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lunes, 25 de enero de 2016

Pútas el huevón Simpático…


Pero volviendo a las cualidades ocultas, esta voz, que nada significa, se refuerza en los libros, y en las Escuelas, con las de Simpatía, y Antipatía, equivalentes en la obscuridad, y en la aplicación. Son voces Griegas que aunque ya vulgarizadas, siempre se quedaron Griegas, porque nada explican. Su más frecuente uso es cuando se trata de aquellos efectos que, por más raros se hacen más admirables, especialmente donde hay algún género de atracción, o repulsión entre dos cosas. Por lo cual Plinio definió la Simpatía, y Antipatía, diciendo, que son amor (la Simpatía), y odio (la Antipatía) de las cosas que carecen de sentido: Odia, amicitiaeque rerum surdarum ac sensu carentium. Los que las explican que son consenso, y disenso, o concordia, y discordia, dicen lo mismo. Los que dicen que la Simpatía, y Antipatía consisten en la semejanza, o desemejanza de toda la susbtancia entre dos cosas, queriendo explicarlo más, lo enredan más. Simpatía, y Antipatía. Benito Jerónimo Feijoo


La simpatía, consiste en compartir los sentimientos del otro, en experimentar con él/ella sinsabores e hilaridades y, por otro lado; la preferencia, inclinación, la atracción psíquica hacia el otro.

No llamamos simpático al irónico o al sardónico o al cáustico, y es que ni la ironía ni la causticidad resultan simpáticos, sino mas bien incómodo y fastidioso, en tanto que la simpatía es siempre amable y jamás persigue la delación, el soplo, la acusación; sino mas bien la buena onda, el compadraje, la complicidad.
La ironía y el sarcasmo molestan e irritan, porque colocan al peligrosamente próximo, es decir, al prójimo, ante lo mas execrable de sí mismo y, le obligan a confrontarlo; y a enfrentarse, por ende, con sus debilidades, fragilidades, endeblez o inconsecuencias; pero la simpatía es esencialmente acomodaticia, complaciente y cortés, y cubre con un barniz de comprensión y tolerancia blandengue las asperezas e imperfecciones del carácter o las pústulas, los abultamientos y las excrecencias verrugosas de la epidermis psíquica.

Si el divino Sócrates hubiese sido un tipo bonachón y simpaticón, es muy posible que, muy lejos de ser condenado a beber la cicuta, se le hubiese otorgado una pensión jubilatoria vitalicia a cargo de las arcas crematísticas Atenienses. Porque el simpático hace que nos sintamos complacidos, agradados, “en onda”, pero esto tiene un precio; de ahí que sea bien llamado y bien recibido en cualquier lugar y a cualquier hora. Además, el simpático siempre vive en éxtasis –fuera de sí, pendiente de la aprobación de los demás-. La ironía y el sarcasmo, en cambio, tienen su costado pedagógico, obligan a que nos pongamos “en ojo”, nos cuestionemos aquello que no podemos o no queremos cuestionar, y, como consecuencia, llaman a enfados y repulsas (no nos gusta mirarnos al espejo y encontrarnos con una enojosa espinilla en la nariz). Así, en tanto que el sujeto irónico es visto como un individuo molesto, irritante e hiriente (un tábano, diría Sócrates), el simpático, en toda ocasión y circunstancia, es una esperada alegre festividad.
Nos quedamos con esta simpática frase de uno de los más grandes irónicos de la historia: George Bernard Shaw

Yo no simpatizo con nadie. Las personas capaces no despiertan simpatías. No soy un hombre simpático, pero soy indispensable. 

domingo, 12 de julio de 2015

“EL CASO DE LOS CEREBROS EN UNA CUBETA"

