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lunes, 10 de agosto de 2015

Ese bizco y ridículo nombre de Filosofía

Antes de llamarse filósofos estos de denominaban averiguadores, develadores. Esta situación, esta nueva experiencia viviente del antiguo nuevo pensar griego, que iba a ser el filosofar, fue preciosamente denominada por Parménides  de Elea y algunas colectividades  atentas de su tiempo, con el nombre de alétheia.  En efecto, cuando al pensar meditando sobre las ideas vulgares, tópicas y recibidas respecto a una realidad, encuentra que son falsas y le aparece tras ellas la realidad misma, le parece como si hubiera quitado de sobre ésta una costra, un velo o cobertura que la ocultaba, tras de los cuales se presenta en cueros, desnuda y patente la realidad misma. Lo que su mente ha hecho al pensar no es, pues, sino algo así como un desnudar, descubrir, quitar un velo o cubridor, re-velar (=desvelar), descifrar un enigma o jeroglífico (Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset)”.
Todas las filosofías nos presentan el mundo acostumbrado (el de todos los días) y usual dividido en dos mundos, un mundo patente y una suerte de trasmundo o supramundo que palpita y se oculta bajo aquél y en poner de manifiesto –averiguar, develar- el cual radica la finalidad de la labor filosófica.
Habría que analizar a fondo la incitación ejemplar primera de la ocupación filosófica, procurando entender lo mejor posible esta  filosofía primigenia. Aprender así con toda precisión por qué dualiza el mundo y cómo suscita, manifiesta, muestra, devela o inventa el mundo latente, el mundo estrambótico, ultramundano e inhabitual que es el característico de la filosofía.

Desde la antigüedad la gente sabe que la filosofía es sinónimo de averiguación. Los filósofos son averiguadores, investigadores, indagadores, inquisidores, sondeadores, tanteadores. Todos estos epítetos causan un escozor psicológico y un sarpullido enojoso allá en las partes pudendas en donde  nunca nos da el sol. La turbamulta, entonces, comenzó a atacarlos, a hostigarlos, a malentenderlos, a confundirlos con otros quehaceres equívocos, y ellos tuvieron que abandonar aquel nombre, tan maravilloso como candoroso – alétheia-, y cambiarlo por otro, de generación espontánea, tremendamente peor, pero... más  ”práctico”…más simbólico e indirecto; es decir, más estúpido, más ridículo, más villano, más cauteloso: filosofía.

jueves, 29 de enero de 2015

volver a vivir de verdad



El hombre demasiado "cultivado" y "socializado", que vive de una cultura ya falsa, necesita absolutamente de... otra cultura, es decir, de una cultura auténtica. Pero ésta no puede iniciarse sino desde el fondo sincerísimo y desnudo del propio yo personal. Tiene, pues, que volver a tomar contacto consigo mismo. Mas su yo culto, la cultura recibida, anquilosada y sin evidencia se lo impide. Esa cosa que parece tan fácil -ser sí mismo- se convierte en un problema terrible. El hombre se ha distanciado y separado de sí merced a la cultura: ésta se interpone entre el verdadero mundo y su verdadera persona. No tiene, pues, más remedio que arremeter contra esa cultura, sacudírsela, desnudarse de ella, para ponerse de nuevo ante el universo en carne viva y volver a vivir de verdad.


(1933)

En torno a Galileo
José Ortega y Gasset

lunes, 29 de julio de 2013

Yo soy yo y mi circunstancia

La conocida tesis de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mi circunstancia” la encontramos, ya en sus Meditaciones del Quijote de 1914, y desde entonces forma parte exclusiva y original de su filosofía. Como escuchamos a menudo en el lenguaje ordinario, la circunstancia orteguiana es el entorno, el contorno; lo que se halla alrededor de algo, lo perimetral a alguien; pero Ortega encumbra esta tesis a categoría fundamental de lo que llamamos vivir. Podemos intentar resumir sus nociones en relación al mundo o circunstancia del siguiente modo:
Los componentes de la circunstancia son variopintos: sin lugar a dudas, la circunstancia es el mundo vital en el que se halla –quiera o no- inmerso el sujeto, por lo que se envuelve en ella el mundo material y todo el entorno que aparece en la vida de cada cual (cultura, historia, sociedad,...): en la circunstancia se incluyen las cosas físicas, pero también las personas, la sociedad, el mundo de la cultura; es el mundo en el que el sujeto está inexorablemente instalado. Este es el lado más claro y distinto de su idea. Pero en muchos de sus escritos también incluye en la noción de circunstancia el cuerpo y la mente o alma del sujeto. La razón de esta inserción es que nosotros –cada cual en su la vida- se encuentra con un cuerpo y habilidades, capacidades psicológicas e incluso nuestro propio e individual carácter como algo que ya nos ha sido dado desde “afuera de nosotros mismos”, con algo que puede favorecer o ser un obstáculo para nuestros particulares, pero “propios proyectos, de la misma manera que el resto de las cosas que componen el mundo circundante.  El mundo es un dato más que nos ofrece la vida, no es una realidad independiente: el yo se encuentra en la vida “con” el mundo, con su mundo. No es verdad que primero nos encontremos a nosotros mismos y después al mundo; nos encontramos a nosotros sólo en proporción en que nos vemos instalados en un mundo, por lo pronto extraño, en cuanto en tanto que nos ocupamos con las cosas y sus casos, con las personas, los “otros”; con nuestra circunstancia. “Su verdadero ser se reduce a lo que representa como tema de mi ocupación. No es por sí, subsistente, aparte de mi vivirlo, de mi actuar con él. Su ser es funcionante: su función en mi vida es un ser para, para que yo haga esto o lo otro con él.” Mi yo individualísimo se va formando en su enfrentamiento con el mundo y a partir de sus solicitudes. Mundo es lo que hallo frente y en torno a mí, a mi al derredor, lo que para mí efectivamente existe y me fuerza a contar con él.

sábado, 27 de julio de 2013

Mirones y Miradores

“Al principio nada fue.
Sólo la tela blanca
y en la tela blanca, nada...
Por todo el aire clamaba,
muda, enorme,
la ansiedad de la mirada"
Pedro Salinas



Las miradas tienen su lectura, su hermenéutica, su interpretación.  Cada mirada apunta a un signo…existe una semiótica del mirar.
Por ejemplo; el rostro es una obra. Escultores –dejando de lado, por ahora, el esplendor o la fatalidad de la herencia genética- de nuestro propio rostro, es nuestra obra de construcción, una suerte de carta de presentación a los demás. El rostro es muestra imagen del mundo sintetizada. No la cara, pues la cara es el aspecto físico; parte de la somatotipia que nos fue entregada –queramos o no por la genética-.
Hablamos del rostro, de ese rostro que nos delata ante los demás.  Es al rostro a l que le ponemos máscaras. Las máscaras que nos anteceden. Cuando decimos: este sujeto es…así, asá, hablamos de su rostro enmascarado.
La máscara encallece el decir gestual. Y de las constantes transfiguraciones camaleónicas del rostro sólo retiene un aspecto, una apariencia, un perfil, un arquetipo. La máscara estandariza, demotiza, modeliza homólogas formas de ser; convierte el rictus del desaire en sonrisa farsante, el gesto vermiforme de la adulación en seca mueca que simula cierto visaje de autenticidad. Nos ponemos máscaras en donde enarbolamos el semblante amoroso de la amistad, cuando, por debajo el rostro amarillo esconde la mueca de la envidia y hace gestos de tirria.

