), de vanguardia esplendorosa que nos hace estar “a la última moda”, es decir, nos “ranquea” dentro de los topten.

En la misma medida que promete posibilidades psico-afectivas, nos justifica, y aparentemente somos razonables sin saber que la razón supuesta no es más que una parodia tras la cual se oculta la huida hacia el profundo y siempre desconocido adelante (la vida es una faena que se hace hacia adelante). La angustia que experimentamos por las carencias afectuosas separadamente de nosotros mismos –fuera de sí- puede olvidarse buscando en otra parte, y esa parte puede ser un dolor para dolernos de otra cosa, pero asimismo un placer que calma otra cosa que la que necesitaríamos calmar. Y las ingratas concatenaciones parecen no acabar nunca.

martes, 14 de febrero de 2012

"Lógica del amor"

La fórmula del “te quiero porque me quieres” casi nunca falla.
¿Quieres tu, amable e inteligente lector, que esa bella representante del sexo débil (¿…?) que hasta este momento no tiene la mas remota noción de que tú existes; comience a interesarse en ti…es decir te dé boleto? Pues aplica la siguiente fórmula cabalística; sacada de los arcaicos libros de nigromancia del mismísimo Ubjaldún Demir al Jasám, a saber; hazle saber (a la afectada) con algún artilugio socialistoide (amigo o amiga) que estás interesado en sus asentaderas…perdón en su graciosa personita. Que te sientes atraído hacia su favorecida y agraciada humanidad. En ese momento aunque seas el más feo, deforme, repugnante, amorfo, contrahecho, desagradable y repelente individuo que pisa la faz del glóbulo terráqueo  ella –todo desdenes y fugas- dirigirá el foco rosado  de su atención hacia tu infausta y esmirriada complexión.

Muchas veces basta que nos digan “ a la Yajaira Babalú de las Mercedes le gustas” para que comencemos a sentir ese atávico chorro anímico de atracción hacia la susodicha damisela.
Los investigadores de la conducta (aunque se equivocan constantemente) hablan de esto como “RECIPROCIDAD” en los afectos, como un importante determinante de la atracción de los sexos. Y no es chiste. Dicho de otra manera, tendemos a querer a quién nos quiere; porque el aprecio que alguien siente por nuestra infausta entidad es una poderosa fuente de impulso y poderosa retaguardia que nos lleva a emanar y profesar torrentes de testosterona y de sentimientos positivos hacia esa persona.

Por otro lado declaran los psicólogos (esos señores que dicen que lo entiende a uno) que cuando mayor es la inseguridad de un individuo y mayores son sus dudas sobre sí mismo, más tenderá a apreciar a quién manifieste cariño por él. Es decir si usted es un vacilante, inestable, mudable e indeciso mas tenderá a “agarrarse” de la primera que le diga “te quiero”. A las mujeres les gustan los hombres con algunos signos de debilidad (dicen que es el síndrome de protección maternal sublimada a la sumisión falocrática por pérdida del osito de peluche paterno entre la segunda y tercera infancia); paradójicamente a los hombres con muchos atributos positivos –intelectualmente brillantes, honestos, decididos, etc.-, las mujeres los consideran inabordables y sobrehumanos.
Es decir, amables e inteligentes lectores, para enamorar a una mujer hay que ser un poco subnormal, zopenco, babieca, pelele y asno.

domingo, 5 de febrero de 2012

Ira Inteligente

Admitamos –dice Aristóteles– que la ira es un apetito penoso de venganza por causa de un desprecio manifestado contra uno mismo o contra los que nos son próximos, sin que hubiera razón para tal desprecio”; la consideramos un tanto idealista ya que no es el desprecio sin razón el que nos vuelve iracundos sino agravio objetivo muchas veces aberrante y violento. La definición de Descartes nos parece mas realista: La ira –escribe el filósofo francés– es una especie de odio o aversión que sentimos contra los que han hecho algún mal o han tratado de hacer daño, no indiferentemente a cualquiera, sino particularmente a nosotros [...] tiene el mismo contenido que la indignación y además se funda en una acción que nos afecta y de la que deseamos vengarnos”. Falta, sin embargo, en la fórmula cartesiana (aunque pueda suponerse implícito en ella), algo que sí se halla en la aristotélica: la indignación se suscita igualmente cuando las víctimas del mal o del daño son aquéllos que nos importan, nuestros cercanos –amigos o familiares- aunque no lo seamos directamente nosotros mismos.
Concertemos, entonces, que la ira es una emoción consistente en un estado afectivo de indignación y furor provocadas por el daño o la ofensa inferidos a nosotros o a quienes nos son apreciados (indignación y rabia tanto más intensas cuanto más injustos y improcedentes sean el daño y la ofensa), y que crea, por lo menos momentáneamente, sentimientos de odio y deseos de venganza.
Que se trata de una emoción (y una de las primarias) lo delata su gran excesiva intensidad y su carácter transitorio y breve (también su expresividad facial, característica y acaso universal y, en general, los componentes no verbales que la acompañan: musarañas, gruñidos, aspavientos y la vasodilatación general de las tuberías arteriales). La indignación, el odio y el deseo de venganza pueden, ciertamente, persistir largo tiempo (a veces toda la vida), pero la cólera misma, en tanto que tal fase afectiva, cesa con prisa: nadie permanece 24 horas enteras, ni siquiera una hora, en actitud encolerizada, como tampoco lo hace en actitud estuporosa, de repugnancia o de alegría.
Admitamos, con Aristóteles, que “el que se irrita por las cosas debidas y con quien es debido, y además cómo y cuándo y por el tiempo debido, es alabado”. Y si no alabado, es seguro, al menos, que su actitud se encuentra plenamente justificada y es absolutamente legítima. Pero es obvio, igualmente, que las dificultades tan sólo se presentan (y se agrandan) en aquellos casos confusos y susceptibles de discrepante discusión, en tanto que hay otros que no generan confusión alguna ni admiten discusión de ningún especie. Y en éstos casos, ser manso y apacible no es síntoma de bondad o de buen carácter, sino de debilidad o cobardía; también, con frecuencia, de estupidez: “Pues los que no se irritan por los motivos debidos o en la manera que deben o cuando deben o con los que deben –dice de nuevo Aristóteles–, son tenidos por necios”.