He aquí una posibilidad de ciencia-ficción discutida por los filó­sofos: imaginemos que un ser humano (el lector puede imaginar que es él quien sufre el percance) ha sido sometido a una operación por un diabólico científico. El cerebro de tal persona (su cerebro, querido lector) ha sido extraído del cuerpo y colocado en una cubeta de nutrientes que lo mantienen vivo. Las terminaciones nerviosas han sido conectadas a una computadora súper científica que provoca en esa per­sona la ilusión de que todo es perfectamente normal. Parece haber gente, objetos, cielo, etc.; pero en realidad todo lo que la persona (us­ted) está experimentando es resultado de impulsos electrónicos que se desplazan desde la computadora hasta las terminaciones nerviosas. La computadora es tan ingeniosa que si la persona intenta alzar su mano, el «feedback» que procede de la computadora le provocará que «vea» y «sienta» que su mano está alzándose. Por otra parte, mediante una simple modificación del programa, el diabólico científico puede provocar que la víctima «experimente» (o alucine) cualquier situación o entorno que él desee. También puede borrar la memoria de funcio­namiento del cerebro, de modo que la víctima crea que siempre ha estado en ese entorno. La víctima puede creer incluso que está senta­do, leyendo estas mismas palabras acerca de la suposición, divertida aunque bastante absurda, de que hay un diabólico científico que ex­trae cerebros de los cuerpos y los coloca en una cubeta de nutrientes que los mantiene vivos. Las terminaciones nerviosas se suponen co­nectadas a una computadora súper científica que provoca en la perso­na la ilusión de …
Cuando se menciona esta especie de posibilidad en una clase de Teoría del Conocimiento, el propósito no es otro que suscitar de un modo moderno el clásico problema del escepticismo con respecto al mundo externo. (¿Cómo podría usted saber que no se halla en esa situación?) Pero esta situación es también un útil recurso para susci­tar cuestiones en torno a la relación mente-mundo.
En lugar de imaginar un solo cerebro en una cubeta, podemos imaginar que los seres humanos (quizá todos los seres sintientes) son ce­rebros en una cubeta (o sistemas nerviosos en una cubeta, en el caso de algunos seres que sólo poseen un sistema nervioso mínimo, pero que ya cuentan como sintientes). Por supuesto, el diabólico científico tendría que estar fuera — ¿o querría estarlo? Quizá no exista ningún diabólico científico, quizá (aunque esto es absurdo) el mundo consis­ta en una maquinaria automática que está al cuidado de una cubeta repleta de cerebros y sistemas nerviosos.
Supongamos esta vez que la maquinaria automática está programada para ofrecernos a todos una alucinación colectiva, en lugar de unas cuantas alucinaciones separadas y sin relación. De forma que cuando me parece estar hablando con usted, a usted le parece estar oyendo mis palabras. Mis palabras no llegan realmente a sus oídos, por supuesto —porque usted no tiene oídos (reales), ni yo tengo boca o lengua reales. Pero cuando emito mis palabras, lo que ocurre en realidad es que los impulsos aferentes se desplazan desde mi cerebro hasta el ordenador, el cual a su vez provoca que yo «oiga» mi propia voz profiriendo esas palabras y «sienta» el movimiento de mi lengua, y que usted «oiga» mis palabras, y me «vea» hablando, etc. En este caso, nos comunicamos realmente, hasta cierto punto. Yo no estoy equivocado con respecto a su existencia real (sólo lo estoy con respec­to a la existencia de su cuerpo y del «mundo externo», aparte de los cerebros). En cierta medida, tampoco importa que «el mundo ente­ro» sea una alucinación colectiva; después de todo, cuando me dirijo a usted, usted oye realmente mis palabras, si bien el mecanismo no es el que suponemos. (Si fuéramos dos amantes haciendo el amor y no dos personas manteniendo una conversación, la insinuación de que únicamente somos dos cerebros en una cubeta podría ser molesta, des­de luego.)
Deseo formular ahora una pregunta que parecerá obvia y bastan­te estúpida (al menos a algunos, incluyendo a algunos filósofos sumamente sofisticados), pero que tal vez nos sumerja con cierta rapi­dez en auténticas profundidades filosóficas. Supongamos que toda esta historia fuera realmente verdadera. Si fuéramos cerebros en una cu­beta, ¿podríamos decir o pensar que lo somos?.”
Hilary Putnam, “Razón, verdad e historia”, (2006), Editorial Tecnos, página 19-20.

domingo, 8 de febrero de 2015

Obediencia


"Por de pronto, concebimos al filósofo principalmente como conocedor del conjunto de las cosas, en cuanto es posible, pero sin tener la ciencia de cada una de ellas en particular. En seguida, el que puede llegar al conocimiento de las cosas arduas, aquellas a las que no se llega sino venciendo graves dificultades, ¿no le llamaremos filósofo? En efecto, conocer por los sentidos es una facultad común a todos, y un conocimiento que se adquiere sin esfuerzos no tiene nada de filosófico. Por último, el que tiene las nociones más rigurosas de las causas, y que mejor enseña estas nociones, es más filósofo que todos los demás en todas las ciencias. Y entre las ciencias, aquella que se busca por sí misma, sólo por el ansia de saber, es más filosófica que la que se estudia por sus resultados; así como la que domina a las demás es más filosófica que la que está subordinada a cualquiera otra. No, el filósofo no debe recibir leyes, y sí darlas; ni es preciso que obedezca a otro, sino que debe obedecerle el que sea menos filósofo."
Aristóteles: Metafísica, libro I, 2 (Trad. Patricio de Azcárate)

domingo, 18 de enero de 2015

las palabras solo dicen

Hay palabras que son equívocas cuando con ellas denominamos cosas que tienen poco que ver entre sí, esencialmente, en que nada importante en todas ellas sea equivalente. Así, la voz “león”, usada para nombrar al ilustre y feroz felino sea a la vez para designar los Papas romanos y una ciudad española. Alguna contingencia azarosa ha hecho que a una palabreja se le cuelguen diversas y heterogéneas significaciones, las cuales apuntan y nominan objetos substancialmente distintos. Los gramáticos - casta que sería sin disputa la más mísera, afligida, y dejada de la mano de los dioses si yo no acudiese a mitigar las desdichas de tan sórdida profesión con la ayuda de una dulce locura. No sólo han caído sobre ellos las cinco furias, es decir, las cinco ásperas calamidades de que habla el epigrama griego, sino mil, pues siempre se les ve famélicos y harapientos en sus escuelas, o pensaderos o, mejor dicho aún, obradores, y rodeados de verdugos en figura de un montón de chicos que les hacen envejecer antes de tiempo a fuerza de cansancio y que les aturden con sus gritos, amén de los hedores que exhalan; pero a pesar de esto, gracias a mí, se estiman por los primeros entre los hombres…al decir de Erasmo en Elogio de la locura- y lógicos hablan entonces de “polisemia”; el vocablo posee que múltiple significación. 
Hoy día abundan las palabras que por decir una cosa dicen otra. El vocabulario se ha relativizado. Se habla con una inmanente caprichosidad de cualquier cosa de cualquier manera. En el vago sentido de los decires, la pluralidad de términos está plagado de lugares comunes y de vocablos tergivesados. Cuesta acomodar la capacidad de entendimiento a la realidad objetiva y se vive rodeado de la inaudita fantasía verbal del prójimo. Un frondoso renacimiento del yo romántico nos rodea y descubre en toda su vasta extensión el mundo interno ajeno, el me ipsum, la íntima conciencia, los secretos interiores, lo subjetivo…vapores de cerebros circunvalados de espejismos imaginarios. La vida parece una novela de aventuras. Realidades como Justicia y Verdad; o como esa muralla de ladrillos que veo a través de mi ventana ya no son tal, sino “interpretaciones” de este nuevo mundo aparte e ilusorio. Rodeados de aspas giratorias de molinos quijotescos nos cuesta ver la estricta realidad. La realidad se ha transformado en un ornamento inesencial y la tragicómica alma personal de la gente con su lirismo polisémico se ha apoderado de casi todo con su susbtancia voluble y tornadiza.

