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domingo, 16 de marzo de 2014

La familia


“Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla. Este nos debe entenderse como un complemento directo. Somos hablados y, debido a esto, hacemos de las casualidades que nos empujan algo tramado. Hay en efecto una trama-nosotros la llamamos nuestro destino”
(Jacques Lacan, en “Joyce el síntoma”. Conferencia dictada el 16/6/75)

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Ser buenos o ser auténticos?

Los valores no son cosas. Los valores no son sino que valen. Se quiere significar con esto que no existen cosas valiosas en sí y por sí. Los valores no es algo puesto en el mundo y que se tiene que descubrir y usufructuar.
 La bondad o maldad de que habla la ética es siempre la bondad o maldad de una voluntad, de un querer algo alguien. Las cosas no son buenas o malas en sí, sino nuestro querer o no querer. Ese querer algo para, querer algo para otra cosa, a cual queremos a su vez para otra conforma la trama básica de nuestras apetencias. De esa cadena de voliciones en que un querer atiende a otro querer se compone el tejido de nuestra estimativa, nuestra escala de valores. Este querer ético, hace de las cosas fines, finalidades, conclusiones, últimos confines de la vida. Ahí es cuando entra en ejercicio lo más autentico de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos, por caso raro, solidarios con nosotros mismos, siendo entonces y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos vinculamos al objeto deseado sin reservas ni temores. De modo que no nos parecería soportable vivir en un mundo donde ese objeto querido no existiera; nos veríamos como reflejos fantasmales de nosotros mismos, como incoincidentes con nosotros mismos, inauténticos. Somos, al fin y al cabo, lo que deseamos.
 La mayor parte de nosotros no hacemos más que querer en el sentido crematístico de la palabra: resbalamos de un objeto a otro objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Existe una potencia, un talento del querer, como lo hay del pensar, y son muy pocos los capaces de descubrir por encima del utilitarismo social que comandan nuestros movimientos, que nos obligan a esta o aquella actitud, su querer personal y exclusivo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas y los casos en lugar de conducirnos con nuestra propia voluntad.
Por esto vemos en la característica del acto moral en la plenitud con que es apetecido. Cuando nuestro ser integro quiere algo –sin reservas, sin temores, sin torvamientos, derechamente, integralmente- cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. ¿Qué significa lo que acostumbramos llamar sin saber un hombre íntegro; acaso un hombre que es enteramente él mismo y no una urdimbre de compromisos dispersos, de caprichos sin sentido, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio? Por esto nosotros respetamos mas no al que quiere aparecer como “bueno” ante los demás sino al que lleva de su mano su  propia vida, se  afana incansablemente en la pesquisa de un fin. Nada le parece superior a lo demás; nada vale más, todo es igual. Lleva en la mano –decíamos- siempre su propia vida, y como todo le parece del mismo valor, consecuente con su corazón, está siempre dispuesto a ponerlo sobre cualquier cosa,
Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia y la audacia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad perfecta.

jueves, 3 de enero de 2013

Honor a las Jantipas

Cuenta la historia que la mujer de Sócrates era una mujer de armas tomar. Que tenía un carácter áspero, puntilloso y quisquilloso y, más encima, la naturaleza no había sido benevolente con ella. Se llamaba Xantipa o Jantipa. Se las ingeniaba, día y noche, para hacer rabietas frente al divino Sócrates. Ocasión que tenía la usaba para fastidiar a su marido. Dicen que una vez Alcibíades –hombre público, discípulo y amigo de Sócrates-, admirado por las violencias impertinentes de la mujer de su maestro, preguntó a Sócrates que porqué no había expulsado de su casa a mujer de tan pésimo carácter. Sócrates le dijo calmadamente: “Soportando estos arrebatos en mi hogar, me ejercito, y me acostumbro para sobrellevar sin trabajo la impaciencias y las injurias de otros fuera de mi casa”. Hay que decir, en honor a la verdad, que Xantipa permaneció fiel a su lado hasta que en la prisión le fue dado beber la cicuta.
En Platón (Fedón, o de la inmortalidad del alma), es Critón el amigo generoso que retira a Jantipa (esposa de Sócrates) cuando con sus gritos perturbaba la serenidad de su esposo en el momento de la muerte:

