Mostrando entradas con la etiqueta Platón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Platón. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de mayo de 2014

CONTRADICTIO

“¿Qué puede esperarse de un hombre? Cólmelo usted de todos los bienes de la tierra, sumérjalo en la felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas, dele unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre de puro desagradecido, por simple des¬caro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, sólo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Jus-tamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar...”                  
 Feodor Mijailovich Dostoievski
 Domingo. Otros tantos lánguidos bostezos de aburrimiento trascendental ante un mundo donde todo es exiguo, insuficiente. El sentimiento de inopia vital vuelve y revuelve la horizontalidad del domingo. Nos hemos negado sistemáticamente toda la vida a ser un típico hombre medio que piensa, cree y estima precisamente aquello que no se ve obligado a pensar, creer y estimar por sí mismo en esfuerzo propio y original. Este hombrecito espiritualmente invisible tiene el alma hueca, y su única actividad es la mímesis del eco. Nos asalta, a veces, un efecto de indignación… de cuando en cuando llega a la superficie de la conciencia su voz recóndita.
El gran laboratorio de experimentos humanísticos que es la vida humana nos parece un desierto umbrío en donde se enseñorea la nada corrosiva. Herido e irritado, mostramos a la intemperie ese resto insocial e insociable que todos y cada uno llevamos dentro, pero cuidadosamente disfrazado y encubierto. Y cuando alguien ha dicho abiertamente de algo que es una farsa o de alguien que es un farsante, pasa a ser un… desconsiderado. Y casi todas las cosas le parecen farsas, y casi todos los hombres le parecen farsantes. Llamamos farsas a aquellas realidades en que se simula la realidad. Esto pre-supone que en la llamada realidad distinguimos bidimensionalidad: una externa, aparente, manifestativa; otra, interna, substancial, que en aquella se hace aparente y palpable. Tiene aquella realidad la misión ineludible de ser expresión adecuada de ésta, si no es farsa. Tiene esta realidad interna, a su vez, la misión de manifestarse, exteriorizarse en aquélla, si no es también farsa. Ejemplo: un hombre que defiende profusamente unas opiniones que en el fondo le tienen sin cuidado, es un farsante; un hombre que tiene realmente esas opiniones, pero que no las defiende y manifiesta, es otro farsante.
El mal –dice Platón- asola a las repúblicas en las que no hace cada cual lo suyo. Según lo dicho, las verdades del hombre estriban en la concordancia estricta entre el gesto mundanal y las reconditeces del espíritu, en la perfecta adecuación entre lo externo y lo íntimo. Goethe, aunque a propósito distinto, solfeaba: Nada hay dentro, nada hay fuera; Lo que hay dentro eso hay fuera. No es otro asunto, creemos, es lo que ya Platón, tiempo atrás, nos enseñó con sus célebres alegorías. Y la filosofía tiene algunas sobresalientes, como la del “asno de Buridán”.
Se im-puta (nada personal) a Juan Buridán, nominalista francés del siglo XIV, la con- siguiente fábula: un asno famélico y hambriento, colocado frente a dos sendos suculentos montones de heno volumétricamente iguales y situados a la misma longitud vectorial; y, nuestro burro, no siendo capaz de decidirse a cuál de ellos acudir para liberarse del hambre que lo laceraba y; al carecer de un motivo que le lleve a elegir el uno más que el otro, termina por morirse de inanición.

