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lunes, 11 de julio de 2016

Filosofía en Supositorios

Algunos quieren convertir en crema pastosa, en un bitumen resbaloso, en un bálsamo oleinoso, en un caldo sahumérico, en un azolve mizcleño… a la filosofía. Revolverla con algunos trozos del voluntarismo shopenhahueriano y mercantilizarla en potes de bakelita taiwanesa. Sí señor. Moler y remoler algunos trozos de la sagrada metafísica aristotélica, convertirla en microgránulos ambarinos, encapsularlos y enfrascarlos y lucirlos entre la fármacopea como purificador de ánimas depresivas. El sacratísimo recinto de los jardines de Academo (que reza eternamente “nadie entre aquí si no sabe geometría”), en donde el hombre de los anchos hombros se reunía con sus discípulos para pelar el Ser y buscar el cuesco esencial de su entelequia… lo quieren convertir en una santería, en una venta de fetiches miniaturizados, sahumerios para “descargar” habitáculos, pócimas de amor brujo, figurillas de yeso que representan engaños y fraudulencias. Junto a frascos  de brebajes –al más puro estilo del de fierabrás- de botica de barrio, les ha dado a algunos poner molienda del Tractatus de Baruch Spinoza para evitar la miopía mental metafórica.
Se sabe que Karl Jaspers fue, primero psiquiatra, y después filósofo…como debe ser. Y esto lo han convertido en un slogan estúpido, justamente, algunos psiquiatras y psicólogos y, en un rapto de conversión de cariz catastrófico, un deslumbramiento anómalo de ribetes paranormales; se han vestido con la sotana sacra de la logia filosófica y han bebido del cáliz sagrado del “éxtasis repentino” órfico, y han abierto oficinas consultoras disfrazadas de sacristías confesionarias para incautos y desprevenidos.
Es Ortega y Gasset, juguetón, como siempre; quién dice que la filosofía es un “paisaje de infinita inquietud mental”, y que su historia tiene “un divertido aspecto de dulce manicomio”, que muestra rasgos similares a la demencia por la profunda inquietud que provoca.
A fuerza de no encontrar respuestas en el “Manual de Estadística y Diagnóstico”, los médicos psiquiatras hurgan en el baúl sin fondo de la filosofía, buscando diagnosis y posologías. Para cada actitud “extraña” individual o colectiva inventan un nuevo mal: “síndrome fóbico por presencia de pollos ante el merodeo de la gripe aviar”…y lo añaden al “Manual”. Hasta han creado una organización de  “filosofía práctica”, la APPA; con sede en Nueva York. La filosofía ha dado a luz el utilitarismo de Locke, pero ella, en sí misma jamás podrá ser utilitaria; todo lo extremo contrario, es perfecta inutilidad y, a probado hasta ahora, ser inconducente e improcedente.
No se pretenda salir de un estado estuporoso provocado por un desencuentro con el jefe, leyendo los teoremas de la incompletitud de Gödel; o frente a una declarada melancolía de raíces genéticas buscar asilo emotivo en el optimismo de Leibniz; o ante un cuadro de grave afasia intelectual dar como “receta” aprehender el método cartesiano; o ante una caída de la fe religiosa buscar asilo ascético en Kongfuzi de la mano de Martín Buber.

Los psiquiatras deben seguir medicamentando a sus pacientes con Prozac y dejar a Platón en su plácida Academia; deben continuar con el psicoanálisis freudiano, tratativas conductistas pavlovianas,  electrochoc, lobotomías, hipnosis, escáneres TAC, test de la Barby y Kent, electrocardiogramas, quimioterapias…segundas opiniones, etc. y dejar a la filosofía que cumpla su rol para la que fue “in-fundada” desde la gloriosa Atenas del 450 a.C.: tomar conciencia del “saber-que-no-se-sabe”.

lunes, 10 de agosto de 2015

La “filosofía” de Ciorán

Hubo y hay muchos enfebrecidos detractores-murmuradores y maldicientes de la filosofía.
La pregunta que siempre emerge es: ¿De qué le ha servido la filosofía al hombre? ¿Ha resuelto algún problema grave de aquellos por los cuales el género humano ha franqueado? Ciorán, gran vociferante dice:“Se puede lamentar que nada sea resuelto en este mundo; nadie, sin embargo, se ha suicidado nunca por ello; la inquietud filosófica influye poco en la inquietud total de nuestro ser "[…] “Todo lo que los filósofos han venido manejando desde hace milenios fueron momias conceptuales... ¡Ser filósofo, ser momia, representar el monótono-teísmo con una mímica de sepulturero! ". Sólo se hace auténtica filosofía en los momentos personalísimos y únicos.

Afirma Ciorán que la filosofía es parlanchina, infecunda, estéril, insensata e inútil: “El ser es mudo el espíritu charlatán… la originalidad de la filosofía está en inventar términos. El ejercicio filosófico no es fecundo, solo es honorable, se es impunemente filósofo. El filósofo es el enemigo del desastre, es tan sensato como la razón y tan prudente como ella. No comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuando hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil recurrir a ella, que no iba a sernos de ninguna ayuda”.
Ciorán dice que encuentra en la filosofía el verdadero impulsador…, el odio: “La historia de las ideas es la historia del rencor de los solitarios". No hay considerable odio que, entre los energúmenos filósofos que protegen sus artilugios pirotécnicos conceptualoides con mayor o igual celotipia que los animales cuidan a sus cachorros, y construyen casetas de vigilancia desde las cuales otean compulsivamente el castillo de naipes de la verdad “absoluta”. Digamos, primero que no hay nada más improductivo que un conciliábulo de filósofos (En esto coincidimos con Ciorán).¿Qué es un congreso de filosofía?: Exposición exhibicionista de ataques virulentos y represiones defensivos de acalorado fanatismo conceptual donde sólo existe “mi” verdad que creo y quiero imponer como verdad universal y absoluta. Ejemplo: un filósofo que presenta una ponencia en un congreso de filosofía es, por un lado, una víctima presta al sacrificio por sus colegas; y por otro, un atrabiliario gladiador que desde su atalaya estará dispuesto a despellejarse y mostrar las vísceras de la mismísima Verdad, a dejar que corra su sangre sobre la arena,  a costa de que esa verdad, sea mayoritariamente reconocida y “tragada” por los demás conciliábulos. Se dice que hay nadie más intolerante que la especie filosofante a causa de su endógena inclinación a juzgar, a etiquetar y, asignarse una posición sobresaliente con los saberes. Cioran ha señalado que la filosofía es un precipitado de individuos y pueblos biológicamente superficiales. Sontag reflexionando sobre Cioran nos dice: “La filosofía no es más que una ilusión intelectual pasada de moda, uno de los componentes del provincialismo de espíritu de la infancia del hombre ".
La filosofía es un divertimento inútil, un universo inverosímil medianamente bien articulado, es una retahíla encadenada de conceptos sobre conceptos que se repiten insistentemente bajo el pretexto de que son los problemas esenciales a dicha disciplina y por ende al hombre.