"(...) y a Jantipa, a quien conoces, sentada cerca de él teniendo en brazos a uno de sus hijos. Apenas nos vio, prorrumpió en lamentos y a gritar, como suelen las mujeres en ocasiones semejantes.(...) Que la lleven a su casa. Inmediatamente entraron los esclavos de Critón y a la fuerza se llevaron a Jantipa que lanzaba desgarradores gritos y se golpeaba furiosamente el rostro".
Antiguamente se pensaba de otro modo. Hurgando en antiguas literaturas nos encontramos con textos de M. Varrón ,”De los deberes del marido”, en los que se lee: “Necesario es corregir los defectos de la esposa o soportarlos; corrigiéndolos, nos proporcionamos compañera mas agradable, soportándolos, nos hacemos nosotros mismos mejores”. Catón, el censor romano, decía en: “Sobre las dotes”. “A menos de divorcio el marido es juez de su mujer en vez de censor. Sobre ella tiene imperio absoluto. Si ha hecho algo deshonesto o vergonzoso, si ha bebido vino, si ha faltado a la fe conyugal, él la condena y la castiga”. Catón nos dice en este mismo párrafo que el “marido podía matar a su mujer sorprendida en adulterio, ella no se atrevería a tocarte con el dedo, así es la ley”.
Sócrates, sin embargo, soportó el carácter iracundo de Xantipa. El filosofar no era para Sócrates solamente pensamiento, sino también ascesis; es decir praxis para lograr virtudes. Entre los trabajos que se imponía con frecuencia para dominar “los llamados oscuros del cuerpo” estaba el permanecer de pié, en la misma actitud durante días sin hacer el menor movimiento, sin mover los párpados, con la cabeza y los ojos fijos en algún punto invisible del espacio, entregada el alma a profundas meditaciones, aislada del cuerpo por la abstracción mística (estas prácticas –de cariz oriental- de los filósofos antiguos se perdieron definitivamente).
La salud de Sócrates era inquebrantable; se dice que al principio de la guerra del Peloponeso, un espantoso contagió invadió Atenas, casi despoblándolo. Sócrates permaneció saludable y vital. El mantenerse alejado de las voluptuosidades y la influencia de una vida sana y pura le preservaron del mal que a la mayoría invadía.
Sócrates fue la filosofía hecha carne y figura; no filosofó con el seco entendimiento, sino con todo su ser; carne, sangre y espíritu. En su ser total sentimos, vivencial y concretamente, lo que es la Verdad y lo que es el Valor. “Su filosofía fue una filosofía existencial”, dice Sheler.
Para Sócrates “el inteligente es sabio; el sabio es bueno”. ¿Hay en Sócrates un germen de utilitarismo?. Puede ser. Cuando el joven Sócrates  fue aprendiz oyente del viejo Protágoras sostuvo la teoría del utilitarismo contra la moralidad popular de los llamados “sofistas”. La sofística, según Platón es simple arte retórica y erística (que abusa del procedimiento dialéctico hasta el punto de convertirlo en vana disputa), retruécanos de palabras y fantasmagorías verbales.
Pero el “alma se hace buena” a costa de vencer obstáculos. Así se tonifica y fortalece la bronca voluntad. La intemperancia de Xantipa, contribuyó al cabo, que Sócrates fuese Sócrates; el Divino Sócrates, el dios de los filósofos.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Aceptaos los unos sobre los otros….

Muchos se llenan la boca con estas palabras altisonantes: igualdad, tolerancia, aceptación, interculturalismo, libertad de expresión, etc. Pero se quedan en palabras vacías, sin contenido. Hemos conocido, incluso a llamados profesionales de la salud mental, que hablan sobre tolerancia y por detrás están haciéndote una mueca irónica. Son profesionales de la mentira.
La mayoría de nosotros practicamos el egoísmo, la intolerancia, el reproche, la discriminación. El afán de poderío sobre los demás nos ciega ante cualquier intento personal o colectivo de superación de los conflictos que día a día, hora a hora, nos agobian destruyéndonos y destruyendo a los demás.
Aquello de que existe lo uno y lo otro, la diversidad; distintas visiones del mundo, pueblos diversos, formas de vida, cosmovisiones, puntos de vista, modos de comportamiento, culturas religiones, etc. es un verdad innegable. Pero a la mayoría nos cuesta aceptar que el otro no sea igual a mí. ¿Cómo es posible semejante afrenta?.