jueves, 28 de febrero de 2013

Diálogo Edificante

El diálogo es una pausa experimental en medio de los haceres rutinarios. Un ¡alto! en los quehaceres cuotidianos, un párale en el curso natural de las cosas y los casos. En ese sentido el diálogo es transgresión. En medio de los problemas habituales de la vida aparece la conducta dialogante como meta-lenguaje, lenguaje que no es el habitual y consueto e intencionadamente transgrede el curso reiterado de los acontecimientos. Recordemos al dialogador por excelencia: Sócrates, el ateniense. El fue un transgresor, un tábano –como él mismo se apodara- en la oreja del asno de Atenas. Removió el pensamiento ya pensado y no pensante, ese pensamiento que se adormece en el colchón de las fáciles soluciones.
Hoy día la desesperación de los trances de la rutina social, la imposibilidad, la incompatibilidad para resolverlos impositivamente ha devuelto al diálogo socrático la autoridad de mediador imprescindible entre variopintas subjetividades e intereses, de primer pronto, irreconciliables e irreductibles.
Sin embargo no siempre hay buena disposición a la exposición dialogante. Es una peligrosa exposición al aire libre. ¿Porqué poner en juego “estas ideas mías” que me han tenido y sostenido por los suburbios de la vida?; por ellas vivo y por las que me digo día a día que lo que hago es bueno, meritorio, justo. Porqué ponerlas en juego, exponerlas temerariamente a la “eficacia” de las ideas de mi antagonista y arriesgar así, a que se me confundan, que se difuminen y quedar a la intemperie, sobre terreno movedizo y a merced de las ideas voraces –del absolutamente otro- que luchan por echar raíces en mi total presencia general. Claro que es riesgoso.
Nuestras creencias –ideas cristalizadas- son preciadas posesiones; son ni más ni menos nuestro sustento –como el oxígeno-, ellas nos sostienen y nos impulsan a justificar nuestras posesiones y estar dispuestos, incluso, a morir por ellas…por tanto porqué correr el riesgo de perderlas.
La naturaleza profunda del diálogo ha de estar comandado por el “principio de veracidad”. No solo se debe dialogar, sino que debe tener la intención auténtica de querer alcanzar una suerte de “experiencia común”, es decir, un conocimiento teórico y una valoración pragmática de las cosas que se erija en un criterio válido para dirimir dificultades y rehabilitar así la rutina suspendida.
A las ideas debe tratárseles como huéspedes, como invitados transitorios y no como propiedades personales y estar dispuesto a dejarlas partir. No se trata aquí de promover el “bicefalismo parmenídico”: el pensar, sin conflictos internos, las cosas de un modo y seguirlas haciendo de otro. Tampoco convivir camaleónicamente y acomodarse donde mejor calienta el sol sin reconocer la existencia de sustanciales problemas objetivos.
Para que se produzca el dialogo han de converger al menos dos ingredientes esenciales; en primer lugar, reconocer la existencia del conflicto, re-conocer que “aquí hay un problema” y, en segundo término; tener la intención de solución. Querer alcanzar una solución que persuada y convenga a las partes. Se trata en última instancia de la búsqueda de una “experiencia común”, de un con-vencimiento final y total, que es el modo perfecto de vencer.

domingo, 25 de marzo de 2012

la figura

No se diga que la figura del prójimo no tiene importancia. “La figura del hombre es el mejor texto para cuanto se pueda sobre él sentir y decir” (Stella). Todo el repertorio de gestos corporales nos evidencian ante los demás, y el buen observador puede trasparentarnos, como en una suerte de radiografía anímica. Nuestro carácter se exterioriza en “las arrugas de la frente”, “la mirada directa o encorvada”, “la gestualidad operática de las manos”, “la tiesura de estandarte del cuerpo”, “esos rasgos agradables en torno de la boca cuando sonríe”, etc. En la apariencia se trasunta los rincones de nuestra personalidad…la energía, la generosidad, la jovialidad, el egoísmo, la ira, la inteligencia, la apatía, etc.; somos nuestra biografía ambulante y la llevamos como se lleva en alto un cartel publicitario. Se manifiesta en nuestro exterior todo un variado relato de nosotros mismos, los cuales son admirables y proporcionan un espectáculo encantador a quien gusta de contemplar las superficies de las existencias. “Lo que hay fuera, hay dentro; lo que dentro hay fuera”.
Para Platón belleza no era la perfección de los cuerpos, sino que era optimidad. Es la forma con que se nos presenta ante los ojos todo lo valioso. Simbólicamente se nos van anunciando los rasgos, el perfil caracterológico de los demás…de la gesticulación corporal, el gimnástico caminar, lo detalles del rostro, de la voz, del ademán. Todo un repertorio de significados expresivos pasa ante el observador atento, que se exterioriza en una forma de ser.