El siguiente texto de Ciorán condensa lo que hemos dicho acerca de la inutilidad del ejercicio filosófico, y uno de los que mas brilla por su agudeza:”Frente a la música, la mística y la poesía, la actividad filosófica proviene de una savia disminuida y de una profundidad sospechosa, que no guardan prestigios más que para los tímidos y los tibios. La filosofía -inquietud impersonal, refugio junto a ideas anémicas- es el recurso de los que esquivan la exuberancia corruptora de la vida. Poco más o menos todos los filósofos han acabado bien: es el argumento supremo contra la filosofía. El fin del mismo Sócrates no tiene nada de trágico: es un mal entendido, el fin de un pedagogo, y si Nietzsche se hundió fue como poeta y visionario: expió sus éxtasis y no sus razonamientos... qué pocos de los sufrimientos de la humanidad han pasado a su filosofía... Se es siempre impunemente filósofo: un oficio sin destino que llena de pensamientos voluminosos las horas neutras y vacantes... ¿Y acaso esos pensamientos se han materializado en una sola página equivalente a una exclamación de Job, a un terror de Macbeth o a una cantata? El universo no se discute; se expresa. Y la filosofía no lo expresa. El filósofo "enemigo del desastre, es tan sensato como la razón y tan prudente como ella". No comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuando hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil recurrir a ella, que no iba a sernos de ninguna ayuda". Qué ventaja hay en saber que la naturaleza del ser consiste en "voluntad de vivir" en la "idea", o en la fantasía de Dios o de la Química. Simple proliferación de palabras, sutiles desplazamientos de sentidos. ... Sólo estamos seguros en nuestro universo verbal, manejable a placer, e ineficaz. El ser mismo no es más que una pretensión de la Nada. El ser es mudo y el espíritu charlatán. Eso se llama conocer. La originalidad de los filósofos se reduce a inventar términos. Estamos abismados en un universo pleonástico en el que las interrogaciones y las réplicas se equivalen".

domingo, 12 de julio de 2015

“EL CASO DE LOS CEREBROS EN UNA CUBETA"

He aquí una posibilidad de ciencia-ficción discutida por los filó­sofos: imaginemos que un ser humano (el lector puede imaginar que es él quien sufre el percance) ha sido sometido a una operación por un diabólico científico. El cerebro de tal persona (su cerebro, querido lector) ha sido extraído del cuerpo y colocado en una cubeta de nutrientes que lo mantienen vivo. Las terminaciones nerviosas han sido conectadas a una computadora súper científica que provoca en esa per­sona la ilusión de que todo es perfectamente normal. Parece haber gente, objetos, cielo, etc.; pero en realidad todo lo que la persona (us­ted) está experimentando es resultado de impulsos electrónicos que se desplazan desde la computadora hasta las terminaciones nerviosas. La computadora es tan ingeniosa que si la persona intenta alzar su mano, el «feedback» que procede de la computadora le provocará que «vea» y «sienta» que su mano está alzándose. Por otra parte, mediante una simple modificación del programa, el diabólico científico puede provocar que la víctima «experimente» (o alucine) cualquier situación o entorno que él desee. También puede borrar la memoria de funcio­namiento del cerebro, de modo que la víctima crea que siempre ha estado en ese entorno. La víctima puede creer incluso que está senta­do, leyendo estas mismas palabras acerca de la suposición, divertida aunque bastante absurda, de que hay un diabólico científico que ex­trae cerebros de los cuerpos y los coloca en una cubeta de nutrientes que los mantiene vivos. Las terminaciones nerviosas se suponen co­nectadas a una computadora súper científica que provoca en la perso­na la ilusión de …
Cuando se menciona esta especie de posibilidad en una clase de Teoría del Conocimiento, el propósito no es otro que suscitar de un modo moderno el clásico problema del escepticismo con respecto al mundo externo. (¿Cómo podría usted saber que no se halla en esa situación?) Pero esta situación es también un útil recurso para susci­tar cuestiones en torno a la relación mente-mundo.
En lugar de imaginar un solo cerebro en una cubeta, podemos imaginar que los seres humanos (quizá todos los seres sintientes) son ce­rebros en una cubeta (o sistemas nerviosos en una cubeta, en el caso de algunos seres que sólo poseen un sistema nervioso mínimo, pero que ya cuentan como sintientes). Por supuesto, el diabólico científico tendría que estar fuera — ¿o querría estarlo? Quizá no exista ningún diabólico científico, quizá (aunque esto es absurdo) el mundo consis­ta en una maquinaria automática que está al cuidado de una cubeta repleta de cerebros y sistemas nerviosos.
Supongamos esta vez que la maquinaria automática está programada para ofrecernos a todos una alucinación colectiva, en lugar de unas cuantas alucinaciones separadas y sin relación. De forma que cuando me parece estar hablando con usted, a usted le parece estar oyendo mis palabras. Mis palabras no llegan realmente a sus oídos, por supuesto —porque usted no tiene oídos (reales), ni yo tengo boca o lengua reales. Pero cuando emito mis palabras, lo que ocurre en realidad es que los impulsos aferentes se desplazan desde mi cerebro hasta el ordenador, el cual a su vez provoca que yo «oiga» mi propia voz profiriendo esas palabras y «sienta» el movimiento de mi lengua, y que usted «oiga» mis palabras, y me «vea» hablando, etc. En este caso, nos comunicamos realmente, hasta cierto punto. Yo no estoy equivocado con respecto a su existencia real (sólo lo estoy con respec­to a la existencia de su cuerpo y del «mundo externo», aparte de los cerebros). En cierta medida, tampoco importa que «el mundo ente­ro» sea una alucinación colectiva; después de todo, cuando me dirijo a usted, usted oye realmente mis palabras, si bien el mecanismo no es el que suponemos. (Si fuéramos dos amantes haciendo el amor y no dos personas manteniendo una conversación, la insinuación de que únicamente somos dos cerebros en una cubeta podría ser molesta, des­de luego.)
Deseo formular ahora una pregunta que parecerá obvia y bastan­te estúpida (al menos a algunos, incluyendo a algunos filósofos sumamente sofisticados), pero que tal vez nos sumerja con cierta rapi­dez en auténticas profundidades filosóficas. Supongamos que toda esta historia fuera realmente verdadera. Si fuéramos cerebros en una cu­beta, ¿podríamos decir o pensar que lo somos?.”
Hilary Putnam, “Razón, verdad e historia”, (2006), Editorial Tecnos, página 19-20.

domingo, 1 de marzo de 2015

la música trascendente

En consecuencia, la música, que va más allá de las ideas, también es completamente independiente del mundo de los fenómenos, simplemente lo ignoran, y de cierta manera podría seguir existiendo incluso si no existiera el mundo, lo que no es cierto se puede decir de las otras artes.

