jueves, 6 de septiembre de 2012
Como el primer hereje
El Dios de que se habla es un Dios lejano. Es un ser superantissimus, remoto y apartado. No tiene nada que ver con los hombres. Este Dios arbitrario, absolutamente indócil, potencia absoluta de libérrima totalidad; nunca, jamás, se ha dejado atrapar por la metafísica humana…es el gran imposible metafísico aspirar a conocerlo. Dios es anónimo. Este Dios fiero, magnífico, Ser tremendo y encerrado en su mayestática soledad -universal soledad- no se deja domesticar como león libio o tigre malayo; aunque, el hombre, desesperadamente ha querido apresarlo, comprimirlo como si fuera una gragea. La gragea óntica de los escolásticos. Ha habido muchos dioses gentiles a lo largo, ancho y profundidad de la historia humana; el Dios ockamista, mas auténticamente cristiano; el Dios aristotelizado y pagano de Santo Tomás, entre otros múltiples.
Siempre hemos habitado el ámbito del agnosticismo, con la visión acomodada a lo primariamente inmediato. La palabra del agnóstico es “experiencia”; atención exclusiva a “este mundo”. Aunque muchas veces el ojo se nos gira revolando a la línea fronteriza entre ambos mundos. Esta “línea” divisoria, por ser de este mundo tiene un carácter “positivo”, y por comenzar el ella el mundo del “más allá”, tiene un carácter de “trascendente”. Pero cuando nos hemos acercado a esta división mundanal la gran ciencia de Dios se nos ha alejado.
Observamos al hombre gnóstico para aclarar nuestro régimen atencional; muchas veces necesitamos sostenernos, patear el suelo que pisamos para constatar si es lo suficientemente denso y sólido para que nos sostenga.
El gnóstico parte ciertamente de un asco a “este mundo”. Esta profunda repulsión hacia todo lo sensible de “este mundo” es uno de los fenómenos más insólitos de la historia. Con Platón comienza esta marea indominable y desde el siglo I gran parte del mundo está borracho de asco a lo terrenal. Las almas se acomodan en lo ultramundano, sorprendente por lo extrema y lo exclusiva. Solo existe para el alma lo divino; es decir, lo que en esencia es distante, remoto, ultrareal, mediato, trascendente. Hay aborrecimiento general por lo inmediato; el asco hacia “este mundo” es tal, que el agnosticismo no admite siquiera que el mundo lo haya hecho Dios. El ámbito del gnosticismo no tiene planos intermedios y se compone, en última instancia en “otro” absolutamente mundo; por eso su vocablo es “salvación”, que quiere decir fuga, huida de éste y atención al otro.
Este Dios lejano e invisible que su existir consiste no existir en un mundo determinado, Dios no tiene mundo. Este Ser superpotente que no encuentra resistencia ni nada se le opone, no tiene fronteras, límites, es i-limitado, infinito. Para Dios vivir es flotar en sí mismo, sobrenadar en su mismidad, sin nada ni ante nadie. Ni a su favor ni a su contra, sino con el mismo en total unicidad. Ortega y Gasset, casi-agnóstico, dice bellamente: “De aquí el más terrible y el más mayestático atributo de Dios: su capacidad para ser, para existir en la mas absoluta soledad. Que el frío de esta tremenda, trascendente soledad no congela a Dios mide el poder de ignición, de fuego que en El reside”.
Dios es dinamismo puro, nunca un ente, comprimido en un concepto medieval. Decíamos que no es posible acercarse a el con filudos conceptos filosóficos. Lo fundamental es confiar en El, y nada mas…esta es la auténtica fe. Dios es objeto de fe no de ciencia. Aunque para uno es lejano y aún inexistente el poder creer en que Dios existe es, antes que creer esto, creerle a El, confiar en El aún, todavía para nosotros supuesto y aparente. Esta extraña combinación es la auténtica fe.