El encanto plástico objetivo, por ejemplo, del ser femenino se nos hace aparente –fenómeno: lo que aparece- y se despliega ante nosotros belleza encantadora, incluso que se percibe a distancia considerable. Con gracia expresiva, la mujer transeúnte, nos envía su mensaje corporal…

sábado, 28 de enero de 2012

Saber que no se sabe

“Todos los hombres desean por naturaleza saber” nos dice Aristóteles al inicio de su Metafísica. Esto de saber a qué atenerse en el mundo, pareciera ser efectivamente una inquietud general del hombre. Hay, primariamente, un “deseo de saber” que sería un estado pre-reflexivo, aconceptual; una búsqueda “impulsiva” movida por una suerte de anhelo fundamental de nuestra existencia.
Jaspers en “La filosofía desde el punto de vista de la existencia” dice que, “la filosofía quiere decir: ir de camino”. Dice que la palabra griega filósofo (philosophós) se formó en oposición a “sophós”. El filósofo es el amante del conocimiento, del saber; en oposición a aquel que estando en posesión del saber es llamado sapiente o sabio.  Todos, en mayor o menor grado somos amantes de la sabiduría, buscadores del saber (porque no se posee). Todos “por naturaleza” deseamos salir de la ignorancia; pero para salir de la ignorancia, primero hay que “caer” en ella.
El hombre desde que es niño –los niños son los más vehementes indagadores- parte a la conquista de una seguridad radical que necesita imperiosamente, precisamente, por que por lo pronto es, aquello que le es dado al serle dada la vida: una radical inseguridad. Todos nosotros necesitamos “hacer pié”, hallar algo firme que nos sostenga en el mundo y, llega el momento en que nos preguntamos qué es verdaderamente lo que hay, cuál es la realidad.
Platón cuenta una breve historia sobre Tales de Mileto (siglo VI-V a.C.). Dice Platón que mientras Tales se ocupaba de la grandeza de la bóveda celeste y miraba hacia arriba, cayó estrepitosamente en un pozo. A raíz de esto, una ingeniosa y bella criada de Tracia se burló de él, y dijo que pretendía apasionadamente llegar a conocer las cosas en el cielo, mientras se le ocultaba aquello que tenía ante sus pies y ante sus narices. Martín Heidegger, haciendo referencia a la historia de Platón, dice que “la misma burla se aplica a todos los que se ocupan con la filosofía”. Esta idea se ha generalizado hoy día,  porque se considera que para “pensar” hay que alejarse de las cosas concretas. Esto es un error, como muchos que abundan en el ámbito de la mera “opinión”.
Ocurre que lo mas cercano es, por lo regular, lo que menos vemos. Cuando más nos sentamos en una silla, por ejemplo, no nos detenemos a pensar en el ser de la silla, o en la maravillosa existencia de ese objeto doméstico. No nos preguntamos por la luz que nos alumbra, aunque esta nos ilumine con su vibración etérea; no nos hacemos cuestión de ella, no nos preguntamos ¿qué es la luz?
El pensar, que culmina en el saber, comienza por ser ignorar. El pensamiento es, pues, tanto más y antes de saber, una pura ignorancia. En la pregunta ¿qué es la luz? Se revela nuestra inicial ignorancia.
La pregunta es la llave maestra para pasar del no-saber al saber. Los niños habitan en un mundo de preguntas.
Los niños lo único que tienen son dudas –la duda es el inicio del filosofar-. El mundo para ellos es “cuestión”, constante problema. A los niños, en general, el mundo de los adultos les provoca mucha curiosidad, porque estos tienen, casi siempre, respuesta para todo…y si no la tienen la inventan. La vida es sustancial problematicidad y los adultos tendemos a “simplificar” las cosas y los casos, de modo que les trasferimos –a los niños- una historieta de caricaturas de lo real, con un contenido de angustia, desazón, abismo, Nada; que ellos llevarán –por el resto de sus vidas- como una venda en los ojos, impidiéndoles ver la auténtica realidad.  Lo que, muy habitualmente, les heredamos es un engaño llamado mundo y un mundo llamado engaño.

viernes, 27 de enero de 2012

Teoría y Praxis

Hombre en su punto. No se nace hecho: vase de cada día perfeccionando en la persona, en el empleo, hasta llegar al punto del consumado ser, al complemento de prendas, de eminencias. Conocerse ha en lo realzado del gusto, purificado del ingenio, en lo maduro del juicio, en lo defecado de la voluntad.
Algunos nunca llegan a ser cabales, fáltales siempre un algo; tardan otros en hacerse. El varón consumado, sabio en dichos, cuerdo en hechos, es admitido y aun deseado del singular comercio de los discretos.
ORÁCULO MANUAL Y ARTE DE PRUDENCIA
Baltasar Gracián