Schopenhahuer

miércoles, 1 de octubre de 2014

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

martes, 13 de mayo de 2014

CONTRADICTIO

“¿Qué puede esperarse de un hombre? Cólmelo usted de todos los bienes de la tierra, sumérjalo en la felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas, dele unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre de puro desagradecido, por simple des¬caro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, sólo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Jus-tamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar...”                  
 Feodor Mijailovich Dostoievski
 Domingo. Otros tantos lánguidos bostezos de aburrimiento trascendental ante un mundo donde todo es exiguo, insuficiente. El sentimiento de inopia vital vuelve y revuelve la horizontalidad del domingo. Nos hemos negado sistemáticamente toda la vida a ser un típico hombre medio que piensa, cree y estima precisamente aquello que no se ve obligado a pensar, creer y estimar por sí mismo en esfuerzo propio y original. Este hombrecito espiritualmente invisible tiene el alma hueca, y su única actividad es la mímesis del eco. Nos asalta, a veces, un efecto de indignación… de cuando en cuando llega a la superficie de la conciencia su voz recóndita.
El gran laboratorio de experimentos humanísticos que es la vida humana nos parece un desierto umbrío en donde se enseñorea la nada corrosiva. Herido e irritado, mostramos a la intemperie ese resto insocial e insociable que todos y cada uno llevamos dentro, pero cuidadosamente disfrazado y encubierto. Y cuando alguien ha dicho abiertamente de algo que es una farsa o de alguien que es un farsante, pasa a ser un… desconsiderado. Y casi todas las cosas le parecen farsas, y casi todos los hombres le parecen farsantes. Llamamos farsas a aquellas realidades en que se simula la realidad. Esto pre-supone que en la llamada realidad distinguimos bidimensionalidad: una externa, aparente, manifestativa; otra, interna, substancial, que en aquella se hace aparente y palpable. Tiene aquella realidad la misión ineludible de ser expresión adecuada de ésta, si no es farsa. Tiene esta realidad interna, a su vez, la misión de manifestarse, exteriorizarse en aquélla, si no es también farsa. Ejemplo: un hombre que defiende profusamente unas opiniones que en el fondo le tienen sin cuidado, es un farsante; un hombre que tiene realmente esas opiniones, pero que no las defiende y manifiesta, es otro farsante.
El mal –dice Platón- asola a las repúblicas en las que no hace cada cual lo suyo. Según lo dicho, las verdades del hombre estriban en la concordancia estricta entre el gesto mundanal y las reconditeces del espíritu, en la perfecta adecuación entre lo externo y lo íntimo. Goethe, aunque a propósito distinto, solfeaba: Nada hay dentro, nada hay fuera; Lo que hay dentro eso hay fuera. No es otro asunto, creemos, es lo que ya Platón, tiempo atrás, nos enseñó con sus célebres alegorías. Y la filosofía tiene algunas sobresalientes, como la del “asno de Buridán”.
Se im-puta (nada personal) a Juan Buridán, nominalista francés del siglo XIV, la con- siguiente fábula: un asno famélico y hambriento, colocado frente a dos sendos suculentos montones de heno volumétricamente iguales y situados a la misma longitud vectorial; y, nuestro burro, no siendo capaz de decidirse a cuál de ellos acudir para liberarse del hambre que lo laceraba y; al carecer de un motivo que le lleve a elegir el uno más que el otro, termina por morirse de inanición.

Johann Kaspar Mertz (1806-1856) Elegie .

lunes, 11 de febrero de 2013

Resentimiento y crueldad

Como ha indicado un glosador de Nietzsche, no se trata, simplemente, del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez del fruto, y se contenta con negar esta apreciable condición a las uvas que están demasiado altas…fuera de su alcance. El "resentido" va aún más allá: odia la madurez y prefiere lo agrio. Es la total inversión de los valores: lo superior, y precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su esfera se enseñorea lo menor e inferior. Al resentido endógeno no le basta, por ejemplo, la muerte del adversario…quiere ir más allá.
Justamente a Fede Nietzsche le debemos la revelación del mecanismo que funciona en la conciencia individual y pública degradada: le llamó ressentiment, resentimiento. Cuando un hombre se siente ante sí mismo inferior y pequeño por carecer de ciertas aptitudes —inteligencia, valentía o elegancia— trata veladamente de afirmar ante su propia vista negando el valor de esas cualidades en el otro.
Flagrantior aequo non debet dolor esse uiri nec uulnere maior, “El resentimiento de un hombre no debe ser más ardiente de lo justo ni desproporcionado a la ofensa”. En efecto, tiene razón Juvenal, (en sus Sátiras): no debe ser el resentimiento superior a la ofensa, pero menos aún puede tolerarse que lo sea el castigo. Y es que incluso en el supuesto caso de que el delito resultara tan inhumano que pueda pensarse de que es merecedor de ningún castigo más liviano que la muerte, con ella basta, y todo otro sufrimiento incrementado resultaría no sólo brutal y cruel, sino también infame y vil: “Todo cuanto va más allá de la simple muerte me resulta pura crueldad”, dice Montaigne.

Entonces, ¿qué es ser cruel? ¿Por qué un individuo es cruel?
Schopenhauer  cree encontrar la respuesta en el permanente dolor que es consustancial, según él, a nuestra existencia. Se sabe que, en su opinión, nuestra vida no es más que persistente sufrimiento e insatisfacción; a tal punto, que suponiendo de que alcanzáramos todos nuestros propósitos y metas, siempre permanecerán como background la angustia y el vacío. Esa inquietud perpetua y ese sufrimiento insalvable son quienes, finalmente, termina por engendrar la crueldad. Y la explicación, según él, es la siguiente:

«Todo esto es sentido en muy escasa medida por una volición corriente –asegura el filósofo alemán–, y sólo comporta una pequeña dosis de tristeza, pero en aquel hombre cuya voluntad posee una intensidad inusual provoca la manifestación de la maldad, de lo cual se desprende necesariamente una desmesurada angustia interior, una inquietud perpetua y un dolor irremediable; por eso se ve impulsado a buscar indirectamente el alivio que no es capaz de hallar de inmediato, intentando mitigar el sufrimiento propio mediante esa contemplación del padecimiento ajeno donde al mismo tiempo reconoce una expresión de su poder. El sufrimiento ajeno se convierte para él en un fin en sí mismo, en un espectáculo con el que se deleita. Y así se origina la manifestación de la crueldad propiamente dicha.»

La crueldad, nace del sentimiento de la propia insuficiencia resentida y menesterosidad, y es un mecanismo que busca compensar una inferioridad (real o imaginaria) mediante el proceso de causar daño y dominar a otro, lo que genera una sensación placentera y una satisfacción que tiene su principio en un sentirse, aunque no sea más que durante el tiempo que dura el atropello, fuerte y superior. A poco de consumado el agrado, de nuevo brota la angustia, y el proceso vuelve a marchar una y otra, y otra vez, sea con la misma víctima, sea con otra distinta. Y hasta es posible que entre uno y otro ataque haya manifiestos gestos de arrepentimiento y promesas de re-generación. Pero es inútil: las más de las veces son falsarias; y aún en el supuesto de que fuesen sinceras, el dispositivo volverá a emitirse tarde o temprano, con el carácter irrevocable e irremediable de una ordenanza legal.
Por lo demás, se trata de un dispositivo compensatorio automático sin paralelo alguno en ruindad y en vileza, porque la crueldad sólo se ejerce (sólo puede ejercerse) sobre alguien más débil y frágil (en el sentido que sea) y, no pocas veces, sin culpa ninguna en las frustraciones que corroen a su torturador: se trata, en muchos casos, de una simple y “a mano” víctima propicia; de alguien que resulta asequible y a quien se puede maltratar sin correr mayores riesgos circundantes. Y, desde este enfoque, la crueldad es una de las formas más estruendosas e infames de la cobardía: “La cobardía, madre de la crueldad”, dejó escrito Montaigne en el título de uno de sus ensayos. Y cuando va aparejada del resentimiento que, suele ser el motor impulsor, así es, en efecto.

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Ser buenos o ser auténticos?

