Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de agosto de 2015

No quiero sanación

Muy a menudo, franquea el ser anímico etapas de gran porosidad y apertura y, en otros, de extremo hermetismo callado y petrificado. Una pre-ocupación difícil o aguda suele originar un excesivo ensimismamiento, una densa concentración en nuestra intimidad. Se vuelve el alma, por así decirlo, de espaldas a la gran apertura mundanal y solo atiende con máxima atención y tensión a la pena contingente o conflicto cercano que ocupa entonces el epicentro anímico. Nada de afuera le llega adentro, nada externo se hace interno: va el alma sorda y ciega y muda. El sentimiento de alegría, por el contrario, que vuelve hacia fuera el alma, la desconcentra y exterioriza y la convierte en una amplio tramado de abiertos poros, en una suerte de pabellón auricular, lanzado a recoger los pormenores movimientos acústicos.

Y como todo ser débil alimenta sus preocupaciones por sus debilidades –así el enfermo-, sucede que los hombres débiles suelen ser criaturas poco sensibles, poco afectivas y extrañamente impenetrables y herméticas.
Entonces, cuando en el alma llega a ser hábito o progresión constitutiva el hermetismo hacia fuera, tenemos un carácter “insensible”; cuando se padece hermetismo hacia dentro, el hombre tiene el alma “seca”, enjuta, sin desagües.  Y aunque no es lo corriente, se puede ser muy sensible para recibir impresiones del mundo y a la par que muy seco y huraño en las propias reacciones sentimentales. Así sucede que el hombre muy inteligente suele ser al mismo tiempo, muy fino recepcionista del entorno circundante, exquisitamente sensible, y sin embargo, de un fondo íntimo sumamente seco e infecundo. Es muy difícil ser, a la misma vez, sensible y sentimental
Y este “hallarse hermética” u “obliterada”, abierta o cerrada el alma, puede decirse en dos sentidos. Nuestra alma puede estar abierta o cerrada hacia fuera, esto es, a lo que en el abierto mundo hay y le acontece; o bien, abierta o cerrada hacia adentro; es decir, al interior de los propios sentimientos que germinan en nuestra intimidad.

Póngase atención en lo que sucede cuando de súbito percibimos que nos inunda un estado de tristeza o brota una antipatía hacia otra-cualquiera persona. Doña tristeza se presenta como un espectro deprimente que va disminuyendo la estabilidad de nuestra persona; podemos, por un instante, establecer, como en una marea, la altura a la que llega; hay tristezas periféricas que no llegan al epi-centro de la persona, y hay tristezas profundas que inundan todo nuestro ser. En las primeras, el “yo” se siente aún intacto; la tristeza está en torno a él, pero más o menos lejana, pero no en él. En las tristezas profundas, el “yo” queda sumergido y, como se dice ahora, asfixiado en angustia.
La antipatía, ese movimiento anímico contra alguien que de pronto nace en nosotros, no sale tampoco de nuestro yo. Yo-soy el que piensa, el que decide y quiere, soy autor de mis pensares y de mis haceres volitivos; pero la antipatía la encuentro en mí sin que yo la haya llamado ni hecho; surge contra todas mis reflexiones, contra toda mi voluntad. La persona antipática es, acaso, indulgente y compasiva conmigo, no tengo nada que decir contra ella, y, sin embargo, ese impulso de antipatía surge en mí por explosión espontánea, sin mi consentimiento ni colaboración. El terreno, pues,  del volumen íntimo de donde mana y brota la antipatía –como la tristeza- es distinto del lugar geométrico psíquico que llamamos “yo”. A veces noto que mi yo llega a aceptar esa antipatía, a tomarla sobre sí, a responsabilizarse de ella. Quiere decirse que ese punto del alma donde la antipatía nació ha traído el eje de mi persona y se ha instalado en él. En cada momento surgen en nosotros esos impulsos del alma que vemos situados en torno a nuestro núcleo personal y a distancias distintas.