Entre desigualdades existirán inevitablemente tensiones y roces; diferencias y contradicciones. Pero existen seres humanos que tienen como objetivo vital: subyugar a los demás. Estos piensan que el único modo de solución a sus atribuladas vidas; repletas de conflictos y diferencias es: “hazte igual que yo, haz lo que yo quiero, entonces seremos uno; sométete a mis condiciones y verás cómo se acaban las tensiones y los conflictos y llegamos a la conciliación”.
Este método y praxis, donde el uno también quiere ser el otro, donde –todavía más- el uno quiere ser el todo, lo encontramos en todos los ámbitos en donde pulula el homo sapiens.
Aunque la humanidad ha practicado mil veces ésta técnica y ha estas alturas de la llamada civilización se sabe, a ciencia cierta, que no es la mas recomendable; pues no soluciona sino que oprime, no libera sino que somete; no es camino amplio y abierto, sino sumamente angosto y sinuoso; y por que priva a la vida comunitaria de la Libertad, Justicia, honestidad, respeto por el hombre y su conciencia.

Pero es que esta mujer no entiende que no puedo darle más dinero; pero es que este grupo de huelguistas no comprende que sus peticiones no pueden ser concedidas; y este fulano como se atreve a presentarse ante mí…no lo soporto…; mi vecino no entenderá que necesito escuchar a Bach y que su taladro eléctrico no me lo permite…; mi propia hija no me hace caso y se va con esa mala influencia mezcla de punk y rasta…la mier…

Es difícil aceptarse mutuamente, es como ceder parte importante de mi vida a otro. Vivimos estresados, intoxicados de saciedad existencial, con insuficiencias de todo tipo, con sueños frustrados, insatisfacciones variadas…no estamos felices con nosotros mismos…porqué debo convertirme en el guardián de mi hermano?.

No, no ha sido superado el egoísmo, la intolerancia, la discriminación. Como mecanismo de defensa a mis frustradas intenciones de apoderarme del otro nace la indiferencia. El arte de hacerse invisible. La atención sectorizada se posa solamente donde encuentra señales que satisfacen mi afán de dominio; allí donde encuentro sumisión y debilidad que satisfacen mi egolatría…allí me quedo. El encuentro recíproco lo encuentro entre los que me obedecen.
La indiferencia invisible: es una táctica consistente en no hacerse notar, no llamar la atención, no pedir nada, para que este silencio permita que el otro se olvide de nuestra existencia y no verme obligado a “considerarlo”. Por otro lado está la doble existencia: que consiste en la práctica de dividirse en dos, dejando un ``yo exterior'' para uso y consumo de los demás, y un ``yo interior'' refugiado en la fantasía incorpórea, que nos proporciona la ilusión -diluida- de existir en mí, por mí y para mí. En mi burbuja en donde respiro el aire que mis propios pulmones expulsa me siento inmunizado para contraer algún virus externo. ¡Es que los que no son como yo…me molestan tanto!!!

Ah, y la táctica del disimulo…de ella hablaremos más adelante.

lunes, 9 de abril de 2012

Subjetivismo, Perspectivismo y Tolerancia

Subjetivismo no es lo mismo que subjetividad.
El subjetivismo: término con que designan las teorías filosóficas en que se somete la realidad al pensamiento. Se emplea como antítesis al objetivismo. En el sentido más extremo, el subjetivismo llega al límite de negar la capacidad del yo para conocer todo ente extramental. Los solipsistas sostienen que el yo no puede conocer nada que no sea el yo mismo y sus exclusivas representaciones.
Según lo ha dicho Francisco Bradley en Appearance and Reality, “yo no puedo ir más allá de los límites que marca la experiencia, y la experiencia es mi experiencia. De esto se deduce que nada existe más allá del yo”.