El rostro lo escondemos pues allí está a la intemperie el que auténticamente somos. El rostro nos evidencia…es como andar desnudo por la calle, con el pecho abierto mostrando las íntimas pulsaciones de nuestro Ser.
La máscara nos esquiva los movimientos espontáneos del rostro…la máscara nos previene y evita el tiempo y el espacio.

La mirada es distinta del ver. El ver es natural, inmediato, sin intención alguna. El mirar sin embargo es un gesto cultural de nuestra presencia general. Es absolutamente intencional; es el puente mediático entre el yo y el otro. Mirar es socializar, positiva o negativamente, desde las posibilidades de nuestra alma –ese  algo que piensa y siente-, con las calidades de nuestros imaginarios y la profundidad de nuestra memoria.

La mirada siempre es deliberada, intencional; tiene propósito y designio. Ahora bien, interpretar una mirada que nos llega desde algún punto de nuestra periferia circunstancial en faena compleja.
Hay mirones y miradores. Digamos por ahora que el mirón es morboso, busca la satisfacción rápida del placer de los sentidos, traga con premura; el mirador degusta como catador profesional. El rayo de su mirada es erótico; acaricia las pieles gozando de cada poro epidérmico. Un mirador siempre descubre nuevos tintes, nuevas topografías, otras formas, otras opacidades, otros grises otras sombras, otros gestos tras los eclipses del ser de los demás. Es por eso que el mirador nos devela y nos revela lo que el mirón apenas entrevé sin reconocer.
¿Mirón o mirador?

lunes, 21 de enero de 2013

La filosofía como imsomnio

    "El hombre vive habitualmente sumergido en su vida, náufrago en ella, arrastrado instante tras instante por el torrente turbulento de su destino, es decir, que vive en estado de sonambulismo sólo interrumpido por momentáneos relámpagos de lucidez en que descubre confusamente la extraña faz que tiene ese hecho de su vivir, como el rayo con su fulguración instantánea nos hace entrever, en un abrir y cerrar de ojos, los senos profundos de la nube negra que lo engendró. Tenía razón Calderón en un sentido aún más concreto y trivial de lo que él supuso: por lo pronto, la vida es sueño, porque es sueño toda realidad que no se captura a sí misma, que no toma plena posesión de sí misma, que se queda dentro de sí y no logra, a la vez, evadirse de sí misma y estar sobre sí.   Y no hay distinción entre el hombre inculto y el hombre de ciencia: también el físico es sonámbulo y lo es no sólo en su vida común sino que también al hacer su física, al crear su ciencia sonambuliza. La física es sueño, un sueño matemático. El único intento que el hombre puede hacer para despertar, para acordar y vivir con entera lucidez consiste precisamente en filosofar. De suerte que nuestra vida es, sin remedio, una de estas dos cosas: o sonambulismo o filosofía. Yo lo advierto lealmente antes de empezar: la filosofía no es sueño ―la filosofía es insomnio― es un infinito alerta, una voluntad de perpetuo mediodía y una exasperada vocación a la vigilia y a la lucidez."
J. Ortega y Gasset: La razón histórica
(Obras Completas, vol. XII, Alianza Editorial)

martes, 15 de enero de 2013

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

domingo, 28 de octubre de 2012

“... poéticamente habita el hombre...?”

En un breve ensayo “El arte y el espacio”, de Martín Heidegger, dice: “¿Cómo encontrar la mismidad del espacio? Hay una senda, realmente estrecha, oscilante. Percibirla en la lengua nos es dado. ¿De qué nos habla en la palabra espacio? En ella habla el espaciar.
Significa: talar, liberar lo selvático. El espaciar conlleva lo libre, lo abierto, para un situarse y habitar del hombre.
Espaciar es, en sí, la liberación de sitios, donde los destinos del hombre existente se proyectan con el bien de una nación, o en la desdicha del exilio, o frente a la indiferencia de ambos.
Espaciar es dar curso a los sitios, en los que un dios aparece; sitios de donde los dioses han huido, sitios en donde se retarda la aparición de la divinidad.
El espaciar origina el situar que prepara a su vez el habitar.
Los espacios profanos son siempre la privación de antiguos espacios sagrados.
Espaciar es la liberación de sitios.
En el espaciar se manifiesta y se encierra un acontecer. Carácter éste del espaciar fácilmente desatendido. Y cuando es percibido, aún es difícil determinarlo, ante todo porque el espacio físico-técnico sigue siendo el espacio al cual toda denotación sobre lo espacial debe primeramente referirse.”
Los arquitectos universitarios se han apoderado de estos textos heidegerianos y se los introyectan –a la vena y sin anestesia- a los incautos estudiantes, tratando de decirles algo sobre que es el espacio. “En el espaciar se manifiesta y se encierra un acontecer”; con esta frasecita traída desde el mismísimo Olimpo quieren decir, por ejemplo, que en-espacio-baño-acontece-el-defecar.
Que el espacio está repleto de hoyos; qué, ¿Qué devendría del vacío del espacio? El vacío se me aparece casi siempre solamente como una carencia, una ausencia de algos. El vacío sería entonces como la carencia por colmar espacios huecos e intra-mundanos (los de fuera del mundo no cuentan). Pero ese espacio vacío está relacionado justamente con las particularidades del sitio y por eso no es una carencia sino una creación. En ese momento ya todos los todos los estudiantes y el  dueño de la cátedra son poetas, hermanos del mismísimo Dante y de Goethe…si porque “poéticamente habita el hombre” oyó decir Heidegger a Hölderlin; y se tomó de esa frase para construir un edificio ideológico, una caja lineal en donde los arquitectos pudieran encaramarse por sus ejes y jugar a ver quién-sube-mas-arriba.

