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domingo, 28 de octubre de 2012

“... poéticamente habita el hombre...?”

En un breve ensayo “El arte y el espacio”, de Martín Heidegger, dice: “¿Cómo encontrar la mismidad del espacio? Hay una senda, realmente estrecha, oscilante. Percibirla en la lengua nos es dado. ¿De qué nos habla en la palabra espacio? En ella habla el espaciar.
Significa: talar, liberar lo selvático. El espaciar conlleva lo libre, lo abierto, para un situarse y habitar del hombre.
Espaciar es, en sí, la liberación de sitios, donde los destinos del hombre existente se proyectan con el bien de una nación, o en la desdicha del exilio, o frente a la indiferencia de ambos.
Espaciar es dar curso a los sitios, en los que un dios aparece; sitios de donde los dioses han huido, sitios en donde se retarda la aparición de la divinidad.
El espaciar origina el situar que prepara a su vez el habitar.
Los espacios profanos son siempre la privación de antiguos espacios sagrados.
Espaciar es la liberación de sitios.
En el espaciar se manifiesta y se encierra un acontecer. Carácter éste del espaciar fácilmente desatendido. Y cuando es percibido, aún es difícil determinarlo, ante todo porque el espacio físico-técnico sigue siendo el espacio al cual toda denotación sobre lo espacial debe primeramente referirse.”
Los arquitectos universitarios se han apoderado de estos textos heidegerianos y se los introyectan –a la vena y sin anestesia- a los incautos estudiantes, tratando de decirles algo sobre que es el espacio. “En el espaciar se manifiesta y se encierra un acontecer”; con esta frasecita traída desde el mismísimo Olimpo quieren decir, por ejemplo, que en-espacio-baño-acontece-el-defecar.
Que el espacio está repleto de hoyos; qué, ¿Qué devendría del vacío del espacio? El vacío se me aparece casi siempre solamente como una carencia, una ausencia de algos. El vacío sería entonces como la carencia por colmar espacios huecos e intra-mundanos (los de fuera del mundo no cuentan). Pero ese espacio vacío está relacionado justamente con las particularidades del sitio y por eso no es una carencia sino una creación. En ese momento ya todos los todos los estudiantes y el  dueño de la cátedra son poetas, hermanos del mismísimo Dante y de Goethe…si porque “poéticamente habita el hombre” oyó decir Heidegger a Hölderlin; y se tomó de esa frase para construir un edificio ideológico, una caja lineal en donde los arquitectos pudieran encaramarse por sus ejes y jugar a ver quién-sube-mas-arriba.

“... poéticamente habita el hombre...?”. Que los poetas habitan a veces poéticamente –muchos aún mueren tuberculosos, escribiendo versos a la luz de una esmirriada vela, a su amada infiel-, es algo que aún podríamos imaginar. Sin embargo, ¿cómo “el hombre”, y esto significa: todo hombrecito que pisa la tierra, y siempre, puede habitar poéticamente? ¿No es más bien todo habitar incompatible con las melodías pastoriles de los poetas? Mas bien nuestro habitar está atormentado por la escasez y  carestía de viviendas dignas. Aunque esto no fuera así, hoy día nuestro habitar –muchas veces en un cuarto de tres por tres- está espoleado por un trabajo cansador y poco estimulante -inestable debido a la competencia infernal de ventajitas y éxitos efímeros-, apresado por el encanto de las empresas de placeres y de ocios. Pero aún allí donde, en este co-habitar viciado de hoy queda aún huecos en el espacio y se ha podido ahorrar sacrificadamente algo de tiempo para lo poético, en el mejor de los casos, esto acontece por inter-medio de una ocupación con las artes y las letras, ya sean éstas escritas o emitidas (Internet, radio o televisión). La poesía queda entonces negada como un inútil u caduco languidecer o un mariposear hacia mundos irreales y ultramundanos y es –por la mayoría- rechazada como evasión a otros espacios, quizás idílicos o quizás infestados de demonios, como vía de escape de realidades agobiantes.
Heidegger aclara que los “Mortales” son los que habitan la tierra. Los inmortales la habitan pero no son hombres (¿serán arquitectos?) Los mortales son los hombres. “Se llaman mortales porque pueden morir. Morir significa ser capaz de la muerte como muer­te. Sólo el hombre muere, y además de un modo permanente, mientras está en la tierra, bajo el cielo, ante los divinos. Cuando nombramos a los mortales, estamos pensando en los otros Tres pero no estamos considerando la simplicidad de los Cuatro”.
¿Los Cuatro?, excúsenme, hasta aquí no más llegamos por hoy día.