Lo propio acontece con los deseos o apetitos que nacen y mueren con nosotros, sin considerar para nada con nuestro particularísimo  yo. Son míos propios, repito; pero no son yo. Por eso el psicólogo diestro tiene, a mi juicio, que distinguir entre el “yo” y el “mí”. El infernal dolor de muelas, me duele a mí y, por lo mismo, él no es yo. Si fuésemos un mero dolor de muelas, no nos dolería: doleríamos más bien a otro, e ir a casa del dentista equivaldría a un suicidio, pues como dice Hebbel, “cuando alguien es una pura herida, curarlo es matarlo”.

lunes, 15 de junio de 2015

SOBRE EL ORIGEN DEL DESACUERDO

Todo muestra de modo suficiente que cada uno juzga de las cosas según la disposición de su cerebro o, más bien, toma por realidades las afecciones de su imaginación. Por eso no es para asombrarse (notémoslo de pasada) que hayan surgido entre los hombres tantas controversias como conocemos, y de ellas, por último, el escepticismo. Pues, aunque los cuerpos humanos concuerdan en muchas cosas, difieren, con todo, en tantas otras [cosas] *, y por eso lo que aalguien le parece bueno a otro le parece malo; lo que [se le presenta como] ordenado a uno, a otro[le parece] confuso; lo [que] es agradable para uno lo [es] desagradable para otro; y así sucedecon [todas] las demás cosas… -todos tienen suficiente experiencia de esto… Hay tantas opiniones como cabezas; [y] cada uno abunda en su opinión; [en efecto] no hay menos desacuerdo entre[los] cerebros que entre paladares. Aquellas [opiniones] muestran suficientemente que los hombres juzgan las cosas según la disposición de su cabeza, y que, más bien, las imaginan que las entienden. En efecto, si las entendiesen –y de esto testigo es la Matemática– las cosas serían [al menos, y en razón de ello] igualmente convincentes para todos, puesto que [de hecho] no [resultan para todos] del mismo modo atractivas (...).-´


ÉTICA; DEMOSTRADA SEGÚN EL ORDEN GEOMÉTRICO.

Apéndice, Parte I, DE DEO. Fragmento.
Benedictus De Spinoza

jueves, 29 de enero de 2015

volver a vivir de verdad



El hombre demasiado "cultivado" y "socializado", que vive de una cultura ya falsa, necesita absolutamente de... otra cultura, es decir, de una cultura auténtica. Pero ésta no puede iniciarse sino desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil -ser sí mismo- se convierte en un problema terrible. El hombre se ha distanciado y separado de sí merced a la cultura: ésta se interpone entre el verdadero mundo y su verdadera persona. No tiene, pues, más remedio que arremeter contra esa cultura, sacudírsela, desnudarse de ella, para ponerse de nuevo ante el universo en carne viva y volver a vivir de verdad.


(1933)

En torno a Galileo
José Ortega y Gasset

lunes, 18 de febrero de 2013

Seducción por la Intelección

Como es bien sabido, hay que seducir a las mujeres por su punto débil, por su lado frágil y blando; a las devotas –si es que las hay en estos tiempos de  afectos Light y relativismos ecuménicos  - por la devoción y el fervor místico (llevarlas a misa todos los domingos); a las honestas por el anillo de compromiso (o la promesa de amores eternos con “libreta” y todo); a las venales por los regalitos y viajes (mientras más caros y lejanos mejor) y, por favor, ni hablar de separación de bienes; a las espirituales por un viaje al Cajón del Maipo o, una novela sobre la vida ejemplar de Sor Teresa de Calcuta, mejor aún un viaje inolvidable a Los Himalayas tibetanos.

Psiquis y yo, hemos tenido siempre una marcada inclinación por las féminas intelectuales, o las que aparentan serlo. La inteligencia femenina, para nosotros, siempre ha residido en una cierta y chispeante vivacidad del espíritu, una jovialidad juguetona que divierte y entretiene y el don de la réplica argumentada.
Hay un cierto tipo de mujeres que se le consigue, literalmente, solo por el razonamiento. Entonces, Psiquis y yo- les probamos con premisa mayor, premisa menor y conclusión, que ellas deben, de acuerdo con la lógica más rigurosa, entregársenos de manera total.

“Razonemos un poco” le decimos a Marcela; “Si tu enojoso deber te fuerza a rechazarme pesar tuyo, ese deber te resulta una carga; ahora bien, si te resulta una carga, es tu enemigo vital, y si es tu enemigo ¿por qué lo sigues?...
Nunca nos ha gustado que una mujer pierda la cabeza – la mayoría de los amantes de hoy quiere arrancar a la mujer amada del control de la razón, del imperio de la reflexión. Mientras más aturdida esté mejor…mientras mas bobita sea mejor, mientras mas enajenada por el alcohol está…más fácil.
Sin caer en la pedantería –tratamos honestamente- con juicio seguro, razonando como un geómetra con finos instrumentos euclidianos, con teoremas y demostraciones llegar –primero- al centro espiritual de la mujer, para ir después ya sin dudas ni obstáculos a tomar posesión de su corazón y, al cabo del núcleo axial de toda su femineidad: su sexo.

