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lunes, 9 de abril de 2012

Subjetivismo, Perspectivismo y Tolerancia

Subjetivismo no es lo mismo que subjetividad.
El subjetivismo: término con que designan las teorías filosóficas en que se somete la realidad al pensamiento. Se emplea como antítesis al objetivismo. En el sentido más extremo, el subjetivismo llega al límite de negar la capacidad del yo para conocer todo ente extramental. Los solipsistas sostienen que el yo no puede conocer nada que no sea el yo mismo y sus exclusivas representaciones.
Según lo ha dicho Francisco Bradley en Appearance and Reality, “yo no puedo ir más allá de los límites que marca la experiencia, y la experiencia es mi experiencia. De esto se deduce que nada existe más allá del yo”.

Por el innegable origen filosófico del término, es conveniente comenzar el recorrido de la significación del término por este estadio, dentro del cual el clásico diccionario de filosofía de Abbagnano lo define así:
1) El carácter de todos los fenómenos psíquicos, en cuanto fenómenos de conciencia, o sea tales que el sujeto los refiere a sí mismo y los llama “míos”.
2) Carácter de lo subjetivo en el sentido de ser aparente, ilusorio o deficiente. En este sentido Hegel colocó en la esfera de la S. al debe ser en general, como también a los intereses y las finalidades del individuo. “En cuanto al contenido de los intereses y de las finalidades -decía- está presente solamente en la forma unilateral de lo subjetivo y la unilateralidad es un límite, esta falta se demuestra al mismo tiempo como una inquietud, un dolor, como algo negativo” (Lecciones sobre estética, ed.Glockner, I, p.141). Kierkegaard quiso invertir el punto de vista hegeliano, colocando a la S. por encima de la objetividad: “El error está, en principalmente en que lo universal, en lo que el hegelianismo hace consistir la verdad (y el individuo llega a ser la verdad si está sujeto a él), es una abstracción: el Estado, etc. Hegel no llega a decir qué es la S. en sentido absoluto, y no llega a la verdad, o sea al principio que enuncia: que, en última instancia, el individuo está en realidad por encima de lo universal” (Diario, X² A 426) (p. 1069).
Ferrater Mora traza al concepto más extensamente de la siguiente forma: La definición más general que puede darse de “subjetivismo” es: la acción y efecto de tomar el punto de vista del sujeto. El sujeto puede entenderse como un sujeto individual, como el sujeto humano en general o como el sujeto trascendental en sentido kantiano. En este último caso no puede hablarse de subjetivismo porque, porque el sujeto trascendental es el conjunto de condiciones que hacen posible el conocimiento para cualquier sujeto cognoscente y, en último término, el conjunto de condiciones que hacen posible todo conocimiento, aunque no sea formulado por un sujeto concreto.
En general, cuando se habla de subjetivismo, el sujeto que se tiene en mente es algún sujeto humano individual…un individuo. El punto de vista de tal sujeto es un punto de vista particular y privativo. En principio, este punto de vista puede ser correcto (al cabo, un solo sujeto particular puede acertar y todos los demás pueden errar). Pero se presume que el punto de vista del sujeto particular está restringido sólo por sus particulares condiciones y que éstas condicionan los juicios formulados. Si las condiciones particulares de un sujeto no coinciden con las de otros sujetos, no se desemboca en un punto de vista inter-subjetivo, sin el cual se supone que no se puede alcanzar objetividad.
El subjetivismo es por ello emparejado al relativismo, y principalmente al relativismo individualista. El subjetivismo puede afectar a juicios de valor tanto como a juicios de existencia, pero lo más común es vincular el subjetivismo a juicios de valor.
Suele denunciarse al subjetivismo como manifestación de la arbitrariedad del sujeto o individuo que formula opiniones un tanto etéreas. Juicios formulados en virtud de intereses subjetivos (“personales”, “individuales”) y mediante procesos racionales de estos intereses es estimado como juicios inadmisibles si se quiere alcanzar “la verdad”; así se equipara de continuo el subjetivismo con el relativismo a ultranza. Se dice, a propósito, que una opinión subjetiva es una opinión “parcial”, arbitraria, improcedente, subjetiva.