“... poéticamente habita el hombre...?”. Que los poetas habitan a veces poéticamente –muchos aún mueren tuberculosos, escribiendo versos a la luz de una esmirriada vela, a su amada infiel-, es algo que aún podríamos imaginar. Sin embargo, ¿cómo “el hombre”, y esto significa: todo hombrecito que pisa la tierra, y siempre, puede habitar poéticamente? ¿No es más bien todo habitar incompatible con las melodías pastoriles de los poetas? Mas bien nuestro habitar está atormentado por la escasez y  carestía de viviendas dignas. Aunque esto no fuera así, hoy día nuestro habitar –muchas veces en un cuarto de tres por tres- está espoleado por un trabajo cansador y poco estimulante -inestable debido a la competencia infernal de ventajitas y éxitos efímeros-, apresado por el encanto de las empresas de placeres y de ocios. Pero aún allí donde, en este co-habitar viciado de hoy queda aún huecos en el espacio y se ha podido ahorrar sacrificadamente algo de tiempo para lo poético, en el mejor de los casos, esto acontece por inter-medio de una ocupación con las artes y las letras, ya sean éstas escritas o emitidas (Internet, radio o televisión). La poesía queda entonces negada como un inútil u caduco languidecer o un mariposear hacia mundos irreales y ultramundanos y es –por la mayoría- rechazada como evasión a otros espacios, quizás idílicos o quizás infestados de demonios, como vía de escape de realidades agobiantes.
Heidegger aclara que los “Mortales” son los que habitan la tierra. Los inmortales la habitan pero no son hombres (¿serán arquitectos?) Los mortales son los hombres. “Se llaman mortales porque pueden morir. Morir significa ser capaz de la muerte como muer­te. Sólo el hombre muere, y además de un modo permanente, mientras está en la tierra, bajo el cielo, ante los divinos. Cuando nombramos a los mortales, estamos pensando en los otros Tres pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro”.
¿Los Cuatro?, excúsenme, hasta aquí no más llegamos por hoy día.

lunes, 9 de abril de 2012

Subjetivismo, Perspectivismo y Tolerancia

Subjetivismo no es lo mismo que subjetividad.
El subjetivismo: término con que designan las teorías filosóficas en que se somete la realidad al pensamiento. Se emplea como antítesis al objetivismo. En el sentido más extremo, el subjetivismo llega al límite de negar la capacidad del yo para conocer todo ente extramental. Los solipsistas sostienen que el yo no puede conocer nada que no sea el yo mismo y sus exclusivas representaciones.
Según lo ha dicho Francisco Bradley en Appearance and Reality, “yo no puedo ir más allá de los límites que marca la experiencia, y la experiencia es mi experiencia. De esto se deduce que nada existe más allá del yo”.

Por el innegable origen filosófico del término, es conveniente comenzar el recorrido de la significación del término por este estadio, dentro del cual el clásico diccionario de filosofía de Abbagnano lo define así:
1) El carácter de todos los fenómenos psíquicos, en cuanto fenómenos de conciencia, o sea tales que el sujeto los refiere a sí mismo y los llama “míos”.
2) Carácter de lo subjetivo en el sentido de ser aparente, ilusorio o deficiente. En este sentido Hegel colocó en la esfera de la S. al debe ser en general, como también a los intereses y las finalidades del individuo. “En cuanto al contenido de los intereses y de las finalidades -decía- está presente solamente en la forma unilateral de lo subjetivo y la unilateralidad es un límite, esta falta se demuestra al mismo tiempo como una inquietud, un dolor, como algo negativo” (Lecciones sobre estética, ed.Glockner, I, p.141). Kierkegaard quiso invertir el punto de vista hegeliano, colocando a la S. por encima de la objetividad: “El error está, en principalmente en que lo universal, en lo que el hegelianismo hace consistir la verdad (y el individuo llega a ser la verdad si está sujeto a él), es una abstracción: el Estado, etc. Hegel no llega a decir qué es la S. en sentido absoluto, y no llega a la verdad, o sea al principio que enuncia: que, en última instancia, el individuo está en realidad por encima de lo universal” (Diario, X² A 426) (p. 1069).
Ferrater Mora traza al concepto más extensamente de la siguiente forma: La definición más general que puede darse de “subjetivismo” es: la acción y efecto de tomar el punto de vista del sujeto. El sujeto puede entenderse como un sujeto individual, como el sujeto humano en general o como el sujeto trascendental en sentido kantiano. En este último caso no puede hablarse de subjetivismo porque, porque el sujeto trascendental es el conjunto de condiciones que hacen posible el conocimiento para cualquier sujeto cognoscente y, en último término, el conjunto de condiciones que hacen posible todo conocimiento, aunque no sea formulado por un sujeto concreto.
En general, cuando se habla de subjetivismo, el sujeto que se tiene en mente es algún sujeto humano individual…un individuo. El punto de vista de tal sujeto es un punto de vista particular y privativo. En principio, este punto de vista puede ser correcto (al cabo, un solo sujeto particular puede acertar y todos los demás pueden errar). Pero se presume que el punto de vista del sujeto particular está restringido sólo por sus particulares condiciones y que éstas condicionan los juicios formulados. Si las condiciones particulares de un sujeto no coinciden con las de otros sujetos, no se desemboca en un punto de vista inter-subjetivo, sin el cual se supone que no se puede alcanzar objetividad.
El subjetivismo es por ello emparejado al relativismo, y principalmente al relativismo individualista. El subjetivismo puede afectar a juicios de valor tanto como a juicios de existencia, pero lo más común es vincular el subjetivismo a juicios de valor.
Suele denunciarse al subjetivismo como manifestación de la arbitrariedad del sujeto o individuo que formula opiniones un tanto etéreas. Juicios formulados en virtud de intereses subjetivos (“personales”, “individuales”) y mediante procesos racionales de estos intereses es estimado como juicios inadmisibles si se quiere alcanzar “la verdad”; así se equipara de continuo el subjetivismo con el relativismo a ultranza. Se dice, a propósito, que una opinión subjetiva es una opinión “parcial”, arbitraria, improcedente, subjetiva.

Ortega y Gasset, dice: "La verdad, lo real, la vida -como queráis llamarlo-, se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve será un aspecto real del mundo."
El perspectivismo ortegiano sustenta la multiplicidad de los posibles puntos de vista sobre lo real, una suerte de “subjetivismo objetivo”; pero esta diversidad debe ser unificada desde algún principio directriz. Este principio rector radica, para Ortega, en la afirmación de que esas perspectivas múltiples no son contradictorias y excluyentes unas para otras. Todo lo extremo contrario, esas perspectivas deben ser unificadas, porque en cada una de ellas hay una fracción de verdad; de modo que "la Verdad" estaría constituida por la unión de esas múltiples perspectivas. Ello lleva a entender la verdad como algo que se va alcanzando paulatinamente en la medida en que se van unificando perspectivas.

Según esta tesis, el otro, el absolutamente otro, tiene un propio valor en sí, en cuanto sujeto de personales perspectivas; aunque su perspectiva no coincida en ningún momento con la mía. El otro será más estimable en la medida en que irradie mejor su perspectiva, su personal punto de vista, en la medida en que guarde más fidelidad a su individualidad. El único imperativo que puede conservarse como absoluto es, precisamente, el imperativo de la individualidad, el que nos dictamina ser fieles a nuestros propios puntos de vista. Ser auténticos llama Ortega a esta condición.
Para no caer en el escepticismo ni en el relativismo se impone la solución de la síntesis de las perspectivas. Esta síntesis puede ser resumida en el plano moral, político o religioso con el término "tolerancia". Tolerancia no significa, de modo alguno, la renuncia a los propios enfoques o a la obstinación en que el otro renuncie a las propias y suyas. Al contrario, tolerancia significa la aceptación de que las posiciones del otro tienen el mismo derecho a existir que las mías, porque unas y otras son parciales y complementarias. Así entendida, la tolerancia es un valor positivo que fundamenta una convivencia más armónica al interior de los grupos humanos.

domingo, 18 de marzo de 2012

Blogs: droga pesada

En la medida que hemos incursionado en esto de los Blogs hemos constatado que tienen la trascendencia espiritual de una cáscara de papa. Es decir ninguna. Un blog tiene menos trascendencia metafísica que un estornudo de gato. Es un suspiro en medio de la noche o, como querrán oír otros, un pedo en la geometría resonante de una cóncava taza de water.
Los blogs nunca contendrán la latencia fáctica de las creencias humanas.  Podría ya escribirse un “ethos” del espíritu bloguero y sería vacuo. Recordemos que trascender es “ascender subiendo”: es decir un movimiento de vector diagonal hacia delante y arriba.
Los blogs son una buena herramienta periodística que se preocupa de lo contingente e inmediato, de la “doxa” griega. Opiniones que se las lleva el viento, sin ninguna profundidad ni valía en relación con lo auténticamente importante.