La vida es una faena que se hace hacia adelante escribió Ortega y Gasset; y en ese ir nos vamos “haciendo” lentamente; vamos tesaurizando realidades, recogiendo vida por las esquinas del mundo. Ahora que la filosofía se ha hiperespacializado con una doxografía photochopiada, y anda como mujer barata por los callejones de la web; no hay excusa para eximirse y tomar partido de sus consejos. El ciberespacio se transformado en una megaplaza pública ateniense, devolviendo a la filosofía su carácter original de “arte de vivir” social. Se ha desplazado –de nuevo-  desde su eje ancestral de un modelo metódico y categorial del saber hacia otro, modelo prudencial-práctico como el de la “phronesis” aristotélica…una suerte de psicología. O, por lo menos, a eso aspira. Los mas contentos son los seguidores de la filosofía práctica a lo Marinoff…la iluminación filosófica a un solo clic. La filosofía institucionalizada, doctorizada en universidades a dado paso al filosofema callejero y vago, en el marketing tipificado al mas  puro estilo de recetas de cocina. Ahora la filosofía es un “cuidarse de sí” basado en una acrítica sarta de máximas y proverbios manoseados (Twitter está repleto de hileras e hileras de pildoritas pseudofilosóficas). Pero constatamos, a diario –casi con alegría-, que siempre “llega tarde”; estira la pata irónica, zarandea los remos alados y levanta el vuelo de anochecida, y más que un festivo preludio de una acción lúdica individual con el ojo puesto en alguna ventura particular y propia, aparece –como casi siempre- para alarmar e intranquilizar el pensamiento y volverlo intempestivo, permanentemente reflexivo y crítico, inasequible, al fin y al cabo, al canto pseudoespiritualista que busca corto de vista la tranquilidad del ser, como al beneplácito con las consuetas estructuras ahora digitales (culturales, sociales, políticas, económicas...etc.)
En rigor, no existe una filosofía crítica hoy día, desde este presente de silicio y códigos binarios; la vuelta de la  “filosofía perenne” se ha alejado proporcionalmente y, lo que vemos hoy no es sino un reajuste aislado e individualista y neo-new age de la auténtica tradición metafísica.