Los valores no son cosas. Los valores no son sino que valen. Se quiere significar con esto que no existen cosas valiosas en sí y por sí. Los valores no es algo puesto en el mundo y que se tiene que descubrir y usufructuar.
 La bondad o maldad de que habla la ética es siempre la bondad o maldad de una voluntad, de un querer algo alguien. Las cosas no son buenas o malas en sí, sino nuestro querer o no querer. Ese querer algo para, querer algo para otra cosa, a cual queremos a su vez para otra conforma la trama básica de nuestras apetencias. De esa cadena de voliciones en que un querer atiende a otro querer se compone el tejido de nuestra estimativa, nuestra escala de valores. Este querer ético, hace de las cosas fines, finalidades, conclusiones, últimos confines de la vida. Ahí es cuando entra en ejercicio lo más autentico de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos, por caso raro, solidarios con nosotros mismos, siendo entonces y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos vinculamos al objeto deseado sin reservas ni temores. De modo que no nos parecería soportable vivir en un mundo donde ese objeto querido no existiera; nos veríamos como reflejos fantasmales de nosotros mismos, como incoincidentes con nosotros mismos, inauténticos. Somos, al fin y al cabo, lo que deseamos.
 La mayor parte de nosotros no hacemos más que querer en el sentido crematístico de la palabra: resbalamos de un objeto a otro objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa que se ofrezca como fin a nosotros. Existe una potencia, un talento del querer, como lo hay del pensar, y son muy pocos los capaces de descubrir por encima del utilitarismo social que comandan nuestros movimientos, que nos obligan a esta o aquella actitud, su querer personal y exclusivo. Solemos llamar vivir a sentirnos empujados por las cosas y los casos en lugar de conducirnos con nuestra propia voluntad.
Por esto vemos en la característica del acto moral en la plenitud con que es apetecido. Cuando nuestro ser integro quiere algo –sin reservas, sin temores, sin torvamientos, derechamente, integralmente- cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. ¿Qué significa lo que acostumbramos llamar sin saber un hombre íntegro; acaso un hombre que es enteramente él mismo y no una urdimbre de compromisos dispersos, de caprichos sin sentido, de concesiones a los demás, a la tradición, al prejuicio? Por esto nosotros respetamos mas no al que quiere aparecer como “bueno” ante los demás sino al que lleva de su mano su  propia vida, se  afana incansablemente en la pesquisa de un fin. Nada le parece superior a lo demás; nada vale más, todo es igual. Lleva en la mano –decíamos- siempre su propia vida, y como todo le parece del mismo valor, consecuente con su corazón, está siempre dispuesto a ponerlo sobre cualquier cosa,
Una sociedad donde cada individuo tuviera la potencia y la audacia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad perfecta.

martes, 15 de enero de 2013

La metafísica como salvación

De Karl Jaspers leemos en "Esclarecimiento existencial" lo siguiente:
"El hombre, salido de la infancia, trabaja, pero el látigo y el pan lo movilizan; entregado a la libertad, es inerte y lascivo. Su ser-ahí es comer, aparearse, dormir, y, si  cuando éstos se dan en medida insuficiente, la miseria. Para otro trabajo que no sea mecánico, que pudiera aprender, no es capaz. A él lo dominan la costumbre, además aquello que en su círculo se conoce como opinión general, y una necesidad de valer, que busca reemplazo para su faltante conciencia de sí. En el azar de su querer y hacer se hace patente su incapacidad para el destino. Lo pasado se le escurre rápida e indiferentemente, su previsión se limita a lo más próximo y grosero. Él no toma conciencia de su vida, sino sólo de sus días. No hay una fe que lo espiritualice, nada es para él incondicionado, a no ser la voluntad ciega de ser-ahí y el impulso vacío a la felicidad. Su ser permanece él mismo, si acaso él trabaja en la máquina o participa en la actividad de la ciencia, si acaso él manda u obedece, si acaso inseguro no sabe cuánto tiempo más tiene para comer, o su vida parece asegurada. De un lado para otro movido por situaciones está él constantemente tan sólo en el impulso de estar cerca de sus congéneres. Faltándole una continuidad fundamentada en la comunidad y en la lealtad de hombre a hombre, permanece como el ser de un día, sin el camino de una vida a partir del peso del ser sustancial".
Pero, para Jaspers esta no es la situación definitiva del bípedo implume...felizmente. Hay una posibibilidad de la existencia para salir de ese condicionamiento ilimitado en un mundo de intereses contingentes, conveniencias circunstanciales, apetitos por el poder temporales y éxitos efímeros.
Esta tensión entre dos mundos: mundo y trascendencia, ser-ahí  y existencia está presente transversalmente a través de toda la obra Jasperiana. La situación original del hombre es de una total desorientación.  Allí se acerca a la metafísica.
La Metafísica  es algo que el hombre hace y ese hacer metafísico  consiste en que el hombre busca una orientación radical en su situación. Esto parece implicar que la situación del hombre es una radical desorientación, o lo que es lo mismo, que a la esencia del hombre, a su verdadero ser no pertenece como uno de los atributos constituyentes el estar orientado sino que, al revés, es propio de la esencia humana estar el hombre radicalmente desorientado. Dice Ortega y Gasset en la Lección II de ¿Qué es Filosofía?
Para Ortega, Metafísica  es que el hombre hace cuando busca una orientación radical a su incómoda situación. Esto pre-supone que la situación del hombre es des-orientación. Decir  “desorientación” es decir “sentirse perdido”.” El hombre se siente perdido, no  por ratos, no algunas veces sino siempre, o lo que es igual,  que el hombre consiste sustantivamente en sentirse perdido. ¡Sentirse perdido! ¿Han reparado ustedes bien en lo que esas palabras por si mismas significan, sin trascender de ellas para nada? Sentirse perdido implica, por lo pronto, sentirse: esto es, hallarse, encontrarse a sí mismo, pero a la par, ese sí mismo que encuentra el   hombre al sentirse, consiste precisamente en un puro estar perdido.”
Vivir es encontrarse irremediablemente náufrago entre las cosas y los casos. No hay más remedio que tratar de agarrarse a ellas. Pero ellas son resbalosas, fluidas, indecisas, fortuitas. Por eso que nuestra relación con las cosas sea constitutivamente inseguridad. La vida no nos es dada ya hecha, sino que cada cual tiene que hacérsela, y el espíritu del hombre no es ser primariamente mero espectador de su existencia, sino autor de ésta; tiene que irla decidiendo y  haciendo de instante en instante. Si las cosas que nos rodean –la circunstancia- se nos impusieran absolutamente en cada instante, serían ellas las que decidieran de nosotros. Pero ahí está: las cosas en la estancia que nos circunda se presentan respecto de nosotros con un carácter indeciso, vacilante, dudoso. La vida, entonces, es primariamente encontrarse uno sumergido entre las cosas, y mientras es sólo esto consiste en sentirse absolutamente perdido. La vida es perdimiento. Por lo mismo nos obliga, queramos o no, a un esfuerzo voluntarioso para orientarse en el caos, para salvarse de esa perdición.
Este esfuerzo es el conocimiento que arranca del caos un proyecto de orden, un cosmos.

domingo, 2 de diciembre de 2012

La reflexión filosófica



Muchas veces la oscuridad nos rodea por todos los flancos. Nos embarga una sensación de perdimiento cuando el amor se petrifica en el vacío. Aparece el olvido de sí mismo, el ser es devorado por los impulsos. Hoy, entre-medio de tanta tecnología abrumadora aparece esta sensación de vacío existencial.  El olvido de sí mismo es promovido por esta inundación de los medios técnicos. El mundo es reglamentado por el reloj, dividido en trabajos enajenadores y absorbentes, mecánicos y vacíos. Llega el momento en que nos sentimos la parte mínima de una gran máquina. Si en algún momento tratamos de volver a nosotros mismos, será por momentos, ya que la máquina omnidevoradora del trabajo vacío nos hundirá de nuevo entre los engranajes del coloso invisible de los tiempos: la técnica.
Hay una natural inclinación en el hombre a olvidarse de sí mismo. Es necesario pellizcarse constantemente para no perderse entre los recovecos del mundo, en los hábitos adormecedores, en las trivialidades sin sentido, en los rieles fijos.