Pero si tienen una auto-trascendencia, en el concepto de Aldous Huxley. El alcohol es una de las muchas drogas utilizadas por los seres humanos como un escape de uno mismo. Los blogs en esta etapa experimental aún, también se están convirtiendo en una válvula de escape, un ausentarse de sí mismo y quedar vacante y franco para visitar un mundo que no es el real. Desde la amapola hasta el curare, desde la coca andina hasta el cannabis hindú, cada planta, yuyo u hongo capaz de excitar o evocar visiones con su ingesta, ha sido descubierto y sistemáticamente utilizado desde hace tiempo. Esto parece probar que en todas partes y desde siempre, los seres humanos han experimentado su existencia personal como inadecuada.  Explorando el mundo a su alrededor, el hombre primitivo, evidentemente “probó todo y se quedó con lo que le era útil”. Con el objetivo de la auto-preservación, lo útil es toda fruta y hoja comestible.

En los tiempos modernos, la cerveza y otros atajos tóxicos hacia la auto-trascendencia no son venerados oficialmente como dioses. La teoría ha sufrido un cambio, pero no la práctica, porque en la práctica, millones de hombres y mujeres civilizados continúan con su devoción al alcohol, hashish, opio y sus derivados, barbitúricos y los otros venenos sintéticos capaces de causar la auto-trascendencia. En todos los casos, por supuesto, lo que parece un dios es en realidad un demonio, lo que parece una liberación es en realidad una esclavitud. La auto-trascendencia es invariablemente un ir hacia abajo.

Y aparecieron los Blogs. Un brebaje tan tóxico y enajenante como cualquier “droga pesada”.

Las minorías gobernantes utilizan la búsqueda de la auto-trascendencia por parte de sus sujetos, en principio para divertir y distraerlos y en segundo lugar para llevarlos a un estado de alta sugestión. Las ceremonias religiosas y políticas son bienvenidas por la masa como oportunidades de envenenarse y son bienvenidas por los gobernantes como oportunidades de implantar sugestiones y manipular mentes que momentáneamente no son capaces de razón o voluntad propia.

Los blogs es la versión moderna de “Rebelión de las Masas” Orteguiano. En masa, estos mismos hombres y mujeres se comportan como si no tuviesen razón o voluntad propia. La intoxicación de masa los reduce hasta una condición infrapersonal y una irresponsabilidad antisocial. Drogados por el veneno misterioso que cada miembro excitado secreta, caen en un estado de sugestión similar a un trance hipnótico. Mientras en este estado, creerán cualquier cosa, actuaran ante cualquier comando o exhortación.

Cuando el delirio de masa es explotado por el beneficio de los gobiernos e iglesias ortodoxas, los explotadores siempre se cuidan de no permitir que la intoxicación vaya demasiado lejos.
El síntoma final de la intoxicación de masa es la violencia maníaca. Nos encontramos con delirios de masa que culminan en la destrucción gratuita y en la auto-mutilación feroz. Una masa es el equivalente social de un cáncer. El veneno que secreta despersonaliza a sus miembros hasta el punto en que comienzan a comportarse con una violencia salvaje, de la cual, en su estado normal, serían completamente incapaces.
Para poder escapar de sus propios horrores, la mayoría de los hombres y mujeres elige no ir hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia los costados. Se identifican con alguna causa más amplia que sus propios intereses inmediatos, no necesariamente hacia abajo, y si hacia arriba, sólo dentro del rango de los valores sociales del momento. Esta auto-trascendencia horizontal, o casi horizontal, puede llevarse a cabo a través de la auto-identificación con cualquier actividad humana, desde manejar un negocio hasta investigar en física nuclear, desde componer música hasta coleccionar estampillas. Desde ir al cine a ver películas 3D de manera compulsiva,  hasta tener un blog compulsivamente actualizado; lleno de enlaces a “amigos y amigas virtuales” a los que nunca les verá el rostro y con los que jamás experimentará un apretón de manos o una palmada en la espalda de desinteresada aprobación empática.

domingo, 11 de marzo de 2012

Escaneo anímico

Muy a menudo, franquea el ser anímico etapas de gran porosidad y apertura y, en otros, de extremo hermetismo callado y petrificado. Una pre-ocupación difícil o aguda suele originar un excesivo ensimismamiento, una densa concentración en nuestra intimidad. Se vuelve el alma, por así decirlo, de espaldas a la gran apertura mundanal y solo atiende con máxima atención y tensión a la pena contingente o conflicto cercano que ocupa entonces el epicentro anímico. Nada de afuera le llega adentro, nada externo se hace interno: va el alma sorda y ciega y muda. El sentimiento de alegría, por el contrario, que vuelve hacia fuera el alma, la desconcentra y exterioriza y la convierte en una amplio tramado de abiertos poros, en una suerte de pabellón auricular, lanzado a recoger los pormenores movimientos acústicos.

Y como todo ser débil alimenta sus preocupaciones por sus debilidades –así el enfermo-, sucede que los hombres débiles suelen ser criaturas poco sensibles, poco afectivas y extrañamente impenetrables y herméticas.
Entonces, cuando en el alma llega a ser hábito o progresión constitutiva el hermetismo hacia fuera, tenemos un carácter “insensible”; cuando se padece hermetismo hacia dentro, el hombre tiene el alma “seca”, enjuta, sin desagües.  Y aunque no es lo corriente, se puede ser muy sensible para recibir impresiones del mundo y a la par que muy seco y huraño en las propias reacciones sentimentales. Así sucede que el hombre muy inteligente suele ser al mismo tiempo, muy fino recepcionista del entorno circundante, exquisitamente sensible, y sin embargo, de un fondo íntimo sumamente seco e infecundo. Es muy difícil ser, a la misma vez, sensible y sentimental
Y este “hallarse hermética” u “obliterada”, abierta o cerrada el alma, puede decirse en dos sentidos. Nuestra alma puede estar abierta o cerrada hacia fuera, esto es, a lo que en el abierto mundo hay y le acontece; o bien, abierta o cerrada hacia adentro; es decir, al interior de los propios sentimientos que germinan en nuestra intimidad.