Muchas veces nos hemos sentido como el primer hereje que ponía a Dios muy lejos, porque le tenía suficiente respeto. Cuantos de nosotros hemos pedido –en la alta noche y susurrando- que traspase las infinitas distancias y nos abrigue con sus gracias para guarecernos de la terrible frialdad congelante de la soledad humana.
lunes, 3 de septiembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
Teorema de Pitágoras
“Cada uno se determina así mismo; cada uno se geometriza según la geometría que dio a sus propias ideas; porque del total de las ideas geométricas, sale la geometría del futuro cuerpo de carne, que tendrá el espíritu pensante...”
"Todo es geometría". Esa fue la conclusión a la que llegamos –Psiquis y yo- cuando nos adentramos al mundo 3D. En cada volumen, por muy elemental que fuera, siempre después de desnudarlo de todo lo superficial, allí estaba ella en todo su esplendor: la geometría. La trayectoria de la luz a la sombra, hace de los rayos lineales el nexo de unión entre la vida visible y tangible y la vida presentida o intangible; y es en este pre-sentimiento donde habita la geometría. Ella lo circunscribe todo, es la axial entidad del Todo; nos subimos en las tímidas tangentes y en las abarcadoras envolventes, que apoyan y sujetan, sostienen y separan, unen y diferencian. Las formas geométricas del oxígeno que respiramos nos ligan a la geometría total del Universo.
Como un ejemplo, la curva de la concha de un caracol es una espiral logarítmica. Una espiral logarítmica especialmente perfecta en la naturaleza puede encontrarse en la concha de una de una jibia primitiva llamada Nautilus.
“Todos los instantes de lo instantáneo, las geometrías de las moléculas, están cambiando; en el universo viviente de Dios, las geometrías de las galaxias invisibles, cambian a infinitas velocidades; la vibración geométrica es tan rápida, que las criaturas de un determinado presente, nada saben de ello; no olviden los lectores, que un presente está metido en otro presente; lo grande es un presente como lo microscópico de lo invisible, es otro presente; es decir los presentes son como finísimas capas geométricas; esta ley se llama en el Reino de los Cielos, presentes de familias geométricas;...”
En los tiempos originarios los egipcios se centraron principalmente en el cálculo de áreas y volúmenes, encontrando, por ejemplo, para el área del círculo un valor aproximado de 3,141605. También encontramos rudimentos de trigonometría y nociones básicas de semejanza de triángulos. El célebre teorema de Pitágoras es muy probablemente, una explicación de cierta regla egipcia llamada la “ley del dedo pulgar”. Desde edades remotas se sabía en Egipto que un triángulo cuyos lados son tres, cuatro y cinco unidades de longitud es un triángulo rectángulo. Los egipcios daban a este conocimiento uso práctico para medir sus campos y asegurarse de que el ángulo de los vértices fueran rectos (la famosa regla 3-4-5 usada hoy día por los maestros de la construcción).
Pitágoras advirtió esta técnica y después de haber aprendido de los egipcios que un triángulo cuyos lados miden 3,4 y 5 tienen un ángulo recto. Entonces “generalizó” la idea y así llegó a su famoso teorema: “En un triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”. Se dice que Pitágoras, dado al parecer al uso de artilugios mediáticos para “vender y promocionar” sus descubrimientos, celebró tal magno descubrimiento –según se dice- con el sacrificio de cien bueyes. ¡Una hecatombe de toros castrados! (hoy día como método para honrar a la ciencia por algún brillante descubrimiento, a lo más se invita a un amigo, o dos, a compartir una buena carne y una botella de vino, pero…¡cien bueyes!).
Pitágoras es un personaje casi mítico de la historia universal. Mezcló misteriosamente arcanas artes sacerdotales con las matemáticas en proporciones también secretas. Fue contemporáneo –años más años menos- de Confucio y de Buda. Fundó y administró una secta de ribetes religiosos que combatía la inmoralidad de comer judías y una escuela de matemáticas en que los triángulos rectángulos eran de primordial interés.
Muchos años mas tarde otro gigante de las matemáticas, Renato Descartes, toma como base el teorema de Pitágoras para su método de la geometría analítica. El surgimiento de la geometría analítica, aligeró sustancialmente la formación del análisis infinitesimal y se convirtió en un elemento imprescindible para la construcción de la mecánica de Newton, Lagrange y Euler, significando la aparición de las posibilidades para la creación del análisis de variables.
