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lunes, 25 de febrero de 2013

Consejo

“Mientras el retiro en ti mismo no te procure
una seguridad suficiente, vuelve los
ojos a los hombres que te rodean, pues no
existe nadie que no se encuentre más seguro
con cualquier otro que consigo mismo
(...) De esta forma, debes ir con la
turba para apartarte de ti mismo, pues
yendo sólo contigo andas demasiado cerca
de un malvado” (L. A. Séneca, Carta a
Lucilio, III, 25).

jueves, 5 de enero de 2012

El hombre: eterno insatisfecho

El hombre es un eterno insatisfecho. Si lo observamos “behaviorísticamente”; esto es, investigamos su comportamiento, , su conducta exterior, su “fuera”; caeremos en la cuenta que lo mueve un extraordinario afán de creación. Frente al mundo primigenio y espontáneo –la naturaleza- el hombre se comporta como un inadaptado, un insatisfecho, un infeliz; siempre creando “nuevos mundos”, mundos distintos al actual porque ya este le parece inadecuado, limitado.
Transforma, muda, metamorfosea, los objetos de este mundo corpóreo, tanto los físicos como los biológicos, de tal modo, que el resultado es la aparición –dentro del ámbito de las realidades- de una “cosa” totalmente nueva y distinta a las existentes hasta ahora. El hombre es un creador y la creación es: TECNICA.
El hombre en virtud de su desadaptación al medio en que vive, busca nuevas formas que le permitan vivir más cómodo, más “a gusto”; entonces, crea. Y a este constante quehacer humano –“creatio”-, se le ha dado en llamar: técnica. El hombre es un ser esencialmente técnico, un “homo thecnicus” . Y, al parecer seguirá así hasta el infinito, de ahí su eterna insatisfacción.

2.- Pero ¿porqué y para qué esa aspiración compulsiva de crear otros mundos?. Difícil pregunta.
Digamos primero que el hombre hace técnica en dos sentidos opuestos. Frente a la construcción de edificios, de máquinas, de cultivo del campo; se halla la creación de pinturas, poemas, sinfonías, ensayos, etc.
Frente a la técnica utilitaria hallamos estos enseres artísticos; los primeros se gastan y desgastan al usarlos, al hacerlos funcionar; en cambio, los otros, los objetos artísticos…no los gasta, ni mucho menos los “desgasta”. Se queda entre ellos, muchas veces absorto, al borde de inusitados paroxismos, al límite de insólitas y frenéticas emociones (Vamos a dejar de este análisis de este enigma tan tremebundo del alma humana).
¿Qué hace, entonces, con los instrumentos técnicos?. Digamos primero, que el hacer técnico es lo primero que el hombre hace. Decíamos que el ser humano es un eterno insatisfecho, y lo es porque no “encaja” en el mundo originario y espontáneo. Al no poder acomodarse a este mundo primario –como los animales y las plantas- , al no quedar tranquilamente incluido en él, busca afanosamente “otro mundo” cómodo y holgado para estar “a gusto”. El hombre está sumergido en la naturaleza, pero “no pertenece a la naturaleza”. Esto suena contradictorio, equivale a decir, que el hombre es un ente no natural, porque, aunque inserto en la naturaleza, es extraño a ella (es una suerte de extrañófilo…válganos el neologismo; alguien dijo por ahí, que el hombre es una especie de centauro ontológico; mitad cósmica existencia terrenal, mitad misteriosa y arcana esencia remota y ultrarreal). El hombre es, esencialmente, un descontento, y esto –no estar contento, la insatisfacción- es lo más alto que el hombre posee, precisamente porque se trata de una insatisfacción, porque desea tener mas de lo que tiene, desea cosas que no ha tenido nunca.