Ortega y Gasset, dice: "La verdad, lo real, la vida -como queráis llamarlo-, se quiebra en facetas innumerables, en vertientes sin cuento, cada una de las cuales da hacia un individuo. Si éste ha sabido ser fiel a su punto de vista, si ha resistido a la eterna seducción de cambiar su retina por otra imaginaria, lo que ve será un aspecto real del mundo."
El perspectivismo ortegiano sustenta la multiplicidad de los posibles puntos de vista sobre lo real, una suerte de “subjetivismo objetivo”; pero esta diversidad debe ser unificada desde algún principio directriz. Este principio rector radica, para Ortega, en la afirmación de que esas perspectivas múltiples no son contradictorias y excluyentes unas para otras. Todo lo extremo contrario, esas perspectivas deben ser unificadas, porque en cada una de ellas hay una fracción de verdad; de modo que "la Verdad" estaría constituida por la unión de esas múltiples perspectivas. Ello lleva a entender la verdad como algo que se va alcanzando paulatinamente en la medida en que se van unificando perspectivas.

Según esta tesis, el otro, el absolutamente otro, tiene un propio valor en sí, en cuanto sujeto de personales perspectivas; aunque su perspectiva no coincida en ningún momento con la mía. El otro será más estimable en la medida en que irradie mejor su perspectiva, su personal punto de vista, en la medida en que guarde más fidelidad a su individualidad. El único imperativo que puede conservarse como absoluto es, precisamente, el imperativo de la individualidad, el que nos dictamina ser fieles a nuestros propios puntos de vista. Ser auténticos llama Ortega a esta condición.
Para no caer en el escepticismo ni en el relativismo se impone la solución de la síntesis de las perspectivas. Esta síntesis puede ser resumida en el plano moral, político o religioso con el término "tolerancia". Tolerancia no significa, de modo alguno, la renuncia a los propios enfoques o a la obstinación en que el otro renuncie a las propias y suyas. Al contrario, tolerancia significa la aceptación de que las posiciones del otro tienen el mismo derecho a existir que las mías, porque unas y otras son parciales y complementarias. Así entendida, la tolerancia es un valor positivo que fundamenta una convivencia más armónica al interior de los grupos humanos.

domingo, 8 de enero de 2012

rrridículo rrreconocimiento

Hegel pensaba que la eterna pugna por el reconocimiento entre los hombres constituía un fenómeno estrictamente humano; era, en todo caso, esencial para explicar la significancia de la cacareada naturaleza humana.  Sin embargo se equivocaba medio a medio. Porque la apetencia humana de reconocimiento tiene un sustrato biológico…que también está presente en nuestros hermanos menores, los animales. En La política del chimpancé, Franz de Wall describe con lujo de detalles las peleas por el rango libradas en el seno de una colonia de chimpancés mantenidos en cautiverio en Holanda. Los chimpancés machos forman camarillas sectarias, conspiran, confabulan y se traicionan unos con otros y exteriorizan emociones muy similares al orgullo y la ira cuando su rango no era re-conocido por sus camaradas.
La contienda humana por el re-sonado reconocimiento es incalculablemente más compleja que la de los animales. El bípedo humano en virtud de la capacidad de almacenar datos en la memoria, el aprendizaje teórico y práctico y su formidable capacidad para el llamado razonamiento abstracto, son capaces de encauzar la lucha por el reconocimiento hacia ideologías desproporcionadas y amorfas; creencias religiosas que le enajenas y le hace sumergirse en atmósferas psicotrópicas; puestos intramuros de relativa relevancia en universidades que nadie conoce, poseer el 4x4 mas grande que el de su vecino, o el peinado más vistoso para la fiesta del sábado de la sociedad de socorros mutuos.
Este deseo de reconocimiento (muchas veces de-mostrado ridículamente), decíamos tiene una base biológica y que dicha base tiene que ver directamente con las concentraciones de serotonina en el cerebro. El macho dominante en los estudios de De Wall poseía altos índices de serotonina y los inferiores de la escala social de los monicacos, baja concentración de serotonina.
Hegel creía que el proceso histórico humano estaba impulsado, básicamente, por la lucha feroz por el reconocimiento. La “batalla sangrienta” entre dos contendientes en la que se definía quien era el amo y quien el esclavo; que instalada en nuestras lides políticas actuales de la democracia moderna (en que los hombre son considerados libres y dignos del mismo reconocimiento (permítaseme una sonrisa)), sigue siendo la manifestación externa de las diversas dosis de esta alquimia físico-química que se produce en el cacumen humano en que la señora serotonina la lleva.
La famosa y nunca bien ponderada lucha de clases marxista no es más que otra utópica escenografía para mostrar al grueso público gestos de atlética virtud; pero que enmascara mañosamente la lucha fisiológica ruin por el bastón de mando.