Filosofar es resolverse a hacer que despierte el origen, retroceder y bajar hasta el fondo de sí mismo y ayudarse con la acción interior reivincadora y libertaria en la medida de las propias fuerzas.
Cierto es que la vida nos llama hacia lo primario y tangible y que debemos obedecer a esos llamamientos materiales, al requerimiento contingente y diario. Pero no darse satisfecho por ello, rebelarse ante estas imposiciones absorbentes es ya camino incipiente hacia sí mismo. No olvidar, sino aferrarse firmemente; no desviarse, sino trabajar hasta la perfección íntimamente; no dar por acabado nada, sino iluminar hasta el fondo los vericuetos a que nos llevan ciertas circunstancias.
La vida filosófica es un camino de dos vías: en la soledad, la meditación en todos sus modos de reflexión y en compañía de los demás, la comunicación en todos sus modos posibles del comprenderse mutuamente en el hacer, hablar y callar unos con los otros. Indispensables nos son los otros a nosotros en algunos momentos del día de profunda reflexión. Con ello constatamos de que no desaparece del todo la presencia del origen en el ineludible desenfreno del diario vivir.
La reflexión filosófica no posee, a diferencia de los cultos religiosos, un objeto sagrado, tampoco un lugar consagrado, ni ninguna forma fija y pétrea. El orden que para ella nos asignamos no se convierte en regla imperturbable, sino que queda en posibilidad dentro de posibles movimientos mentales. Esta reflexión es, a diferencia de la comunidad que practica cultos objetivantes, una reflexión solitaria.

domingo, 1 de abril de 2012

¿La relatividad de la verdad?

Se dice que la verdad es Verdad –desde Aristóteles- cuando hay concordancia del  conocimiento con la situación objetiva que enuncia. Planteado así el asunto se advierte que las dificultades no provienen de la verdad en sí, sino de la posibilidad o imposibilidad de comprobar la situación objetiva a que el conocimiento se refiere. La vedad no nos es segura, muchas veces se transforma en no-verdad, por la condición oculta y recóndita de ciertas situaciones objetivas que por múltiples motivos escapan a la comprobación. Para cualquier situación objetiva es irrefutable que puede haber conocimiento verdadero, aunque las más de las veces esta posibilidad no se realice; porque nada hace constar y constatar a la existencia de una enunciación que corresponda a la situación. La Verdad es una relación especial: la relación de conformidad entre un conocimiento y su objeto.
Sabemos que lo opuesto a la verdad es la falsedad. El conocimiento es estrictamente verdadero o falso; no hay grados de verdad o medias falsedades, no existen términos medios. Por lo tanto no hay verdades relativas.
No hay relatividad en la Verdad. Se suele decir descuidadamente que la “verdad es relativa”, por que lo que es verdad para Juan no lo es para Pedro, o porque la mayoría de determinada época ha juzgado verdadero lo que después se ha demostrado indudablemente que era falso. Así se confunden dos instancias distintas: la verdad y el tener algo por verdadero. Por muchas y diversas que sean las opiniones tenidas por verdad sobre algo, es innegable que hay una enunciación del asunto que concuerda  con el, entre las opiniones emitidas, o entre las que no se han emitido aún. Entonces la Verdad es Una y Absoluta, pero que puede o no recaer sobre lo que se tiene por verdadero. Por ello sale mas barato afirmar que la verdad es “relativa”, que todo depende del cristal con que se mira. Pero estas afirmaciones de la relatividad de la Verdad conllevan a curiosas y pintorescas anomalías.
Veamos. Todo relativismo de la verdad se fundamenta en el reconocimiento absoluto de la verdad, y por lo mismo se autodestruye. La fórmula mas juiciosa del relativismo es:”Todo es relativo, salvo este principio”, que resguarda y pone a salvo la relatividad. A los relativistas habría que preguntarles si la tesis de la relatividad que expresa es verdadera o no. Y aunque nos diga “ es relativamente verdadera” no escapa de la telaraña de la contradicción, porque el entiende decirnos que “es absolutamente verdadero que es absolutamente verdadera”. Al relativismo consecuente consigo mismo no le queda otra postura fundada que el silencio edificante. La relatividad de la verdad se toma muchas veces por este otro costado. Si fulano de tal no nos parece bueno del todo, si sostenemos y afirmamos sus atributos bondadosos con reservas mentales, diremos acaso que es bueno, pero que esto es verdad relativamente. En seguida se descubre en qué consiste la supuesta verdad relativa; es realmente una falsedad cuya distancia de la verdad es poco considerable…a veces mínima…a veces inesencial a los fines que se tienen a la vista. La discrepancia entre el conocimiento o la enunciación y la efectiva y auténtica situación no impide el manejo (manipulación) de la afirmación. Pero rigurosamente estas aseveraciones son plena y totalmente falsas; una mínima falta de concordancia basta para sustraer toda la verdad al conocimiento.
 Pero, curiosamente, una cantidad notable de nuestros conocimientos son de ese cariz, y no solo los utilizamos descuidadamente, sino que casi permiten una enunciación correcta y cierta: “Fulanito es casi bueno”; “calculo  aproximadamente ese grupo de manifestante en tantos alumnos”. Basta, solamente de introducir en la frase afirmativa la reserva mental que dejábamos fuera y que hacíamos recaer como la verdad total.