“La realidad es de tan feroz genio que no tolera el ideal ni aun cuando es ella misma la idealizada.” Dice Ortega. Es tiempo de enterrar la poesía en honor a la verosimilitud y al determinismo. La fantasía produce inconexión.
La inconexión es aniquilamiento.

Produce odio que fabrica inconexión, que aísla y desvincula, atomiza el mundo, y desintegra la individualidad.

J. S. Bach: Preludium in C from The Well-Tempered Clavier BWV 846


viernes, 16 de enero de 2015

¿Cadenas?

¿Usted es de los que disimulan una falta de contacto emocional en vivo y en directo, pegándose al Facebook horas y horas? ¿Usted busca verdadera felicidad, intimidad y confianza a través de códigos binarios que circulan por la supercarretera de la información? ¿Sufre usted de carencias de afecto; falta de mimos y atenciones? ¿Acaso está infectado con el virus de la insatisfacción, de la discordancia entre lo que quiere y lo que tiene?  ¿Su actual y factual realidad le parece turbia y pesada, del punto de vista de las emociones?
Sus carencias emocionales lo han convertido –sin usted darse cuenta (como sucede en casi todas las adicciones).- en un adicto
La sobre-estimulación que se con-trae a través de Internet, tiende a tras-pasar un umbral témporo-espacial de resistencia y agotamiento, que se des-precia y des-oye. En vez de parar, vamos indeliberadamente un poco más allá, arrastrados por la pasión contra la inquietante ansiedad, que provoca la ausencia de emociones en su fastidioso y aburrido derrotero vital, re-cubriendo una cosa con otra. De este modo una emocionante conversación en un chat erótico o en una línea 906 se inter-pone a la ultra-necesidad de un relajante descanso, a la molestia penosa de un nerviosismo fatigante y al crecimiento drástico de la cuenta telefónica.
El adicto es consciente de que el tiempo pasa, la frustración se acrecienta, la fantasía se desvanece, se debería parar pero la esperanza ciega se impone a todo: ya estamos en la fase compulsiva. La compulsión nos está engañando no tanto porque nuestra aspiración actual no se consumase para la alegría de su total humanidad –que, eso sí- sino el fraude es al resto de sus deseos vitales que se des-precian olvidándose uno de los “unos” de que se compone. Es decir, se olvida usted de su propia e intransferible vida. Se olvida de sí mismo.
Internet promete la mismísima iluminación mística y la todopoderosa fuerza del conocimiento intelectual, de inagotable complacencia emocional, de libertad escópica en la que podemos mirarlo todo (ubicuidad, como dicen los expertos en web), de vanguardia esplendorosa que nos hace estar “a la última moda”, es decir, nos “ranquea” dentro de los topten.

En la misma medida que promete posibilidades psico-afectivas, nos justifica, y aparentemente somos razonables sin saber que la razón supuesta no es más que una parodia tras la cual se oculta la huida hacia el profundo y siempre desconocido adelante (la vida es una faena que se hace hacia adelante). La angustia que experimentamos por las carencias afectuosas separadamente de nosotros mismos –fuera de sí- puede olvidarse buscando en otra parte, y esa parte puede ser un dolor para dolernos de otra cosa, pero asimismo un placer que calma otra cosa que la que necesitaríamos calmar. Y las ingratas concatenaciones parecen no acabar nunca.