¿Y tú, como enamoras?

jueves, 3 de enero de 2013

Honor a las Jantipas

Cuenta la historia que la mujer de Sócrates era una mujer de armas tomar. Que tenía un carácter áspero, puntilloso y quisquilloso y, más encima, la naturaleza no había sido benevolente con ella. Se llamaba Xantipa o Jantipa. Se las ingeniaba, día y noche, para hacer rabietas frente al divino Sócrates. Ocasión que tenía la usaba para fastidiar a su marido. Dicen que una vez Alcibíades –hombre público, discípulo y amigo de Sócrates-, admirado por las violencias impertinentes de la mujer de su maestro, preguntó a Sócrates que porqué no había expulsado de su casa a mujer de tan pésimo carácter. Sócrates le dijo calmadamente: “Soportando estos arrebatos en mi hogar, me ejercito, y me acostumbro para sobrellevar sin trabajo la impaciencias y las injurias de otros fuera de mi casa”. Hay que decir, en honor a la verdad, que Xantipa permaneció fiel a su lado hasta que en la prisión le fue dado beber la cicuta.
En Platón (Fedón, o de la inmortalidad del alma), es Critón el amigo generoso que retira a Jantipa (esposa de Sócrates) cuando con sus gritos perturbaba la serenidad de su esposo en el momento de la muerte:

"(...) y a Jantipa, a quien conoces, sentada cerca de él teniendo en brazos a uno de sus hijos. Apenas nos vio, prorrumpió en lamentos y a gritar, como suelen las mujeres en ocasiones semejantes.(...) Que la lleven a su casa. Inmediatamente entraron los esclavos de Critón y a la fuerza se llevaron a Jantipa que lanzaba desgarradores gritos y se golpeaba furiosamente el rostro".
Antiguamente se pensaba de otro modo. Hurgando en antiguas literaturas nos encontramos con textos de M. Varrón ,”De los deberes del marido”, en los que se lee: “Necesario es corregir los defectos de la esposa o soportarlos; corrigiéndolos, nos proporcionamos compañera mas agradable, soportándolos, nos hacemos nosotros mismos mejores”. Catón, el censor romano, decía en: “Sobre las dotes”. “A menos de divorcio el marido es juez de su mujer en vez de censor. Sobre ella tiene imperio absoluto. Si ha hecho algo deshonesto o vergonzoso, si ha bebido vino, si ha faltado a la fe conyugal, él la condena y la castiga”. Catón nos dice en este mismo párrafo que el “marido podía matar a su mujer sorprendida en adulterio, ella no se atrevería a tocarte con el dedo, así es la ley”.
Sócrates, sin embargo, soportó el carácter iracundo de Xantipa. El filosofar no era para Sócrates solamente pensamiento, sino también ascesis; es decir praxis para lograr virtudes. Entre los trabajos que se imponía con frecuencia para dominar “los llamados oscuros del cuerpo” estaba el permanecer de pié, en la misma actitud durante días sin hacer el menor movimiento, sin mover los párpados, con la cabeza y los ojos fijos en algún punto invisible del espacio, entregada el alma a profundas meditaciones, aislada del cuerpo por la abstracción mística (estas prácticas –de cariz oriental- de los filósofos antiguos se perdieron definitivamente).
La salud de Sócrates era inquebrantable; se dice que al principio de la guerra del Peloponeso, un espantoso contagió invadió Atenas, casi despoblándolo. Sócrates permaneció saludable y vital. El mantenerse alejado de las voluptuosidades y la influencia de una vida sana y pura le preservaron del mal que a la mayoría invadía.
Sócrates fue la filosofía hecha carne y figura; no filosofó con el seco entendimiento, sino con todo su ser; carne, sangre y espíritu. En su ser total sentimos, vivencial y concretamente, lo que es la Verdad y lo que es el Valor. “Su filosofía fue una filosofía existencial”, dice Sheler.
Para Sócrates “el inteligente es sabio; el sabio es bueno”. ¿Hay en Sócrates un germen de utilitarismo?. Puede ser. Cuando el joven Sócrates  fue aprendiz oyente del viejo Protágoras sostuvo la teoría del utilitarismo contra la moralidad popular de los llamados “sofistas”. La sofística, según Platón es simple arte retórica y erística (que abusa del procedimiento dialéctico hasta el punto de convertirlo en vana disputa), retruécanos de palabras y fantasmagorías verbales.
Pero el “alma se hace buena” a costa de vencer obstáculos. Así se tonifica y fortalece la bronca voluntad. La intemperancia de Xantipa, contribuyó al cabo, que Sócrates fuese Sócrates; el Divino Sócrates, el dios de los filósofos.