domingo, 22 de enero de 2012

Filosofía en Supositorios

Algunos quieren convertir en crema pastosa, en un bitumen resbaloso, en un bálsamo oleinoso, en un caldo sahumérico, en un azolve mizcleño… a la filosofía. Revolverla con algunos trozos del voluntarismo shopenhahueriano y mercantilizarla en potes de bakelita taiwanesa. Sí señor. Moler y remoler algunos trozos de la sagrada metafísica aristotélica, convertirla en microgránulos ambarinos, encapsularlos y enfrascarlos y lucirlos entre la fármacopea como purificador de ánimas depresivas. El sacratísimo recinto de los jardines de Academo (que reza eternamente “nadie entre aquí si no sabe geometría”), en donde el hombre de los anchos hombros se reunía con sus discípulos para pelar el Ser y buscar el cuesco esencial de su entelequia… lo quieren convertir en una santería, en una venta de fetiches miniaturizados, sahumerios para “descargar” habitáculos, pócimas de amor brujo, figurillas de yeso que representan engaños y fraudulencias. Junto a frascos  de brebajes –al más puro estilo del de fierabrás- de botica de barrio, les ha dado a algunos poner molienda del Tractatus de Baruch Spinoza para evitar la miopía mental metafórica.
Se sabe que Karl Jaspers fue, primero psiquiatra, y después filósofo…como debe ser. Y esto lo han convertido en un slogan estúpido, justamente, algunos psiquiatras y psicólogos y, en un rapto de conversión de cariz catastrófico, un deslumbramiento anómalo de ribetes paranormales; se han vestido con la sotana sacra de la logia filosófica y han bebido del cáliz sagrado del “éxtasis repentino” órfico, y han abierto oficinas consultoras disfrazadas de sacristías confesionarias para incautos y desprevenidos.
Es Ortega y Gasset, juguetón, como siempre; quién dice que la filosofía es un “paisaje de infinita inquietud mental”, y que su historia tiene “un divertido aspecto de dulce manicomio”, que muestra rasgos similares a la demencia por la profunda inquietud que provoca.
A fuerza de no encontrar respuestas en el “Manual de Estadística y Diagnóstico”, los médicos psiquiatras hurgan en el baúl sin fondo de la filosofía, buscando diagnosis y posologías. Para cada actitud “extraña” individual o colectiva inventan un nuevo mal: “síndrome fóbico por presencia de pollos ante el merodeo de la gripe aviar”…y lo añaden al “Manual”. Hasta han creado una organización de  “filosofía práctica”, la APPA; con sede en Nueva York. La filosofía ha dado a luz el utilitarismo de Locke, pero ella, en sí misma jamás podrá ser utilitaria; todo lo extremo contrario, es perfecta inutilidad y, a probado hasta ahora, ser inconducente e improcedente.
No se pretenda salir de un estado estuporoso provocado por un desencuentro con el jefe, leyendo los teoremas de la incompletitud de Gödel; o frente a una declarada melancolía de raíces genéticas buscar asilo emotivo en el optimismo de Leibniz; o ante un cuadro de grave afasia intelectual dar como “receta” aprehender el método cartesiano; o ante una caída de la fe religiosa buscar asilo ascético en Kongfuzi de la mano de Martín Buber.
Los psiquiatras deben seguir medicamentando a sus pacientes con Prozac y dejar a Platón en su plácida Academia; deben continuar con el psicoanálisis freudiano, tratativas conductistas pavlovianas,  electrochoc, lobotomías, hipnosis, escáneres TAC, test de la Barby y Kent, electrocardiogramas, quimioterapias…segundas opiniones, etc. y dejar a la filosofía que cumpla su rol para la que fue “in-fundada” desde la gloriosa Atenas del 450 a.C.: tomar conciencia del “saber-que-no-se-sabe”.

domingo, 1 de enero de 2012

¿Qué es esto de la filosofía?

¿Qué es la filosofía? Muchos se quedan con la respuesta etimológico-psicológica: amor al saber. Como si el amor o el deseo de conocimientos tuviera que ser, per sé, filosófico, cuando casi  siempre el deseo de saber es necesidad primaria práctica, técnica o científica, y las más de las veces trivial curiosidad o curiosidad infantiloide; y como si la filosofía no pudiese ser también algo más que un simple amor a la sapiencia, es decir, como si la filosofía no fuese, ella, por sí misma un saber, por humilde que sea. “Conocimiento del universo” o “todo cuanto hay” –esto ya no es tan humilde- dice Ortega y Gasset; su objeto es mas general y penetrantemente singular y lo alcanza todo de modo diferente. La filosofía –a diferencia de todo otro científico- es un embarcarse hacia lo desconocido…sin saber nada positivo acerca de su objeto, y con la posibilidad de volver sabiendo que nunca sabrá. Esta es la singular peripecia de la filosofía.

De cualquier modo, el conocimiento filosófico no es un saber doxográfico, un hilo cronológico de saberes del pretérito; un saber acerca de las obras de Platón, de Aristóteles, de Santo Tomás, de Hegel, Kant o de Ortega y Gasset. El saber filosófico es un saber acerca del presente y desde el presente. Un aterrizaje forzoso en la más concreta y actualísima realidad. Eso sí, la filosofía es un saber de segundo nivel, que pre-supone otros saberes previos, “de primer grado” (saberes técnicos, físicos, políticos, matemáticos, biológicos...). La filosofía, estrictamente, no es “la madre de las ciencias”, una madre que, una vez crecidas las hijas, se considera jubilada tras agradecer los auxilios entregados. Al contrario, la filosofía pre-supone un estado de las ciencias y de las técnicas suficientemente maduras para que, desde allí, pueda comenzar a instituirse como una disciplina puntualizada. Es por esto que también las ideas de las que se ocupa y preocupa la filosofía, ideas que emanan precisamente del enfronte de los más variopintos conceptos técnicos, políticos o científicos, a partir de un cierto estadio de desarrollo, son más cuantiosos a medida que se produce este desarrollo.
En la medida en que la filosofía no es un sencillo y llano amor a la sabiduría, sino un efectivo saber, el filósofo ha de ser, de algún modo, un sabio, dotado de una sabiduría sui generis (aunque sus compendios no sean, según sus detractores, muy diferente al de una docta ignorancia). Desde este punto de vista podría confundirse con un necio simplón todo aquel que se autodenomine: filósofo; aunque pretenda, tercamente, justificar su tontera apelando a la respuesta etimológica. Porque filósofo, como hombre sabio -es decir, no sólo profesor de filosofía-, es un calificativo que sólo puede recibirse aplicada y validada por los otros…aunque estrictamente esto no es necesario.