jueves, 12 de abril de 2012

La angustia como aspirina frente a la Nada

La vida es futuro, el pasado ya fue (lo que fui ya lo fui) y somos lo que fuimos. Afirma Sartre: "Ser en el mundo no es escaparse del mundo hacia sí mismo, sino escaparse del mundo hacia un allende del mundo que es el mundo futuro". Y ese futuro inescrutable siempre nos provoca –además de colon irritable- angustia, una profunda angustia existencial. No confundir con el miedo…el miedo es un movimiento anímico que tiene que ver con las cosas y los casos relativamente inmediatos. Decía Freud: "Pienso que la angustia se relaciona con el estado subjetivo abstraído de cualquier objeto, mientras que en el miedo la atención está dirigida precisamente hacia un objeto". En cambio, para Sartre, el miedo sería un sentimiento en relación a los otros. La angustia, en cambio, para este filósofo francés sería más un sentimiento que apunta hacia uno mismo. Para Heidegger en la angustia es donde sentimos el mundo en su mundaneidad, es decir, como algo externo.
Afirma Heidegger que hay para el "Dasein" (ser en sí mismo) una contingencia permanente de encontrarse frente a frente con la mismísima nada y descubrirla como epifenómeno. Eso sería la angustia. El modo en que deberíamos enfrentar la nada, la cura de ese no-ser es… la angustia. La posibilidad, a fuerza de peripecias, de seguir existiendo frente a esa nada conminatoria es lo que estaría dado por la angustia. La angustia sería una suerte de “Mejoral” frente a la omnipotencia de la nada que merodea vouyerísticamente el ser finito.

La angustia estaría concebida por la potencia de la libertad, en tanto que tenemos la capacidad de elegir, de hacer algo o no hacer ese algo. Si no fuésemos libres, si existiéramos radicalmente pre-determinados, circunscritos en una suerte de destino; la angustia no existiría, a lo más advertiríamos una cierto conformismo estoico. Sartre dice que hay una conciencia concreta y definida de libertad y esta conciencia es la angustia y en ese sentido, la angustia somos nosotros mismos. Somos angustia.
Mi particular angustia sería la angustia de permanecer en la vida, porque habría de perseverar en la vida en la medida en que hay otro que está confirmando mi propia existencia. Entonces el peligro que tiene esa tentativa es que por un costado la tengo que realizar (la revalidación por el otro) para poder seguir viviendo, pero al hacerlo corro el riesgo de la muerte y eso nos arrastra a la angustia del ser, a la inquietante angustia existencial.
Somos un ser único e indivisible; somos en este breve instante presente, nada más y nada menos. Pero lo que somos en el aquí y ahora es el precipitado existencial de lo que hemos sido y lo que fuimos lo hemos sido en tanto en cuanto que hemos tenido un pro-yecto de ser-siendo y ese pasado existe en la exacta medida en que tuvimos un proyecto en el cual ese pasado era un futuro.

viernes, 24 de febrero de 2012

La temida Libertad

Para Ortega y Gasset la vida es en esencia, libertad. La libertad no es una posibilidad sino una inextirpable condición humana. La libertad es una accesibilidad a sí mismo y esto lo convierte en una potencia radical e incondicional para la vida. Una libertad sin apellidos…genérica. La libertad jurídica, por ejemplo, es cosa de abogados. Es un error que ha vuelto superficial y achatado este enorme asunto, entender la palabra “libertad” refiriéndola primariamente o exclusivamente al derecho y la política como si fueran éstos la vertiente de donde emana el fluir general de la vida humana que llamamos libertad. Porque se trata, verdaderamente, de esto. La libertad es el aspecto que la vida entera del hombre toma cuando sus heterogéneos elementos llegan a un nivel en su desarrollo que produce entre ellos una determinada igualdad dinámica. Tener una idea clara de lo que es “libertad” supone haber definido o encontrado con algún rigor la fórmula de esa ecuación. Tomamos intensamente conciencia de nuestra libertad cuando re-conocemos que nos apuntan requerimientos que, depende de nosotros aceptarlos o rechazarlos. Quién no re-conoce esto, no puede, en consecuencia requerir nada de los demás.