lunes, 29 de julio de 2013

Yo soy yo y mi circunstancia

La conocida tesis de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia” la encontramos, ya en sus Meditaciones del Quijote de 1914, y desde entonces forma parte exclusiva y original de su filosofía. Como escuchamos a menudo en el lenguaje ordinario, la circunstancia orteguiana es el entorno, el contorno; lo que se halla alrededor de algo, lo perimetral a alguien; pero Ortega encumbra esta tesis a categoría fundamental de lo que llamamos vivir. Podemos intentar resumir sus nociones en relación al mundo o circunstancia del siguiente modo:
Los componentes de la circunstancia son variopintos: sin lugar a dudas, la circunstancia es el mundo vital en el que se halla –quiera o no- inmerso el sujeto, por lo que se envuelve en ella el mundo material y todo el entorno que aparece en la vida de cada cual (cultura, historia, sociedad,...): en la circunstancia se incluyen las cosas físicas, pero también las personas, la sociedad, el mundo de la cultura; es el mundo en el que el sujeto está inexorablemente instalado. Este es el lado más claro y distinto de su idea. Pero en muchos de sus escritos también incluye en la noción de circunstancia el cuerpo y la mente o alma del sujeto. La razón de esta inserción es que nosotros –cada cual en su la vida- se encuentra con un cuerpo y habilidades, capacidades psicológicas e incluso nuestro propio e individual carácter como algo que ya nos ha sido dado desde “afuera de nosotros mismos”, con algo que puede favorecer o ser un obstáculo para nuestros particulares, pero “propios proyectos, de la misma manera que el resto de las cosas que componen el mundo circundante.  El mundo es un dato más que nos ofrece la vida, no es una realidad independiente: el yo se encuentra en la vida “con” el mundo, con su mundo. No es verdad que primero nos encontremos a nosotros mismos y después al mundo; nos encontramos a nosotros sólo en proporción en que nos vemos instalados en un mundo, por lo pronto extraño, en cuanto en tanto que nos ocupamos con las cosas y sus casos, con las personas, los “otros”; con nuestra circunstancia. “Su verdadero ser se reduce a lo que representa como tema de mi ocupación. No es por sí, subsistente, aparte de mi vivirlo, de mi actuar con él. Su ser es funcionante: su función en mi vida es un ser para, para que yo haga esto o lo otro con él.” Mi yo individualísimo se va formando en su enfrentamiento con el mundo y a partir de sus solicitudes. Mundo es lo que hallo frente y en torno a mí, a mi al derredor, lo que para mí efectivamente existe y me fuerza a contar con él.

jueves, 28 de febrero de 2013

Diálogo Edificante

El diálogo es una pausa experimental en medio de los haceres rutinarios. Un ¡alto! en los quehaceres cuotidianos, un párale en el curso natural de las cosas y los casos. En ese sentido el diálogo es transgresión. En medio de los problemas habituales de la vida aparece la conducta dialogante como meta-lenguaje, lenguaje que no es el habitual y consueto e intencionadamente transgrede el curso reiterado de los acontecimientos. Recordemos al dialogador por excelencia: Sócrates, el ateniense. El fue un transgresor, un tábano –como él mismo se apodara- en la oreja del asno de Atenas. Removió el pensamiento ya pensado y no pensante, ese pensamiento que se adormece en el colchón de las fáciles soluciones.
Hoy día la desesperación de los trances de la rutina social, la imposibilidad, la incompatibilidad para resolverlos impositivamente ha devuelto al diálogo socrático la autoridad de mediador imprescindible entre variopintas subjetividades e intereses, de primer pronto, irreconciliables e irreductibles.
Sin embargo no siempre hay buena disposición a la exposición dialogante. Es una peligrosa exposición al aire libre. ¿Porqué poner en juego “estas ideas mías” que me han tenido y sostenido por los suburbios de la vida?; por ellas vivo y por las que me digo día a día que lo que hago es bueno, meritorio, justo. Porqué ponerlas en juego, exponerlas temerariamente a la “eficacia” de las ideas de mi antagonista y arriesgar así, a que se me confundan, que se difuminen y quedar a la intemperie, sobre terreno movedizo y a merced de las ideas voraces –del absolutamente otro- que luchan por echar raíces en mi total presencia general. Claro que es riesgoso.
Nuestras creencias –ideas cristalizadas- son preciadas posesiones; son ni más ni menos nuestro sustento –como el oxígeno-, ellas nos sostienen y nos impulsan a justificar nuestras posesiones y estar dispuestos, incluso, a morir por ellas…por tanto porqué correr el riesgo de perderlas.
La naturaleza profunda del diálogo ha de estar comandado por el “principio de veracidad”. No solo se debe dialogar, sino que debe tener la intención auténtica de querer alcanzar una suerte de “experiencia común”, es decir, un conocimiento teórico y una valoración pragmática de las cosas que se erija en un criterio válido para dirimir dificultades y rehabilitar así la rutina suspendida.
A las ideas debe tratárseles como huéspedes, como invitados transitorios y no como propiedades personales y estar dispuesto a dejarlas partir. No se trata aquí de promover el “bicefalismo parmenídico”: el pensar, sin conflictos internos, las cosas de un modo y seguirlas haciendo de otro. Tampoco convivir camaleónicamente y acomodarse donde mejor calienta el sol sin reconocer la existencia de sustanciales problemas objetivos.
Para que se produzca el dialogo han de converger al menos dos ingredientes esenciales; en primer lugar, reconocer la existencia del conflicto, re-conocer que “aquí hay un problema” y, en segundo término; tener la intención de solución. Querer alcanzar una solución que persuada y convenga a las partes. Se trata en última instancia de la búsqueda de una “experiencia común”, de un con-vencimiento final y total, que es el modo perfecto de vencer.

lunes, 18 de febrero de 2013

Seducción por la Intelección

Como es bien sabido, hay que seducir a las mujeres por su punto débil, por su lado frágil y blando; a las devotas –si es que las hay en estos tiempos de  afectos Light y relativismos ecuménicos  - por la devoción y el fervor místico (llevarlas a misa todos los domingos); a las honestas por el anillo de compromiso (o la promesa de amores eternos con “libreta” y todo); a las venales por los regalitos y viajes (mientras más caros y lejanos mejor) y, por favor, ni hablar de separación de bienes; a las espirituales por un viaje al Cajón del Maipo o, una novela sobre la vida ejemplar de Sor Teresa de Calcuta, mejor aún un viaje inolvidable a Los Himalayas tibetanos.