domingo, 26 de febrero de 2012

Pensar propio y ajeno

El pensar por sí no se logra desde el vacío. Únicamente lo que pensamos por nosotros mismos puede sernos en realidad manifestado. Por supuesto que lo históricamente pensado, el contacto con la tradición cronológica de antiguos pensamientos despierta en nosotros visiones de paisajes de verdad ya visitados. Este estudio de lo anterior nos predispone a cierta confianza con las ideas. Pero es el propio filosofar, al final, el que se encarama por las perimetrías de figuras históricas. El hilo conductor de los tres requisitos kantianos nos ayudará a vislumbrar el camino: pensar por sí mismo; pensar en lugar de cualquier otro; pensar de acuerdo consigo mismo. Estos requisitos representan tareas gigantescas y nos abre senderos infinitos. La filosofía, dijo alguien, es un constante ir de camino…camino que algunos han transitado…hasta ciertos cuadrantes. La historia nos ayuda a andar estos tramos sin perdernos. Si no tuviésemos esa confianza en los hitos del pasado no nos daríamos el trabajo de leer y estudiar a Platón o a Ortega y Gasset. Confiamos en la dirección indicada y empezamos a tener por verdadero algunas ideas ya pensadas. No necesitamos hacer reflexiones críticas en todo momento, no empezamos por no tener por verdadero, ni paralizando el andar a cada momento en que se nos atraviesa una duda –como un animalejo inesperado-. Obedecemos. Esto quiere decir además el respeto que no se permiten  críticas baratas, sino solo una, la que parte del propio trabajo, la que se acerca paso a paso al asunto y logra alzarse hasta su digno nivel. Es gran placer intelectual cuando logramos tomar algo como verdadero alguna idea ajena que ha sido, analizada y depurada, y que logra convertirse en convicción propia en el solamente pensar por sí.
Sabemos que ningún filósofo, ni siquiera el que consideramos el mejor está en posesión de la verdad absoluta. Solo se arriba a ciertas verdades cuando en el pensar por sí se hace en esfuerzo auténtico y laborioso de pensar en lugar de cualquier otro. Cuando se intenta seriamente pensar lo que ha pensado otro, se amplifican las eventualidades de la propia verdad, incluso cuando se intenta confirmar el pensamiento ajeno. Entonces solo se llega a conocer este cuando se tiene la valentía y perseverancia de sumergirse totalmente en el. Entonces, quien filosofa no se vuelve solo hacia el filósofo de sus preferencias, aquel al que estudia reconcentradamente, sino también a la historia universal de la filosofía, para tener referencias cronológicas de lo que pasó y se pensó.
Esto puede causar dispersión e inconexión. Allí nos protege el tercer requisito kantiano: pensar de acuerdo consigo mismo; en todo momento y a la defensiva, nos pone en guardia contra la tentación constante de entregarse ante lo pintoresco y pirotécnico, ante la propensión a lo novedoso y al deleite de la admiración por demasiado tiempo.
Aunque la idea de unidad de la historia de la filosofía fracasa constantemente esta no debe ser un portón cerrado, sino una posibilidad siempre abierta. Todo entra en lógica conexión cuando se recoge el yo singular del que entiende. Allí es cuando hay que verificar nuestro propio pensar y entrar en el acuerdo con nosotros mismos reduciendo a la unidad lo diversificado, lo opuesto a su enfronte.
La exposición de la historia de la filosofía es necesaria para el propio co-filosofar.

viernes, 24 de febrero de 2012

La temida Libertad

Para Ortega y Gasset la vida es en esencia, libertad. La libertad no es una posibilidad sino una inextirpable condición humana. La libertad es una accesibilidad a sí mismo y esto lo convierte en una potencia radical e incondicional para la vida. Una libertad sin apellidos…genérica. La libertad jurídica, por ejemplo, es cosa de abogados. Es un error que ha vuelto superficial y achatado este enorme asunto, entender la palabra “libertad” refiriéndola primariamente o exclusivamente al derecho y la política como si fueran éstos la vertiente de donde emana el fluir general de la vida humana que llamamos libertad. Porque se trata, verdaderamente, de esto. La libertad es el aspecto que la vida entera del hombre toma cuando sus heterogéneos elementos llegan a un nivel en su desarrollo que produce entre ellos una determinada igualdad dinámica. Tener una idea clara de lo que es “libertad” supone haber definido o encontrado con algún rigor la fórmula de esa ecuación. Tomamos intensamente conciencia de nuestra libertad cuando re-conocemos que nos apuntan requerimientos que, depende de nosotros aceptarlos o rechazarlos. Quién no re-conoce esto, no puede, en consecuencia requerir nada de los demás.

“La vida deja un margen de posibilidades dentro del mundo, pero no somos libres para estar o no en este mundo que es el de ahora. Sólo cabe renunciar a la vida, pero si se vive no cabe elegir el mundo en que se vive. Esto da a nuestra existencia un gesto terriblemente dramático. Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a sabor, como se elige el teatro después de cenar, sino que es encontrarse de pronto y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable, en éste de ahora. Nuestra vida empieza por ser la perpetua sorpresa de existir, sin nuestra anuencia previa, náufragos en un orbe impremeditado.”
“Circunstancia y decisión son los dos elementos radicales de que se compone la vida. La circunstancia –las posibilidades- es lo que de nuestra vida nos es dado e impuesto. Ello constituye lo que llamamos el mundo. La vida no elige su mundo, sino que vivir es encontrarse, desde luego, en un mundo determinado e incanjeable: en este de ahora. Nuestro mundo es la dimensión de fatalidad que integra nuestra vida. Pero esta fatalidad vital no se parece a la mecánica. No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria está absolutamente predeterminada. La fatalidad en que caemos al caer en este mundo –el mundo es siempre este, este de ahora- consiste en todo lo contrario. En vez de imponernos una trayectoria, nos impone varias y, consecuentemente, nos fuerza… a seguir. ¡Sorprendentemente condición la de nuestra vida! Vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo”
.
Hay múltiples opiniones respecto a la libertad, que vivenciaron y encerraron en conceptos los griegos dorados, cuando comenzaron a vivir “épocas de libertad”. Para Heidegger , por ejemplo, opuesto a Ortega, afirma que la libertad no es nada que se ejercite y menos tiene carácter de necesidad de forzarnos por el hecho mismo de sentirse vivo. En el pensamiento de Heideggeriano no hay lugar para determinaciones originarias que se nos impongan, que nos impongan ser libres; como si la libertad fuese algo de carácter existencial que se ejecuta como el acto por excelencia.
El hombre, trae prefijada e impuesta la libertad para elegir lo que va a ser dentro de una amplia gama de posibilidades. Le es dado el poder elegir, pero no le es dado el poder no elegir. Quiera o no, está comprometido en cada momento a discriminar a hacer esto o aquello, a poner su atención y compromiso en algo determinado. De donde resulta que esa libertad para elegir, que es su privilegio en el firmamento del ser, tiene a la vez el carácter de condena y funesto destino, pues al estar condenado a tener que elegir su propio ser está también condenado a hacerse responsable de ese su propio ser, responsable, por tanto, ante si mismo, cosa que no sucede con la piedra, la planta ni el animal, que son lo que son inocentemente, con una envidiable irresponsabilidad. Y por esta condición irremediable resulta ser el hombre, ese extraño crío se va por el mundo llevando siempre adentro un reo y un juez fusionados y que son él mismo.

jueves, 16 de febrero de 2012

Naranjas y realidades

Eso que acostumbradamente llamamos “mundo” no es otra cosa que el conjunto de las cosas reales. El mundo es una gran cosa repleta hasta los bordes de cosas más pequeñas. Este mundo de las cosas reales lo percibimos, lo “conocemos” a través de los sentidos. El hombre que dice conocer más mundo, es aquel que más datos, mas definiciones tiene acerca de las cosas que ha percibido a través de los sentidos. A este modo de aprehender la realidad del mundo se le ha llamado, desde Aristóteles: Realismo.
Este mundo de las cosas reales tiene su estructura. Digamos que en el mundo “hay” cosas. Las cosas “son”. Entonces, las cosas reales tienen “ser”. ¿Qué significa “ser”?. Significa una cosa muy simple, muy evidente e inmediata: significa que lo “hay” en mi vida.
Las cosas están ahí en mi vida. Aquella naranja sobre la mesa “está”. La naranja “es”, está ahí, en mi vida. La hay. En este sentido, este mundo de las cosas reales posee esta primera característica. Ser.
Pero, además, el ser de la naranja es un ser real. ¿Qué significa que sea real? (Real, viene da la voz latina “res”, que significa cosa). El modo de ser de las cosas es, además, real. Su ser es de este tipo especial que llamamos “ser real”. En oposición a los objetos ideales, se me presentan –ante los sentidos- con una individualidad de presencia que designamos con la palabra “real”. Así, tenemos dos categorías de este esfera de la objetividad: el ser y la realidad.