“La vida deja un margen de posibilidades dentro del mundo, pero no somos libres para estar o no en este mundo que es el de ahora. Sólo cabe renunciar a la vida, pero si se vive no cabe elegir el mundo en que se vive. Esto da a nuestra existencia un gesto terriblemente dramático. Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a sabor, como se elige el teatro después de cenar, sino que es encontrarse de pronto y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable, en éste de ahora. Nuestra vida empieza por ser la perpetua sorpresa de existir, sin nuestra anuencia previa, náufragos en un orbe impremeditado.”
“Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia –las posibilidades- es lo que de nuestra vida nos es dado e impuesto. Ello constituye lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse, desde luego, en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esta fatalidad vital no se parece a la mecánica. No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada. La fatalidad en que caemos al caer en este mundo –el mundo es siempre este, este de ahora- consiste en todo lo contrario. En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias y, consecuentemente, nos fuerza… a seguir. ¡Sorprendentemente condición la de nuestra vida! Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo”
.
Hay múltiples opiniones respecto a la libertad, que vivenciaron y encerraron en conceptos los griegos dorados, cuando comenzaron a vivir “épocas de libertad”. Para Heidegger , por ejemplo, opuesto a Ortega, afirma que la libertad no es nada que se ejercite y menos tiene carácter de necesidad de forzarnos por el hecho mismo de sentirse vivo. En el pensamiento de Heideggeriano no hay lugar para determinaciones originarias que se nos impongan, que nos impongan ser libres; como si la libertad fuese algo de carácter existencial que se ejecuta como el acto por excelencia.
El hombre, trae prefijada e impuesta la libertad para elegir lo que va a ser dentro de una amplia gama de posibilidades. Le es dado el poder elegir, pero no le es dado el poder no elegir. Quiera o no, está comprometido en cada momento a discriminar a hacer esto o aquello, a poner su atención y compromiso en algo determinado. De donde resulta que esa libertad para elegir, que es su privilegio en el firmamento del ser, tiene a la vez el carácter de condena y funesto destino, pues al estar condenado a tener que elegir su propio ser está también condenado a hacerse responsable de ese su propio ser, responsable, por tanto, ante si mismo, cosa que no sucede con la piedra, la planta ni el animal, que son lo que son inocentemente, con una envidiable irresponsabilidad. Y por esta condición irremediable resulta ser el hombre, ese extraño crío se va por el mundo llevando siempre adentro un reo y un juez fusionados y que son él mismo.

viernes, 6 de enero de 2012

La metafísica como salvación vital

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

domingo, 1 de enero de 2012

¿Qué es esto de la filosofía?

¿Qué es la filosofía? Muchos se quedan con la respuesta etimológico-psicológica: amor al saber. Como si el amor o el deseo de conocimientos tuviera que ser, per sé, filosófico, cuando casi  siempre el deseo de saber es necesidad primaria práctica, técnica o científica, y las más de las veces trivial curiosidad o curiosidad infantiloide; y como si la filosofía no pudiese ser también algo más que un simple amor a la sapiencia, es decir, como si la filosofía no fuese, ella, por sí misma un saber, por humilde que sea. “Conocimiento del universo” o “todo cuanto hay” –esto ya no es tan humilde- dice Ortega y Gasset; su objeto es mas general y penetrantemente singular y lo alcanza todo de modo diferente. La filosofía –a diferencia de todo otro científico- es un embarcarse hacia lo desconocido…sin saber nada positivo acerca de su objeto, y con la posibilidad de volver sabiendo que nunca sabrá. Esta es la singular peripecia de la filosofía.