Póngase atención en lo que sucede cuando de súbito percibimos que nos inunda un estado de tristeza o brota una antipatía hacia otra-cualquiera persona. Doña tristeza se presenta como un espectro deprimente que va disminuyendo la estabilidad de nuestra persona; podemos, por un instante, establecer, como en una marea, la altura a la que llega; hay tristezas periféricas que no llegan al epi-centro de la persona, y hay tristezas profundas que inundan todo nuestro ser. En las primeras, el “yo” se siente aún intacto; la tristeza está en torno a él, pero más o menos lejana, pero no en él. En las tristezas profundas, el “yo” queda sumergido y, como se dice ahora, asfixiado en angustia.
La antipatía, ese movimiento anímico contra alguien que de pronto nace en nosotros, no sale tampoco de nuestro yo. Yo-soy el que piensa, el que decide y quiere, soy autor de mis pensares y de mis haceres volitivos; pero la antipatía la encuentro en mí sin que yo la haya llamado ni hecho; surge contra todas mis reflexiones, contra toda mi voluntad. La persona antipática es, acaso, indulgente y compasiva conmigo, no tengo nada que decir contra ella, y, sin embargo, ese impulso de antipatía surge en mí por explosión espontánea, sin mi consentimiento ni colaboración. El terreno, pues,  del volumen íntimo de donde mana y brota la antipatía –como la tristeza- es distinto del lugar geométrico psíquico que llamamos “yo”. A veces noto que mi yo llega a aceptar esa antipatía, a tomarla sobre sí, a responsabilizarse de ella. Quiere decirse que ese punto del alma donde la antipatía nació ha traído el eje de mi persona y se ha instalado en él. En cada momento surgen en nosotros esos impulsos del alma que vemos situados en torno a nuestro núcleo personal y a distancias distintas.
Lo propio acontece con los deseos o apetitos que nacen y mueren con nosotros, sin considerar para nada con nuestro particularísimo  yo. Son míos propios, repito; pero no son yo. Por eso el psicólogo diestro tiene, a mi juicio, que distinguir entre el “yo” y el “mí”. El infernal dolor de muelas, me duele a mí y, por lo mismo, él no es yo. Si fuésemos un mero dolor de muelas, no nos dolería: doleríamos más bien a otro, e ir a casa del dentista equivaldría a un suicidio, pues como dice Hebbel, “cuando alguien es una pura herida, curarlo es matarlo”.

miércoles, 29 de febrero de 2012

La vida de cada cual

Conocerse y hacerse a sí mismo es una cuantía que se va perfilando en el bípedo implume a medida que entra por los recovecos de la vida y va haciendo caminos por los caminos de la inteligencia y se va haciendo más autónomo, menos irresponsable y más maduro. Para llevar con cierta destreza las riendas de la propia existencia, esquivar los obstáculos que surgen a cada paso, saber frenar v acelerar en el momento clave, conducir a velocidad moderada, con firmeza y mesura, sin peligro para los demás ni para sí mismo, por las autopistas de este mundo de hoy, tan intrincado y  obscuro; la delicada maquinita de su persona, de maltratado yo; si, esto exige un elevado índice de autocontrol, de autogobierno, al que sólo es posible acceder por dos vías obligatorias: la del conocimiento de nosotros mismos y la del  poderío y control responsable de nuestros actos. No hay que buscar muy lejos, pues la vida está adentro de cada cual; LA VIDA ES CADA CUAL. ¿Qué es, pues, vida? - Pregunta Ortega- No busquen ustedes lejos, no traten de recordar sabidurías aprendidas. Las verdades fundamentales tienen que estar siempre a la mano, porque sólo así son fundamentales. Las que es preciso ir a buscar es que están sólo en un sitio, que son verdades particulares, localizadas, provinciales, de rincón, no básicas. Vida es lo que somos y lo que hacemos: es, pues, de todas las cosas la más próxima a cada cual. Pongamos la mano sobre ella, se dejará apresar como una ave mansa.
El conocimiento de uno mismo es labor constante y de todas las etapas de la vida, ya que nunca acaba, pero nos mantiene alertas y activos, observando hacia nuestro interior en la alentadora autocrítica que permite poner a punto el potencial de nuestras posibilidades para superar las problemáticas vitales y lograr una más grande y certera eficiencia, actuando con deportivo optimismo y reverdecida confianza.
Este conocimiento de nosotros mismos, sin dejar de ser realista y objetivo, ha de permitirnos apuntar la atención en nuestras calidades y cualidades más sobresalientes, aquellas que nos permitan sentar los cimientos de una sólida auto-estima que nos excite e impulse a la acción y a la concreción de nuestros mejores anhelos, de nuestros caros ideales. El conocimiento de nosotros mismos nos permitirá averiguar lo que podemos llegar a ser sin perder el norte y la guía de lo que debemos ser, de nuestros ideales.

domingo, 26 de febrero de 2012

Pensar propio y ajeno

El pensar por sí no se logra desde el vacío. Únicamente lo que pensamos por nosotros mismos puede sernos en realidad manifestado. Por supuesto que lo históricamente pensado, el contacto con la tradición cronológica de antiguos pensamientos despierta en nosotros visiones de paisajes de verdad ya visitados. Este estudio de lo anterior nos predispone a cierta confianza con las ideas. Pero es el propio filosofar, al final, el que se encarama por las perimetrías de figuras históricas. El hilo conductor de los tres requisitos kantianos nos ayudará a vislumbrar el camino: pensar por sí mismo; pensar en lugar de cualquier otro; pensar de acuerdo consigo mismo. Estos requisitos representan tareas gigantescas y nos abre senderos infinitos. La filosofía, dijo alguien, es un constante ir de camino…camino que algunos han transitado…hasta ciertos cuadrantes. La historia nos ayuda a andar estos tramos sin perdernos. Si no tuviésemos esa confianza en los hitos del pasado no nos daríamos el trabajo de leer y estudiar a Platón o a Ortega y Gasset. Confiamos en la dirección indicada y empezamos a tener por verdadero algunas ideas ya pensadas. No necesitamos hacer reflexiones críticas en todo momento, no empezamos por no tener por verdadero, ni paralizando el andar a cada momento en que se nos atraviesa una duda –como un animalejo inesperado-. Obedecemos. Esto quiere decir además el respeto que no se permiten  críticas baratas, sino solo una, la que parte del propio trabajo, la que se acerca paso a paso al asunto y logra alzarse hasta su digno nivel. Es gran placer intelectual cuando logramos tomar algo como verdadero alguna idea ajena que ha sido, analizada y depurada, y que logra convertirse en convicción propia en el solamente pensar por sí.
Sabemos que ningún filósofo, ni siquiera el que consideramos el mejor está en posesión de la verdad absoluta. Solo se arriba a ciertas verdades cuando en el pensar por sí se hace en esfuerzo auténtico y laborioso de pensar en lugar de cualquier otro. Cuando se intenta seriamente pensar lo que ha pensado otro, se amplifican las eventualidades de la propia verdad, incluso cuando se intenta confirmar el pensamiento ajeno. Entonces solo se llega a conocer este cuando se tiene la valentía y perseverancia de sumergirse totalmente en el. Entonces, quien filosofa no se vuelve solo hacia el filósofo de sus preferencias, aquel al que estudia reconcentradamente, sino también a la historia universal de la filosofía, para tener referencias cronológicas de lo que pasó y se pensó.
Esto puede causar dispersión e inconexión. Allí nos protege el tercer requisito kantiano: pensar de acuerdo consigo mismo; en todo momento y a la defensiva, nos pone en guardia contra la tentación constante de entregarse ante lo pintoresco y pirotécnico, ante la propensión a lo novedoso y al deleite de la admiración por demasiado tiempo.
Aunque la idea de unidad de la historia de la filosofía fracasa constantemente esta no debe ser un portón cerrado, sino una posibilidad siempre abierta. Todo entra en lógica conexión cuando se recoge el yo singular del que entiende. Allí es cuando hay que verificar nuestro propio pensar y entrar en el acuerdo con nosotros mismos reduciendo a la unidad lo diversificado, lo opuesto a su enfronte.
La exposición de la historia de la filosofía es necesaria para el propio co-filosofar.