Por el innegable origen filosófico del término, es conveniente comenzar el recorrido de la significación del término por este estadio, dentro del cual el clásico diccionario de filosofía de Abbagnano lo define así:
1) El carácter de todos los fenómenos psíquicos, en cuanto fenómenos de conciencia, o sea tales que el sujeto los refiere a sí mismo y los llama “míos”.
2) Carácter de lo subjetivo en el sentido de ser aparente, ilusorio o deficiente. En este sentido Hegel colocó en la esfera de la S. al debe ser en general, como también a los intereses y las finalidades del individuo. “En cuanto al contenido de los intereses y de las finalidades -decía- está presente solamente en la forma unilateral de lo subjetivo y la unilateralidad es un límite, esta falta se demuestra al mismo tiempo como una inquietud, un dolor, como algo negativo” (Lecciones sobre estética, ed.Glockner, I, p.141). Kierkegaard quiso invertir el punto de vista hegeliano, colocando a la S. por encima de la objetividad: “El error está, en principalmente en que lo universal, en lo que el hegelianismo hace consistir la verdad (y el individuo llega a ser la verdad si está sujeto a él), es una abstracción: el Estado, etc. Hegel no llega a decir qué es la S. en sentido absoluto, y no llega a la verdad, o sea al principio que enuncia: que, en última instancia, el individuo está en realidad por encima de lo universal” (Diario, X² A 426) (p. 1069).
Ferrater Mora traza al concepto más extensamente de la siguiente forma: La definición más general que puede darse de “subjetivismo” es: la acción y efecto de tomar el punto de vista del sujeto. El sujeto puede entenderse como un sujeto individual, como el sujeto humano en general o como el sujeto trascendental en sentido kantiano. En este último caso no puede hablarse de subjetivismo porque, porque el sujeto trascendental es el conjunto de condiciones que hacen posible el conocimiento para cualquier sujeto cognoscente y, en último término, el conjunto de condiciones que hacen posible todo conocimiento, aunque no sea formulado por un sujeto concreto.
En general, cuando se habla de subjetivismo, el sujeto que se tiene en mente es algún sujeto humano individual…un individuo. El punto de vista de tal sujeto es un punto de vista particular y privativo. En principio, este punto de vista puede ser correcto (al cabo, un solo sujeto particular puede acertar y todos los demás pueden errar). Pero se presume que el punto de vista del sujeto particular está restringido sólo por sus particulares condiciones y que éstas condicionan los juicios formulados. Si las condiciones particulares de un sujeto no coinciden con las de otros sujetos, no se desemboca en un punto de vista inter-subjetivo, sin el cual se supone que no se puede alcanzar objetividad.
El subjetivismo es por ello emparejado al relativismo, y principalmente al relativismo individualista. El subjetivismo puede afectar a juicios de valor tanto como a juicios de existencia, pero lo más común es vincular el subjetivismo a juicios de valor.
Suele denunciarse al subjetivismo como manifestación de la arbitrariedad del sujeto o individuo que formula opiniones un tanto etéreas. Juicios formulados en virtud de intereses subjetivos (“personales”, “individuales”) y mediante procesos racionales de estos intereses es estimado como juicios inadmisibles si se quiere alcanzar “la verdad”; así se equipara de continuo el subjetivismo con el relativismo a ultranza. Se dice, a propósito, que una opinión subjetiva es una opinión “parcial”, arbitraria, improcedente, subjetiva.

Ortega y Gasset, dice: "La verdad, lo real, la vida -como queráis llamarlo-, se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve será un aspecto real del mundo."
El perspectivismo ortegiano sustenta la multiplicidad de los posibles puntos de vista sobre lo real, una suerte de “subjetivismo objetivo”; pero esta diversidad debe ser unificada desde algún principio directriz. Este principio rector radica, para Ortega, en la afirmación de que esas perspectivas múltiples no son contradictorias y excluyentes unas para otras. Todo lo extremo contrario, esas perspectivas deben ser unificadas, porque en cada una de ellas hay una fracción de verdad; de modo que "la Verdad" estaría constituida por la unión de esas múltiples perspectivas. Ello lleva a entender la verdad como algo que se va alcanzando paulatinamente en la medida en que se van unificando perspectivas.

Según esta tesis, el otro, el absolutamente otro, tiene un propio valor en sí, en cuanto sujeto de personales perspectivas; aunque su perspectiva no coincida en ningún momento con la mía. El otro será más estimable en la medida en que irradie mejor su perspectiva, su personal punto de vista, en la medida en que guarde más fidelidad a su individualidad. El único imperativo que puede conservarse como absoluto es, precisamente, el imperativo de la individualidad, el que nos dictamina ser fieles a nuestros propios puntos de vista. Ser auténticos llama Ortega a esta condición.
Para no caer en el escepticismo ni en el relativismo se impone la solución de la síntesis de las perspectivas. Esta síntesis puede ser resumida en el plano moral, político o religioso con el término "tolerancia". Tolerancia no significa, de modo alguno, la renuncia a los propios enfoques o a la obstinación en que el otro renuncie a las propias y suyas. Al contrario, tolerancia significa la aceptación de que las posiciones del otro tienen el mismo derecho a existir que las mías, porque unas y otras son parciales y complementarias. Así entendida, la tolerancia es un valor positivo que fundamenta una convivencia más armónica al interior de los grupos humanos.