De cualquier modo, el conocimiento filosófico no es un saber doxográfico, un hilo cronológico de saberes del pretérito; un saber acerca de las obras de Platón, de Aristóteles, de Santo Tomás, de Hegel, Kant o de Ortega y Gasset. El saber filosófico es un saber acerca del presente y desde el presente. Un aterrizaje forzoso en la más concreta y actualísima realidad. Eso sí, la filosofía es un saber de segundo nivel, que pre-supone otros saberes previos, “de primer grado” (saberes técnicos, físicos, políticos, matemáticos, biológicos...). La filosofía, estrictamente, no es “la madre de las ciencias”, una madre que, una vez crecidas las hijas, se considera jubilada tras agradecer los auxilios entregados. Al contrario, la filosofía pre-supone un estado de las ciencias y de las técnicas suficientemente maduras para que, desde allí, pueda comenzar a instituirse como una disciplina puntualizada. Es por esto que también las ideas de las que se ocupa y preocupa la filosofía, ideas que emanan precisamente del enfronte de los más variopintos conceptos técnicos, políticos o científicos, a partir de un cierto estadio de desarrollo, son más cuantiosos a medida que se produce este desarrollo.
En la medida en que la filosofía no es un sencillo y llano amor a la sabiduría, sino un efectivo saber, el filósofo ha de ser, de algún modo, un sabio, dotado de una sabiduría sui generis (aunque sus compendios no sean, según sus detractores, muy diferente al de una docta ignorancia). Desde este punto de vista podría confundirse con un necio simplón todo aquel que se autodenomine: filósofo; aunque pretenda, tercamente, justificar su tontera apelando a la respuesta etimológica. Porque filósofo, como hombre sabio -es decir, no sólo profesor de filosofía-, es un calificativo que sólo puede recibirse aplicada y validada por los otros…aunque estrictamente esto no es necesario.

La respuesta a la pregunta ¿qué es la filosofía? sólo puede llevarse a buen término objetando otras respuestas que, junto a la propuesta, constituya una sistemática de respuestas posibles; porque el saber filosófico es siempre -y en esto se parece al saber político- un saber contra alguien, un saber bosquejado frente a otros pre-ten(d)idos saberes.
Lo que quiere decir que prácticamente es imposible responder a la pregunta ¿qué es la filosofía? si no es en función de otros saberes que constituyen los ejes coordenados de una educación mas poderosa del hombre y del ciudadano.

martes, 27 de diciembre de 2011

La fotografía: tiempo congelado

El tiempo es algo en lo que se puede fijar arbitrariamente un punto que es un ahora, de tal manera que en relación con dos puntos temporales siempre se puede decir que uno es anterior y otro posterior. A este respecto ningún ahora puntual del tiempo se distingue de cualquier otro. Cada punto, como un ahora, es el posible antes de un después; y como después, es el después de un antes.        Martín Heidegger

 La fotografía es una imagen denotada. Muchas veces es claramente explícita y las más veces es puramente alusiva. Alude a una circunstancia pero no la transcribe en su pleno significado. Sabemos que la percepción visual humana es tremendamente compleja; sin embargo, la lente de una cámara fotográfica, como el ojo, debido a la sensibilidad lumínica, registran imágenes  a la misma velocidad en que ocurren. Percibimos la realidad como una fluencia unidimensional que viene comandada por una entidad misteriosa que viene del futuro, pasa raudamente frente a nosotros, en un presente inasible, y se precipita inequívocamente hacia el pasado, convirtiéndose en ese mismo instante en existencia abolida, inerte, inmaterial. En la memoria humana se convierte en recuerdo, a veces claro como mediodía, a veces difuso como...una fotografía desenfocada. Pero lo que hace una cámara fotográfica a diferencia del aparato ocular es muy particular. La cámara fija la apariencia del acontecimiento. Captura -de  ese fluido unidimensional- el fenómeno, lo que aparece, la apariencia de lo visible y lo congela, lo bloquea, lo conserva; no para siempre, pero sí mientras exista la película y/o los píxeles. 
La fotografía hace con la realidad humana un ejercicio que es muy difícil de hacer. La fenomenología llama "poner entre paréntesis" un hecho, para poder estudiarlo. La captura de la realidad objetiva ha sido un problema constante de la filosofía. En ese sentido el "realismo aristotélico" es el que más se acerca a la cámara fotográfica. La realidad es lo que perciben los sentidos. Y el sentido de la vista siempre ha sido poderoso en esa búsqueda.  El "ver para creer" de Santo Tomás. Por supuesto que la llamada "corriente de la conciencia", a lo Proust o a lo Joyce; o la primacía de "la idea" de Renato Descartes no puede ser aprehendida por una instantánea fotográfica; pero sí la expresión, el fenómeno externo. El sentido de un evento - diría Enrico Castelli- trasciende su eventualidad. La intención -gracias al Venerable - es privativo arcano de cada cual. 
La fotografía ha sido un registro del devenir de la realidad humana y su circunstancia mucho más infalible que la frágil memoria. Aunque se diga que este registro es segmentado, parcelado; instantes apenas, breves como el click de la cámara. Antes de la invención de la cámara fotográfica no había nada -aparte de la narrativa, que también tiene sus limitaciones en la aprehensión de la total realidad- que registrara tan fielmente la historia del hombre, salvo los ojos de la mente: la facultad de la memoria. Con la fotografía el pasado nos trasciende haciéndose presente, el tiempo se hace eterno, y lo cotidiano se nos vuelve una cronología común y atemporal. Con la fotografía la realidad humana se hace con-mensurable, podemos hacer mediciones temporales mas precisas y colocar hitos y testigos más exactos en la temporalidad lineal y dispersiva de la historia humana. 
La fotografía también dice "yo estuve allí". Este aspecto relacionado con lo experiencial es importante. Una vida interior necesita ex-presarse. Necesita ser sacada a luz exterior, rescatarse permanentemente de la oscuridad. El arte de la fotografía es un modo de expresión artístico. En ella -el fotógrafo- al mostrar y proponer ante otros su propia experiencia de vida - punto del vista, luz y contraste,  perspectiva-, su personal apreciación, su juicio marginal; objetiviza su percepción del mundo mediatizada por la cámara. En ese sentido, el fotógrafo, no solo rescata, como en la historia, lo otro que es digno de ser salvado de la irreversibilidad del tiempo y deja grabado imperecederamente en el reino de este mundo cosas y casos que de otro modo se hubiese perdido en los túneles del tiempo y los abismos del espacio. La nada que todo lo corroe merodeando siempre la finitud del ser, la frágil y breve existencia del "bípedo implume", disolviendo implacablemente la frágil memoria humana.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Un Voyeur Metafísico

