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martes, 10 de enero de 2012

Ese bizco y ridículo nombre de Filosofía

Antes de llamarse filósofos estos de denominaban averiguadores, develadores. Esta situación, esta nueva experiencia viviente del antiguo nuevo pensar griego, que iba a ser el filosofar, fue preciosamente denominada por Parménides  de Elea y algunas colectividades  atentas de su tiempo, con el nombre de alétheia.  En efecto, cuando al pensar meditando sobre las ideas vulgares, tópicas y recibidas respecto a una realidad, encuentra que son falsas y le aparece tras ellas la realidad misma, le parece como si hubiera quitado de sobre ésta una costra, un velo o cobertura que la ocultaba, tras de los cuales se presenta en cueros, desnuda y patente la realidad misma. Lo que su mente ha hecho al pensar no es, pues, sino algo así como un desnudar, descubrir, quitar un velo o cubridor, re-velar (=desvelar), descifrar un enigma o jeroglífico (Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset)”.
Todas las filosofías nos presentan el mundo acostumbrado (el de todos los días) y usual dividido en dos mundos, un mundo patente y una suerte de trasmundo o supramundo que palpita y se oculta bajo aquél y en poner de manifiesto –averiguar, develar- el cual radica la finalidad de la labor filosófica.
Habría que analizar a fondo la incitación ejemplar primera de la ocupación filosófica, procurando entender lo mejor posible esta  filosofía primigenia. Aprender así con toda precisión por qué dualiza el mundo y cómo suscita, manifiesta, muestra, devela o inventa el mundo latente, el mundo estrambótico, ultramundano e inhabitual que es el característico de la filosofía.
Desde la antigüedad la gente sabe que la filosofía es sinónimo de averiguación. Los filósofos son averiguadores, investigadores, indagadores, inquisidores, sondeadores, tanteadores. Todos estos epítetos causan un escozor psicológico y un sarpullido enojoso allá en las partes pudendas en donde  nunca nos da el sol. La turbamulta, entonces, comenzó a atacarlos, a hostigarlos, a malentenderlos, a confundirlos con otros quehaceres equívocos, y ellos tuvieron que abandonar aquel nombre, tan maravilloso como candoroso – alétheia-, y cambiarlo por otro, de generación espontánea, tremendamente peor, pero... más  ”práctico”…más simbólico e indirecto; es decir, más estúpido, más ridículo, más villano, más cauteloso: filosofía.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Apuntes sobre el problema del Ser.

II parte: El Ser que juega a las escondidas de Parménides

El mas antiguo y reiterado tema de la filosofía es el del Ser. Fue Parménides de Elea (siglo VI a.C.) el que busca y “descubre” que detrás de la variedad de cosas, cualidades y sucesos que con-forman el espectáculo del mundo, se encubre una realidad trascendente., el “verdadero Ser” de las cosas. Con Parménides llega su máxima expresión una de las características de la filosofía, a saber: la exigencia de racionalidad sobre el mundo. A Parménides le interesa, sobre todo, el orden, la coherencia y fijeza de las ideas abstractas, que, por supuesto, no es lo primero que encontramos en nuestra cuotidiana experiencia.
Lo primero que encontramos es el mundo repleto hasta los bordes de cosas. Y “los mortales de dos cabezas”, como dice Parménides toman como “la realidad” lo que ven, oyen, palpan; sin lograr “ver” que detrás de los fenómenos está el “verdadero Ser de las cosas”. Las cosas, en griego “prágmata”,  muestran a los sentidos múltiples aspectos o propiedades. Son duras o blandas, frías o calientes, grandes o pequeñas, bellas o feas; árboles, plantas, animales, estrellas, mesas, planetas, lápices, etc. pero consideradas por otro órgano, con el pensamiento o “nous” griego, toda esta multiplicidad de cosas que conforman el mundo, presentan una propiedad sumamente importante y común a todas: antes de ser blancas o negras, antes de ser animal, planta o barco, las cosas “Son”.
Se pude, con lo dicho, extraer una doble significación.
Primera. Se designa el conjunto de los seres como lo infinito e infinitamente múltiple que “existe”, el mundo del Ser, el mundo donde habita el Ser.
Segunda. Designa el Ser del mundo, la realidad total y primaria que no necesita de ulterior fundamentación: el hecho que las cosas “existen”; en este sentido es el Ser “lo general” que es común a todos los contenidos, por diversos y opuestos que puedan ser.
En la primera significación es el contenido total del mundo, abarca el mundo en su multiplicidad que encuentra su punto de coincidencia en el hecho de existir. En la segunda significación es la forma común a la multiplicidad de las formas del mundo, el Ser constituye la unidad que hace posible ese punto de coincidencia de la multiplicidad. Entonces, la inabarcable plenitud del mundo, cuya pluralidad y diversidad ningún pensamiento puede reducir a verdadera unidad, ha sido fundida, reducida al yugo de este único pensamiento: que todo “Es”, unitariamente. Y en el otro sentido, en la significación abstracta del concepto del concepto Ser que prescinde de toda extensión y se convierte en la fórmula verbal que expresa el elemento común a todas de todas las cosas. El concepto filosófico del Ser es el que mas unifica, dentro del espíritu, la totalidad del mundo.
Pero esta realidad ontológica, que se manifiesta al espíritu, no existe para los sentidos. Muy al contrario, nuestra experiencia sensible se rebosa de una multiplicidad de cosas que vertiginosamente nacen y mueren, aparecen y desaparecen. Parménides niega la verdad a esa experiencia cambiante de los sentidos y pone toda la verdad en aquel mundo inteligible, único, eterno, inmutable, descubierta por el pensamiento (nous), que es el Ser. Dice en este sentido que son “lo mismo” el Ser y el pensar. Y a los ojos del pensar el ser es “uno e inmóvil”, frente a la “pluralidad y cambio” de las cosas que se dan en la sensación. Con Parménides comienza la división de los dos mundos, el de la verdad y el de la apariencia (opinión o doxa), que es falsedad cunado se confunde con la verdadera realidad.

“yo te dejo…de aquello (el camino de la investigación) sobre lo que yerran los mortales de dos cabezas, que nada saben, pues la insensatez dirige en sus pechos el vacilante pensamiento. Y se agitan aquí y allá, mudos y ciegos, tontos; muchedumbre de insensatos, para quienes el ser y el no-ser  les parece lo mismo y no lo mismo, y para quienes el camino de todas las cosas se halla en direcciones opuestas”. Parménides (Fr.6; 4-5)
El Ser de Parménides es el Ser en general que es solamente uno, universal y siempre el mismo. No se le puede dividir en diverso y múltiple, individual y substancial, ni hay modos de señalar en él grados diferentes de intensidad. Sin cambio ni movimiento, no conoce ningún devenir ni ningún perecer. En perfecto reposo y rígido, semejante a la forma de una bien redondeada esfera, igual  y uniformemente contorneada por sus límites. Así el Ser parmenídico es siempre igual, rígido, en eterno reposo, que afirma de un modo conciente en el pensamiento intelectual (nous) como vía única para la verdad. El conocimiento sensible es de naturaleza engañosa. Esta distinción entre el conocimiento sensorial y el conocimiento abstracto habrá de gozar de la máxima aceptación en todo el decurso de la historia de la filosofía. Todas las formas de racionalismo caminarán por las vías descubiertas por Parménides.