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viernes, 16 de enero de 2015

¿Cadenas?

¿Usted es de los que disimulan una falta de contacto emocional en vivo y en directo, pegándose al Facebook horas y horas? ¿Usted busca verdadera felicidad, intimidad y confianza a través de códigos binarios que circulan por la supercarretera de la información? ¿Sufre usted de carencias de afecto; falta de mimos y atenciones? ¿Acaso está infectado con el virus de la insatisfacción, de la discordancia entre lo que quiere y lo que tiene?  ¿Su actual y factual realidad le parece turbia y pesada, del punto de vista de las emociones?
Sus carencias emocionales lo han convertido –sin usted darse cuenta (como sucede en casi todas las adicciones).- en un adicto
La sobre-estimulación que se con-trae a través de Internet, tiende a tras-pasar un umbral témporo-espacial de resistencia y agotamiento, que se des-precia y des-oye. En vez de parar, vamos indeliberadamente un poco más allá, arrastrados por la pasión contra la inquietante ansiedad, que provoca la ausencia de emociones en su fastidioso y aburrido derrotero vital, re-cubriendo una cosa con otra. De este modo una emocionante conversación en un chat erótico o en una línea 906 se inter-pone a la ultra-necesidad de un relajante descanso, a la molestia penosa de un nerviosismo fatigante y al crecimiento drástico de la cuenta telefónica.
El adicto es consciente de que el tiempo pasa, la frustración se acrecienta, la fantasía se desvanece, se debería parar pero la esperanza ciega se impone a todo: ya estamos en la fase compulsiva. La compulsión nos está engañando no tanto porque nuestra aspiración actual no se consumase para la alegría de su total humanidad –que, eso sí- sino el fraude es al resto de sus deseos vitales que se des-precian olvidándose uno de los “unos” de que se compone. Es decir, se olvida usted de su propia e intransferible vida. Se olvida de sí mismo.
Internet promete la mismísima iluminación mística y la todopoderosa fuerza del conocimiento intelectual, de inagotable complacencia emocional, de libertad escópica en la que podemos mirarlo todo (ubicuidad, como dicen los expertos en web), de vanguardia esplendorosa que nos hace estar “a la última moda”, es decir, nos “ranquea” dentro de los topten.

En la misma medida que promete posibilidades psico-afectivas, nos justifica, y aparentemente somos razonables sin saber que la razón supuesta no es más que una parodia tras la cual se oculta la huida hacia el profundo y siempre desconocido adelante (la vida es una faena que se hace hacia adelante). La angustia que experimentamos por las carencias afectuosas separadamente de nosotros mismos –fuera de sí- puede olvidarse buscando en otra parte, y esa parte puede ser un dolor para dolernos de otra cosa, pero asimismo un placer que calma otra cosa que la que necesitaríamos calmar. Y las ingratas concatenaciones parecen no acabar nunca.

lunes, 31 de diciembre de 2012

La Muerte de todos

En mi infancia, mis amigos y yo nos divertíamos mirando trabajar al enterrador. A veces nos dejaba un cráneo con el que jugábamos al fútbol. Era para nosotros un placer que ningún pensamiento fúnebre empañaba.
 Durante muchos años viví en un ambiente de curas que habían impartido miles de extremaunciones; a pesar de ello, no conocí ninguno a quien la Muerte intrigara. Más tarde comprendí que el único cadáver del que se puede sacar algún provecho es el que se prepara en nosotros. Ciorán

La infancia en breves días se nos va, sin mayores sentidos ni aspavientos; la adolescencia se evapora mientras nos instruimos y pre-paramos para con-vivir en el mundo; pues la juventud dura apenas pocos días, y estos en pugna con la sensualidad que entonces nos arrecia, y que muchas veces nos damos por vencidos por ella, lo que sería –al cabo- peor. Luego aparece la vejez, donde el hombre y la mujer comienzan a hacerse los preparatorios para la inexorable muerte. Entonces hasta el calor nos resfría; las fuerzas nos desamparan, los dientes se nos caen, como poco necesarios; la carne se enjuta y seca y las otras cosas se van pudriendo tales comos han de estar en la sepultura. Hasta que el fin llega –la muerte- revolando, con sus alas negras, a quitarnos las dulces miserias, y aún allí en la despedida nos afligen nuevos males y tormentos.