Allá por el año 1951 invitaron a Ortega y Gasset a Darmstadt y, no sin sorpresa, se encontró en medio de una especie de congreso de Arquitectos. En esa oportunidad se quejó el filósofo que en Alemania no le avisan a uno nada,  de suerte que cuando lo invitan a algo no se sabe, por anticipado, qué es ese “algo”, y al ir no sabía ciertamente adonde iba. La otra sorpresa que se llevó es que se encontró con Martín Heidegger, una suerte de rival antifonero filosófico de Ortega, en ese momento. Lo único que le habían advertido era que el tema principal versaba sobre la técnica. Por lo que llevó a esa parte de la Germania una conferencia genial titulada: “El mito del hombre allende la técnica”.

Y así fue que uno de los arquitectos protestó que en las faenas arquitectónicas se introdujese el “denker” (el pensador) que, con frecuencia es “zer-denker” (des-pensador) y no deja tranquilos a los demás animales creados por el buen Dios. Ortega no se dio por aludido, pero haciendo uso de aquella “ironía socrática” que le caracterizaba, dijo: “El buen Dios necesitaba del des-pensador para que los demás animales no se durmiesen constantemente”. La mayoría rió de buena gana, sobre todo los más jóvenes. Sabemos que los arquitectos siempre están demasiado ocupados tratando de salir de sus laberintos euclidianos y tienen poco tiempo para pensar.

Ortega se preguntó es aquella histórica ocasión ¿Cómo se explica la existencia en el especialista (arquitecto) de este “primer movimiento” hostil ante todo brote de efectivo y diestro filosofar?. Y analiza ante todo dos razones. En al primera el especialista se ve obligado a percibir que su disciplina es parcial, que el, por tanto, es un hemipléjico o padece cualquiera otra enfermedad que “reduce al hombre a no ser sino un rincón de sí mismo”. Que es monotemático, que mira la vida con ojo miope, que ve partes o porciones del mundo. Que desde su particularísima parcela no puede ver lejanos horizontes, sino, solamente los cierros de hormigón perimetrales inmediatos y colindantes.