domingo, 1 de enero de 2012

¿Qué es esto de la filosofía?

¿Qué es la filosofía? Muchos se quedan con la respuesta etimológico-psicológica: amor al saber. Como si el amor o el deseo de conocimientos tuviera que ser, per sé, filosófico, cuando casi  siempre el deseo de saber es necesidad primaria práctica, técnica o científica, y las más de las veces trivial curiosidad o curiosidad infantiloide; y como si la filosofía no pudiese ser también algo más que un simple amor a la sapiencia, es decir, como si la filosofía no fuese, ella, por sí misma un saber, por humilde que sea. “Conocimiento del universo” o “todo cuanto hay” –esto ya no es tan humilde- dice Ortega y Gasset; su objeto es mas general y penetrantemente singular y lo alcanza todo de modo diferente. La filosofía –a diferencia de todo otro científico- es un embarcarse hacia lo desconocido…sin saber nada positivo acerca de su objeto, y con la posibilidad de volver sabiendo que nunca sabrá. Esta es la singular peripecia de la filosofía.

De cualquier modo, el conocimiento filosófico no es un saber doxográfico, un hilo cronológico de saberes del pretérito; un saber acerca de las obras de Platón, de Aristóteles, de Santo Tomás, de Hegel, Kant o de Ortega y Gasset. El saber filosófico es un saber acerca del presente y desde el presente. Un aterrizaje forzoso en la más concreta y actualísima realidad. Eso sí, la filosofía es un saber de segundo nivel, que pre-supone otros saberes previos, “de primer grado” (saberes técnicos, físicos, políticos, matemáticos, biológicos...). La filosofía, estrictamente, no es “la madre de las ciencias”, una madre que, una vez crecidas las hijas, se considera jubilada tras agradecer los auxilios entregados. Al contrario, la filosofía pre-supone un estado de las ciencias y de las técnicas suficientemente maduras para que, desde allí, pueda comenzar a instituirse como una disciplina puntualizada. Es por esto que también las ideas de las que se ocupa y preocupa la filosofía, ideas que emanan precisamente del enfronte de los más variopintos conceptos técnicos, políticos o científicos, a partir de un cierto estadio de desarrollo, son más cuantiosos a medida que se produce este desarrollo.
En la medida en que la filosofía no es un sencillo y llano amor a la sabiduría, sino un efectivo saber, el filósofo ha de ser, de algún modo, un sabio, dotado de una sabiduría sui generis (aunque sus compendios no sean, según sus detractores, muy diferente al de una docta ignorancia). Desde este punto de vista podría confundirse con un necio simplón todo aquel que se autodenomine: filósofo; aunque pretenda, tercamente, justificar su tontera apelando a la respuesta etimológica. Porque filósofo, como hombre sabio -es decir, no sólo profesor de filosofía-, es un calificativo que sólo puede recibirse aplicada y validada por los otros…aunque estrictamente esto no es necesario.