 Allí se nos vienen dolores crueles, allí nos emboscan turbaciones; allí nos vienen suspiros con que mira la luminancia del cielo que se va ya alejando, y con ella los amigos y parientes y las otras cosas que amaba, percatándose del eterno alejamiento que de ellas ha de tener. Hasta que los ojos entran en tinieblas perdurables en que el alma los deja retraída a despedirse del seso y del corazón y las otras partes principales donde, en consigo secreto, solía tomar sus arcanos placeres. Entonces de-muestra bien el sentimiento que hace por despedida, estremeciendo el cuerpo y, a veces, poniéndolo en rigor con gestos espantables en la cara, donde se representan las crudas agonías en que por dentro anda entre el amor a la vida y el horror al infierno; hasta que la muerte con su guadaña cruel le deshace las entrañas. Así fenece el miserable hombrecito, conforme a la vida que antes pasó.

Entonces todo va al olvido, el tiempo implacable que lo borra todo. Y los grandes edificios que algunos toman por legado trascendente para perpetuar famélicas famas, también los abate y se convierten en tierra del suelo. No hay piedra que dure tanto, ni duro metal, que no dure más que el tiempo infinito, consumidor de todas las cosas humanas. ¿Qué se ha pasado con la torre fundida para subir al cielo? Los fuertes muros de Troya; el noble templo de Diana; el sepulcro de Mausoleo; tantos grandes edificios romanos de que apenas se conocen las señales donde estaban, ¿qué se han hecho? Todo esto se volatiliza, se convierte en humo; hasta que vuelven los hombres a enajenarse en el terapéutico olvido tal como antes de que naciesen, y la mismísima vanidad sigue después del que primero nazca…eternamente.

(Variante de parte del texto “Diálogo de la dignidad del hombre” de Fernán Pérez de Oliva- 1586)   

jueves, 12 de abril de 2012

La angustia como aspirina frente a la Nada

La vida es futuro, el pasado ya fue (lo que fui ya lo fui) y somos lo que fuimos. Afirma Sartre: "Ser en el mundo no es escaparse del mundo hacia sí mismo, sino escaparse del mundo hacia un allende del mundo que es el mundo futuro". Y ese futuro inescrutable siempre nos provoca –además de colon irritable- angustia, una profunda angustia existencial. No confundir con el miedo…el miedo es un movimiento anímico que tiene que ver con las cosas y los casos relativamente inmediatos. Decía Freud: "Pienso que la angustia se relaciona con el estado subjetivo abstraído de cualquier objeto, mientras que en el miedo la atención está dirigida precisamente hacia un objeto". En cambio, para Sartre, el miedo sería un sentimiento en relación a los otros. La angustia, en cambio, para este filósofo francés sería más un sentimiento que apunta hacia uno mismo. Para Heidegger en la angustia es donde sentimos el mundo en su mundaneidad, es decir, como algo externo.
Afirma Heidegger que hay para el "Dasein" (ser en sí mismo) una contingencia permanente de encontrarse frente a frente con la mismísima nada y descubrirla como epifenómeno. Eso sería la angustia. El modo en que deberíamos enfrentar la nada, la cura de ese no-ser es… la angustia. La posibilidad, a fuerza de peripecias, de seguir existiendo frente a esa nada conminatoria es lo que estaría dado por la angustia. La angustia sería una suerte de “Mejoral” frente a la omnipotencia de la nada que merodea vouyerísticamente el ser finito.

La angustia estaría concebida por la potencia de la libertad, en tanto que tenemos la capacidad de elegir, de hacer algo o no hacer ese algo. Si no fuésemos libres, si existiéramos radicalmente pre-determinados, circunscritos en una suerte de destino; la angustia no existiría, a lo más advertiríamos una cierto conformismo estoico. Sartre dice que hay una conciencia concreta y definida de libertad y esta conciencia es la angustia y en ese sentido, la angustia somos nosotros mismos. Somos angustia.
Mi particular angustia sería la angustia de permanecer en la vida, porque habría de perseverar en la vida en la medida en que hay otro que está confirmando mi propia existencia. Entonces el peligro que tiene esa tentativa es que por un costado la tengo que realizar (la revalidación por el otro) para poder seguir viviendo, pero al hacerlo corro el riesgo de la muerte y eso nos arrastra a la angustia del ser, a la inquietante angustia existencial.
Somos un ser único e indivisible; somos en este breve instante presente, nada más y nada menos. Pero lo que somos en el aquí y ahora es el precipitado existencial de lo que hemos sido y lo que fuimos lo hemos sido en tanto en cuanto que hemos tenido un pro-yecto de ser-siendo y ese pasado existe en la exacta medida en que tuvimos un proyecto en el cual ese pasado era un futuro.