Por otro lado el filósofo, desde su primera palabra se advierte que habla “desde” el horizonte, que su voz viene y va a toda la extensión de la realidad, que no es un ruido comarcal ni local sino universal y cósmico, Su voz es general y ecuménica.
En segundo lugar, el hombre que, al fin y al cabo, lleva debajo de sí el especialista, descubre, ante el hablar del filósofo, que el tenía también en su intimidad una filosofía, que era filósofo sin saberlo. Pero que esa su era filosofía superficial, que “mas abajo”, como en un subsuelo existe otra mas profunda, mas recóndita, mas fundamental. Entonces el especialista se siente incómodo, molesto de ser descubierto por el filósofo. Esto de sentirse visto y descubierto por esta especie de voyeur metafísico, desde “abajo”, esto de que alguien levante a todas las cosas la faldas y le examine el trasero, le pone frenético y le parece; acaso con una punta de razón, indecente, impúdico…hasta obsceno.
La filosofía es siempre una invitación a una excursión vertical, hacia abajo. La filosofía va siempre detrás de todo lo que hay ahí y debajo de todo lo que hay ahí. Es una suerte de anábasis, una retirada estratégica, un perpetuo retroceso. Pues el destino del filósofo es ir por detrás y por debajo de las cosas para verles la espalda y el asiento. De allí la inquietud del especialista, cuando ve que el filósofo revuelve su capa ideológica y envuelve su retaguardia y se le pone inquietantemente a su espalda.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Estixtenciatismo

El existencialismo es la filosofía de los aspavientos. Trágica fraseología repleta de patetismos y gesticulaciones mayestáticas. Palabras que provocan espanto, que nos sobrecogen el corazón: angustia, desazón, decisión, abismo…Nada. El existencialista parte a la batalla con la sien herida; parte resuelto de que no es posible saber lo que el hombre es y con él el mundo. Todo lo que no sea un profundo misterio irreductible, un abismo insondable, una negra y caliginosa sima, un incognoscible por doquier y un asco perpetuo a todo lo que de blanco tiene, le resulta espantosamente superficial y de poca monta. El existencialista se echa al camino decidido a no “entender” nada, porque “entender” es para los simplificadores de siempre que se adormecen en el colchón de sus creencias ingenuas. Al igual que los narcos necesitan su droga, él necesita oscuridad y muerte y…Nada. Esta radical afición a la angustia –de que Heidegger es el más ilustre ejemplo- es su principal síntoma. Es paradojal, pero les gusta “pasarlo mal”; “gustan de los cementerios de muertos bien relleno”, “machacar cráneos” y “que solo se vislumbre la muerte en derredor” (los versos son de Espronceda).
Por el lado que se quiera tomar el mundo es extraño y desazonador. El mundo es resistencia. Al resistirse el mundo se me descubre como “otro que yo” y siendo como él. Pero en ese rechazarme el mundo descubro lo que hay de “bueno”, de favorable, de placentero, en él. Náufrago, anhelo la beneficencia que es la “resistencia” de la tierra firme. El mundo no es solo océano en que ahogo sino también playa a la que arribo. El mundo, entonces, me revela como resistencia a mí, me revela el mundo.

Es el Sentimiento trágico de la vida Unamuniano. El error está en que la vida no puede, en sí, ser una tragedia, sino que es “en” la vida donde acaecen y son posibles las tragedias. Esta idea trágica de la vida está impregnada de melodramatismo. Imaginación romántica que une a Kierkeggard-Unamuno-Heidegger.
El existencialismo ve la vida como sustancial problematicidad. La vida es constante peligro mortal, fenómeno del ente finito condenado a diluirse en la Nada absoluta. Heidegger pretende que la Vida es Nada, demostrando ipso facto que lo que dice es no-verdad. Porque la Nada que es la Vida tiene la particular condición de que de ella surge la incoercible energía de “gozarse” en elaborar el juego de una teoría, de una filosofía que hace patente y presente la Vida como Nada.  Si la Vida fuese, en efecto, solo Nada la única salida congruente sería suicidarse. Pero, resulta, lo extremo contrario, que en vez de suicidarse, la Vida se ocupa en filosofar.
A estas ideas trágicas de la Vida, extremadamente pesimistas y angustiantes, oponemos el “sentido deportivo y festival de la existencia”. El hombre juega a filosofar. Audazmente, imbuidos por la “libertad de espíritu”, con alegría acrobática juega a teorizar. Ortega postula que frente a la abrumadora seriedad de la vida, con la  risueña jovialidad del deporte, del juego, el hombre filosofa. Y este es el tono adecuado para filosofar. El filósofo es un “descifrador de enigmas”, que lo empareja con un intérprete de jeroglíficos, con un jugador de póker, con el trabajador que entreteje palabras cruzadas del diario de la mañana.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Apuntes sobre el problema del Ser

I parte: Generalidades.

