Mostrando entradas con la etiqueta Mozart. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mozart. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de octubre de 2011

La filosofía como solución a los problemas

“Primum est vivere, deinde philosophari” se dice de seguido. Y no puede ser de otra manera. La filosofía no puede ser algo primerizo en el hombre. La filosofía no es para señoritos satisfechos, ni para los aficionados a los “choripanes” cerveceros del fin de semana. Se filosofa desde muy adentro de la vida, cuando ya existe una experiencia de la vida, un pasado vital. Cuando la flauta filosófica comienza a sonar es porque se han visto muchos atardeceres, el buho de Minerva canta al anochecer. Eso que llaman niño prodigio (Schelling es la excepción que confirma la regla), una suerte de Mozart impúber, no es posible en filosofía. Platón y Aristóteles se daban cuenta que el filosofar –igual que la política- era cosa de viejos. La filosofía es un “venir de”, “llegar a” y “dejar de”.
A la filosofía se llega laboriosamente…es solo para iniciados. Recordemos que la filosofía es un sistema de interpretaciones radicales sobre el mundo y las cosas que suceden en el mundo. Es, por tanto, una actividad “intelectual”, a la que se llega de un modo “positivo”, o el aquel otro, más trabajoso y empinado: el escepticismo. Este atravesado hermano de la filosofía positiva y dogmática es un sistema de doctrinas terribles que se van autodestruyendo. Es una radical actitud defensiva frente a los falsarios mundos posibles y, esa negatividad ante todo saber, se siente en el cierto, fuera del radio del error, se siente seguro en la inseguridad. El escéptico tiene una imagen del mundo esencialmente vacía que lleva a la afasia –abstención del juicio, a la apatía- o austeridad, austería, la actitud seca, fría, severa ante todo y todos.
Cuando se han perdido las creencias tradicionales y se encuentra uno perdido en la vida,
de no saber a qué atenerse y nos vemos en esa situación de perdimiento radical; se nos da a sí mismos la conciencia de la ignorancia. Pero este no saber fundamental, esta ignorancia original, ese no saber qué hacer es el motor que nos fuerza a forjaros una idea de las cosas y de nosotros mismos y averiguar, al cabo, que es “lo que hay”. Filósofo solo puede ser –y esto se impone como una necesidad vital- quien no cree o cree que no cree, y por es necesita encontrar algo así como una creencia. Tanto de duda, tanto de filosofía.
Entonces, cuando se ha perdido la fe tradicional que nos sostenía y hemos caído en el no-saber, hemos ganado una nueva fe, en un nuevo poder que, sin saber, poseíamos. La filosofía se nos aparece como duda ante lo tradicional, pero, también como confianza ante una vía nueva que se encuentra ante sí. Duda o camino seguro –aporía o método- integran la peculiar ocupación que es el filosofar. La duda sin camino a la vista no es duda, es desesperación. Y la desesperación no lleva, de ninguna manera, a la filosofía, sino al salto al vacío mortal. El filósofo no necesita saltar, porque está en la “creencia” de tener un camino por el que se puede andar, avanzar, y llegar al claro de la Realidad por sus propios medios. Por esto la filosofía no puede ser algo primerizo en el hombre. Cuando se está complicado en el vivir y el Universo se ha tornado un puro problema aparece este procedimiento mental, este esfuerzo cognoscitivo que es el filosofar.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La musica como bálsamo

La música siempre he ejercido un efecto balsámico en nosotros. Escuchando el Adagio de Albinoni nos olvidamos del mundo y sus alrededores. Nuestro sistema neurovegetativo regulariza sus primigenias pulsaciones atávicas y se transforma en un  especialista en neurología funcional (nos hemos ahorrado plata en alienistas). Beethoven nos recrea una sensación de libertad y rectitud que nos permite respirar y pensar con facilidad. Bach nos ayuda convocar a las musas y pone en evidencia nuestro modesto potencial creativo.

Con la música sentimos constantemente una felicidad y un sentimiento que nos impulsa a la perfección que no se encuentra en ningún otra dimensión de la realidad, por mas fantástica, jovial, deportiva y alegre que este sea. La música nos traslada a otro universo, nos hace resonar a través de nuestras fibras más sensibles. Gracias a la música podemos vibrar con nosotros mismos, tomar conciencia de nuestra conciencia y comenzar el descifre de nuestro encriptado Ser. Bach nos sorprende, nos deja atónitos, nos lleva de la mano a zonas crepusculares de la mente y nos encontramos con el ser Creador; con su música nos conduce al lugar donde comenzábamos a ser nosotros mismos, nos iniciábamos en la tesaurización de realidades. Es un “viaje a la semilla”.

Se dice que "La música preexiste al lenguaje". Ella toma a cargo el cuerpo en su totalidad afín de modelarlo en una arquitectura verbalizante. De la música nacen los ritmos y las entonaciones inherentes a los procesos lingüísticos.

Mozart equilibra nuestras neuronas. Nos ayuda a encontrar la armonía en todos los niveles: corporal y psíquico. Esta armonía corporal y psíquica supone una coordinación homogénea, equilibrada y estética en el verdadero sentido de la palabra. Albert Einstein, que aparte de extraordinario científico era un experto mozartiano, había señalado que: "la sonata K448 es una de las más profundas y maduras de todas las composiciones escritas por el compositor". Según parece, acostumbraba a escucharla en sus momentos más creativos. El efecto se refiere a que grupos de estudiantes, después de haber escuchado durante 10 minutos la sonata, mejoraron temporalmente su razonamiento espacio temporal, en cuantías de 8 ó 9 puntos, medidos mediante pruebas objetivas de coeficientes intelectuales.

Hace falta profundizar científicamente más en las relaciones entre música y actividades cerebrales. Mientras tanto deleitémonos con Bach, Beethoven , Mozart, etc. y aconsejemos que hagan lo mismo nuestros futuros arquitectos, matemáticos, pilotos, controladores aéreos, jugadores de ajedrez, etcétera, cuyas habilidades espacio-temporales son esenciales. A los Blogeros, en el enfronte terrible con “la máquina que calcula” aconsejamos reproducir “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi…, Calíope, Clío, Melpómene, Talía, Euterpe, Terpsícore, Erato, Polimnia y Urania; por lo menos una de las nueve Deidades-musas vendrá a tocarnos el alma con sus manos incorpóreas.