Psiquis y yo, hemos tenido siempre una marcada inclinación por las féminas intelectuales, o las que aparentan serlo. La inteligencia femenina, para nosotros, siempre ha residido en una cierta y chispeante vivacidad del espíritu, una jovialidad juguetona que divierte y entretiene y el don de la réplica argumentada.
Hay un cierto tipo de mujeres que se le consigue, literalmente, solo por el razonamiento. Entonces, Psiquis y yo- les probamos con premisa mayor, premisa menor y conclusión, que ellas deben, de acuerdo con la lógica más rigurosa, entregársenos de manera total.

“Razonemos un poco” le decimos a Marcela; “Si tu enojoso deber te fuerza a rechazarme pesar tuyo, ese deber te resulta una carga; ahora bien, si te resulta una carga, es tu enemigo vital, y si es tu enemigo ¿por qué lo sigues?...
Nunca nos ha gustado que una mujer pierda la cabeza – la mayoría de los amantes de hoy quiere arrancar a la mujer amada del control de la razón, del imperio de la reflexión. Mientras más aturdida esté mejor…mientras mas bobita sea mejor, mientras mas enajenada por el alcohol está…más fácil.
Sin caer en la pedantería –tratamos honestamente- con juicio seguro, razonando como un geómetra con finos instrumentos euclidianos, con teoremas y demostraciones llegar –primero- al centro espiritual de la mujer, para ir después ya sin dudas ni obstáculos a tomar posesión de su corazón y, al cabo del núcleo axial de toda su femineidad: su sexo.

¿Y tú, como enamoras?

lunes, 11 de febrero de 2013

Resentimiento y crueldad

Como ha indicado un glosador de Nietzsche, no se trata, simplemente, del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez del fruto, y se contenta con negar esta apreciable condición a las uvas que están demasiado altas…fuera de su alcance. El "resentido" va aún más allá: odia la madurez y prefiere lo agrio. Es la total inversión de los valores: lo superior, y precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su esfera se enseñorea lo menor e inferior. Al resentido endógeno no le basta, por ejemplo, la muerte del adversario…quiere ir más allá.
Justamente a Fede Nietzsche le debemos la revelación del mecanismo que funciona en la conciencia individual y pública degradada: le llamó ressentiment, resentimiento. Cuando un hombre se siente ante sí mismo inferior y pequeño por carecer de ciertas aptitudes —inteligencia, valentía o elegancia— trata veladamente de afirmar ante su propia vista negando el valor de esas cualidades en el otro.
Flagrantior aequo non debet dolor esse uiri nec uulnere maior, “El resentimiento de un hombre no debe ser más ardiente de lo justo ni desproporcionado a la ofensa”. En efecto, tiene razón Juvenal, (en sus Sátiras): no debe ser el resentimiento superior a la ofensa, pero menos aún puede tolerarse que lo sea el castigo. Y es que incluso en el supuesto caso de que el delito resultara tan inhumano que pueda pensarse de que es merecedor de ningún castigo más liviano que la muerte, con ella basta, y todo otro sufrimiento incrementado resultaría no sólo brutal y cruel, sino también infame y vil: “Todo cuanto va más allá de la simple muerte me resulta pura crueldad”, dice Montaigne.

Entonces, ¿qué es ser cruel? ¿Por qué un individuo es cruel?
Schopenhauer  cree encontrar la respuesta en el permanente dolor que es consustancial, según él, a nuestra existencia. Se sabe que, en su opinión, nuestra vida no es más que persistente sufrimiento e insatisfacción; a tal punto, que suponiendo de que alcanzáramos todos nuestros propósitos y metas, siempre permanecerán como background la angustia y el vacío. Esa inquietud perpetua y ese sufrimiento insalvable son quienes, finalmente, termina por engendrar la crueldad. Y la explicación, según él, es la siguiente:

«Todo esto es sentido en muy escasa medida por una volición corriente –asegura el filósofo alemán–, y sólo comporta una pequeña dosis de tristeza, pero en aquel hombre cuya voluntad posee una intensidad inusual provoca la manifestación de la maldad, de lo cual se desprende necesariamente una desmesurada angustia interior, una inquietud perpetua y un dolor irremediable; por eso se ve impulsado a buscar indirectamente el alivio que no es capaz de hallar de inmediato, intentando mitigar el sufrimiento propio mediante esa contemplación del padecimiento ajeno donde al mismo tiempo reconoce una expresión de su poder. El sufrimiento ajeno se convierte para él en un fin en sí mismo, en un espectáculo con el que se deleita. Y así se origina la manifestación de la crueldad propiamente dicha.»