viernes, 24 de febrero de 2012

La temida Libertad

Para Ortega y Gasset la vida es en esencia, libertad. La libertad no es una posibilidad sino una inextirpable condición humana. La libertad es una accesibilidad a sí mismo y esto lo convierte en una potencia radical e incondicional para la vida. Una libertad sin apellidos…genérica. La libertad jurídica, por ejemplo, es cosa de abogados. Es un error que ha vuelto superficial y achatado este enorme asunto, entender la palabra “libertad” refiriéndola primariamente o exclusivamente al derecho y la política como si fueran éstos la vertiente de donde emana el fluir general de la vida humana que llamamos libertad. Porque se trata, verdaderamente, de esto. La libertad es el aspecto que la vida entera del hombre toma cuando sus heterogéneos elementos llegan a un nivel en su desarrollo que produce entre ellos una determinada igualdad dinámica. Tener una idea clara de lo que es “libertad” supone haber definido o encontrado con algún rigor la fórmula de esa ecuación. Tomamos intensamente conciencia de nuestra libertad cuando re-conocemos que nos apuntan requerimientos que, depende de nosotros aceptarlos o rechazarlos. Quién no re-conoce esto, no puede, en consecuencia requerir nada de los demás.

“La vida deja un margen de posibilidades dentro del mundo, pero no somos libres para estar o no en este mundo que es el de ahora. Sólo cabe renunciar a la vida, pero si se vive no cabe elegir el mundo en que se vive. Esto da a nuestra existencia un gesto terriblemente dramático. Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a sabor, como se elige el teatro después de cenar, sino que es encontrarse de pronto y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable, en éste de ahora. Nuestra vida empieza por ser la perpetua sorpresa de existir, sin nuestra anuencia previa, náufragos en un orbe impremeditado.”
“Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia –las posibilidades- es lo que de nuestra vida nos es dado e impuesto. Ello constituye lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse, desde luego, en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esta fatalidad vital no se parece a la mecánica. No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada. La fatalidad en que caemos al caer en este mundo –el mundo es siempre este, este de ahora- consiste en todo lo contrario. En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias y, consecuentemente, nos fuerza… a seguir. ¡Sorprendentemente condición la de nuestra vida! Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo”
.
Hay múltiples opiniones respecto a la libertad, que vivenciaron y encerraron en conceptos los griegos dorados, cuando comenzaron a vivir “épocas de libertad”. Para Heidegger , por ejemplo, opuesto a Ortega, afirma que la libertad no es nada que se ejercite y menos tiene carácter de necesidad de forzarnos por el hecho mismo de sentirse vivo. En el pensamiento de Heideggeriano no hay lugar para determinaciones originarias que se nos impongan, que nos impongan ser libres; como si la libertad fuese algo de carácter existencial que se ejecuta como el acto por excelencia.
El hombre, trae prefijada e impuesta la libertad para elegir lo que va a ser dentro de una amplia gama de posibilidades. Le es dado el poder elegir, pero no le es dado el poder no elegir. Quiera o no, está comprometido en cada momento a discriminar a hacer esto o aquello, a poner su atención y compromiso en algo determinado. De donde resulta que esa libertad para elegir, que es su privilegio en el firmamento del ser, tiene a la vez el carácter de condena y funesto destino, pues al estar condenado a tener que elegir su propio ser está también condenado a hacerse responsable de ese su propio ser, responsable, por tanto, ante si mismo, cosa que no sucede con la piedra, la planta ni el animal, que son lo que son inocentemente, con una envidiable irresponsabilidad. Y por esta condición irremediable resulta ser el hombre, ese extraño crío se va por el mundo llevando siempre adentro un reo y un juez fusionados y que son él mismo.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El Mal Interno

El desgano ante la vida aparece cuando la conciencia se hace inhóspita a sí misma. Este desgano, primero, para la acción después para todo el ser; esta improductividad o falta de iniciativas va lentamente cristalizándose en cada poro hasta colonizar el cuerpo entero. Aparece, lentamente, como un no-cuidado, un descuido de sí, un sin cuidado o seguridad o seguritas, sine cura. Enfermo, sin cura, expuesto a los ingentes elementos de la vida. Este desamparo, entregada la sien al enemigo que avanza por todos los flancos con sus disfraces voraces: la soledad, la enfermedad, la miseria, la muerte; descuido y entrega ante el Mal interno o externo: la oprobiosa degradación ante sí mismo. El Mal interno: la tristeza –faz radical del Ser- es uno de los más corrosivos, que se agarra a las carnes como cáncer letal. Nos entristecemos, no por los Otros, ni por el mundo y sus problemas –lo que sería encomiable- sino que la tristeza arrastra consigo un origen que no conoce y un porqué de sí misma que no logra traducir.
Esta acedía, abandono de sí comienza por un fastidio y un aburrimiento ante el mundo. El mundo no ofrece ningún atractivo que nos impulse a la acción. La tristeza, ausencia de alegría nos ha invadido. Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil. De cuando en cuando da un aullido lastimero o enseña los dientes a las cosas que pasan. Y todas las cosas nos parece que hacen camino rendidas bajo el fardo de su destino y que ninguna tiene vigor bastante para danzar con él sobre los hombros. La vida nos ofrece un panorama de universal esclavitud. Ni el árbol trémulo, ni la sierra que incorpora vacilante su pesadumbre, ni el viejo monumento que perpetúa en vano su exigencia de ser admirado, ni el hombre que, ande por donde ande, lleva siempre el semblante de estar subiendo una cuesta –nada, nadie manifiesta mayor vitalidad que la estrictamente necesaria para alimentar su dolor y sostener en pie su desesperación.” Dice Ortega en El Espectador.

