martes, 25 de octubre de 2011

Tárrega- Recuerdos De La Alhambra

La Muerte de todos

En mi infancia, mis amigos y yo nos divertíamos mirando trabajar al enterrador. A veces nos dejaba un cráneo con el que jugábamos al fútbol. Era para nosotros un placer que ningún pensamiento fúnebre empañaba.
 Durante muchos años viví en un ambiente de curas que habían impartido miles de extremaunciones; a pesar de ello, no conocí ninguno a quien la Muerte intrigara. Más tarde comprendí que el único cadáver del que se puede sacar algún provecho es el que se prepara en nosotros.
Ciorán

La infancia en breves días se nos va, sin mayores sentidos ni aspavientos; la adolescencia se evapora mientras nos instruimos y pre-paramos para con-vivir en el mundo; pues la juventud dura apenas pocos días, y estos en pugna con la sensualidad que entonces nos arrecia, y que muchas veces nos damos por vencidos por ella, lo que sería –al cabo- peor. Luego aparece la vejez, donde el hombre y la mujer comienzan a hacerse los preparatorios para la inexorable muerte. Entonces hasta el calor nos resfría; las fuerzas nos desamparan, los dientes se nos caen, como poco necesarios; la carne se enjuta y seca y las otras cosas se van pudriendo tales comos han de estar en la sepultura. Hasta que el fin llega –la muerte- revolando, con sus alas negras, a quitarnos las dulces miserias, y aún allí en la despedida nos afligen nuevos males y tormentos.

 Allí se nos vienen dolores crueles, allí nos emboscan turbaciones; allí nos vienen suspiros con que mira la luminancia del cielo que se va ya alejando, y con ella los amigos y parientes y las otras cosas que amaba, percatándose del eterno alejamiento que de ellas ha de tener. Hasta que los ojos entran en tinieblas perdurables en que el alma los deja retraída a despedirse del seso y del corazón y las otras partes principales donde, en consigo secreto, solía tomar sus arcanos placeres. Entonces de-muestra bien el sentimiento que hace por despedida, estremeciendo el cuerpo y, a veces, poniéndolo en rigor con gestos espantables en la cara, donde se representan las crudas agonías en que por dentro anda entre el amor a la vida y el horror al infierno; hasta que la muerte con su guadaña cruel le deshace las entrañas. Así fenece el miserable hombrecito, conforme a la vida que antes pasó.

Entonces todo va al olvido, el tiempo implacable que lo borra todo. Y los grandes edificios que algunos toman por legado trascendente para perpetuar famélicas famas, también los abate y se convierten en tierra del suelo. No hay piedra que dure tanto, ni duro metal, que no dure más que el tiempo infinito, consumidor de todas las cosas humanas. ¿Qué se ha pasado con la torre fundida para subir al cielo? Los fuertes muros de Troya; el noble templo de Diana; el sepulcro de Mausoleo; tantos grandes edificios romanos de que apenas se conocen las señales donde estaban, ¿qué se han hecho? Todo esto se volatiliza, se convierte en humo; hasta que vuelven los hombres a enajenarse en el terapéutico olvido tal como antes de que naciesen, y la mismísima vanidad sigue después del que primero nazca…eternamente.

(Variante de parte del texto “Diálogo de la dignidad del hombre” de Fernán Pérez de Oliva- 1586)

domingo, 23 de octubre de 2011

Niccolo Paganini - Sonata Op 3 No 6 por Daekun Jang

Homogeneidad de mala clase

"Genéticamente, cada ser humano es único y, en muchos aspectos, diferente de otro ser humano cualquiera. El campo de la variación individual respecto de la norma estadística es asombrosamente amplio. Y la norma estadística, recordémoslo, es útil únicamente en los cálculos actuariales, no en la vida real. En la vida real, no existe eso que se llama el hombre medio. Sólo existen hombres, mujeres y niños particulares, cada uno de ellos con sus idiosincrasias natas de mente y de cuerpo, y todos ellos dedicados (u obligados) a comprimir sus diversidades biológicas en la uniformidad de tal o cual molde cultural." Aldous Huxley

El hombre tiene una extraña tendencia a disolverse en la masa. La masa puede definirse como un hecho psicológico, sin necesidad de que emerjan las individualidades que en ella se aglomeran, la masa es lo que vale por su peso y no vale más sino por su peso, existen dos tipos de masificación una es transitoria que consiste en que los hombres pierden su facultad de pensar libremente y de tomar decisiones, la segunda masificación se denomina crónica, que se realiza cuando la gente pierde de manera casi habitual sus características personales, preocuparse ni de verdades, ni de valores.
El hombre-masa es el hombre que se ha perdido en la des-individualización del "se" una especie de "ello" universal e indiferenciado. Este hombre se ha estandarizado, ha renunciado a la vida autónoma, adhiriéndose gozosamente a lo que piensan, quieren, hacen u omiten los demás.
Lo grave es que al hombre masificado se le hace creer que por su vinculación con la multitud es alguien importante. Es un hombre que no tiene carácter y conciencia, es el parte de la manada que no analiza, no cuestiona, no discrimina, solo hace lo que los demás hacen o le piden que haga. Es un Hombre sin Libertad.
Este hombre sufre del “síndrome del enmascaramiento”; falsifica su vida ante los demás usando diversas máscaras para ocultar su verdadero Yo. Esta uniformidad de las conciencias es un tejado en el que siempre tratamos de guarecernos. Mientras más indiferenciados aparecemos, mientras mas iguales somos entre si “más seguros nos sentimos”.
Jorge Luís Borges escribe en 1960 la breve reflexión "Borges y yo", donde hace referencia a la dualidad de la naturaleza humana. Allí postula las dos personalidades del individuo: la que exhibe ante la sociedad y la que subyace en las profundidades de su Ser. En su alegórica cavilación insinúa que muchas veces el hombre, con "atributos de un actor", trata de velar su rostro en un afán por ocultar frustraciones, inquietudes y temores que anidan en su interior. La alusión a la otra cara, a la máscara es recurrente en la antropología, en la psicología, en la sociología.