jueves, 2 de febrero de 2012

con-memoración

Muchas veces nos sucede que quisiéramos estar donde no estamos. Sucede a menudo que el alma pereciera dilatarse fabulosamente, acortando las magnitudes físicas –tiempo y espacio-; y aparecieran ante nuestra retina asombrada, lugares remotos y personas que dejamos en otras latitudes de la vida; en otros ámbitos de la existencia…en otras circunstancias.
Describir mi aquí y ahora; la vertiente fluvial que hacia mí envía la realidad presente –patente y latente- es faena relativamente fácil, sobre todo si nos atenemos a las leyes de la lógica. Pero ese chorro luminoso que arrastra desde el pasado sus signos vagos e imprecisos, sus fantasmales hologramas, sus voces sin sonido, sus nebulosas figuraciones; desde ese pasado que todos llevamos consigo, que se nos actualiza en el “ahora” como recuerdo, como con-memoración de lo que ya no es, de lo que ya fue. Eso ya no es tarea de fácil interpretación.

Cómo olvidar –por ejemplo- el halo cálido del amor sin reservas de Ruth. Sentir como en razón inversamente proporcional a como se pone el magnífico sol nace en el alma la magnífica esperanza; y como regalo -dádiva gratuita que nos entrega sin esperar nada a cambio- nos concede generosamente su ser entero.

Son momentos que no se olvidan, que quedan impresos en la memoria; que nunca se esfuman como aquellos otros amores de ficción; nunca se resquebrajan -como algunas máscaras fraudulentas que se nos han aparecido sobre las tablas vitales-; sino en el fondo sólido del pozo de la memoria, inca su ancla de oro.

Y así nos vamos haciendo, a costa de lo que fuimos. “Vivir y sentirse vivir son dos cosas incompatibles”, dice Ortega y Gasset. Pero cuando recordamos se nos da la oportunidad de sentir que –en efecto- hemos vivido y, además, hemos sido felices. Y, maravillosa naturaleza…¡volvemos a ser felices!. La felicidad aparece en nosotros, sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva, cesante, en franquía. Cuando se advierte el desequilibrio entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual.
Pero nadie está totalmente vacío, vacante, deshabitado de sentires y de haceres; pues la realidad va imprimiendo en nuestra memoria –especie de disco duro en la electrónica del cerebro-, en nuestra tábula rasa; va dejando en nosotros huellas del universo, imágenes en nuestra retina, acentos en el corazón.
Recordar no es entonces tarea inútil e improductiva, es balance vital, puntos de referencia, hitos del páramo vital, parámetros esenciales; tabla de medida, voz oída, palabra escrita, experiencia y experticia, agenda y constatación existencial. En esa “mirada interior” a ese paisaje íntimo de los recuerdos, vemos, literalmente lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Y esa es una manera de ejercitar la esquiva felicidad.

martes, 24 de enero de 2012

Felicidad

En su último libro-ensayo, «Para desengaño de los que buscan ser felices», Gustavo Bueno catalogó de mito a la Felicidad, refiriéndose a ella únicamente como figura literaria. Según él ni el hombre ha nacido para ser feliz, ni vive para ello. Coherente con su materialismo dialéctico, sus provocaciones filosóficas -a menudo interesantes- son siempre un revulsivo que nos obliga a pensar. Contrasta con él el gran científico y filósofo Pascal sugiriendo que «todo hombre quiere ser feliz, no quiere ser sino feliz, y no puede dejar de quererlo». Tal vez el juicio de Pascal obedeciera a esas otras razones del corazón, que... la razón no conoce.

Me inclino a pensar que lo que llamamos felicidad es algo que se encuentra más allá del acto de gozar o disfrutar, envuelto por un sentimiento de dicha, goce y satisfacción que no se debe confundir con el placer sensible, puesto que es una experiencia que se vive y se siente, y no una cosa que se define y razona. Por esos caminos de la sin-razón no transita la filosofía.