La respuesta a la pregunta ¿qué es la filosofía? sólo puede llevarse a buen término objetando otras respuestas que, junto a la propuesta, constituya una sistemática de respuestas posibles; porque el saber filosófico es siempre -y en esto se parece al saber político- un saber contra alguien, un saber bosquejado frente a otros pre-ten(d)idos saberes.
Lo que quiere decir que prácticamente es imposible responder a la pregunta ¿qué es la filosofía? si no es en función de otros saberes que constituyen los ejes coordenados de una educación mas poderosa del hombre y del ciudadano.

sábado, 26 de noviembre de 2011

La Inmortalidad del Alma

Uno de los diálogos mas hermosos, que llena de emoción, de emoción contradictoria, porque en el se mezcla la tristeza con la alegría es, El Fedón. El tema central de este Diálogo es nada menos que el problema de la Inmortalidad del Alma. Desde el punto de vista de Platón, dicho problema es “el problema” de la Inmortalidad del hombre, es decir, si el hombre íntegro, el hombre en su naturaleza esencial –en esa identidad que se manifiesta a través del tiempo- perece absolutamente en la muerte o sobrevive a ella.

Esta es una interrogante que se ha planteado desde siempre, de manera inevitable, necesaria, ineludible. Este es un problema que se clava en el corazón del hombre con fuerza creciente a medida que el tiempo pasa. Todos los demás problemas humanos los podemos eludir, pero aquel, el de la inmortalidad al alma, se nos interpone de una manera categórica y formal.

Recordemos que este Diálogo comienza cuando Echécrates se encuentra con Fedón y aquel le dice preguntando: -¿Tú, Fedón, habías visitado la cárcel aquel nefasto día en que Sócrates puso fin a su vida bebiendo la cicuta, o supiste de ellos por la narración de terceras personas?. Fedón responde: -“Yo estuve allí”.
Platón relata en este Diálogo los últimos momentos de Sócrates, su amigo y maestro. Sócrates había sido condenado a muerte por “hacer pensar” a los jóvenes atenienses. Para sorpresa de todos los discípulos presentes, Sócrates nos va a hablar sobre por qué los hombres no deben temer a la muerte. Con talante festivo, con alegría habló largamente a sus discípulos de su convicción de que la muerte, para un hombre bueno, es el alza del telón en un drama para el que la vida entera ha servido de ensayo: el drama de la liberación del alma del confinamiento en el corral o pocilga” del cuerpo, donde hasta entonces estuvo prisionera. “Mientras estemos en la vida –dice Sócrates- no nos acercaremos a la verdad más que alejándonos del cuerpo y no mas teniendo relación con él que la estrictamente necesaria, sin permitirle que nos contamine de sus corrupción natural y, conservándonos puros de todas sus suciedades hasta que los dioses mismos vengan a libertarnos”.
Una vida entregada a la verdad es de suyo una larga preparación para esa bienaventurada libertad del alma.

Como el había consagrado su vida a la búsqueda de esa Verdad, podía mirar hacia delante con confianza y sin temor. Sócrates, al ver que algunos de sus amigos estaban perturbados por dudas científicas, acerca de la verdadera existencia del Alma, dedicó la última parte de su Diálogo a explicar sobre la “verdadera distinción entre el alma y el cuerpo”, y sobre los fundamentos para creer que ni nace con el cuerpo ni muere con él, sino que participa en la eternidad de la Verdad y Bondad que conoce.
Es por eso que Sócrates siempre aconsejó que hay que “hacer el Alma”–ese algo dentro de nosotros que piensa y sabe- “tan buena como sea posible”.