Pero estas cosas que contiene el mundo, además, de ser reales, en el sentido que hemos expuesto, son reales en el tiempo; es decir, poseen temporalidad. Esto quiere decir que tienen un ser que, en algún momento, comienza a ser, que está siendo y que en algún instante futuro dejará de ser. Esa sabrosa naranja que veo sobre la mesa, que tiene su “ser”, porque “está” en mi vida; que además es real porque puedo aprehenderla con mis sentidos es, casi seguro, que en unos días más no estará. No porque alguien se la coma, sino porque el tiempo habrá pasado a través de ella, transformándola e n otra cosa.  El ser de las cosas, entonces, está localizado en el tiempo, es temporal. Esta es otra categoría del ser de las cosas: la temporalidad. Pero también a estas cosas reales que están en el mundo y que son temporales, se añade otra categoría; la causalidad.
Ese ser real en el tiempo, ese ser que en algún momento empieza, que deviene y que termina; sufre secuencialmente, sucesivamente en el tiempo, transformaciones, mutaciones, cambios que acontecen de una manera aparentemente inteligible. Toda esta sucesión de pequeñas causas que van imprimiendo cambio a las cosas, es lo que llamamos causalidad. Por otro lado, este concepto expresa una posible forma de conocimiento  sobre las cosas que están en constante cambio, por cuanto manifiesta que esta sucesión de transformaciones en el tiempo es inteligible, es decir, reductible a leyes, es posible de conocer.
Hagámonos juntos la siguiente pregunta: cuando veo la naranja sobre la mesa, ¿qué veo?. Veo primero una cara, parte de ella (la que está frente a mí). Si Quero verla toda, tengo que dar vueltas alrededor de ella y ver lados sucesivos, de suerte que nunca la veo “junta”, integralmente. Y aunque la corte en mil pedazos y examine su composición molecular, su estructura atómica, jamás podré decir que “conozco” la naranja, pues estará cambiando a cada instante temporal…la naranja de hace un instante no es la misma al instante siguiente…¿podemos entonces conocer la realidad?.

lunes, 13 de febrero de 2012

Como el primer hereje

El Dios de que se habla es un Dios lejano. Es un ser superantissimus, remoto y apartado. No tiene nada que ver con los hombres. Este Dios arbitrario, absolutamente indócil, potencia absoluta de libérrima totalidad; nunca, jamás, se ha dejado atrapar por la metafísica humana…es el gran imposible metafísico aspirar a conocerlo. Dios es anónimo. Este Dios fiero, magnífico, Ser tremendo y encerrado en su mayestática soledad -universal soledad- no se deja domesticar como león libio o tigre malayo; aunque, el hombre, desesperadamente ha querido apresarlo, comprimirlo como si fuera una gragea. La gragea óntica de los escolásticos. Ha habido muchos dioses gentiles a lo largo, ancho y profundidad de la historia humana; el Dios ockamista, mas auténticamente cristiano; el Dios aristotelizado y pagano de Santo Tomás, entre otros múltiples.
Siempre hemos habitado el ámbito del agnosticismo, con la visión acomodada a lo primariamente inmediato. La palabra del agnóstico es “experiencia”; atención exclusiva a “este mundo”. Aunque muchas veces el ojo se nos gira revolando a la línea fronteriza entre ambos mundos. Esta “línea” divisoria, por ser de este mundo tiene un carácter “positivo”, y por comenzar el ella el mundo del “más allá”, tiene un carácter de “trascendente”. Pero cuando nos hemos acercado a esta división mundanal la gran ciencia de Dios se nos ha alejado.
Observamos al hombre gnóstico para aclarar nuestro régimen atencional; muchas veces necesitamos sostenernos, patear el suelo que pisamos para constatar si es lo suficientemente denso y sólido para que nos sostenga.
El gnóstico parte ciertamente de un asco a “este mundo”. Esta profunda repulsión hacia todo lo sensible de “este mundo” es uno de los fenómenos más insólitos de la historia. Con Platón comienza esta marea indominable y desde el siglo I  gran parte del mundo está borracho de asco a lo terrenal. Las almas  se acomodan en lo ultramundano, sorprendente por lo extrema y lo exclusiva. Solo existe para el alma lo divino; es decir, lo que en esencia es distante, remoto, ultrareal, mediato, trascendente. Hay aborrecimiento general por lo inmediato; el asco hacia “este mundo” es tal, que el agnosticismo no admite siquiera que el mundo lo haya hecho Dios. El ámbito del gnosticismo no tiene planos intermedios y se compone, en última instancia en “otro” absolutamente mundo; por eso su vocablo es “salvación”, que quiere decir fuga, huida de éste y atención al otro.
Este Dios lejano e invisible que su existir consiste no existir en un mundo determinado, Dios no tiene mundo. Este Ser superpotente que no encuentra resistencia ni nada se le opone, no tiene fronteras, límites, es i-limitado, infinito. Para Dios vivir es flotar en sí mismo, sobrenadar en su mismidad, sin nada ni ante nadie. Ni a su favor ni a su contra, sino con el mismo en total unicidad. Ortega y Gasset, casi-agnóstico, dice bellamente: “De aquí el más terrible y el más mayestático atributo de Dios: su capacidad para ser, para existir en la mas absoluta soledad. Que el frío de esta tremenda, trascendente soledad no congela a Dios mide el poder de ignición, de fuego que en El reside”.

Dios es dinamismo puro, nunca un ente, comprimido en un concepto medieval. Decíamos que no es posible acercarse a el con filudos conceptos filosóficos. Lo fundamental es confiar en El, y nada mas…esta es la auténtica fe. Dios es objeto de fe no de ciencia. Aunque para uno es lejano y aún inexistente el poder creer en que Dios existe es, antes que creer esto, creerle a El, confiar en El aún, todavía para nosotros supuesto y aparente. Esta extraña combinación es la auténtica fe.
Muchas veces nos hemos sentido como el primer hereje que ponía a Dios muy lejos, porque le tenía suficiente respeto. Cuantos de nosotros hemos pedido –en la alta noche y susurrando- que traspase las infinitas distancias y nos abrigue con sus gracias para guarecernos de la terrible frialdad congelante de la soledad humana.