3.- El hombre, entonces, frente a un medio ambiente que no es el suyo (¿Cuál es el suyo?), primero se asombra y luego se extraña. Y ese revuelo de asombros y extrañamientos  solo puede significar una anomalía negativa en sentido behaviorista (conductista), es decir, afección, enfermedad.
El hombre es un ser constitutivamente enfermo (Tal vez esto explique la “irracional” destrucción de la naturaleza por un lado, y por otro, esa tendencia antibiótica que sufre el hombre atávicamente). Pero, sucede, que a los seres enfermos, la propia naturaleza los elimina, los débiles sucumben (por ejemplo, su cuerpo no está especialmente adaptado para la huida, la defensa propia o la cacería) ; el entorno es un filtro, la naturaleza elimina a aquellos que no están a la altura de las circunstancias…pero el hombre (Homo habilis)  lleva, mas o menos, ¡2.5 millones de años sobre el planeta!. O sea que, “hace algún tiempo, el hombre, enfermo y todo, intenta seguir viviendo. Y esto lo ha conseguido gracias a ¡la técnica!. Ha procurado gracias a su imaginación creadora y a sus manos fabriles “agenciarse” un medio “artificial” en donde poder mantenerse vivo, con el anhelo siempre encendido de llegar-a-ser-uno-con-el-universo,; como bien dicen frases que nos llegan de Oriente.
Se nos aparece, entonces, como un animal desgraciado, en la medida que es hombre. Y busca a través de la técnica un mundo propicio para él. Es en la medida que es hombre que no está adecuado a la “naturaleza”, al mundo natural y crea “nuevos mundos”. Es en este sentido una posibilidad, una constante posibilidad que, gracias a la Técnica –entre otros factores no menos importantes- se ha mantenido vivo sobre el planeta.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Un Voyeur Metafísico

Allá por el año 1951 invitaron a Ortega y Gasset a Darmstadt y, no sin sorpresa, se encontró en medio de una especie de congreso de Arquitectos. En esa oportunidad se quejó el filósofo que en Alemania no le avisan a uno nada,  de suerte que cuando lo invitan a algo no se sabe, por anticipado, qué es ese “algo”, y al ir no sabía ciertamente adonde iba. La otra sorpresa que se llevó es que se encontró con Martín Heidegger, una suerte de rival antifonero filosófico de Ortega, en ese momento. Lo único que le habían advertido era que el tema principal versaba sobre la técnica. Por lo que llevó a esa parte de la Germania una conferencia genial titulada: “El mito del hombre allende la técnica”.

Y así fue que uno de los arquitectos protestó que en las faenas arquitectónicas se introdujese el “denker” (el pensador) que, con frecuencia es “zer-denker” (des-pensador) y no deja tranquilos a los demás animales creados por el buen Dios. Ortega no se dio por aludido, pero haciendo uso de aquella “ironía socrática” que le caracterizaba, dijo: “El buen Dios necesitaba del des-pensador para que los demás animales no se durmiesen constantemente”. La mayoría rió de buena gana, sobre todo los más jóvenes. Sabemos que los arquitectos siempre están demasiado ocupados tratando de salir de sus laberintos euclidianos y tienen poco tiempo para pensar.

Ortega se preguntó es aquella histórica ocasión ¿Cómo se explica la existencia en el especialista (arquitecto) de este “primer movimiento” hostil ante todo brote de efectivo y diestro filosofar?. Y analiza ante todo dos razones. En al primera el especialista se ve obligado a percibir que su disciplina es parcial, que el, por tanto, es un hemipléjico o padece cualquiera otra enfermedad que “reduce al hombre a no ser sino un rincón de sí mismo”. Que es monotemático, que mira la vida con ojo miope, que ve partes o porciones del mundo. Que desde su particularísima parcela no puede ver lejanos horizontes, sino, solamente los cierros de hormigón perimetrales inmediatos y colindantes.

Por otro lado el filósofo, desde su primera palabra se advierte que habla “desde” el horizonte, que su voz viene y va a toda la extensión de la realidad, que no es un ruido comarcal ni local sino universal y cósmico, Su voz es general y ecuménica.
En segundo lugar, el hombre que, al fin y al cabo, lleva debajo de sí el especialista, descubre, ante el hablar del filósofo, que el tenía también en su intimidad una filosofía, que era filósofo sin saberlo. Pero que esa su era filosofía superficial, que “mas abajo”, como en un subsuelo existe otra mas profunda, mas recóndita, mas fundamental. Entonces el especialista se siente incómodo, molesto de ser descubierto por el filósofo. Esto de sentirse visto y descubierto por esta especie de voyeur metafísico, desde “abajo”, esto de que alguien levante a todas las cosas la faldas y le examine el trasero, le pone frenético y le parece; acaso con una punta de razón, indecente, impúdico…hasta obsceno.
La filosofía es siempre una invitación a una excursión vertical, hacia abajo. La filosofía va siempre detrás de todo lo que hay ahí y debajo de todo lo que hay ahí. Es una suerte de anábasis, una retirada estratégica, un perpetuo retroceso. Pues el destino del filósofo es ir por detrás y por debajo de las cosas para verles la espalda y el asiento. De allí la inquietud del especialista, cuando ve que el filósofo revuelve su capa ideológica y envuelve su retaguardia y se le pone inquietantemente a su espalda.