A unas cuantas amigas feministas
En “Los cuadernos de don Rigoberto”, novela de Mario Vargas llosa, aparece un delicioso cuento (a propósito de ciertos debates vespertinos con amigos de fin de semana) con el que cierra la carta que el personaje dirige a una supuesta interlocutora feminista.
El protagonista es un pragmático ser andrógino: Emma (¿tal vez deberíamos, decir andrógina?), educada como niña, pese a tener un clítoris del tamaño de un pene, y una suave, húmeda y acogedora vagina, lo que le permitía celebrar intercambios sexuales con mujeres y hombres. De soltera, los tuvo sobre todo con muchachas adolescentes, oficiando ella de viril penetrador. Luego, se casó con un varón e hizo el amor y dio al uso su deliciosa vagina de mujer; sin que ese rol, empero, la deleitara tanto como el otro; por eso, tuvo amantes mujeres a las que horadaba deleitosamente con su virilizado clítoris. Al consultar a un famoso y reputado urólogo (de celebridades), este manifestó a Emma que sería muy fácil intervenirla quirúrgicamente, clausurarle el foramen femenino y dejarle solo el equipamiento viril, ya que ésa parecía ser su preferencia.
La respuesta de Emma vale alejandrinas bibliotecas sobre la estrechez de la cultura humana sobre el sexo y sus implicancias sociales: "¿Tendría usted que quitarme la vagina, no, doctor? No creo que me convenga, pues ella me da de comer. Si me opera, tendría que separarme de mi esposo y buscar trabajo. Para eso, prefiero seguir como estoy".
domingo, 26 de agosto de 2012
sábado, 25 de agosto de 2012
Felicidad?????
En su último libro-ensayo, «Para desengaño de los que buscan ser felices», Gustavo Bueno catalogó de mito a la Felicidad, refiriéndose a ella únicamente como figura literaria. Según él ni el hombre ha nacido para ser feliz, ni vive para ello. Coherente con su materialismo dialéctico, sus provocaciones filosóficas -a menudo interesantes- son siempre un revulsivo que nos obliga a pensar. Contrasta con él el gran científico y filósofo Pascal sugiriendo que «todo hombre quiere ser feliz, no quiere ser sino feliz, y no puede dejar de quererlo». Tal vez el juicio de Pascal obedeciera a esas otras razones del corazón, que... la razón no conoce.
Me inclino a pensar que lo que llamamos felicidad es algo que se encuentra más allá del acto de gozar o disfrutar, envuelto por un sentimiento de dicha, goce y satisfacción que no se debe confundir con el placer sensible, puesto que es una experiencia que se vive y se siente, y no una cosa que se define y razona. Por esos caminos de la sin-razón no transita la filosofía.
¿Cómo se define, pues, ese estado de equilibrio en el que sonríes, estás alegre, amas a los que están contigo -sintiéndote de ellos amado-, no tienes ningún problema y eres hasta capaz de llevar al mundo por montera? ¿Para alguno existirá ese estado feliz o todo se quedará en una mera utopía? Como el aceite y el agua, ¿no serán también incompatibles el hombre y la felicidad? Es de Baltasar Gracián aquello de que «todos los mortales andan en busca de la felicidad; señal es de que ninguno la tiene», rematando con lo del «nemo sua sorte contentus». Más superficial en contenidos, nos lo sentencia en pareados el cortesano Campoamor: «No tengas duda alguna; felicidad suprema no hay ninguna», a lo que Vargas Llosa apostilla que «sólo un idiota puede ser totalmente feliz». Si la felicidad es un «ánimo subjetivo de felicidad», algo tendrá que ver cada sujeto y, dentro de una sociedad evolucionada, la capacidad de cada uno para ser feliz. No es lo mismo un ser con necesidades primarias, que otro con otro tipo de necesidades y apetencias, por más secundarias o sofisticadas que las podamos pensar. Sin duda equivocado estaba quien dijo que «si el conocimiento nos hace libres, la ignorancia nos puede hacer felices». La realidad es que la ignorancia a todos nos hace estúpidos. En el banquete de la felicidad cada uno participa según sus capacidades y sus hambres. También los perros participan del banquete de su señor: ellos también se sacian -y por ello son felices- con las migajas, sobras, huesos y despojos que les puedan caer de la mesa. En una sociedad tan diversa, es lógico que haya niveles y estratos diversos de «saciedad» y, por supuesto, de felicidad.
