miércoles, 19 de septiembre de 2012

Los Riesgos del Escribir

Escribir es una faena ardua y peligrosa que causa muchas víctimas. La mayoría de los escritores se arriesga al fracaso total o parcial. Esto de unir palabras, una tras otra, laboriosamente, es una tarea que se hace en solitario. Cualquier persona que quiera acercarse a este ámbito deberá contar con este hecho. El periodismo, por ejemplo, es una profesión gregaria, que se hace a la intemperie de la calle pública, mientras que el oficio de escritor es una profesión solitaria que se hace puertas adentro.
La vida de un escritor es dura, porque tiene un compromiso con la veracidad: primero, consigo mismo; segundo, para con los demás y con los tiempos en que vive.
Hay placer y diversión en su oficio, pero también hay agobio. Los problemas que se le presentan los tendrá que solucionar solo, no habrá mucha gente con quien pueda discutir sobre su trabajo. Es la miseria y esplendor de su vocación.  Por todo esto se requiere ser de carácter fuerte para ser un escritor con cierto número de lectores y con éxito.
La principal virtud de este quehacer es la fortaleza. Tiene un compromiso inviolable con la verdad. El escritor como se sabe que vive en sociedad, que coexiste con sus prójimos y su circunstancia; tiene una urgente necesidad de comunicarse con los otros…con los absolutamente otros, como diría Ortega y Gasset.  El medio de comunicación entre los hombres es fundamentalmente la palabra. Mediante la palabra el hombre comunica a otro la verdad. De toda la fauna humana es el escritor el que debe promover la convivencia humana y la comprensión entre los hombres y esto se hace imposible sin la veracidad y, por consiguiente, sin la confianza.
Falsificar la Verdad es caer en la mentira y la mentira viola tres principios básicos de la convivencia humana, a saber: la mentira viola el principio de respeto al prójimo; la mentira destruye la confianza; claro, es prácticamente imposible depositar la confianza en una persona que suele mentir; la mentira degrada y perturba el orden social, la mentira hace que se extravíe la dignidad y hunda moralmente al hombre.

El escritor o la persona que escribe tiene un compromiso ineludible con la sinceridad. La sinceridad engendra sencillez y aleja de los ánimos el fingimiento o el interés por el enmascaramiento. Escribir es una suerte de strip tease psicológico. Aristóteles sostenía: “In medio stat virtus”, la virtud se encuentra en el medio…en el medio de la Razón.
Los escritores –pareciera, pero no es así- tienen la tendencia peculiar de creer en la manía persecutoria y, en otras formas de paranoia. La crítica es a veces despiadada y generalmente proviene de seres que no tienen mas sensibilidad de la de “un asno que pulsa la lira”, al decir de Erasmo de Rótterdam. Byron escribió: “Sé por experiencia que una reseña despiadada equivale a darle cicuta a un escritor en ciernes, y la que se hizo sobre mí me derribó. Pero pude volver a levantarme. En vez de cortarme una vena. Me bebí tres botella de clarete y contraataqué”. Coleridge, mas susceptible a las críticas, pero también mas agresivo, empezó así un poema: “Qué importa si un coro de bocas anchas y gélidas croa desde los pantanos malolientes de la pestilente tierra de la reseña” y lo terminó con estas palabras: “No, ríete, y dí en voz alta y alegremente: odio a esta tribu de gruñidores, y ella me odia a mí”.
El escritor debe ser enérgico y valiente, ha de estar dispuesto a experimentar y a correr riesgos inauditos. Por otro lado, el asombro debe acompañarlo siempre. No puede dejar de asombrarse de lo que dicen los demás y de lo que ocurre en el mundo.

martes, 18 de septiembre de 2012

Asturias - Isaac Albeniz

Kierkegaard teólogo

“Cabe aquí un pequeño problema para los observadores. Admitamos que todos los pastores de aquí y de las demás partes, que predican o que escriben, sean cristianos creyentes. ¿Cómo es posible que no se escuche nunca, ni nunca se lea, esta plegaria, que sin embargo sería perfectamente natural en nuestros días: Padre celestial, te agradezco que nunca hayas exigido a un hombre la comprensión del cristianismo, pues de otro modo, yo sería el más desventurado de todos. Cuanto más trato de comprenderlo, más incomprensible lo encuentro, más descubro solamente la posibilidad del escándalo. Por esto te ruego que la acrecientes cada vez más en mí.
Esta plegaria sería la ortodoxia misma y, suponiendo sinceros los labios que la pronuncien, al mismo tiempo seria de una impecable ironía para toda la teología de nuestros tiempos. ¿Pero existe la fe aquí abajo?”