La respuesta a la pregunta ¿qué es la filosofía? sólo puede llevarse a buen término objetando otras respuestas que, junto a la propuesta, constituya una sistemática de respuestas posibles; porque el saber filosófico es siempre -y en esto se parece al saber político- un saber contra alguien, un saber bosquejado frente a otros pre-ten(d)idos saberes.
Lo que quiere decir que prácticamente es imposible responder a la pregunta ¿qué es la filosofía? si no es en función de otros saberes que constituyen los ejes coordenados de una educación mas poderosa del hombre y del ciudadano.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Degradación de la vida en común

El hombre no es capaz de crear de la nada, pero cuando hace algo verdaderamente innovador, aunque sea partiendo de las cosas, de lo que hay, de la realidad ya creada, en algún sentido se aproxima al creador, y así puede llamarse aunque sea figuradamente.    Julián Marías


Tus besos de hoy ya no me saben a aquellos de nuestros primeros furtivos encuentros. Tus primeros “te quiero” me hacían subir al cielo, hoy los días pasan tan habitualmente sin que intercambiemos ni una sola palabra de afecto. La convivencia se hace desolada, desierta, árida, todos nuestros encuentros son tangenciales, fortuitos. Cada cual en lo suyo propio. Y la desolación y la soledad se ahondan en el inconmensurable abismo de la rutina. La vida cotidiana se degrada en rutina, en breves acercamientos con desgano, insolidarios, hasta hostiles. Cada uno a lo suyo. No hay “música” en nuestras vidas. Incapaces de esfuerzos creadores y lujosos, recaemos siempre en el ayer, en el hábito, en la rutina, en el vacío. Nos hemos convertido en criaturas chabacanas, indiferentes, glaciales, formulistas, hueras, como funcionario de aefepé. La vida se ha tornado en aburrimiento, como dijeron los anacoretas cristianos “sufren de ansiedad del corazón”.

La rutina como ácido corrosivo nos va perforando el alma poco a poco. Los  economistas llaman a este fenómeno “ley de rendimiento decreciente”; a mayor frecuencia de un suceso, menos valor se le atribuye-el verte en cada amanecer, pálida, desmelenada, rascándote la entrepierna, camino al baño, ya me es totalmente indiferente-. “El sonsonete de las quinientas horas semanales”, como canta desencantadamente Nicanor Parra.
Las musas, hijas de Mnemosyne, nos “olvidan” a cada instante. Y es imposible para el hombre estar creando a cada instante. Nos olvidamos a cada momento de la sabiduría del corazón y de la mente, del carácter sagrado del mundo y del ser humano. Nos olvidamos de sí mismos y de los que amamos. Somos tan extremadamente egoístas que nos olvidamos hasta de nosotros mismos.
Hegel encontró una idea que refleja muy claramente nuestra difícil situación, un imperativo que nos propone combatir acertadamente el olvido que inmoviliza y anquilosa, e incita a “echarle pa’elante”: "Tened —dice— el valor de equivocaros".
La vida creadora supone un régimen de alta higiene, de gran decoro, de incitantes estímulos, de felices iniciativas que excitan la conciencia de la creatividad. La vida creadora es vida proyectante, érgica, enérgica, faústica.
El que no hace cosas por el temor a equivocarse está condenado a rutinizarse, a petrificarse, a anquilosarse; a convertirse en una cosa entre las cosas. Pero para hacer cosas hay que saber qué cosas hacer.
Si hiciésemos balance de nuestro contenido mental –ideas, opiniones, normas, sentimientos, deseos, presunciones-, notaríamos que la mayor parte de todo…es nada.
He ahí la “quiditas”, como decimos nosotros los hijos de Roma.