La tristeza no es un mal externo. Santo Tomás llamó a la acedía (pereza, desgano), “tristeza del bien interno”. Se trata esta de la tristeza del bien interno divino; lo que es un delito gravísimo para el creyente. ”La tristeza: un apetito que ninguna desgracia satisface”. Dice Ciorán. La tristeza, la profunda, la auténtica no tiene raíces substanciales. La tristeza es comadre con el desgano –pero este no rompe con el mundo- y, también con el aburrimiento que es manifiesto y abierto rechazo ante toda presencia ontológica que amenace nuestro preocupado “estar delante de nosotros en vista de nosotros mismos”, según la conocida expresión de Heidegger. La tristeza es huída permanente, rechazo que elimina ipso facto todo presente, obviando ese sí mismo que jamás llegará a ser así, presencia ante sí.
La tristeza que marcha sobre el desgano y el aburrimiento tiene una abierta hostilidad al presente. Hostilidad que se aclara en tanto en cuanto el presente “nos detiene” en la consideración de lo Otro; en cuanto el presente real. El presente es un detenerse, un suspenderse de los afanes del mundo en que aparece violentamente la tristeza con su guadaña mortal: la nada.
El hombrecito en su existir humano se va inventando estratagemas inquietantes para huir del vacío, maña que consiste en no hacer nunca cuentas con el presente; el abstraerse de él, romper permanentemente con él…proyectando compulsivamente el futuro.

Por eso nos quedaremos con esta frase de Ciorán que nos sirve de asidero ante el abismo infinito de la nada.  “La filosofía sirve de antídoto contra la tristeza. Y hay quienes creen aún en la profundidad de la filosofía.”

martes, 14 de febrero de 2012

"Lógica del amor"

La fórmula del “te quiero porque me quieres” casi nunca falla.
¿Quieres tu, amable e inteligente lector, que esa bella representante del sexo débil (¿…?) que hasta este momento no tiene la mas remota noción de que tú existes; comience a interesarse en ti…es decir te dé boleto? Pues aplica la siguiente fórmula cabalística; sacada de los arcaicos libros de nigromancia del mismísimo Ubjaldún Demir al Jasám, a saber; hazle saber (a la afectada) con algún artilugio socialistoide (amigo o amiga) que estás interesado en sus asentaderas…perdón en su graciosa personita. Que te sientes atraído hacia su favorecida y agraciada humanidad. En ese momento aunque seas el más feo, deforme, repugnante, amorfo, contrahecho, desagradable y repelente individuo que pisa la faz del glóbulo terráqueo  ella –todo desdenes y fugas- dirigirá el foco rosado  de su atención hacia tu infausta y esmirriada complexión.

Muchas veces basta que nos digan “ a la Yajaira Babalú de las Mercedes le gustas” para que comencemos a sentir ese atávico chorro anímico de atracción hacia la susodicha damisela.
Los investigadores de la conducta (aunque se equivocan constantemente) hablan de esto como “RECIPROCIDAD” en los afectos, como un importante determinante de la atracción de los sexos. Y no es chiste. Dicho de otra manera, tendemos a querer a quién nos quiere; porque el aprecio que alguien siente por nuestra infausta entidad es una poderosa fuente de impulso y poderosa retaguardia que nos lleva a emanar y profesar torrentes de testosterona y de sentimientos positivos hacia esa persona.

Por otro lado declaran los psicólogos (esos señores que dicen que lo entiende a uno) que cuando mayor es la inseguridad de un individuo y mayores son sus dudas sobre sí mismo, más tenderá a apreciar a quién manifieste cariño por él. Es decir si usted es un vacilante, inestable, mudable e indeciso mas tenderá a “agarrarse” de la primera que le diga “te quiero”. A las mujeres les gustan los hombres con algunos signos de debilidad (dicen que es el síndrome de protección maternal sublimada a la sumisión falocrática por pérdida del osito de peluche paterno entre la segunda y tercera infancia); paradójicamente a los hombres con muchos atributos positivos –intelectualmente brillantes, honestos, decididos, etc.-, las mujeres los consideran inabordables y sobrehumanos.
Es decir, amables e inteligentes lectores, para enamorar a una mujer hay que ser un poco subnormal, zopenco, babieca, pelele y asno.

Estar Enamorado

Estar enamorado –a propósito de estos días- es un estado del alma muy complejo. El alma pareciera estar en un estado de hiperactividad, sobre todo la parte emocional, pero también se produce un angostamiento y una relativa paralización de la conciencia. Por eso al enamorado se le dice, a veces, que está “ido”, que tiene “sorbido el seso”, que está “atontado”. ¡Pero si este niño anda como guevón!. Bajo el dominio del enamoramiento somos, en rigor, menos y no más, que en la existencia habitual.

El estar enamorado es, antes que otra cosa, un fenómeno de la atención. ¿Cómo es eso?.
No es posible atender algo sin desatender otras cosas que, por lo mismo, quedan como en un segundo plano, presencias secundarias, a manera de coro y de fondo.
La atención –potente foco mental- se posa sobre algo y esta zona se convierte en máxima iluminación, el resto es solo vida en potencia, posibilidad, preparación. La atención, entonces, se desplaza de un objeto a otro, deteniéndose más o menos en ellos, según su importancia vital. Cuando la atención se fija más o menos “firme” y por mas tiempo de los habitual en un objeto, se habla de manía. El maniático no es otro, sino el que tiene el régimen atencional anómalo. El enamorado es  monomaníaco, un obseso.
En la sociedad se hallan frente a frente muchas mujeres y muchos hombres. La mayoría de las veces la atención resbala sobre los cuerpos sin detenerse en ninguno; existe mas desatención que atención.
Pero llega un momento –mágico dicen algunos- en que la atención se fija en otro(a); es entonces cuando, anómalamente, la atención queda paralizada, inmovilizada, detenida sobre otra persona. Esto se produce casi con matemática mecanicidad y cada día que pase aquella alma “posesa” desalojará mayor espacio en su ser y, dejará entrar en él, a raudales el objeto de su “amor”. Donde quiera que se encuentre el “enamorado”, sea cual sea su quehacer, su atención gravitará por el propio peso hacia la imagen, persona del amado. Como una suerte de aguja imantada que gírese hacia cualquier lado, siempre volverá magnetizada hacia el norte.
Desde ese momento ya le costará gran violencia poner en primer plano, sobre el telón de sus representaciones, otra visión que no sea la de su amor.