Esta “nota” la escribió Soren Kierkegaard al pié de su último capítulo de “La enfermedad mortal”. La creencia ciega, sorda y muda de todos los tiempos aterraba a Kierkegaard. La fe inconmovible, la fe como adoración en el dogma del cristianismo que es el dogma del Hombre-Dios. Ese Dios antropomórfico, camaleónico, suprema potencia clownesca, de los imperativos que desesperan por la no-remisión de los pecados, que obliga a sumergirse –a nosotros los agnósticos (aunque, a veces, en virtud de la fé del carbonero logramos entrever "lados" de la divinidad)- en los ergástulos malolientes del demonio.
Dice que “la posibilidad del escándalo es el resorte dialéctico de todo el cristianismo”. Sin él, el cristianismo cae por debajo del paganismo y se pierde en tales quimeras, que un pagano lo trataría de pamplinas. La desesperante longitud tiempo-espacio entre el creyente y Dios continúa siendo un abismo infinito. Dios no necesita del hombre, el vive de sí mismo, nada en su propia mismidad. Si Dios necesitara algo…no sería Dios.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Niccolo Paganini 7 minuets

¿Siento luego Existo?


Sabemos demasiado
y sentimos muy poco.
Al menos, sentimos muy poco
de esas emociones creativas de las que surge una buena vida.
Bertrand Russell
Hablar de las emociones es siempre hablar por las emociones…o no?. No generalmente el que mejor habla sobre el amor es el que está distante de él. Qué quiere decir esto que la emoción subjetiva no es buena consejera.
El corazón es un niño rebelde; generalmente no entiende razones. El creador nos jugó una mala pasado al no haber “cableado” el corazón con el cerebro. No se le puede dar órdenes al corazón. No podemos mandar a nuestras propias emociones que sigan las instrucciones de nuestras palabras, como querrían ciertos catequistas seudomísticos, o como querrían los moralinos hipócritas que pontifican sobre lo «políticamente justo y correcto». No podemos mandar a las emociones que sigan a nuestras palabras, porque, sencillamente, nuestras palabras están a su vez predeterminadas por las emociones, por razones del corazón que la razón no conoce, como diría Pascal.
Es cierto que para alcanzar etapas superiores de sabiduría que nos permitan convivir mas armoniosamente con el mundo, engrandecido por el respeto mutuo y por la aspiración de una común felicidad, es conveniente equilibrar el predominio cartesiano del “pienso luego existo” y fusionarlo, no sustituirlo, con un “siento luego soy”; que entraña e inevitablemente humano-demasiado-humano. Para lograr así un armonioso reencuentro en el ámbito de una alegre cordialidad…y felices todos.
Siempre hemos tratado de “domesticar el salvajismo humanoide y hacer amable la vida en el mundo”; de un tiempo a esta parte se están haciendo esfuerzos más concretos para tratar de domesticar esa suerte de “demonio de tasmania”. Por ejemplo los ingenieros comerciales han tomado conciencia de que existen otras realidades, además de los guarismos, y les ha dado por mezclar sus frías formulaciones con sonrisas prefabricadas aprendidas frente al espejo leyendo “la inteligencia emocional” de Goleman.
Pero el rumbo dualista no es un destino genético…fatal. La posesión de la conciencia de que nada podrá jamás comandar las razones de nuestro corazón, y de que no serán nunca inocentes (hasta que se pruebe lo contrario), ni políticamente correctas y, por tanto, la conciencia indubitable de que no habrá nunca una fórmula olímpica para eliminar todo riesgo de imbecilidad, idiotez y de violencia entre nosotros, esta toma de conciencia podrá así revelar nuevas visiones mentales que nos llevaran a nuevas misiones vitales; y así poder neutralizar –medianamente- la ciega la orientación dualista cartesiana.
Pienso, siento luego Soy.