La disciplina que va a preocuparse del problema del Ser es la ontología. Ontología significa “teoría del Ser”. Esta parte de la filosofía que se ocupa del problema del Ser está en los límites de ella: es un problema limítrofe. La ontología trata del problema del Ser en términos amplios, generales, o sea, no de este o aquel ser concreto y determinado; sino del Ser en general, del Ser en el sentido más vasto y amplio de la palabra.

Cuando el hombre observa espontáneamente el mundo circundante, toma las cosas que se ofrecen a su conciencia según su pura apariencia, su contenido, sin plantearse el problema de su realidad. En un espíritu inmaduro se entrelazan caóticamente las apariencias mas irreales y las mas absurdas fantasías, de manera tal que ha sido necesaria una larga experiencia, corregida a través de las más grandes dificultades de tipo práctico, para abstraer radical y fundamentalmente el Ser y la apariencia, para descubrir al final, que el mismo contenido, la misma “cosa” puede ser lo uno como lo otro. En algún momento el hombre descubrió que el mundo es una realidad subsistente en sí con independencia del observador; que el mundo no es solo lo que parece que es, sino que posee una substancia tras de esa apariencia –un cosmos sub-stante-, algo que le hace Ser en sí y por sí.

¿Pero podemos definir ese Ser que se oculta tras la apariencia de las cosas? Recordemos que definir un concepto consiste en incluir este concepto en otro que sea mas extenso en varios otros que sean mas extensos y que se encuentren, se acerquen, se toquen, precisamente en el punto del concepto que queremos definir. Entonces, si queremos definir el concepto “Ser”, tenemos que tener a mano otros conceptos que sean “más que Ser” y, ya dijimos, que el problema del Ser es un problema limítrofe de la filosofía.
El Ser es pensado como algo absoluto, único, universal. El concepto “Ser” encierra toda UNA unidad designable en una sola palabra la totalidad de las cosas, de manera que ninguna quede excluida. Por eso para definir el Ser nos encontraríamos con la dificultad de que no tendríamos que decir nada de él. Del Ser no podemos predicar nada.
Hegel identifica el concepto de Ser con el concepto de “nada”.

martes, 18 de octubre de 2011

Filosofía Autosuficiente

“La filosofía no necesita protección, ni atención, ni simpatía de las masas. Cuida su aspecto de perfecta inutilidad y con ello se liberta de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sí misma por esencia problemática, y abraza alegre su libre destino de pájaro del buen Dios, sin pedir a nadie que cuente con ella ni recomendarse, ni defenderse”. Ortega y Gasset.

Para filosofar hay que asegurarse de que la lengua esté linkeada al pensamiento lógico y que el dispositivo cordial esté apagado para evitar moqueos sentimentaloides y yoísmos intimistas; ni tropezarse con hondas pataletas patéticas con arrobados paroxismos pasionales.
La filosofía es frío análisis que propende a la totalidad.
Si se llega a conquistar alguna síntesis, cerciórese que no sea mística ni esotérica, así, también, verifique  que no sea extraterrestre. No mezclar con clarividencias, con anticipaciones de mundos remotos y ultrareales. Ni con paisajes paranormales ni visiones fantasmagóricas ni voces horrísonas de náuticas sirenas escondidas entre los acantilados tesalónicos.
En filosofía para estudiar el alma hay que abrir piedras. Evítese poner en práctica un voluntarismo nietzscheano enajenado, toda metafísica que le ofrezca la verdad en semanales fascículos coleccionables es fraudulenta. Evite espejismos verificables; la verdad cuando se atisba puede convertir su presencia general en sal.
Con frialdad de máquina hay que buscar silogismos extraviados, seccionar cadáveres de apologéticos medievales y trepanar cráneos griegos buscando el tuétano de las causalidades y la manteca de los efectos.
El alma de las piedras nos dará la clave para entender el alma de los hombres.
La clave del intríngulis ontológico debería develarse ante la insurrección permanente de los sentidos y mostrarse en toda su omniabarcadora vastedad, en toda su mayestática infinidad.
En filosofía ya no se toman grageas de moralina alienante, la hemos cambiado por el café cargado del ver las cosas tal cómo son, en toda su desnuda realidad. Ya no se usan las gafas de Spinoza, se usa nada más que el ojo limpio de la más estricta objetividad.