Estoy de acuerdo con Leibniz cuando sugiere que «nuestras inclinaciones no nos conducen propiamente a la felicidad, sino al placer»; es decir, a una felicidad momentánea, «mientras que sólo la razón nos puede proporcionar una dicha duradera». A la razón añadiría yo el corazón, con toda su capacidad de amor y comprensión. Aquel siempre niño gafotas, Miguel de Unamuno, autoapellidado «cartujo laico, ermitaño civil y agonístico», acaso desesperado por su hambre de inmortalidad, en su anhelo y lucha por la felicidad, se preguntaba sin rebozo: ¿Se puede ser feliz sin esperanza?; para contestarse -no desde la Lógica razonable de los filósofos, sino desde «la Cardíaca» que él inventara- que «una ventaja de no ser feliz es que se puede desear la felicidad». Para eso vivimos. ¿Qué no es la historia de la humanidad sino una incesante lucha por ser felices?
La felicidad es un puro cuento mitológico. Todos la prometen y todos la buscan compulsivamente. Se hacen encuestas engañosas. Algunos hay que hasta la difunden, publican, notifican, cacarean y predican desde sus religiones y sectas carbonarias, desde las iglesias cienciológicas, espiritistas, gnósticas, hare kríshnicas, mormónicas, platillistas, evangélicos, testigos de Jehová, siloistas, babaistas, niños de dios…etc; desde sus partidos políticos, desde sus logias masónicas, desde sus metafísicas azucaradas a lo Connie Méndez, desde mercados municipales, o los mismísimos profesores de filosofía -dipsómanos y cornudos a la vela-en sus cátedras; comunicadores de moda, opinólogos de la contingencia farándulera de opinión radiada, escrita o televisiva. «A vivir, a vivir, que son dos días» es un mensaje subliminar de la radio Felicidad. “Get Lucky” -sé feliz-, nos bombardean desde una marca de tabaco. “Don`t worry, be happy” -no te preocupes, sé feliz-, es otro ringorango sonsoneteado, constante vital que poco tiene que ver con el sabio “Carpe diem” horaciano de vivir el instante, el momento efímero que se nos escapa, como se nos escapa el agua en el cuenco de la mano. Esas felicidades enlatadas y de plástico, verdaderos fuegos fatuos de gas neón, que nunca llegan.
Me inclino a pensar que lo que llamamos felicidad es algo que se encuentra más allá del acto de gozar o disfrutar, envuelto por un sentimiento de dicha, goce y satisfacción que no se debe confundir con el placer sensible, puesto que es una experiencia que se vive y se siente, y no una cosa que se define y razona. Por esos caminos de la sin-razón no transita la filosofía.
¿Cómo se define, pues, ese estado de equilibrio en el que sonríes, estás alegre, amas a los que están contigo -sintiéndote de ellos amado-, no tienes ningún problema y eres hasta capaz de llevar al mundo por montera? ¿Para alguno existirá ese estado feliz o todo se quedará en una mera utopía? Como el aceite y el agua, ¿no serán también incompatibles el hombre y la felicidad? Es de Baltasar Gracián aquello de que «todos los mortales andan en busca de la felicidad; señal es de que ninguno la tiene», rematando con lo del «nemo sua sorte contentus». Más superficial en contenidos, nos lo sentencia en pareados el cortesano Campoamor: «No tengas duda alguna; felicidad suprema no hay ninguna», a lo que Vargas Llosa apostilla que «sólo un idiota puede ser totalmente feliz». Si la felicidad es un «ánimo subjetivo de felicidad», algo tendrá que ver cada sujeto y, dentro de una sociedad evolucionada, la capacidad de cada uno para ser feliz. No es lo mismo un ser con necesidades primarias, que otro con otro tipo de necesidades y apetencias, por más secundarias o sofisticadas que las podamos pensar. Sin duda equivocado estaba quien dijo que «si el conocimiento nos hace libres, la ignorancia nos puede hacer felices». La realidad es que la ignorancia a todos nos hace estúpidos. En el banquete de la felicidad cada uno participa según sus capacidades y sus hambres. También los perros participan del banquete de su señor: ellos también se sacian -y por ello son felices- con las migajas, sobras, huesos y despojos que les puedan caer de la mesa. En una sociedad tan diversa, es lógico que haya niveles y estratos diversos de «saciedad» y, por supuesto, de felicidad.