sábado, 28 de enero de 2012

Saber que no se sabe

“Todos los hombres desean por naturaleza saber” nos dice Aristóteles al inicio de su Metafísica. Esto de saber a qué atenerse en el mundo, pareciera ser efectivamente una inquietud general del hombre. Hay, primariamente, un “deseo de saber” que sería un estado pre-reflexivo, aconceptual; una búsqueda “impulsiva” movida por una suerte de anhelo fundamental de nuestra existencia.
Jaspers en “La filosofía desde el punto de vista de la existencia” dice que, “la filosofía quiere decir: ir de camino”. Dice que la palabra griega filósofo (philosophós) se formó en oposición a “sophós”. El filósofo es el amante del conocimiento, del saber; en oposición a aquel que estando en posesión del saber es llamado sapiente o sabio.  Todos, en mayor o menor grado somos amantes de la sabiduría, buscadores del saber (porque no se posee). Todos “por naturaleza” deseamos salir de la ignorancia; pero para salir de la ignorancia, primero hay que “caer” en ella.
El hombre desde que es niño –los niños son los más vehementes indagadores- parte a la conquista de una seguridad radical que necesita imperiosamente, precisamente, por que por lo pronto es, aquello que le es dado al serle dada la vida: una radical inseguridad. Todos nosotros necesitamos “hacer pié”, hallar algo firme que nos sostenga en el mundo y, llega el momento en que nos preguntamos qué es verdaderamente lo que hay, cuál es la realidad.
Platón cuenta una breve historia sobre Tales de Mileto (siglo VI-V a.C.). Dice Platón que mientras Tales se ocupaba de la grandeza de la bóveda celeste y miraba hacia arriba, cayó estrepitosamente en un pozo. A raíz de esto, una ingeniosa y bella criada de Tracia se burló de él, y dijo que pretendía apasionadamente llegar a conocer las cosas en el cielo, mientras se le ocultaba aquello que tenía ante sus pies y ante sus narices. Martín Heidegger, haciendo referencia a la historia de Platón, dice que “la misma burla se aplica a todos los que se ocupan con la filosofía”. Esta idea se ha generalizado hoy día,  porque se considera que para “pensar” hay que alejarse de las cosas concretas. Esto es un error, como muchos que abundan en el ámbito de la mera “opinión”.
Ocurre que lo mas cercano es, por lo regular, lo que menos vemos. Cuando más nos sentamos en una silla, por ejemplo, no nos detenemos a pensar en el ser de la silla, o en la maravillosa existencia de ese objeto doméstico. No nos preguntamos por la luz que nos alumbra, aunque esta nos ilumine con su vibración etérea; no nos hacemos cuestión de ella, no nos preguntamos ¿qué es la luz?
El pensar, que culmina en el saber, comienza por ser ignorar. El pensamiento es, pues, tanto más y antes de saber, una pura ignorancia. En la pregunta ¿qué es la luz? Se revela nuestra inicial ignorancia.
La pregunta es la llave maestra para pasar del no-saber al saber. Los niños habitan en un mundo de preguntas.
Los niños lo único que tienen son dudas –la duda es el inicio del filosofar-. El mundo para ellos es “cuestión”, constante problema. A los niños, en general, el mundo de los adultos les provoca mucha curiosidad, porque estos tienen, casi siempre, respuesta para todo…y si no la tienen la inventan. La vida es sustancial problematicidad y los adultos tendemos a “simplificar” las cosas y los casos, de modo que les trasferimos –a los niños- una historieta de caricaturas de lo real, con un contenido de angustia, desazón, abismo, Nada; que ellos llevarán –por el resto de sus vidas- como una venda en los ojos, impidiéndoles ver la auténtica realidad.  Lo que, muy habitualmente, les heredamos es un engaño llamado mundo y un mundo llamado engaño.

martes, 17 de enero de 2012

Meditar

Meditar sobre algo es partir de ese algo según él buenamente se presenta pero, a la vez, viendo que esa su primera apariencia es confusa, insuficiente. En su primero y espontáneo aspecto toda cosa es una maraña. Necesitamos claridad sobre ella. Para esto la analizamos, ponemos un primer orden en su confusión y esto nos da ya un segundo aspecto de la misma cosa, un segundo aspecto que merced a nuestro análisis, a nuestra meditación aparece bajo el primero. Pero este segundo aspecto tampoco es suficiente: de nuevo lo sometemos a nuestro análisis y obtenemos un tercer aspecto bajo el segundo. Entonces, decimos que hemos avanzado en nuestra meditación. Así sucesivamente hasta arribar a un aspecto de la cosa, de aquel algo, que nos parece ya suficientemente claro y que surge debajo de todos los otros y por eso es su aspecto más profundo. La meditación es, pues, un camino que hace la mente desde el aspecto superficial y enmarañado al aspecto profundo y claro. Ahora bien, este camino meditabundo tiene una peculiaridad que le diferencia del camino físico que se camina con los pies  En efecto, no se puede pasar de un aspecto a otro sin – conservar en la mente la serie de ellos, el itinerario de las estaciones. Para buscar el nuevo aspecto tenemos que partir del anterior y como éste sólo apareció porque, a su vez, llegamos a él desde otro es preciso que la meditación, si no quiere perderse, conserve en todo instante viva la conciencia de los pasos que ha dado, lo que se llama el hilo del discurso. En la carretera podemos caminar sin preocuparnos de esto, porque el camino está ahí, fuera de nuestro caminarlo y antes de que lo vayamos pisando. Pero en la meditación es, a un tiempo, andar y crear el camino. Por eso la mente tiene que ir enrollando sobre sí misma el camino que va haciendo, por decirlo así, llevarlo a cuestas, conservarlo vivo o lo que es igual, recorrerlo constantemente, reencaminarlo. De otro modo la mente sé pierde; no avanza, la maraña vuelve a cerrarse en torno a ella y aprisionarla.
José Ortega y Gasset ¿Qué es la Filosofía?

miércoles, 11 de enero de 2012

El tiempo pasa

Fue ya Aristóteles quién advirtió que nada existe en el mundo que el tiempo no lo consuma y destruya; nada dentro del universo que no sea medido y determinado por él.
En efecto, cruel ha sido el reinado del Cronos sobre el universo. El mismo dios que arrebató el trono de su padre Uranos, con violencia, no sabe conservar sus reinado, sino devorando a los hijos que genera. Símbolos de su poder: la filuda guadaña con la que elimina el pasado (mediante el parricidio) y el cuervo, ave oracular renegrida que le permite prever el futuro, también para eliminarlo (devorando a sus hijos).
Pero volvamos a la Física “ de Aristóteles: “Cuando, en efecto, distinguimos por la inteligencia (noesomen), las extremidades y el medio, y el alma declara que hay dos “ahora”, al anterior, por una parte, y el posterior, por otra, entonces decimos que eso es tiempo”.
Por ejemplo: han pasado 10.080 segundos desde la misma hora del jueves pasado hasta la misma hora del jueves actual; una semana ha pasado por cada vida de cada uno de nosotros. El día jueves pasado, marca la “extremidad”, el “ahora” anterior y. el jueves actual –por estas horas- señala la otra “extremidad”, el otro “ahora”, el posterior. El “medio”, el intervalo entremedio, también lo distinguimos cada uno de nosotros…entonces podemos afirmar que ha pasado el tiempo. Una semana, y decimos “una” semana, porque para describir el tiempo nos servimos de ciertos términos, uno de esos términos es la unidad. Este término le viene cuando nosotros percibimos el movimiento. Si colocamos un móvil entre un punto espacial A y otro B y hacemos que se desplace y hacemos marcas que segmenten en intervalos entre A y B; entonces podemos medir el tiempo. De allí la famosa y discutida frase aristotélica: “El tiempo es el número del movimiento según lo anterior y lo posterior”.

Durante esta semana ha pasado tiempo sobre todo el universo…una semana. Definir el tiempo es faena compleja. Pero diremos por ahora que nada de lo que constituye la temporalidad tiene consistencia mínima para ser defendido como real. A pesar de aquella frase aristotélica que nos dice que el tiempo está en todas partes y en todas las cosas, en las externas y en las internas, en lo que está en movimiento y en lo que está en reposo. El pasado ya ha sido, ya no es; por otro lado el futuro va a ser, no es todavía. Y lo que se llama “presente”, eliminando en el todo lo que contiene de pasado y futuro, queda reducido a un punto inespacial, “sin extensión”, ni siquiera unidimensional.

Curiosamente, en esa afilada arista sin espesor de lo que llamamos presente se realiza la existencia, se ejecuta y afirma lo real. Ahí se cumple el misterio del hombre…en ese átomo imponderable para la razón, palpita la inconmensurable eternidad.