Esta tendencia a cubrirnos el rostro es tan vieja como la misma humanidad. Ya desde tiempos inmemoriales los primitivos pobladores del mundo pintaban sus rostros para llevar a cabo actividades lúdicas y rituales. En la cultura greco-latina hizo de la máscara el mayor recurso escénico para la representación de las tragedias y las comedias, a tal punto que la careta (personare, resonar a través de…)era casi el hombre.

Los blogs, Twitter y otros se han convertido en un nuevo escenario para el enmascaramiento. El hombre de las mil máscaras –Fantomas- es un empelotado exhibicionista al lado de algunos bloggers. Se tiende a una uniformidad de las personalidades, a una “homogeneidad de mala clase”, a una burocratización del ingenio, a una falsificación de la sinceridad, a una ocultación de lo que realmente hay.
¡Y que es lo que aparece? Aparece una escritura hipócrita y falsa. Una redacción digna de un escribidor de juzgado. Se oculta el meollo de las almas. La mayoría de los escritos de Blogs nos parecen –a Psiquis y a mí- inauténticos con el sello inconfundible GarcíaMarquiano del: “escribo para que me quieran mis amigos”. Se adoptan extrañas y exóticas posiciones; musarañas extravagantes para ocultarse y al mismo tiempo llamar la atención de los demás. Algunos blogs están atestados de íconos, banners de todos los tamaños, enlaces, chats, encuestas, contadores, colores, imágenes, sonidos, videos….etc. Los árboles no dejan ver el bosque. Nos recuerdan a esos automóviles llenos de calcomanías de la ciudad natal, club deportivo y Yo amo a…
Nos agrada que los demás nos consideren, nos tengan dentro de su radio de atenciones, nos ad-miren; pero cómo la mirada de los demás puede ser una experiencia inquietante y llenar de desasosiego cuando no nos consideramos anónimos objetos del paisaje, intercambiables con cualquier otro objeto que se expusiera a la mirada del observador, sin más detenimiento e interés que el del puro pasear indiferente la vista de un lado a otro que tanto da que seamos nosotros como cualquier otro objeto. Con esto de los Blogs nos des-individualizamos.
Pero, ¿Qué pensaría usted de nosotros si supiera –porque así lo escribimos- que la hemos utilizado en una fantasía masturbatoria? ¿Aceptaría quizás nuestras disculpas aduciendo que se trataba de una inocente fantasía que no un juicio real sobre la persona de carne y hueso?, ¿Y qué diría de nosotros esa persona que ha realizado una imprudente maniobra si escuchara nuestro pensamiento ”se merecería tener un accidente y matarse”. ? No se nos saldrían los colores si la persona que está cobrando un importante ingreso bancario delante de nosotros se volviera justo cuando estamos fantaseando con la idea de quitarle el dinero y salir corriendo y en vez de mirarnos con temor nos mirara ofendido y nos dijera “¿qué está usted pensando?”.

Entendemos que mostrar la cara es difícil, siempre lo ha sido y lo seguirá siendo. Nos seguiremos ocultando en las apariencias y mostrando al público esencias multicolores y variopintas.

martes, 18 de octubre de 2011

David Russell interpreta a Weiss

Filosofía Autosuficiente

“La filosofía no necesita protección, ni atención, ni simpatía de las masas. Cuida su aspecto de perfecta inutilidad y con ello se liberta de toda supeditación al hombre medio. Se sabe a sí misma por esencia problemática, y abraza alegre su libre destino de pájaro del buen Dios, sin pedir a nadie que cuente con ella ni recomendarse, ni defenderse”. Ortega y Gasset.

Para filosofar hay que asegurarse de que la lengua esté linkeada al pensamiento lógico y que el dispositivo cordial esté apagado para evitar moqueos sentimentaloides y yoísmos intimistas; ni tropezarse con hondas pataletas patéticas con arrobados paroxismos pasionales.
La filosofía es frío análisis que propende a la totalidad.
Si se llega a conquistar alguna síntesis, cerciórese que no sea mística ni esotérica, así, también, verifique  que no sea extraterrestre. No mezclar con clarividencias, con anticipaciones de mundos remotos y ultrareales. Ni con paisajes paranormales ni visiones fantasmagóricas ni voces horrísonas de náuticas sirenas escondidas entre los acantilados tesalónicos.
En filosofía para estudiar el alma hay que abrir piedras. Evítese poner en práctica un voluntarismo nietzscheano enajenado, toda metafísica que le ofrezca la verdad en semanales fascículos coleccionables es fraudulenta. Evite espejismos verificables; la verdad cuando se atisba puede convertir su presencia general en sal.
Con frialdad de máquina hay que buscar silogismos extraviados, seccionar cadáveres de apologéticos medievales y trepanar cráneos griegos buscando el tuétano de las causalidades y la manteca de los efectos.
El alma de las piedras nos dará la clave para entender el alma de los hombres.
La clave del intríngulis ontológico debería develarse ante la insurrección permanente de los sentidos y mostrarse en toda su omniabarcadora vastedad, en toda su mayestática infinidad.
En filosofía ya no se toman grageas de moralina alienante, la hemos cambiado por el café cargado del ver las cosas tal cómo son, en toda su desnuda realidad. Ya no se usan las gafas de Spinoza, se usa nada más que el ojo limpio de la más estricta objetividad.