¿Esa “fe” de Sócrates en la Inmortalidad del Alma es humana o divina?

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Apuntes sobre el problema del Ser

I parte: Generalidades.

La disciplina que va a preocuparse del problema del Ser es la ontología. Ontología significa “teoría del Ser”. Esta parte de la filosofía que se ocupa del problema del Ser está en los límites de ella: es un problema limítrofe. La ontología trata del problema del Ser en términos amplios, generales, o sea, no de este o aquel ser concreto y determinado; sino del Ser en general, del Ser en el sentido más vasto y amplio de la palabra.

Cuando el hombre observa espontáneamente el mundo circundante, toma las cosas que se ofrecen a su conciencia según su pura apariencia, su contenido, sin plantearse el problema de su realidad. En un espíritu inmaduro se entrelazan caóticamente las apariencias mas irreales y las mas absurdas fantasías, de manera tal que ha sido necesaria una larga experiencia, corregida a través de las más grandes dificultades de tipo práctico, para abstraer radical y fundamentalmente el Ser y la apariencia, para descubrir al final, que el mismo contenido, la misma “cosa” puede ser lo uno como lo otro. En algún momento el hombre descubrió que el mundo es una realidad subsistente en sí con independencia del observador; que el mundo no es solo lo que parece que es, sino que posee una substancia tras de esa apariencia –un cosmos sub-stante-, algo que le hace Ser en sí y por sí.

¿Pero podemos definir ese Ser que se oculta tras la apariencia de las cosas? Recordemos que definir un concepto consiste en incluir este concepto en otro que sea mas extenso en varios otros que sean mas extensos y que se encuentren, se acerquen, se toquen, precisamente en el punto del concepto que queremos definir. Entonces, si queremos definir el concepto “Ser”, tenemos que tener a mano otros conceptos que sean “más que Ser” y, ya dijimos, que el problema del Ser es un problema limítrofe de la filosofía.
El Ser es pensado como algo absoluto, único, universal. El concepto “Ser” encierra toda UNA unidad designable en una sola palabra la totalidad de las cosas, de manera que ninguna quede excluida. Por eso para definir el Ser nos encontraríamos con la dificultad de que no tendríamos que decir nada de él. Del Ser no podemos predicar nada.
Hegel identifica el concepto de Ser con el concepto de “nada”.

domingo, 30 de octubre de 2011

La filosofía como solución a los problemas

“Primum est vivere, deinde philosophari” se dice de seguido. Y no puede ser de otra manera. La filosofía no puede ser algo primerizo en el hombre. La filosofía no es para señoritos satisfechos, ni para los aficionados a los “choripanes” cerveceros del fin de semana. Se filosofa desde muy adentro de la vida, cuando ya existe una experiencia de la vida, un pasado vital. Cuando la flauta filosófica comienza a sonar es porque se han visto muchos atardeceres, el buho de Minerva canta al anochecer. Eso que llaman niño prodigio (Schelling es la excepción que confirma la regla), una suerte de Mozart impúber, no es posible en filosofía. Platón y Aristóteles se daban cuenta que el filosofar –igual que la política- era cosa de viejos. La filosofía es un “venir de”, “llegar a” y “dejar de”.
A la filosofía se llega laboriosamente…es solo para iniciados. Recordemos que la filosofía es un sistema de interpretaciones radicales sobre el mundo y las cosas que suceden en el mundo. Es, por tanto, una actividad “intelectual”, a la que se llega de un modo “positivo”, o el aquel otro, más trabajoso y empinado: el escepticismo. Este atravesado hermano de la filosofía positiva y dogmática es un sistema de doctrinas terribles que se van autodestruyendo. Es una radical actitud defensiva frente a los falsarios mundos posibles y, esa negatividad ante todo saber, se siente en el cierto, fuera del radio del error, se siente seguro en la inseguridad. El escéptico tiene una imagen del mundo esencialmente vacía que lleva a la afasia –abstención del juicio, a la apatía- o austeridad, austería, la actitud seca, fría, severa ante todo y todos.
Cuando se han perdido las creencias tradicionales y se encuentra uno perdido en la vida,
de no saber a qué atenerse y nos vemos en esa situación de perdimiento radical; se nos da a sí mismos la conciencia de la ignorancia. Pero este no saber fundamental, esta ignorancia original, ese no saber qué hacer es el motor que nos fuerza a forjaros una idea de las cosas y de nosotros mismos y averiguar, al cabo, que es “lo que hay”. Filósofo solo puede ser –y esto se impone como una necesidad vital- quien no cree o cree que no cree, y por es necesita encontrar algo así como una creencia. Tanto de duda, tanto de filosofía.
Entonces, cuando se ha perdido la fe tradicional que nos sostenía y hemos caído en el no-saber, hemos ganado una nueva fe, en un nuevo poder que, sin saber, poseíamos. La filosofía se nos aparece como duda ante lo tradicional, pero, también como confianza ante una vía nueva que se encuentra ante sí. Duda o camino seguro –aporía o método- integran la peculiar ocupación que es el filosofar. La duda sin camino a la vista no es duda, es desesperación. Y la desesperación no lleva, de ninguna manera, a la filosofía, sino al salto al vacío mortal. El filósofo no necesita saltar, porque está en la “creencia” de tener un camino por el que se puede andar, avanzar, y llegar al claro de la Realidad por sus propios medios. Por esto la filosofía no puede ser algo primerizo en el hombre. Cuando se está complicado en el vivir y el Universo se ha tornado un puro problema aparece este procedimiento mental, este esfuerzo cognoscitivo que es el filosofar.