Estoy de acuerdo con Leibniz cuando sugiere que «nuestras inclinaciones no nos conducen propiamente a la felicidad, sino al placer»; es decir, a una felicidad momentánea, «mientras que sólo la razón nos puede proporcionar una dicha duradera». A la razón añadiría yo el corazón, con toda su capacidad de amor y comprensión. Aquel siempre niño gafotas, Miguel de Unamuno, autoapellidado «cartujo laico, ermitaño civil y agonístico», acaso desesperado por su hambre de inmortalidad, en su anhelo y lucha por la felicidad, se preguntaba sin rebozo: ¿Se puede ser feliz sin esperanza?; para contestarse -no desde la Lógica razonable de los filósofos, sino desde «la Cardíaca» que él inventara- que «una ventaja de no ser feliz es que se puede desear la felicidad». Para eso vivimos. ¿Qué no es la historia de la humanidad sino una incesante lucha por ser felices?
La felicidad es un puro cuento mitológico. Todos la prometen y todos la buscan compulsivamente. Se hacen encuestas engañosas. Algunos hay que hasta la difunden, publican, notifican, cacarean y predican desde sus religiones y sectas carbonarias, desde las iglesias cienciológicas, espiritistas, gnósticas, hare kríshnicas, mormónicas, platillistas, evangélicos, testigos de Jehová, siloistas, babaistas, niños de dios…etc; desde sus partidos políticos, desde sus logias masónicas, desde sus metafísicas azucaradas a lo Connie Méndez, desde mercados municipales, o los mismísimos profesores de filosofía -dipsómanos y cornudos a la vela-en sus cátedras; comunicadores de moda, opinólogos de la contingencia farándulera de opinión radiada, escrita o televisiva. «A vivir, a vivir, que son dos días» es un mensaje subliminar de la radio Felicidad. “Get Lucky” -sé feliz-, nos bombardean desde una marca de tabaco. “Don`t worry, be happy” -no te preocupes, sé feliz-, es otro ringorango sonsoneteado, constante vital que poco tiene que ver con el sabio “Carpe diem” horaciano de vivir el instante, el momento efímero que se nos escapa, como se nos escapa el agua en el cuenco de la mano. Esas felicidades enlatadas y de plástico, verdaderos fuegos fatuos de gas neón, que nunca llegan.
Por esto y aquello la mayoría de los especimenes humanos que habitamos este planetoide buscamos la felicidad que alguien llamó “canalla” -de canis, perro-, que se alimenta de despojos, drogas químicas, cannabis, porros, pasta base, “éxtasis”, gula de chatarra orgánica, alcoholes varios, sexo fácil sin amor, grotesco, barato, trivial, promiscuo, epidérmico, insípido y pasajero. El consumismo afiebradamente barroco; compra, compra, compra para alimentar los puercos egos. Esa camioneta enorme me gusta...la llevo (en ningún momento se deja pensar que es inversamente proporcional al tamaño de su pene). Es una felicidad desechable, engañosa y fungible, el “rato solamente”…pero es que hay otra felicidad?...
Esta "civilización" occidental está enferma por aquello de ser compulsivamente "apegada a los apegos".
Esta "civilización" occidental está enferma por aquello de ser compulsivamente "apegada a los apegos".
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