La crueldad, nace del sentimiento de la propia insuficiencia resentida y menesterosidad, y es un mecanismo que busca compensar una inferioridad (real o imaginaria) mediante el proceso de causar daño y dominar a otro, lo que genera una sensación placentera y una satisfacción que tiene su principio en un sentirse, aunque no sea más que durante el tiempo que dura el atropello, fuerte y superior. A poco de consumado el agrado, de nuevo brota la angustia, y el proceso vuelve a marchar una y otra, y otra vez, sea con la misma víctima, sea con otra distinta. Y hasta es posible que entre uno y otro ataque haya manifiestos gestos de arrepentimiento y promesas de re-generación. Pero es inútil: las más de las veces son falsarias; y aún en el supuesto de que fuesen sinceras, el dispositivo volverá a emitirse tarde o temprano, con el carácter irrevocable e irremediable de una ordenanza legal.
Por lo demás, se trata de un dispositivo compensatorio automático sin paralelo alguno en ruindad y en vileza, porque la crueldad sólo se ejerce (sólo puede ejercerse) sobre alguien más débil y frágil (en el sentido que sea) y, no pocas veces, sin culpa ninguna en las frustraciones que corroen a su torturador: se trata, en muchos casos, de una simple y “a mano” víctima propicia; de alguien que resulta asequible y a quien se puede maltratar sin correr mayores riesgos circundantes. Y, desde este enfoque, la crueldad es una de las formas más estruendosas e infames de la cobardía: “La cobardía, madre de la crueldad”, dejó escrito Montaigne en el título de uno de sus ensayos. Y cuando va aparejada del resentimiento que, suele ser el motor impulsor, así es, en efecto.

martes, 15 de enero de 2013

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

viernes, 11 de enero de 2013

Analítica

"Me parece que en ética, al igual que en todas las demás ramas filosóficas, las dificultades y desacuerdos, de los que su historia está llena, se deben principalmente a una causa muy simple, a saber: al intento de responder a preguntas sin descubrir primero cuál es la pregunta que se quiere responder."
George Moore

La filosofía analítica aparece en la escena del pensamiento humano más o menos en el tiempo del existencialismo. Analizar algo en el lenguaje de la filosofía significa des-integrar las ideas, sacar de sus ejes arbolarios la caja lineal  de los conceptos y buscar los detalles mas simples para, al fin, develar su esqueleto estructural de su logicidad. Este movimiento del pensamiento aspiraba a la explicación del mundo en función de sus lógicas y  de los parámetros del lenguaje formal. Fueron pioneros del la filosofía analítica, que tiene como característica principal su riguroso enfoque lógico: Bertrand Russel, Gootlob Frege, Alfred Ayer y George E. Moore. Sin embargo, uno de los puntos débiles de esta implacable analítica fue dejar a la intemperie todo lo emocional, cardíaco, intangible y esencial humano, es decir, todo lo demás. La filosofía analítica se fue alejando como madero a la deriva de las costas estrictamente humanas. Terminó por ser una filosofía insular, intramuros universitarios; recluida a la Academia se convirtió en una parcela especializada, tremebunda e insondable que no cazaba en absoluto con la vida cuotidiana ni con la gente corriente.
En el campo del lenguaje, la filosofía analítica ha hecho grandes aportes. Revela y estudia importantes estructuras y propiedades de esta maravillosa capacidad del ser humano. Por otro lado, insiste porfiadamente que la noción de sentido emerge de esas  propiedades y estructuras, aunque no explica cómo. También aporta el análisis de las diferencias entre mente y cerebro, entre el cerebro humano y los computadores. La filosofía analítica permanece en los perímetros limítrofes de la comprensión humana, porque los demás filósofos están a la búsqueda siempre de conceptos erróneos de los hombres.
George Moore compañero de Russell en el Trinity College de Cambridge, por ejemplo; afirma que la bondad no puede definirse pero se comprende intuitivamente. Los actos pueden ser buenos o malos, pese a que la bondad no puede definirse analíticamente. El error, explica, esta en tratar de identificar el bien con cualquier objeto o propiedad que exista en estado natural, o cuando intentamos medirlo de ese modo. La bondad es inexplicable. Russell, otro gran filósofo analítico dijo que “la filosofía es un intento inusualmente ingenioso de pensar engañosamente”.

jueves, 3 de enero de 2013

Honor a las Jantipas

Cuenta la historia que la mujer de Sócrates era una mujer de armas tomar. Que tenía un carácter áspero, puntilloso y quisquilloso y, más encima, la naturaleza no había sido benevolente con ella. Se llamaba Xantipa o Jantipa. Se las ingeniaba, día y noche, para hacer rabietas frente al divino Sócrates. Ocasión que tenía la usaba para fastidiar a su marido. Dicen que una vez Alcibíades –hombre público, discípulo y amigo de Sócrates-, admirado por las violencias impertinentes de la mujer de su maestro, preguntó a Sócrates que porqué no había expulsado de su casa a mujer de tan pésimo carácter. Sócrates le dijo calmadamente: “Soportando estos arrebatos en mi hogar, me ejercito, y me acostumbro para sobrellevar sin trabajo la impaciencias y las injurias de otros fuera de mi casa”. Hay que decir, en honor a la verdad, que Xantipa permaneció fiel a su lado hasta que en la prisión le fue dado beber la cicuta.
En Platón (Fedón, o de la inmortalidad del alma), es Critón el amigo generoso que retira a Jantipa (esposa de Sócrates) cuando con sus gritos perturbaba la serenidad de su esposo en el momento de la muerte:

"(...) y a Jantipa, a quien conoces, sentada cerca de él teniendo en brazos a uno de sus hijos. Apenas nos vio, prorrumpió en lamentos y a gritar, como suelen las mujeres en ocasiones semejantes.(...) Que la lleven a su casa. Inmediatamente entraron los esclavos de Critón y a la fuerza se llevaron a Jantipa que lanzaba desgarradores gritos y se golpeaba furiosamente el rostro".
Antiguamente se pensaba de otro modo. Hurgando en antiguas literaturas nos encontramos con textos de M. Varrón ,”De los deberes del marido”, en los que se lee: “Necesario es corregir los defectos de la esposa o soportarlos; corrigiéndolos, nos proporcionamos compañera mas agradable, soportándolos, nos hacemos nosotros mismos mejores”. Catón, el censor romano, decía en: “Sobre las dotes”. “A menos de divorcio el marido es juez de su mujer en vez de censor. Sobre ella tiene imperio absoluto. Si ha hecho algo deshonesto o vergonzoso, si ha bebido vino, si ha faltado a la fe conyugal, él la condena y la castiga”. Catón nos dice en este mismo párrafo que el “marido podía matar a su mujer sorprendida en adulterio, ella no se atrevería a tocarte con el dedo, así es la ley”.
Sócrates, sin embargo, soportó el carácter iracundo de Xantipa. El filosofar no era para Sócrates solamente pensamiento, sino también ascesis; es decir praxis para lograr virtudes. Entre los trabajos que se imponía con frecuencia para dominar “los llamados oscuros del cuerpo” estaba el permanecer de pié, en la misma actitud durante días sin hacer el menor movimiento, sin mover los párpados, con la cabeza y los ojos fijos en algún punto invisible del espacio, entregada el alma a profundas meditaciones, aislada del cuerpo por la abstracción mística (estas prácticas –de cariz oriental- de los filósofos antiguos se perdieron definitivamente).
La salud de Sócrates era inquebrantable; se dice que al principio de la guerra del Peloponeso, un espantoso contagió invadió Atenas, casi despoblándolo. Sócrates permaneció saludable y vital. El mantenerse alejado de las voluptuosidades y la influencia de una vida sana y pura le preservaron del mal que a la mayoría invadía.
Sócrates fue la filosofía hecha carne y figura; no filosofó con el seco entendimiento, sino con todo su ser; carne, sangre y espíritu. En su ser total sentimos, vivencial y concretamente, lo que es la Verdad y lo que es el Valor. “Su filosofía fue una filosofía existencial”, dice Sheler.
Para Sócrates “el inteligente es sabio; el sabio es bueno”. ¿Hay en Sócrates un germen de utilitarismo?. Puede ser. Cuando el joven Sócrates  fue aprendiz oyente del viejo Protágoras sostuvo la teoría del utilitarismo contra la moralidad popular de los llamados “sofistas”. La sofística, según Platón es simple arte retórica y erística (que abusa del procedimiento dialéctico hasta el punto de convertirlo en vana disputa), retruécanos de palabras y fantasmagorías verbales.
Pero el “alma se hace buena” a costa de vencer obstáculos. Así se tonifica y fortalece la bronca voluntad. La intemperancia de Xantipa, contribuyó al cabo, que Sócrates fuese Sócrates; el Divino Sócrates, el dios de los filósofos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La reflexión filosófica



Muchas veces la oscuridad nos rodea por todos los flancos. Nos embarga una sensación de perdimiento cuando el amor se petrifica en el vacío. Aparece el olvido de sí mismo, el ser es devorado por los impulsos. Hoy, entre-medio de tanta tecnología abrumadora aparece esta sensación de vacío existencial.  El olvido de sí mismo es promovido por esta inundación de los medios técnicos. El mundo es reglamentado por el reloj, dividido en trabajos enajenadores y absorbentes, mecánicos y vacíos. Llega el momento en que nos sentimos la parte mínima de una gran máquina. Si en algún momento tratamos de volver a nosotros mismos, será por momentos, ya que la máquina omnidevoradora del trabajo vacío nos hundirá de nuevo entre los engranajes del coloso invisible de los tiempos: la técnica.
Hay una natural inclinación en el hombre a olvidarse de sí mismo. Es necesario pellizcarse constantemente para no perderse entre los recovecos del mundo, en los hábitos adormecedores, en las trivialidades sin sentido, en los rieles fijos.

Filosofar es resolverse a hacer que despierte el origen, retroceder y bajar hasta el fondo de sí mismo y ayudarse con la acción interior reivincadora y libertaria en la medida de las propias fuerzas.
Cierto es que la vida nos llama hacia lo primario y tangible y que debemos obedecer a esos llamamientos materiales, al requerimiento contingente y diario. Pero no darse satisfecho por ello, rebelarse ante estas imposiciones absorbentes es ya camino incipiente hacia sí mismo. No olvidar, sino aferrarse firmemente; no desviarse, sino trabajar hasta la perfección íntimamente; no dar por acabado nada, sino iluminar hasta el fondo los vericuetos a que nos llevan ciertas circunstancias.
La vida filosófica es un camino de dos vías: en la soledad, la meditación en todos sus modos de reflexión y en compañía de los demás, la comunicación en todos sus modos posibles del comprenderse mutuamente en el hacer, hablar y callar unos con los otros. Indispensables nos son los otros a nosotros en algunos momentos del día de profunda reflexión. Con ello constatamos de que no desaparece del todo la presencia del origen en el ineludible desenfreno del diario vivir.
La reflexión filosófica no posee, a diferencia de los cultos religiosos, un objeto sagrado, tampoco un lugar consagrado, ni ninguna forma fija y pétrea. El orden que para ella nos asignamos no se convierte en regla imperturbable, sino que queda en posibilidad dentro de posibles movimientos mentales. Esta reflexión es, a diferencia de la comunidad que practica cultos objetivantes, una reflexión solitaria.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Epifanías Subjetivas