Hay en la vida mental del enamorado una progresiva eliminación de las cosas que antes le ocupaban y preocupaban. La conciencia se angosta y contiene solo un objeto; la atención queda paralítica, no avanza de una cosa a otra. “Theía Manía” (manía divina), decía Platón.
Lo curioso de todo esto es que el enamorado tiene la impresión –vive quimeras, espejismos, fabulosas transfiguraciones- de que su vida se superpotencia y enriquece y que su conciencia se hace mas amplia y profunda. Pero ocurre todo lo extremo contrario, al reducirse su mundo se concentra más, se jibariza, se empequeñece y amengua; todas sus fuerzas psíquicas convergen hacia un solo punto y esto da a su existencia un falso aspecto de superlativa intensidad.
Con todo esto, el enamorado, “pierde” parte de su horizonte vital, pero el-la que gana grandemente es “a quién ama”, el objeto de su amor. Porque el amor es eso: entrega a otro ser, cálida corroboración a un “absolutamente otro”… a quién se ama.

lunes, 13 de febrero de 2012

Como el primer hereje

El Dios de que se habla es un Dios lejano. Es un ser superantissimus, remoto y apartado. No tiene nada que ver con los hombres. Este Dios arbitrario, absolutamente indócil, potencia absoluta de libérrima totalidad; nunca, jamás, se ha dejado atrapar por la metafísica humana…es el gran imposible metafísico aspirar a conocerlo. Dios es anónimo. Este Dios fiero, magnífico, Ser tremendo y encerrado en su mayestática soledad -universal soledad- no se deja domesticar como león libio o tigre malayo; aunque, el hombre, desesperadamente ha querido apresarlo, comprimirlo como si fuera una gragea. La gragea óntica de los escolásticos. Ha habido muchos dioses gentiles a lo largo, ancho y profundidad de la historia humana; el Dios ockamista, mas auténticamente cristiano; el Dios aristotelizado y pagano de Santo Tomás, entre otros múltiples.
Siempre hemos habitado el ámbito del agnosticismo, con la visión acomodada a lo primariamente inmediato. La palabra del agnóstico es “experiencia”; atención exclusiva a “este mundo”. Aunque muchas veces el ojo se nos gira revolando a la línea fronteriza entre ambos mundos. Esta “línea” divisoria, por ser de este mundo tiene un carácter “positivo”, y por comenzar el ella el mundo del “más allá”, tiene un carácter de “trascendente”. Pero cuando nos hemos acercado a esta división mundanal la gran ciencia de Dios se nos ha alejado.
Observamos al hombre gnóstico para aclarar nuestro régimen atencional; muchas veces necesitamos sostenernos, patear el suelo que pisamos para constatar si es lo suficientemente denso y sólido para que nos sostenga.
El gnóstico parte ciertamente de un asco a “este mundo”. Esta profunda repulsión hacia todo lo sensible de “este mundo” es uno de los fenómenos más insólitos de la historia. Con Platón comienza esta marea indominable y desde el siglo I  gran parte del mundo está borracho de asco a lo terrenal. Las almas  se acomodan en lo ultramundano, sorprendente por lo extrema y lo exclusiva. Solo existe para el alma lo divino; es decir, lo que en esencia es distante, remoto, ultrareal, mediato, trascendente. Hay aborrecimiento general por lo inmediato; el asco hacia “este mundo” es tal, que el agnosticismo no admite siquiera que el mundo lo haya hecho Dios. El ámbito del gnosticismo no tiene planos intermedios y se compone, en última instancia en “otro” absolutamente mundo; por eso su vocablo es “salvación”, que quiere decir fuga, huida de éste y atención al otro.
Este Dios lejano e invisible que su existir consiste no existir en un mundo determinado, Dios no tiene mundo. Este Ser superpotente que no encuentra resistencia ni nada se le opone, no tiene fronteras, límites, es i-limitado, infinito. Para Dios vivir es flotar en sí mismo, sobrenadar en su mismidad, sin nada ni ante nadie. Ni a su favor ni a su contra, sino con el mismo en total unicidad. Ortega y Gasset, casi-agnóstico, dice bellamente: “De aquí el más terrible y el más mayestático atributo de Dios: su capacidad para ser, para existir en la mas absoluta soledad. Que el frío de esta tremenda, trascendente soledad no congela a Dios mide el poder de ignición, de fuego que en El reside”.

Dios es dinamismo puro, nunca un ente, comprimido en un concepto medieval. Decíamos que no es posible acercarse a el con filudos conceptos filosóficos. Lo fundamental es confiar en El, y nada mas…esta es la auténtica fe. Dios es objeto de fe no de ciencia. Aunque para uno es lejano y aún inexistente el poder creer en que Dios existe es, antes que creer esto, creerle a El, confiar en El aún, todavía para nosotros supuesto y aparente. Esta extraña combinación es la auténtica fe.
Muchas veces nos hemos sentido como el primer hereje que ponía a Dios muy lejos, porque le tenía suficiente respeto. Cuantos de nosotros hemos pedido –en la alta noche y susurrando- que traspase las infinitas distancias y nos abrigue con sus gracias para guarecernos de la terrible frialdad congelante de la soledad humana.

jueves, 2 de febrero de 2012

con-memoración

Muchas veces nos sucede que quisiéramos estar donde no estamos. Sucede a menudo que el alma pereciera dilatarse fabulosamente, acortando las magnitudes físicas –tiempo y espacio-; y aparecieran ante nuestra retina asombrada, lugares remotos y personas que dejamos en otras latitudes de la vida; en otros ámbitos de la existencia…en otras circunstancias.
Describir mi aquí y ahora; la vertiente fluvial que hacia mí envía la realidad presente –patente y latente- es faena relativamente fácil, sobre todo si nos atenemos a las leyes de la lógica. Pero ese chorro luminoso que arrastra desde el pasado sus signos vagos e imprecisos, sus fantasmales hologramas, sus voces sin sonido, sus nebulosas figuraciones; desde ese pasado que todos llevamos consigo, que se nos actualiza en el “ahora” como recuerdo, como con-memoración de lo que ya no es, de lo que ya fue. Eso ya no es tarea de fácil interpretación.

Cómo olvidar –por ejemplo- el halo cálido del amor sin reservas de Ruth. Sentir como en razón inversamente proporcional a como se pone el magnífico sol nace en el alma la magnífica esperanza; y como regalo -dádiva gratuita que nos entrega sin esperar nada a cambio- nos concede generosamente su ser entero.

Son momentos que no se olvidan, que quedan impresos en la memoria; que nunca se esfuman como aquellos otros amores de ficción; nunca se resquebrajan -como algunas máscaras fraudulentas que se nos han aparecido sobre las tablas vitales-; sino en el fondo sólido del pozo de la memoria, inca su ancla de oro.

Y así nos vamos haciendo, a costa de lo que fuimos. “Vivir y sentirse vivir son dos cosas incompatibles”, dice Ortega y Gasset. Pero cuando recordamos se nos da la oportunidad de sentir que –en efecto- hemos vivido y, además, hemos sido felices. Y, maravillosa naturaleza…¡volvemos a ser felices!. La felicidad aparece en nosotros, sino cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, inactiva, cesante, en franquía. Cuando se advierte el desequilibrio entre nuestro ser potencial y nuestro ser actual.
Pero nadie está totalmente vacío, vacante, deshabitado de sentires y de haceres; pues la realidad va imprimiendo en nuestra memoria –especie de disco duro en la electrónica del cerebro-, en nuestra tábula rasa; va dejando en nosotros huellas del universo, imágenes en nuestra retina, acentos en el corazón.
Recordar no es entonces tarea inútil e improductiva, es balance vital, puntos de referencia, hitos del páramo vital, parámetros esenciales; tabla de medida, voz oída, palabra escrita, experiencia y experticia, agenda y constatación existencial. En esa “mirada interior” a ese paisaje íntimo de los recuerdos, vemos, literalmente lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Y esa es una manera de ejercitar la esquiva felicidad.