sábado, 29 de octubre de 2011

Santo Tomás no era burro…

Solo sé que nada sé y ni de eso estoy seguro. Platón

Siempre me ha atraído  la Estupidez.
La mía, por supuesto.
No sólo hay infinitos tontos, sino que los hay de distintas formas: unas más ligeras; otras, más graves; hay tonterías inocentes; otras que son grave pecado... En las obras de Santo Tomás encontramos toda una tipología de tontos: asyneti, cataplex, credulus, fatuus, grossus, hebes, idiota, imbecillis, inanis, incrassatus, inexpertus, insensatus, insipiens, nescius, rusticus, stolidus, stultus, stupidus, tardus, turpis, vacuus y vecors.

Reflexiona que: en relación a Dios, todo hombre es tardo de intelecto (Dios lo conoce todo en un solo acto) y por tanto, para aprender, requiere muchas metáforas. Un intelecto elevado, de pocas cosas extrae mucho conocimiento y los tardos necesitan de muchos ejemplos para entender.
El tonto por no cultivado es un idiota. Así, en el texto citado de la Contra Gentiles, Santo Tomás confronta el "intellectus optimi philosophi" al "intellectus rudissimi idiotae" y afirma que el idiota toma por falso lo que él no puede comprender. Es en general el inexpertus ("non habens scientiam acquisitam") como aquel esclavo ignorante del Ménon de Platón.
Santo Tomás habla incluso de la contraposición entre atletas instruidos e idiotas, es decir rudos sin experiencia:
Otra constante en la variopinta legión de los tontos es que son obtusos, lo que se opone a la agudeza; lo agudo penetra en la realidad: de ahí que se hable de "sentidos agudos" e "inteligencia aguda", que penetra hasta en lo íntimo de la realidad. Lo contrario de agudo es obtuso, es burro.
En español "asno" se emplea para designar una persona ruda y de muy poco entendimiento y, en portugués, "burro" es ya la primera palabra para designar la poca inteligencia. Pobres burros. Aunque han logrado otras celebridades; si no, véanse páginas zoofílicas.

José Antonio Marina, filósofo español dice en su libro La Inteligencia Fracasada: “Puesto que hay una teoría científica de la inteligencia, -dice- debería haber otra igualmente científica de la estupidez. Creo, incluso, que enseñarla como asignatura troncal en todos los niveles educativos produciría enorme beneficios sociales. El primero de ellos, vacunarnos contra la tontería, profilaxis de urgente necesidad”. El hombre no tropieza dos veces en la misma piedra sino doscientas. La historia de la estupidez humana llenaría libros y libros y nunca se terminaría porque la estulticia no tiene fin. Y aún más, la palabra “estupidez” no tiene prestancia científica de ninguna clase; designar a alguien como estúpido es una liviandad. Sin embargo cuánto tiene que ver la palabreja con los fracasos de la inteligencia...