“Estos Prolegómenos no son para uso de principiantes, sino para futuros maestros y, aun a éstos, no les deben servir para la exposición de una ciencia preexistente, sino, ante todo, para la invención de la ciencia misma”.    Kant

Engañar, embaucar, engatusar, timar, seducir, dar a la mentira apariencia de verdad, disfrazarla de autenticidad; ocultar sus ilegalidades y cubrirla de aparente probidad genuina…es un arte. Pero no cualquiera puede llegar a ser un mofante embelacador  profesional. Se necesita conocimiento y técnica. Para enmascarar la realidad, primero hay que conocer sus recovecos. Y esto no es tarea fácil. Conocer las cosas patentes, desnudas y manifiestas en todo su dramatismo es misión de guerrero boreal.
El hombre necesita una cierta seguridad, una cierta estructura desde donde poder proyectarse. Incluso para proyectar la inseguridad el hombre necesita terreno firme, un suelo sólido en donde poner los pies y apoyarse, por tanto, hay una cierta seguridad en la inseguridad.
Entonces lo primero que debe construirse el aspirante a encandilar a incautos solípedos o seducir a alguna adinerada cortesana poco agraciada, es construirse una atalaya compacta y firme desde donde sostener y lanzar desde allí sus ataques tracaleros. Llegar a ser un enlabiador de buen proclamar, con algún prestigio social requiere estudio y cierto intelecto cultivado; en esta lucha brutal por la existencia, de cuernos aguzados, o de afilada armadura de animal de rapiña; hay que ser capaz de camaleonizar la apariencia y de un caracortada de traje clownesco transmutarse en un efebo andrógino, del tipo bailarín de “martes femeninos”…de esos que gustan al sexo “débil” hoy en día.

El arte de fingir, el engañar, la adulación, la mentira y la fraudulencia, la murmuración de pasillos, la farsantería, el vivir del oropel ajeno, el enmascaramiento del rostro, el convencionalismo encubridor, la escenificación de actor de tercera ante los demás y ante uno mismo; en síntesis, el aparente aleteo traqueteador e incesante de polilla alrededor de la luminiscencia de la vanidad y el amor propio hiperestésico, debe ser el fin último del aspirante a estas artes arcanas a la mayoría de la plebe vulgata.

Hay entre los hombres una inconcebible, sincera y pura inclinación  hacia la verdad. Aunque el mayor número se encuentra sumergido en epifanías subjetivas, la poca densidad de su vida mental no le permite ver más allá de la punta de sus zapatos. La mayoría se encuentra profundamente sumergido en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a resbalar sobre la periferia de las cosas y los casos y percibe sus primeros planos, sus aparentes formas engañosas; su percepción sensorial no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se duerme acomodaticiamente sobre el cojín de estímulos primarios, jugando infantiloidemente a tantear la cáscara de “lo que hay”.

Nietzsche se pregunta: En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa?

Esa ignorancia de sí mismo mimetizada en soberbia autocomplaciente del hombre, es su mayor debilidad y desde allí partiremos con el cultivo de las semillas del engaño y del fraude. Inocularemos, por ejemplo, una suerte de moral calvinista que iguala la riqueza y poder político a las bendiciones de Dios y por ella mide el éxito humano del individuo, entonces acumular dinero será garantía de una vida feliz y admirable. 
Debemos cultivar la ambivalencia celestial y bestial, la descalificación oportuna, la conducta odiosa, el libertinaje de ser-él-mismo-para-sí-mismo y la labor corrosiva que suscita la constante desaprobación; el desprecio sistemático, el demérito y la repugnancia a todo intento de búsqueda de la verdad. Estas son las comarcas del engaño. Debemos aprender a re-crear emociones fuertes. Una fuerte emoción aturde, desorganiza el curso del pensamiento y se presenta como un certero disparo en el centro del blanco de la atención. En ese momento se neutraliza el raciocinio y podemos dar un golpe certero al bolsillo, al amor propio, al cinturón de castidad de la víctima.
Afirmar que el hombre tiene una primaria apetencia de verdades…es el primer engaño. La estulticia, trompetera de su auténtico quehacer nos canta de cómo el prototipo humano retuerce el cuello del búho de Minerva y después de cocerlo a fuego lento, se lo engulle, para acallar el ruido de sus tripas.
Hemos vistos muchos retratos del hombre psicológico, y este, por lo menos en términos freudianos, es un hombre universal. En esencia, todos los hombres somos iguales, ¿así,  para qué la pantomima del escándalo? ¿Para qué el símil de impacto emocional, como si nos estuviéramos viendo por primera vez frente al espejo? ¿Para qué fingir el asombro estuporoso? Citemos otra opinión representativa, la de Franz Alexander: “en el subconsciente profundo, todos los hombres son similares; la individualidad se forma mas cerca de la superficie”.