¿Cómo se define, pues, ese estado de equilibrio en el que sonríes, estás alegre, amas a los que están contigo -sintiéndote de ellos amado-, no tienes ningún problema y eres hasta capaz de llevar al mundo por montera? ¿Para alguno existirá ese estado feliz o todo se quedará en una mera utopía? Como el aceite y el agua, ¿no serán también incompatibles el hombre y la felicidad? Es de Baltasar Gracián aquello de que «todos los mortales andan en busca de la felicidad; señal es de que ninguno la tiene», rematando con lo del «nemo sua sorte contentus». Más superficial en contenidos, nos lo sentencia en pareados el cortesano Campoamor: «No tengas duda alguna; felicidad suprema no hay ninguna», a lo que Vargas Llosa apostilla que «sólo un idiota puede ser totalmente feliz».

Si la felicidad es un «ánimo subjetivo de felicidad», algo tendrá que ver cada sujeto y, dentro de una sociedad evolucionada, la capacidad de cada uno para ser feliz. No es lo mismo un ser con necesidades primarias, que otro con otro tipo de necesidades y apetencias, por más secundarias o sofisticadas que las podamos pensar. Sin duda equivocado estaba quien dijo que «si el conocimiento nos hace libres, la ignorancia nos puede hacer felices». La realidad es que la ignorancia a todos nos hace estúpidos. En el banquete de la felicidad cada uno participa según sus capacidades y sus hambres. También los perros participan del banquete de su señor: ellos también se sacian -y por ello son felices- con las migajas, sobras, huesos y despojos que les puedan caer de la mesa. En una sociedad tan diversa, es lógico que haya niveles y estratos diversos de «saciedad» y, por supuesto, de felicidad.

Estoy de acuerdo con Leibniz cuando sugiere que «nuestras inclinaciones no nos conducen propiamente a la felicidad, sino al placer»; es decir, a una felicidad momentánea, «mientras que sólo la razón nos puede proporcionar una dicha duradera». A la razón añadiría yo el corazón, con toda su capacidad de amor y comprensión. Aquel siempre niño gafotas, Miguel de Unamuno, autoapellidado «cartujo laico, ermitaño civil y agonístico», acaso desesperado por su hambre de inmortalidad, en su anhelo y lucha por la felicidad, se preguntaba sin rebozo: ¿Se puede ser feliz sin esperanza?; para contestarse -no desde la Lógica razonable de los filósofos, sino desde «la Cardíaca» que él inventara- que «una ventaja de no ser feliz es que se puede desear la felicidad». Para eso vivimos. ¿Qué no es la historia de la humanidad sino una incesante lucha por ser felices?

La felicidad, ¡claro que es un mito! Todos la prometen y todos la buscan. Algunos hay que hasta la pregonan desde su religión, desde su partido, desde las logias de su mercado, o desde sus cátedras de opinión radiada, escrita o televisiva. «A vivir, que son dos días» es un mensaje subliminar de la Ser. «Get Lucky» -sé feliz-, nos bombardean desde una marca de tabaco. «Don`t worry, be happy» -no te preocupes, sé feliz-, es otra constante vital que poco tiene que ver con el «carpe diem» horaciano de vivir el instante, el momento que se nos va de las manos. A ella se refiere Gustavo Bueno cuando habla de la «felicidad canalla» -de canis, perro-, que se alimenta de despojos, drogas, cannabis, porros, alcoholes, sexo fácil, trivial, promiscuo, epidérmico, insípido y pasajero. Eso no es vivir, eso es jugar a vivir, y vivir cabalgando sobre el hilo de una frágil y efímera felicidad, sin dirección ni sentido, como una barca sin brújula ni timón. Algo de esto nos podrán decir algunos de nuestros jóvenes que -pasado su sarampión- ya están de vuelta.

No somos redentores de nadie, sino, con algunos años más, compañeros de camino. Tenemos todos el derecho a ser felices; pero nos urge también el deber de orientar nuestras vidas hacia la felicidad, aunque después nos quedemos en el camino. Puede ser bueno el consejo del poeta: «Enfila tu proa hacia la luna; pues, aunque te equivoques, irás a parar a las estrellas». Pero para atisbar la felicidad profunda, profundicemos más bien en la vida, y rememos hacia dentro, donde están los secretos y el corazón de todas las cosas.
¡Felicidades y Felicidad! ¡Que no nos falten!